Elena e Isabella son dos gemelas separadas al nacer por la ambición y la maldad. Mientras Elena crece en la pobreza, entregando su vida al trabajo para costear el costoso tratamiento médico de su madre, Isabella vive en una jaula de oro, obligada por su poderosa familia a casarse con Alexander Volkov. Él es un heredero implacable, un CEO cuya frialdad y falta de sentimientos son leyenda en el mundo de los negocios. Un encuentro inesperado pondrá a prueba sus destinos cuando Elena deba ocupar el lugar de su hermana en un juego de identidades peligroso. ¿Serán capaces de salir de este enredo? ¿El CEO será tan implacable como dicen?
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Capítulo XXI La amenaza de Claudia
Punto de vista de Elena
La mansión Volkov se sentía como una cárcel; las paredes de mármol y los techos altos parecían tener ojos, y el eco de mis propios pasos me ponía los pelos de punta. Necesitaba hablar con el doctor Salvatierra. El bloqueo de Alexander y el silencio de los últimos días me estaban matando. ¿Cómo estaría mi madre? ¿Habría empeorado su condición?
Esperé a que Alexander bajara al despacho para una reunión nocturna con su abuelo. Sabía que tenía poco tiempo. No podía usar mi teléfono, Alexander seguramente tenía un registro de cada llamada que salía de él. Así que, con el corazón en la garganta, me deslicé hacia el área de servicio, donde había visto un teléfono de pared en una de las despensas secundarias.
Caminé descalza para no hacer ruido, sintiendo el frío del suelo. Entré en la despensa, cerré la puerta con cuidado y, con manos temblorosas, marqué el número de la clínica de memoria.
—Clínica Metropolitana, ¿en qué puedo ayudarle? —respondió una voz neutra.
—Por favor... con el doctor Miguel Salvatierra. Es una emergencia personal.
—Un segundo, le transfiero.
Cada tono de espera era un martillazo en mis sienes. Si Alexander me encontraba aquí, no habría forma de explicarlo.
—¿Diga? —la voz de Miguel sonó cansada pero alerta.
—Miguel... soy yo, Elena —susurré, pegándome al auricular—. Por favor, no digas mi nombre en voz alta. Solo necesito saber cómo está mi madre.
Hubo un silencio sepulcral al otro lado.
—Elena... —su voz se suavizó, cargada de un alivio que me hizo querer llorar—. He estado intentando localizarte, pero un hombre... Alexander Volkov, me amenazó. Me dijo que no volviera a llamar. Elena, ¿qué está pasando? ¿Por qué estás con ese hombre?
—No puedo explicártelo ahora, Miguel, te lo ruego. Solo dime de mamá.
—Ella está estable, pero los niveles de hemoglobina bajaron ayer. Necesitamos autorizar un nuevo tratamiento, pero no podía proceder sin tu firma o el depósito de la garantía. Elena, si no puedes venir, necesito que busques una forma de...
De pronto, un clic metálico me hizo saltar. La puerta de la despensa se abrió lentamente.
No era Alexander. Era Claudia.
Estaba apoyada en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y una sonrisa de triunfo que le iluminaba la cara. Sostenía su tablet en una mano, probablemente registrando que la línea interna estaba siendo usada.
—¿Problemas con alguien, Isabella? —preguntó Claudia, arrastrando las palabras con una malicia pura.
—Tengo que colgar —le dije a Miguel con un hilo de voz, y colgué el auricular antes de que él pudiera decir nada más.
Me giré hacia ella, tratando de recuperar la máscara de frialdad que Alexander esperaba de mí.
—No sabía que ahora también hacías de guardia de seguridad, Claudia. ¿No tienes suficientes papeles que archivar para el abuelo?
—Oh, mi trabajo es asegurarme de que todo en esta casa funcione a la perfección —dijo, dando un paso hacia mí—. Y una esposa que se esconde en la despensa de servicio para hacer llamadas clandestinas a un "Miguel" definitivamente es algo que no funciona bien. ¿Qué diría Alexander si supiera que su flamante esposa busca consuelo en un doctorcito mientras él intenta cumplir los deseos de su abuelo?
—No estaba buscando consuelo, estaba atendiendo un asunto personal que no te incumbe —respondí, pasando por su lado para intentar salir.
Claudia me bloqueó el paso, poniéndome una mano en el brazo. Su agarre era firme.
—A mí no me engañas. Alexander puede que esté cegado por esa cara bonita, pero yo veo a través de ti. Sé que engañas a Alexander, eres una víbora que sabe seducir a los hombres, pero no permitiré que lo hagas con el.
—Suéltame, Claudia. O le diré a Alexander que estás acosando a su esposa.
—Díselo —retó ella, acercándose a mi oído—. Pero antes de que llegues a la habitación, él ya habrá recibido la grabación de esta llamada. El sistema de la mansión registra todas las comunicaciones, querida. Bienvenido al mundo de los Volkov. Aquí, los secretos no duran ni una noche.
Salí de la despensa casi corriendo, con el pulso a mil. Claudia tenía la prueba. Si Alexander escuchaba que me llamaban "Elena" otra vez, o si descubría que estaba pagando una clínica privada, todo se acabaría. Tenía que llegar a Alexander antes que ella, o encontrar la forma de borrar ese registro. El juego se había vuelto mortalmente peligroso.
ojalá no bajen la Guardia