"Luna heredó una cabaña en un pueblo maldito donde vampiros, hombres lobo y la mafia se disputan el derecho a poseerla, sin saber que ella es la última Heredera de la Niebla y la única capaz de destruirlos a todos."
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Capítulo 2: Tres sombras en la niebla
El diario temblaba entre sus dedos.
Luna lo sostuvo bajo la luz amarillenta de la lámpara de queroseno que había encontrado en la despensa. La electricidad de la cabaña funcionaba a duras penas —un generador antiguo que tosía más que ronroneaba—, pero la luz cálida del combustible le parecía más segura. Más íntima.
Fuera, el viento gemía entre los abetos como un animal herido.
Releyó la última página por tercera vez.
«No confíes en el vampiro, aunque te ofrezca su sangre.»
Recordó la figura oscura al borde del bosque. El nombre que había brotado en su mente sin permiso. Viktor.
«No confíes en el lobo, aunque te ofrezca su manada.»
Aún no había visto ningún lobo. Solo el silencio espeso del bosque y esa sensación constante de ser observada.
«Y, sobre todo, NO CONFÍES EN EL HOMBRE DEL TRAJE NEGRO.»
Cerró el diario con un golpe seco. El polvo bailó en el haz de luz.
—Abuela —murmuró, frotándose los ojos con cansancio—. ¿En qué clase de secta estabas metida?
Un golpe en la puerta.
Luna se quedó paralizada. El corazón se le subió a la garganta.
No era un golpe normal. Eran tres golpes secos, espaciados, deliberados. Como si quien estuviera al otro lado tuviera toda la eternidad para esperar.
Toc. Toc. Toc.
—¿Quién es? —su voz sonó demasiado aguda. Maldijo en silencio.
Silencio.
Luego, una voz. Masculina. Profunda. Con un acento que no supo ubicar —quizá europeo del este, quizá simplemente antiguo—.
—Soy Viktor Volkov. He venido a darte la bienvenida al vecindario, Heredera.
La palabra le erizó cada vello del cuerpo. Heredera. Igual que en el diario. Igual que en su mente.
—No conozco a ningún Viktor —respondió, sin moverse de la mesa—. Y no sé de qué me hablas.
Una pausa. Luna imaginó una sonrisa al otro lado de la madera. Una sonrisa sin calor.
—Mientes bien —dijo la voz—. Pero tu sangre te delata. Late demasiado rápido. La oigo desde aquí.
Luna apretó los puños. La ira empezó a competir con el miedo.
—Mira, señor Volkov o como te llames. Son las diez de la noche, estoy en medio de la nada y no tengo nada de valor. Así que vete o llamo a la policía.
Esta vez sí hubo una risa. Un sonido bajo, aterciopelado, que resonó en las vigas de madera.
—La policía no viene a Cresta Negra, pequeña Heredera. Hace setenta años que no pisan este valle. Pero tienes razón en una cosa: no debería molestarte tan tarde. Mañana hablaremos. Con calma.
Pasos alejándose del porche. Luego, un susurro que atravesó la madera como si no existiera:
—Ah, y Luna... el lobo también viene de camino. Huele a perro mojado a kilómetros. No le abras. Es impulsivo. Podría hacerte daño sin querer.
Y luego, nada.
Luna permaneció inmóvil durante un minuto entero. Dos. Solo cuando el silencio se volvió absoluto se permitió respirar.
—Vale —susurró—. Vale, vale, vale. Hay un tipo que dice ser vampiro. Un tipo que dice que viene un lobo. Y un diario que dice que no confíe en nadie. Esto es una broma. Tiene que serlo.
Pero no lo era. Lo sabía en lo más profundo de sus huesos. Esa sensación de reconocimiento, ese zumbido en la nuca desde que cruzó el cartel del pueblo... no era normal. Nunca lo había sido.
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El segundo golpe en la puerta llegó quince minutos después.
Pero este no fue un golpe seco y educado. Este hizo temblar los goznes.
¡BAM! ¡BAM! ¡BAM!
—¡Sé que estás ahí! —la voz era completamente distinta. Más joven. Más caliente. Como whisky derramado sobre brasas—. ¡Abre, maldita sea! ¡Ese chupasangre sigue rondando cerca!
Luna se levantó de un salto. Agarró el atizador de la chimenea, una barra de hierro forjado que pesaba más que su sentido común.
—¿Quién eres? —gritó a través de la puerta.
—¡Alec Sterling! ¡Alfa de la Manada de la Sierra! ¡Y si no abres en diez segundos, voy a derribar esta puerta y luego me disculparé mientras te preparo un té!
El lobo.
