NovelToon NovelToon
REENCARNE EN UNA GORDITA EN VENTA.

REENCARNE EN UNA GORDITA EN VENTA.

Status: Terminada
Genre:Venganza de la protagonista / Reencarnación / Grandes Curvas / Venganza por acoso / Completas
Popularitas:52.4k
Nilai: 4.9
nombre de autor: CINTHIA VANESSA BARROS

Morir traicionado fue lo de menos.

Vincent Moretti vivió como un depredador en las calles de Nueva York: sin miedo, sin remordimientos… y con una sola regla: nunca confiar.
La rompió una vez. Y lo pagó con la vida.

Pero la muerte no fue el final.

Despierta en un mundo que no reconoce… dentro del cuerpo de Emilia, una joven despreciada, vendida por su propia familia a un viejo repugnante como si fuera mercancía.
Débil. Invisible. Encerrada en una vida que no eligió.

Error.

Porque bajo esa piel suave y ese cuerpo que todos subestiman… sigue latiendo el alma de un criminal.

Y Vincent no sabe ser víctima.

Ahora tiene que aprender nuevas reglas:
un cuerpo que no responde, un mundo moderno lleno de cámaras, enemigos con poder… y una familia que cree que puede seguir controlándola.

Pero ellos no entienden algo.

La chica que compraron ya no existe.

Y lo que regresó en su lugar…
es mucho más peligroso.

Entre mafias, traiciones, deseo y venganza, Emilia no solo va a sobrevivir.

Va a

NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 7: La gorda devuelve golpes.

Vincent iba subiendo las escaleras con los tacones en la mano y los pies palpitándole como si hubiera caminado sobre vidrio cuando la voz de Valentina le llegó desde el descanso del segundo piso, aguda y cargada de ese veneno dulce que la hermanastra destilaba como perfume barato.

—Oye, Emi, ¿ya te dijeron quién es tu príncipe azul?

Vincent no se detuvo ni levantó la mirada. Siguió subiendo escalón por escalón, agarrándose del pasamanos con una mano y sosteniendo los tacones asesinos con la otra, concentrado en no tropezar con el vestido que le apretaba las piernas como un torniquete.

—Porque me enteré de algunas cosas y no pude aguantarme las ganas de contarte —continuó Valentina, apoyada contra la pared con los brazos cruzados y esa sonrisa de gato que acorrala a un ratón—. Dicen que tu nuevo maridito es un mafioso de verdad. No como el pobre Harold, que era un viejo baboso pero inofensivo. No, no. Este es de los que matan gente.

Vincent llegó al descanso. Valentina le bloqueaba el paso hacia el pasillo del tercer piso, plantada en el centro como si la escalera le perteneciera, como si todo en esta casa le perteneciera, como si llevara toda la vida bloqueándole el paso a Emilia y disfrutándolo.

—Pero lo mejor, lo verdaderamente delicioso —dijo Valentina bajando la voz como quien cuenta un secreto jugoso—, es que dicen que nadie le ha visto la cara. ¿Sabes por qué? Porque la tiene llena de cicatrices. Desfigurado. Un monstruo. Así que primero te tocó un viejo asqueroso y ahora te toca un monstruo desfigurado. —Se rio con esa risa cristalina que había heredado de su madre—. Aunque pensándolo bien, hacen buena pareja. La bestia y la gorda. Deberían hacer una película.

Vincent la miró. La miró de verdad, con esos ojos que ya no eran de Emilia aunque el mundo creyera que sí. Y Valentina, que llevaba años insultando a una mujer que nunca respondía, que nunca levantaba la mano, que nunca hacía nada más que agachar la cabeza y llorar en silencio, no reconoció lo que vio en esa mirada porque nunca lo había visto antes.

Lástima. Debería haber prestado atención.

La bofetada fue de las que suenan en toda la casa. Palma abierta, con todo el brazo, con el peso del cuerpo de Emilia detrás, que resultó ser una ventaja considerable porque cuando cien kilos de mujer le ponen ganas a una cachetada el resultado es demoledor. La cabeza de Valentina giró como si estuviera montada en un resorte, los ojos se le abrieron de par en par, y las piernas le fallaron como si alguien le hubiera desconectado los cables. Cayó al piso del descanso de las escaleras con un golpe seco, el pelo rubio desparramado sobre el mármol y la mano en la mejilla que ya estaba cambiando de color.

—Monstruo desfigurado —dijo Vincent, mirándola desde arriba con una calma que no era actuada sino genuina, la calma de un hombre que ha golpeado a gente mucho más peligrosa que una rubia con tacones—. Tal vez. Pero al menos yo no soy una perra cobarde que solo sabe ladrar cuando el otro está amarrado.

Valentina lo miró desde el piso con los ojos llenos de lágrimas y de algo que nunca había sentido en presencia de Emilia: miedo. Miedo real, de ese que te aprieta el estómago y te dice que algo cambió y que ya no estás segura donde siempre estuviste segura.

