Sebastián lo tenía todo: un reino próspero, un cabello pelirrojo que era la envidia de la nobleza y una lengua tan afilada que podía humillar a un mago en tres segundos. Pero el exceso de sarcasmo tiene un precio. Tras insultar al hechicero equivocado, Sebastián despierta convertido en un cangrejo y es arrojado a las profundidades del océano.
Su suerte no mejora cuando es capturado por Rubí, la princesa del Reino Marino. Llamada así por sus hipnotizantes ojos rojos, Rubí es una sirena de una belleza letal y una personalidad... impredecible. Un momento es un ángel dulce que acaricia tus pinzas, y al siguiente está picando perejil mientras decide si te prefiere hervido o a la plancha.
Atrapado en una jaula de cristal y bajo la vigilancia de una "loca" con cambios de humor extremos, Sebastián deberá encontrar la forma de romper su hechizo antes de convertirse en el almuerzo real.
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capítulo 18
En el Palacio de Helios, el tiempo se había transformado en una sustancia viscosa y amarga. Para el **Príncipe Sebastián**, cada amanecer era una bofetada de realidad que lo encontraba exactamente donde no quería estar: en su pedestal de mármol, rodeado de una perfección aristocrática que ahora le resultaba sofocante. La habitación, antes un refugio de su propio ego, se había convertido en una celda de lujo donde el silencio gritaba un nombre que él se negaba a pronunciar, pero que su mente repetía con el ritmo de un tambor de guerra: **Rubí**.
Hacía días que la sirena se había marchado, y con ella se había ido el caos, el olor a océano salvaje y esa sensación eléctrica de que cualquier cosa, por peligrosa que fuera, podía suceder. Sebastián intentaba mantener su postura dominante. Se decía a sí mismo que era libre del "bicho demente" que quería cocinarlo, que por fin podía disfrutar de la paz y de la compañía "adecuada" de Aurelia.
Pero era una mentira que su propio instinto de crustáceo rechazaba.
—Es un hechizo —chirrió Sebastián para sí mismo, sus ojos pedunculados fijos en el horizonte marino que se vislumbraba desde el balcón—. Esa mujer demente debió lanzarme una maldición antes de irse. No hay otra explicación lógica.
No importaba cuánto intentara concentrarse en sus planes de reconquista del trono o en cómo convencer a Malaki de que le devolviera su cuerpo. En cada rincón de su mente, la imagen de Rubí se materializaba con una nitidez tortuosa. La veía riendo con maldad mientras lo amenazaba con una olla; la veía llorando sus lágrimas de teatro sobre su caparazón; y, sobre todo, sentía el calor de su pecho aquella vez que, siendo humano, la sostuvo entre sus brazos tras salvarla de la caída.
Ese recuerdo, en particular, era el que más le dolía. El roce de su piel, el aroma a salitre y peligro que emanaba de ella... era una droga que su cuerpo humano había probado por apenas un minuto y que ahora su cuerpo de cangrejo ansiaba con una desesperación que rozaba la locura.
**Aurelia** entró en la habitación con una bandeja de plata, interrumpiendo sus pensamientos. Llevaba una selección de frutas púrpuras y pétalos de flores comestibles, intentando recuperar la rutina de "cuidados" que ella consideraba apropiada para un príncipe.
—He traído estas bayas del bosque del norte, Sebastián —dijo Aurelia, forzando una sonrisa dulce mientras acomodaba la bandeja—. Dicen que ayudan a la claridad mental. Y he pedido que los músicos toquen algo suave en el jardín para calmar tus nervios. Esa sirena realmente te dejó en un estado lamentable, pero no te preocupes, yo estoy aquí para arreglarlo.
Sebastián ni siquiera miró las bayas. Sus pinzas se cerraron con un chasquido seco.
—Llévatelas, Aurelia. No tengo hambre de frutas.
—Pero querido, tienes que comer —insistió ella, su voz adquiriendo ese tono de lloriqueo que antes a Sebastián le parecía soportable, pero que ahora le provocaba un deseo irrefrenable de pellizcarla—. No has hecho más que mirar al mar desde que ella se fue. ¿Es que no te das cuenta de que ella te usó? Baltazar es su igual, un monstruo como ella. Aquí, conmigo, estás a salvo. Eres un príncipe de nuevo, en espíritu al menos.
