Valentina Ruiz, de 29 años, se casa con Alejandro Montesinos en una ceremonia de ensueño, pero apenas después del matrimonio, él tiene que viajar a Estados Unidos por un largo viaje de negocios. Mientras él está ausente, la familia de Alejandro – su madre doña Elena, su hermana Carolina y su tío Javier – la trata con indiferencia, desprecio y hasta humillaciones.
Cuando Valentina descubre que Alejandro le es infiel con su antigua novia, decide callarlo todo para proteger el matrimonio que tanto soñó y porque cree que su amor puede cambiar las cosas.
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Capitulo 23
El trueno retumbó con fuerza sobre la mansión, sacudiendo las ventanas hasta hacerlas temblar en sus marcos. La lluvia azotaba el cristal como si quisiera borrar todo lo que había en su interior, y Valentina se quedó de pie en el centro de su habitación, escuchando cómo el viento aullaba por los rincones de la casa.
De repente, oyó unos pasos rápidos en el pasillo – era Carolina, que llegaba con la voz entrecortada por el viento que se colaba por la puerta entreabierta:
—¡La luz se ha ido en toda la casa! —gritó, sujetándose a un poste para no caerse—. Mi madre está en la sala, pero no quiere salir. Dice que esto es un castigo por no haber elegido bien desde el principio, pero yo sé que es solo una excusa para culpar a alguien más.
Valentina cogió una linterna de emergencia del cajón del tocador y la encendió, iluminando el camino hasta la sala de estar. Allí, doña Elena estaba sentada frente a la chimenea, con las manos entrelazadas sobre las rodillas, mirando las brasas que aún ardían débilmente.
—Señora —dijo Valentina, acercándose con cuidado—. Sé que piensas que soy la causa de todos los problemas, pero nunca me has preguntado cómo llegué hasta aquí. Nunca me has dado una oportunidad de ser parte de esta familia de verdad.
Doña Elena levantó la vista hacia ella, y en sus ojos había un brillo de tristeza que Valentina nunca había visto antes: "Tal vez tengas razón, Valentina. Pero los Montesinos siempre hemos hecho las cosas de una manera – la manera que creemos que es correcta para mantener el nombre en alto. Alejandro es el heredero, y él necesita a alguien que entienda los negocios, que sepa moverse en este mundo. Sofía lo entiende. Tú... tú vienes de un lugar diferente".
—Soy de un lugar diferente, sí —respondió Valentina, con la voz firme a pesar del temblor que sentía en las piernas—. Pero eso no significa que no tenga valor. No significa que no pueda aprender, que no pueda ser alguien importante para Alejandro de otra manera.
La discusión se hizo más fuerte cuando el trueno retumbó de nuevo, sacudiendo la casa hasta hacer temblar los vasos sobre la mesa. Carolina llegó corriendo y se colocó entre ellas:
—¡Ya basta! —gritó, con las lágrimas rodando por las mejillas—. No es culpa de nadie, ni de Valentina, ni de Sofía, ni de nadie. Es culpa nuestra por no dejar que Alejandro decida por sí mismo desde el principio.
Doña Elena se levantó lentamente y miró a su alrededor – a Carolina, a Valentina, a la chimenea donde las brasas se consumían poco a poco. "Quizás tengas razón, hija mía", murmuró, casi sin voz. "Quizás nunca deberíamos haber impuesto nuestras voluntades a él".
Mientras tanto, la tormenta seguía azotando Madrid. Valentina se retiró a su habitación y cerró la puerta con llave. Se sentó en la cama y cogió su diario, escribiendo:
"La tormenta fuera es fuerte, pero la que hay dentro es peor. Pero ya no tengo miedo de enfrentarla. Mañana vendrá la verdad, y esta vez la llevaré conmigo."
Cuando la luz volvió, la tormenta había pasado. Pero en el corazón de Valentina quedaba la certeza de que nada volvería a ser como antes.
Cuando la tormenta finalmente cesó, Valentina abrió la ventana de su habitación para dejar entrar el aire fresco y limpio que quedaba después de la lluvia. El sol comenzaba a asomar entre las nubes dispersas, y el jardín lucía como nuevo – las hojas de los árboles relucientes, el suelo mojado y oloroso a tierra húmeda.
Bajó a la cocina y encontró a Carolina sentada en el suelo junto al fregadero, con las rodillas juntas y las manos apoyadas en la cabeza.
—No puedo creer lo que pasó anoche —murmuró Carolina, sin levantar la vista—. Mi madre nunca había admitido que pudiera estar equivocada. Nunca.
Valentina se acercó y se sentó a su lado: "A veces las tormentas nos hacen ver las cosas de otra manera. A veces necesitamos que todo se vuelva arriba abajo para entender lo que realmente importa".
Carolina levantó la cabeza entonces, y en sus ojos había algo que Valentina no había visto antes: un destello de humildad. "Sé que siempre te he tratado mal", dijo, con voz rota. "Decía que era por el bien de la familia, por el bien de Alejandro, pero en realidad... en realidad era porque me daba miedo que él eligiera a ti en lugar de seguir el camino que habíamos trazado".
—No es tarde para cambiar las cosas —respondió Valentina, poniéndole una mano sobre el hombro—. Alejandro merece decidir por sí mismo, y nosotros también merecemos dejar de imponerle nuestras voluntades.
Carolina asintió y se secó las lágrimas con la manga del vestido. "Cuando él llegue mañana", dijo, "voy a hablarle. Le diré todo – cómo te hemos tratado, cómo hemos intentado decidir por él. Porque ya no puedo seguir siendo cómplice de esto".
Valentina sonrió por primera vez sin forzarlo – una sonrisa tranquila, como el sol que ahora calentaba el jardín. Se fue a su habitación y abrió el diario, escribiendo la última entrada antes de su regreso:
"La tormenta ha pasado. Ahora viene el día claro. Ya no tengo miedo de lo que vendrá, porque sé que puedo enfrentarlo. Ya sea con él o sin él, seré yo misma."
Guardó el diario y empezó a preparar la casa para la llegada de Alejandro – ordenando sus libros, limpiando el estudio, poniendo flores frescas en las mesas. Pero esta vez, no lo hacía por complacer a nadie. Lo hacía porque quería que la verdad encontrara un hogar limpio y claro donde poder vivir.