Valentina Cruz es una abogada brillante, sarcástica y que no se deja intimidar por nadie. Cuando entra a trabajar para Alejandro Montero, el CEO más poderoso y arrogante del país, chocan de inmediato. Acostumbrado a mandar y a que todos obedezcan, Alejandro encuentra en ella a la única persona que se atreve a desafiarlo, corregirlo y... ponerlo en su lugar.
Entre órdenes que no se cumplen, miradas cargadas de tensión y situaciones cómicas, nace una guerra de poder donde nadie quiere ceder. Pero lo que empieza como una batalla de voluntades se convierte en una atracción irresistible.
¿Podrá el hombre que siempre controló todo aprender a dejar que ella lleve las riendas?
Una historia de amor, humor y pasión donde la verdadera dominación es amar sin miedo.
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Capítulo 11: Supervivencia en el Paraíso
Si alguien le hubiera dicho a Valentina Cruz que su luna de miel incluiría dormir en una cabaña sin aire acondicionado, rodeada de mosquitos del tamaño de drones y con un esposo que intentaba pescar con un tenedor, probablemente habría pedido el divorcio antes de salir de la iglesia. Pero allí estaba, en una isla remota de las Bahamas, viviendo lo que Alejandro Montero llamaba "una experiencia de desconexión total".
Todo había comenzado con un gesto "romántico" de Alejandro. Queriendo alejarse de los paparazzi, los socios comerciales y las llamadas incesantes de su madre, había alquilado una isla privada. El problema era que la isla era tan privada que ni siquiera el servicio de mantenimiento había llegado a tiempo debido a una tormenta tropical que los dejó aislados apenas aterrizaron en su hidroavión privado.
— Es... rústico — dijo Alejandro, intentando mantener su dignidad de CEO mientras cargaba dos maletas de diseño sobre la arena mojada. Su camisa de lino blanco, que costaba más que el alquiler de un apartamento, ya estaba empapada de sudor y pegada a su espalda.
Valentina se quitó las sandalias de tacón y las lanzó con rabia hacia la entrada de la cabaña.
— "Rústico" es una palabra amable para decir "prehistórico", Alejandro. Dijiste que habría un chef, un mayordomo y, sobre todo, señal de Wi-Fi. No tengo ni una rayita de cobertura. Si el mundo se acaba hoy, nos enteraremos por las cenizas.
— Mira el lado positivo, jefa — bromeó él, aunque su sonrisa flaqueaba —. Tenemos toda la isla para nosotros. Sin contratos, sin juicios, sin... mi madre preguntando cuándo le daremos un nieto.
— Tenemos toda la isla para nosotros y probablemente para una colonia de insectos que nos ven como un bufet libre — replicó ella, entrando en la cabaña.
El interior era una mezcla de lujo colonial y abandono reciente. Las camas tenían mosquiteros de seda, pero el suelo crujía con cada paso. La cocina era una reliquia y, para colmo de males, la nevera estaba vacía. El hidroavión debía regresar al día siguiente con las provisiones frescas, pero la radio solo emitía estática.
— Tengo hambre — anunció Valentina tres horas después, sentada en una hamaca mientras intentaba abanicarse con una revista de leyes que, por alguna razón, siempre llevaba consigo.
Alejandro, que había estado explorando los alrededores, regresó con una expresión de triunfo que solo usaba cuando ganaba una opa hostil.
— He encontrado cocos. Y mangos. Y... creo que puedo pescar algo en el arrecife.
— Alejandro, lo más parecido a la naturaleza que has visto en diez años es el jardín vertical del vestíbulo de la torre Montero. No sabes pescar.
— Soy un hombre de recursos, Valentina. He visto documentales.
Lo que siguió fue una de las escenas más cómicas que Valentina había presenciado jamás. El gran Alejandro Montero, el hombre que hacía temblar a los tiburones de Wall Street, estaba de pie en el agua hasta las rodillas, con los pantalones remangados y un tenedor de plata atado a un palo con un cordón de sus zapatos. Intentaba ensartar peces que se movían diez veces más rápido que sus reflejos.
— ¡Te tengo! — gritó él, lanzando un pinchazo al agua y terminando de bruces contra una ola.
Valentina, sentada en la orilla, no pudo contenerse más. Su risa resonó por toda la playa, una carcajada limpia y ruidosa que hizo que los pájaros salieran volando de las palmeras.
— ¡Es una técnica de distracción! — gritó él desde el agua, escupiendo arena —. ¡Intento que se rían tanto que olviden nadar!
— Ven aquí, "Aquaman" de pacotilla — dijo ella, levantándose y caminando hacia él —. Antes de que te ahogues o que un cangrejo decida que tu dedo del pie es un aperitivo, vamos a usar el cerebro.