Sebastián giró lentamente sus ojos hacia ella. La belleza de Aurelia era estática, predecible, como un cuadro en una galería. Rubí, en cambio, era una tormenta; era el fuego que casi lo quema y el agua que casi lo ahoga. Y en ese momento, Sebastián comprendió con un horror profundo que prefería morir quemado o ahogado por Rubí que vivir "a salvo" con Aurelia.
—"A salvo" es otra forma de decir muerto en vida, Aurelia —respondió Sebastián, su voz resonando con una frialdad que hizo que la princesa retrocediera—. Ella no me usó más de lo que yo la usé a ella. Y si miras al mar, verás que la única razón por la que sigo aquí es porque no tengo aletas para ir tras ella.
Aurelia soltó un grito ahogado de indignación.
—¡No puedes hablar en serio! ¡Ella te lanzó a una olla! ¡Te humilló!
—Y me hizo sentir más vivo en un día que tú en toda nuestra prometida existencia —sentenció el cangrejo—. Ahora, vete. Quiero estar solo con mi "hechizo".
Cuando Aurelia salió de la habitación, dando un portazo que hizo temblar el pedestal, Sebastián se quedó en la penumbra. El deseo de ver a Rubí se había convertido en una obsesión física. Podía imaginarla en el Reino Marino, quizás sonriendo a Baltazar, quizás olvidándose por completo del "Cangrejito" de la superficie. Ese pensamiento le provocaba una punzada de celos tan intensa que su caparazón parecía quedarle pequeño.
—Tengo que verla —murmuró—. Aunque sea para insultarla una última vez. Aunque sea para decirle que su nota fue patética.
Se bajó del pedestal con una agilidad que sorprendió incluso a sus propios instintos. Caminó hacia el balcón, el mismo lugar donde ella casi cae y donde él fue un hombre por última vez. Se asomó por la barandilla, mirando hacia el puerto. ¿Cómo llegaría un cangrejo al Reino Marino? Era una misión suicida. La corriente lo destrozaría, los peces grandes lo devorarían antes de que pudiera bajar diez metros.
Pero Sebastián no era un cangrejo cualquiera. Era un soberano. Y un soberano no acepta un "no" del destino, ni siquiera cuando el destino tiene colmillos y escamas.
—Malaki... —susurró al aire, esperando que el hechicero estuviera escuchando desde alguna sombra—. Sé que estás ahí. Sé que te diviertes con mi miseria. Pero si me concediste el cuerpo para salvarla, concédeme al menos el camino para encontrarla. No por amor... no, nunca por amor. Sino por mi orgullo. No puedo permitir que una sirena me de las gracias con una nota y se vaya con un naga de segunda categoría.
El viento sopló con una fuerza inusual, trayendo consigo el aroma de la lluvia y la sal. Sebastián se quedó allí, en el borde de la piedra, con el corazón latiendo al ritmo de las olas. No podía parar de pensar en el rojo de su vestido, en el rojo de su propia piel y en cómo, de alguna manera retorcida, ambos colores estaban destinados a chocar de nuevo.
La obsesión era tal que empezaba a verla en las nubes, en los reflejos del agua, en las sombras de las cortinas. Era un fantasma que lo acosaba, un hechizo que no requería varita ni conjuro, sino solo la ausencia de la única persona que había sido capaz de ver al hombre detrás del monstruo, y al monstruo detrás del hombre. Sebastián de Helios, el príncipe arrogante, había caído en la trampa más antigua del mundo: quería recuperar su posesión más valiosa, sin darse cuenta de que esa posesión era la que ahora poseía su propia voluntad.
—Prepárate, Rubí —chirrió al vacío—. Porque si tengo que cruzar el océano a pie, lo haré. Y cuando te encuentre, ni Baltazar ni tu padre podrán evitar que te recuerde quién es tu verdadero dueño.
El cielo se oscureció y la primera gota de lluvia cayó sobre su caparazón. Sebastián no retrocedió. La tormenta estaba llegando, y por primera vez en su vida, él estaba listo para saltar directamente hacia ella.