La advertencia de Viktor resonó en su cabeza. Es impulsivo. Podría hacerte daño sin querer.
Pero también resonó la advertencia de su abuela: No confíes en el lobo.
—¿Por qué debería confiar en ti? —preguntó, apretando el atizador.
Un gruñido de frustración al otro lado.
—¡Porque no quiero hacerte daño! ¡Quiero evitar que los vampiros te conviertan en su mascota o que los Moretti te metan en uno de sus sótanos! ¡Abre de una vez, mujer!
Luna dudó. Cada fibra de su instinto le gritaba que no lo hiciera. Pero otra parte, una parte más profunda y antigua que no reconocía como propia, le susurró que este peligro era distinto. Más cálido. Más vivo.
Desc corrió el cerrojo.
La puerta se abrió y el viento helado entró en tromba, haciendo bailar la llama del quinqué.
En el umbral, recortado contra la niebla, había un hombre que no parecía un hombre.
Era alto. Muy alto. Con el pelo revuelto color miel cayéndole sobre unos ojos que brillaban con luz propia —ámbar líquido, dorado, imposible—. Llevaba una camiseta negra ajustada y vaqueros gastados, y olía a gasolina, a sudor y a algo salvaje. A bosque profundo. A tormenta.
A lobo.
Los ojos de Alec recorrieron su rostro, su cuerpo, y se detuvieron en los suyos. En sus ojos violetas.
—Mierda —susurró, palideciendo bajo su tono bronceado—. Es verdad. Eres idéntica a Margaret.
—¿Conociste a mi abuela? —Luna no bajó el atizador ni un centímetro.
Alec soltó una risa amarga.
—¿Conocerla? Tu abuela era la única Bruja de la Niebla que quedaba. La única que mantenía a raya a los vampiros con sus malditos hechizos y a la mafia con sus tratos. Y ahora está muerta. Y tú estás aquí. Y ellos vienen.
—¿Ellos?
—Viktor acaba de irse. Lo has olido, ¿verdad? Colonia cara y sangre vieja. Y Dante Moretti...
El nombre golpeó a Luna como un puñetazo. El hombre del traje negro.
—¿Quién es Dante Moretti? —preguntó, aunque ya lo sabía. Lo había leído.
Alec entró en la cabaña sin pedir permiso. Cerró la puerta tras de sí con un movimiento brusco. Olfateó el aire.
—Es el dueño de este pueblo, aunque los vampiros y mi manada nos repartamos las migajas. Él pone las reglas. Él cobra los tributos. Y ahora que tú has llegado...
Se volvió hacia ella. Estaban demasiado cerca. Luna sintió el calor que emanaba de su cuerpo como una estufa viva.
—Ahora que tú has llegado, va a quererte para él.
Un tercer golpe en la puerta.
Esta vez fue suave. Elegante. Dos toques apenas audibles.
—Señorita Luna —la voz era sedosa, educada, con un deje urbano—. Soy Dante Moretti. Lamento la hora, pero he visto que tiene visitas y me pareció de mala educación no presentarme. ¿Me permite pasar? Traigo vino. Del bueno. No como el vinagre que bebe Volkov.
Alec gruñó. Literalmente gruñó, un sonido grave que vibró en el pecho de Luna.
—No le abras —siseó—. Es peor que el vampiro. Al menos Viktor te mataría rápido. Dante te poseería lentamente. Durante años. Hasta vaciarte.
Luna miró la puerta. Miró a Alec. Miró el diario de su abuela sobre la mesa.
«No confíes en ninguno.»
Pero no podía quedarse allí encerrada para siempre.
Inspiró hondo. Soltó el atizador.
Y abrió la puerta.
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En el umbral, perfectamente recortado contra la niebla que parecía acariciarlo sin atreverse a tocarlo, estaba el hombre más peligrosamente guapo que Luna había visto en su vida.
Traje negro de corte impecable. Camisa blanca sin corbata, con el primer botón desabrochado. Pelo oscuro peinado hacia atrás, con una sola onda rebelde cayendo sobre la frente. Ojos negros como el fondo de un pozo.
Sonreía. Y esa sonrisa prometía cosas que ningún hombre debería poder prometer.
En una mano, una botella de vino tinto. En la otra, un ramo de flores silvestres. Flores que no crecían en esa época del año.
—Luna —dijo, y su nombre sonó como una caricia en sus labios—. Cuánto tiempo he esperado este momento.
Detrás de ella, Alec emitió otro gruñido. Y en algún lugar del bosque, invisible entre la niebla, Luna supo que Viktor también estaba mirando.
Tres depredadores.
Una sola presa.
Y la noche acababa de empezar.
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