En un mundo dividido por magia y poder, seis protagonistas luchan por el destino de los Cuatro Reinos. Entre traiciones, alianzas y secretos ancestrales, cada uno debe enfrentar su propio pasado para conquistar un reino al borde del caos. Una saga épica de magia, intriga y supervivencia donde solo los más fuertes definirán el futuro.
Crónica de los Cuatro Reinos: La Saga Arcana.
Libro 1: El Legado de Drakthar.
Libro 2: Fuego y Hielo en Frostvale.
Libro 3: Los Secretos de Ironspire.
Libro 4: El Juramento de Embercliff.
Libro 5: La Corona Rota.
Libro 6: Las Sombras del Trono.
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Capítulo 01
El viento, en Frostvale, era una presencia constante, un aliento gélido que silbaba entre los picos de las montañas cristalinas y lamía los muros de la Fortaleza Invernal, la capital del reino. No era un viento cualquiera; era el corazón mismo de Frostvale, tallando el paisaje en esculturas de hielo efímeras y susurrando historias ancestrales a aquellos que sabían escuchar. Aquí, la vida se aferraba a la escarcha con una tenacidad admirable. Las casas, construidas con bloques de hielo y piedra blanca, brillaban bajo el sol pálido, y los habitantes, los Frosborn, vestían pieles gruesas y capas de lana, sus pieles curtidas por el frío, sus ojos de un azul penetrante reflejando el cielo invernal.
La Reina Seraphina, con solo veinticinco inviernos a sus espaldas, llevaba el peso de su linaje con una gracia que ocultaba una voluntad de hierro. Su cabello, del color de la nieve recién caída, caía en una trenza gruesa por su espalda, y sus ojos, del azul más profundo del glaciar, observaban su reino desde la Sala del Consejo en la cima de la Fortaleza. No era la más antigua de su corte, pero su mente era tan aguda como un pico de hielo y su corazón tan resiliente como el permafrost.
Los días eran rutinarios en su majestuosa monotonía: audiencias con los Señores del Hielo, inspecciones de las defensas, discusiones sobre las rutas comerciales con los pocos mercaderes valientes que desafiaban las Montañas Grises. Sin embargo, una sombra se cernía sobre Frostvale, un presentimiento frío que no tenía nada que ver con el clima. Hacía meses, un silencio inusual había caído sobre los oráculos, los Videntes del Glaciar, aquellos ancianos venerados que podían leer los caprichos del tiempo en los patrones del hielo y el susurro del viento. La Gran Oráculo, Elara, una mujer tan antigua como los propios glaciares, había permanecido en su cámara de cristal en las profundidades de la Cueva de los Ecos, sumida en un trance inquietante, sus visiones envueltas en una niebla que ni siquiera ella podía penetrar.
Seraphina sentía esa inquietud. Una noche, mientras revisaba los informes sobre la escasez de bayas de escarcha en los valles del sur, una punzada helada le atravesó el corazón. No era el frío habitual; era un escalofrío que auguraba mal. De repente, un mensajero irrumpió en sus aposentos, su aliento formaba nubes densas en el aire.
—¡Mi Reina! —exclamó, arrodillándose, su voz llena de un terror inconfundible—. ¡La Gran Oráculo! ¡Ha despertado!
Seraphina sintió cómo su sangre se helaba en sus venas. Se puso de pie de un salto, su larga capa de armiño blanco ondeando a su paso.
—¡Prepara mi escolta! ¡Ahora mismo!
La Cueva de los Ecos era un lugar sagrado y temido. Su entrada, un enorme arco de hielo natural, estaba oculta tras una cortina de nieve perpetua. En su interior, el aire era gélido, pero no por el frío exterior, sino por la energía mística que emanaba de las paredes de cristal y las formaciones de hielo. La cámara de Elara, un espacio circular tallado en hielo puro, brillaba con una luz azulada, y en el centro, sobre una plataforma de cristal, yacía la Oráculo.
Cuando Seraphina entró, acompañada por el Capitán Theron de la Guardia Real, un hombre de hombros anchos y mirada de halcón, y su consejera más cercana, Lady Isolde, una mujer astuta con una mente tan aguda como el borde de una espada, el ambiente era casi irrespirable. Los otros Videntes, ancianos de ropas sencillas y piel arrugada, se agrupaban alrededor de Elara, sus rostros pálidos, sus ojos llenos de una reverencia teñida de horror.
Elara se incorporó lentamente de su lecho de cristal. Su figura, normalmente frágil, parecía investida de una fuerza sobrenatural. Sus ojos, que solían ser un pozo de sabiduría tranquila, ahora brillaban con un resplandor plateado que parecía ver más allá del velo de la realidad. Su cabello blanco se erizó, y un vaho helado emanaba de ella, no como el aliento normal, sino como un aura.
—¡Seraphina! —dijo Elara, su voz era un susurro gutural, distorsionado, como el crujido de un glaciar milenario. No la miró, sino que sus ojos parecieron atravesarla, viendo algo más allá de su forma física—. ¡La Ruina viene!
Seraphina se acercó con cautela, su corazón latiéndole con fuerza en el pecho.
—Gran Oráculo, ¿qué has visto? ¿Qué significa esto?
Los ojos de Elara se fijaron en un punto invisible en la distancia, y una melodía discordante comenzó a salir de sus labios, una profecía, no hablada, sino cantada en un idioma antiguo, una lengua olvidada que los Videntes más jóvenes tradujeron en murmullos temblorosos.
—*Cuando el corazón del invierno se rompa,*
*Y la montaña escupa fuego.*
*Una sombra ardiente ascenderá desde el sur,*
*Una plaga de brasas y cenizas.*
Elara hizo una pausa, un temblor violento recorrió su cuerpo.
—*El hielo se derretirá, no por el sol,*
*Sino por la furia de las llamas eternas.*
*Las defensas de cristal se harán añicos,*
*Y el frío se volverá vapor.*
Un escalofrío gélido se extendió por la cámara, más intenso que cualquier temperatura. Seraphina sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
—*No será solo el fuego lo que arda,*
*Sino la confianza, la lealtad, la verdad.*
*La serpiente de la traición se deslizará por los pasillos,*
*Con el rostro de un amigo y el corazón de un enemigo.*
Lady Isolde se llevó una mano a la boca, sus ojos fijos en la Oráculo con una mezcla de horror y confusión. Theron apretó la empuñadura de su espada, su rostro endurecido por la preocupación.
—*El invierno se volverá cenizas,*
*Frostvale, ahogado en humo y desesperación.*
*A menos que el hielo y el fuego se unan,*
*Y dos corazones opuestos encuentren un destino común.*
***