Esa tarde, la dinámica cambió. Valentina, que de niña había pasado veranos en el campo con sus abuelos, tomó el mando. Le enseñó a Alejandro cómo abrir un coco sin perder una mano en el intento usando una piedra afilada, y cómo identificar los mangos maduros. Terminaron cenando frutas y agua de coco bajo un cielo estrellado que, a pesar de todo, era impresionante.
— Sabes... — dijo Alejandro, tumbado en la arena junto a ella, con la cara manchada de pulpa de mango —. Esto no es lo que planeé. Quería darte la luna de miel más lujosa de la historia. Quería que te sintieras como una reina.
Valentina se apoyó en su hombro.
— Alejandro, he sido una "reina" en hoteles de cinco estrellas toda mi vida laboral. He tenido lujo, seda y caviar. Pero nunca había visto al CEO más arrogante del mundo intentar pelearse con un pez usando un tenedor. Y te aseguro que prefiero esto mil veces.
Él la miró, y en la oscuridad, sus ojos grises brillaban con una vulnerabilidad nueva.
— ¿De verdad?
— De verdad. Porque aquí no eres el señor Montero. Eres solo Alejandro. Mi esposo. El hombre que se ensucia las manos por mí, aunque sea de forma catastrófica.
Se besaron, un beso que sabía a coco y a salitre, mucho más real que cualquier otro que hubieran compartido en la suite presidencial de Buenos Aires. Pero, por supuesto, la comedia romántica no descansa.
Justo cuando la atmósfera se volvía íntima y romántica, un ruido extraño salió del interior de la cabaña. Un sonido de algo pesado cayendo y cristales rompiéndose.
— ¿Qué ha sido eso? — preguntó Valentina, tensándose.
Alejandro se levantó de un salto, recuperando su instinto protector (y buscando su palo-tenedor).
— Quédate detrás de mí.
Entraron en la cabaña con cautela. La escena que encontraron fue surrealista. Un mapache enorme (o lo que fuera que viviera en las Bahamas con esa apariencia) había entrado por una ventana mal cerrada y estaba encima de la mesa, devorando los últimos mangos y, lo que era peor, se había enredado en el velo de novia de Valentina que ella había sacado de la maleta para airearlo.
— ¡Eh! ¡Fuera de ahí! — gritó Alejandro, agitando los brazos.
El animal, lejos de asustarse, siseó con una autoridad que recordó a Valentina a la madre de Alejandro. Empezó a correr por toda la cabaña, arrastrando el velo de encaje francés detrás de él como si fuera una novia en fuga.
— ¡Mi velo! — gritó Valentina, mitad horrorizada, mitad muerta de risa.
Alejandro empezó a perseguir al mapache, saltando sobre los sofás y chocando con las lámparas.
— ¡Vuelve aquí, pequeño delincuente! ¡Esa tela cuesta más que tu hábitat natural!
Fue una persecución de diez minutos que terminó con el mapache saltando por la ventana, dejando el velo enganchado en un clavo de la pared, ahora un poco más "vintage" y con un par de agujeros nuevos. Alejandro se quedó allí, jadeando, con el pelo lleno de telarañas y una expresión de derrota absoluta.
Valentina se dejó caer en el sofá, riendo hasta que le dolió el estómago.
— Esto... esto es mejor que cualquier película, Alejandro. "El CEO contra la naturaleza". Mañana mismo vendo los derechos del guion.
Alejandro miró el velo roto, luego a su esposa riendo, y finalmente se unió a la risa. Se sentó a su lado y la abrazó.
— Definitivamente, Cruz... eres el único activo de mi vida que no puedo controlar. Y creo que es por eso que te amo tanto.
La noche terminó con ellos durmiendo en la hamaca de la terraza, porque ninguno de los dos se atrevía a volver a entrar y encontrarse con el "primo" del mapache. A la mañana siguiente, el hidroavión llegó con el equipo de rescate, comida gourmet y, lo más importante, el aire acondicionado.
Cuando el mayordomo jefe los encontró durmiendo en la hamaca, cubiertos de arena y con restos de mango en la ropa, se quedó horrorizado.
— ¡Señor Montero! ¡Señora Montero! ¡Mil disculpas por este desastre! ¡Debemos llevarlos de inmediato al resort principal!
Alejandro abrió un ojo, miró a Valentina, que seguía dormida plácidamente en sus brazos, y luego al mayordomo.
— No tenga prisa, James — dijo con una calma absoluta —. Déjenos el Wi-Fi, la comida y... quizás un repelente de mapaches. Pero nos quedamos. Resulta que en este caos, por fin he encontrado quién es el jefe.
Valentina abrió un ojo y sonrió sin levantar la cabeza de su pecho.
— Buena respuesta, Montero. Te has ganado un ascenso.
Y así, entre velos rotos, peces supervivientes y mangos robados, comenzó la verdadera vida de los señores Montero. Una vida donde el poder ya no se medía en acciones de bolsa, sino en quién lograba hacer reír más fuerte al otro en medio del desastre más absoluto.