Vincent le dio la espalda y empezó a subir las escaleras hacia el tercer piso. Despacio, porque el vestido no permitía otra cosa, pero con la espalda recta y sin mirar atrás.

El error fue darle la espalda.

Escuchó el grito antes que los pasos, un chillido agudo de rabia humillada que sonaba más a animal herido que a persona, y cuando se giró Valentina ya estaba encima de ella, subiendo los escalones con las manos extendidas, los ojos desorbitados, las uñas de manicure perfecta apuntándole a la cara. Venía a empujarla escaleras abajo, eso estaba claro, porque era lo que haría cualquier persona sin cerebro que actúa por rabia y no por estrategia.

Pero Vincent Moretti llevaba décadas esquivando cosas peores que una rubia furiosa en una escalera.

Se hizo a un lado, la agarró del brazo con la mano que no sostenía los tacones y usó el propio impulso de Valentina en su contra, redirigiéndola hacia adelante con un tirón seco. No fue un movimiento elegante ni técnico, fue puro instinto callejero, el mismo que usaba en los callejones del Lower East Side cuando alguien se le tiraba encima con un cuchillo: deja que venga, quítate del medio y ayúdalo a llegar al piso más rápido de lo que planeaba.

Valentina pasó de largo, tropezó con sus propios pies y cayó de bruces sobre los escalones con un golpe que sonó a hueso contra mármol. No rodó hasta abajo porque se agarró del pasamanos a medio camino, pero el golpe fue suficiente para dejarla ahí tirada, gimiendo, con la rodilla sangrando y el orgullo en un estado todavía peor que la rodilla.

Vincent la miró un segundo, calculando si iba a intentarlo de nuevo, pero Valentina estaba demasiado ocupada llorando y agarrándose la pierna como para pensar en venganzas inmediatas.

—La próxima vez que me empujes por unas escaleras —le dijo Vincent con la voz tranquila de Emilia que ya empezaba a sonar menos como Emilia y más como algo que Valentina no quería conocer—, asegúrate de que estoy más arriba que tú. Es de sentido común.

Subió el resto de las escaleras, entró en su habitación y cerró la puerta. Se sentó en la cama a esperar lo que sabía que venía, porque un escándalo así en una mansión donde las paredes amplifican los gritos no iba a quedarse sin respuesta.

No tardaron ni diez minutos.

Los pasos del padre subieron las escaleras como un ejército de un solo hombre, pesados, rápidos, furiosos. Detrás venía el taconeo de Patricia, que corría para no quedarse atrás. La puerta se abrió de golpe —porque nadie en esta maldita casa tocaba las puertas— y ahí estaban los dos, el padre con la cara roja y una vena palpitándole en la frente, Patricia con los ojos encendidos de esa furia maternal selectiva que solo se activa cuando le tocan a su cría.

—¿Qué le hiciste a Valentina? —rugió el padre.

—Le enseñé modales —dijo Vincent desde la cama, sin levantarse.

Patricia avanzó primero. Levantó la mano con la intención obvia de cruzarle la cara como seguramente lo había hecho cientos de veces con Emilia, como si la bofetada fuera un derecho adquirido que venía con la mansión y el anillo de matrimonio. Pero la mano nunca llegó a destino porque Vincent le agarró la muñeca en el aire, con una velocidad que sorprendió a todos incluyéndose a sí mismo, y se la apretó hasta que Patricia soltó un quejido.

—A mí no me vuelves a levantar la mano —dijo Vincent, mirándola a los ojos desde la cama con una tranquilidad que era mucho más aterradora que cualquier grito—. Nunca más.

La soltó. Patricia retrocedió agarrándose la muñeca como si le hubiera quemado.

El padre avanzó. Era más grande, más fuerte, y tenía esa determinación de los hombres que creen que el tamaño lo resuelve todo. Agarró a Vincent del brazo y la levantó de la cama de un tirón, con la fuerza bruta de alguien acostumbrado a manejar a una hija que nunca se resistía.

Pero Emilia ya no estaba.

Vincent le metió un cabezazo en la nariz. Corto, seco, de esos que aprendió a los catorce años en una pelea detrás de una licorería del Bowery. No fue un golpe bonito ni limpio, fue un choque de la frente de Emilia contra el cartílago del padre de Emilia, y el resultado fue un crujido que llenó la habitación seguido de un grito que el hombre intentó contener porque los hombres como él no gritan, pero que se le escapó igual porque un cabezazo en la nariz duele sin importar cuánto dinero tengas en el banco.

El padre retrocedió con las manos en la cara y la sangre bajándole entre los dedos. Patricia gritó. Vincent se quedó de pie en el centro de la habitación, respirando agitado pero firme, con un dolor en la frente que iba a dejarle un moretón pero que valía cada segundo.

—Llamen a los guardias —dijo el padre con la voz ahogada detrás de las manos ensangrentadas—. Llámenlos ahora. A esta maldita le vamos a enseñar de una vez...

—Adelante —lo interrumpió Vincent, y la voz de Emilia nunca había sonado tan ajena, tan fría, tan completamente despojada del miedo que la había habitado durante veintiséis años—. Llámenlos. Que suban y me den una paliza. Que me rompan un brazo si quieren, una pierna, lo que sea. Pero luego van a tener que explicarle al señor Antonov por qué su futura esposa llega a la boda con la cara rota.

Silencio.

El tipo de silencio que cae cuando alguien dice la verdad que nadie quiere escuchar.

Patricia se quedó congelada con la mano en el bolsillo, a medio camino de sacar el teléfono. El padre bajó las manos despacio, con la sangre todavía goteándole de la nariz, y miró a Vincent con una expresión que ya no era de furia sino de cálculo, porque los hombres de negocios saben reconocer cuando alguien tiene una carta que no pueden superar.

Y Vincent la tenía. La única carta que importaba en esta casa donde todo se compraba y se vendía: el dinero de Antonov. Ese sobre grueso que le hizo temblar el labio a Patricia y le abrió los ojos al padre. Esa cantidad que nadie nombró pero que todos recordaban. Si la novia llegaba golpeada, el trato se caía. Si el trato se caía, el dinero se iba. Y si el dinero se iba, Vincent dejaba de ser mercancía valiosa para convertirse en un problema que ya no valía la pena mantener.

En mi época le decíamos "tener al tipo agarrado por las pelotas". Parece que eso tampoco ha cambiado.

El padre se limpió la nariz con el dorso de la mano, manchándose el puño de la camisa de un rojo que probablemente no iba a salir nunca. La miró con una mezcla de odio y algo que se parecía mucho, muchísimo, a la sorpresa de un hombre que acaba de descubrir que el perro al que pateaba toda la vida tiene dientes.

—Enciérrenla —dijo, con la voz contenida de alguien que elige sus batallas—. Sin comida. Hasta mañana.

Se dieron la vuelta y salieron. La puerta se cerró. La llave giró desde afuera.

Vincent se sentó en la cama y se tocó la frente donde iba a salirle el moretón. Le dolía, pero era un dolor limpio, honesto, el tipo de dolor que te recuerda que estás vivo y que hiciste algo que valió la pena.

Veintiséis años. Veintiséis años te golpearon, te encerraron, te insultaron y te vendieron como ganado. Nunca pudiste devolver ni un solo golpe.

Se acostó y miró el techo de la habitación que era una celda disfrazada de cuarto.

Hoy les devolví tres, Emilia. Uno por cada uno de esos desgraciados. Y esto apenas empieza.

Le rugió el estómago. No le habían dado de cenar y no le darían de desayunar, y este cuerpo hambriento iba a cobrarle la factura mañana. Pero mientras el hambre le mordía las tripas y la mansión se quedaba en silencio alrededor de ella, Vincent sonrió.

No fue una sonrisa bonita. Fue la sonrisa de un gángster que acaba de descubrir que su jaula tiene una grieta y que solo necesita tiempo y paciencia para convertirla en una puerta.

Uno por uno. Empezando por la flaquita.

1
pequeña sole
Fascinante, esta historia, me ha encantado de principio a fin... Me he enamorado de su protagonista y el "no te amo"... gracias por escribir esta bella historia...
MarlingJCF
/Facepalm//Facepalm/
MarlingJCF
Miel ga! osea que te vas a casar con tu Doppelgänger!🤭
MarlingJCF
Para que respete! 😂
MarlingJCF
clm! 🤣🤣🤣🤣
MarlingJCF
/Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm/
MarlingJCF
La pesadilla de toda mujer! La menstruacion🤭🤭
MarlingJCF
Sal de ese Cuerpo Cassidy!🤭🤭
MarlingJCF
"Confiar es bueno, pero No confiar es mejor".
MarlingJCF
Me encanta este tipo de Reencarnação sirmpre son muy interesantes y divertidas.
Cliente anónimo
bien echo emilia duro con todos , pero deja de comer tanto empezaste haciendo ejercicio cuando estabas encerrada y ahora no has echo nada más. es por tu bien ayudarla Vincent 😂
Luisa Esperanza Bautista Angarita
mil felicitaciones
Luisa Esperanza Bautista Angarita
lastima que se acabó
Chanylu💕
Uhmm muy rápido para que sea náuseas matutina recién paso una semana.. O no?
🥀Mia♡
.
Yolanda Plazola Arroyo
Hola Autora gracias por ésta novela me enamore de ella de Emilia y de Vicente
llore también pero también me encantó cada capítulo me reí 😂 con las ocurrencias de ella felicidades y espero La siguiente gracias y bendiciones /Drool/
Chanylu💕
Parezco loca riendo en la calle.... Es que no puedo más con sus sorpresas
Luisa Esperanza Bautista Angarita
me gustaría más si la nombran por emilia
Cliente anónimo
Espectacular
Rubí Salgado
me encanto la historia gracias por cada capitulo 👍👍👍👍👍❤️❤️❤️❤️❤️❤️
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play