Carlos sortea con re descubrir el amor, luego de haber sido casi desmoronando al ser repudiado por su pareja. el destino toca a su puerta nuevamente, lo dejará entrar ?
NovelToon tiene autorización de Marcela Salazar S. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Una desgracia más
Carlos de nuevo se sumergió en recuerdos, sin saber del peligro que se avecinaba.
Esta vez recordó su llegada a la casa de Esteban.
No fue voluntaria.
Su abuela, tratando de que las cosas mejoraran entre los dos, lo instó a que fuera solo a ver el lugar que Esteban le tenía. Pensaba ella que si Carlos dejaba de estar a la defensiva y le diera una oportunidad a Esteban, este podría redimirse.
¿Por qué pensaba ella esto?
Porque Esteban había comenzado a crear una imagen pulcra delante de su abuela. Llena de amabilidad. Cortesía. Buen trato hacia Carlos delante de ella. Le abría la puerta. Le acercaba la silla. Le preguntaba cómo había dormido. Le llevaba flores.
Todo con tal de que ella fomentara su relación.
—Mira, Carlos —decía Regina, con una sonrisa ilusionada—. Hasta flores te trajo. Qué detalle tan bonito.
Carlos quería gritarle que eran flores robadas. Que las intenciones de Esteban eran cualquier cosa menos bonitas. Que la amabilidad era una máscara.
Pero no podía.
Porque cada vez que intentaba hablar, Esteban lo miraba. Esa mirada que decía "una palabra y te arrepentirás".
Y Carlos callaba.
Por él. Por su abuela. Por la paz.
---
Carlos aceptó ir solo porque su abuela llevaba muchos días insistiendo.
—Es solo una visita, mi vida —decía Regina, mientras le arreglaba el cuello de la camisa—. Ves la casa, tomas un café, y te vienes. No tienes que quedarte mucho tiempo.
—No quiero ir, abuela.
—Ya sé. Pero... dale una oportunidad. Tal vez las cosas pueden ser diferentes. Tal vez él puede cambiar.
Carlos la miró. Vio la esperanza en sus ojos. La necesidad de creer que todo iba a estar bien. Que su decisión en el hospital no había sido un error. Que Esteban no era tan malo.
Y por no romperle el corazón, aceptó.
—Está bien —dijo—. Voy. Pero solo una hora.
—Una hora —asintió Regina, sonriendo—. Y luego vuelves.
Carlos no volvió.
---
Durante todo el trayecto en el auto, Esteban mantuvo una máscara de mucha amabilidad.
—¿Cómo está tu abuela? —preguntó, con una voz suave que Carlos no le conocía.
—Bien.
—¿Ha mejorado de la presión?
—Sí.
—Me alegra. Le tengo mucho cariño.
Carlos no respondió. Miró por la ventana. Los árboles pasaban. Las casas pasaban. Su vida pasaba.
Llegaron a la casa.
Era diminuta, tal como Esteban la había descrito. Dos habitaciones. Una cocina minúscula. Un baño con una ducha que apenas cabía una persona. Un jardín trasero lleno de maleza.
—No es mucho —dijo Esteban, abriendo la puerta—. Pero es un comienzo.
Carlos entró.
Olía a pintura fresca. A madera nueva. A algo que intentaba ser un hogar y solo era una jaula.
Esteban le mostró todo el lugar. La sala. La cocina. El baño. La habitación principal.
—Aquí dormiríamos nosotros —dijo, señalando una cama matrimonial que ocupaba casi todo el espacio.
Carlos sintió náuseas.
—¿Y la otra habitación? —preguntó, señalando una puerta cerrada al fondo del pasillo.
Esteban sonrió. Una sonrisa rápida. Controlada.
—Es un depósito. Todavía está desordenada. No quiero que la veas así.
Carlos no le dio importancia. Estaba cansado. Quería irse. La hora casi había terminado.
—Bueno —dijo, mirando el reloj—. Me tengo que ir.
—¿Ya? —preguntó Esteban, con una falsa decepción—. Quédate un poco más. Te prepararé un café.
—No, gracias. Tengo que volver con mi abuela.
—Un café, Carlos. No te va a hacer daño.
La voz de Esteban había cambiado. Ya no era suave. Tenía un filo nuevo. Un borde cortante.
Carlos sintió un escalofrío.
—Está bien —dijo, para no provocarlo—. Un café. Pero rápido.
Esteban sonrió. Fue a la cocina.
Carlos se quedó en la sala. Miró hacia la puerta de entrada.
El seguro estaba puesto.
No recordaba haberlo escuchado. No recordaba haberlo visto. Pero allí estaba. La traba metálica cruzada, impidiendo que la puerta se abriera.
El pánico comenzó a subirle por el pecho.
Caminó hacia la puerta. Intentó disimular. Como si solo quisiera ver el jardín. Sus dedos tocaron el seguro.
Estaba atascado. No se movía.
—¿Buscas algo? —preguntó Esteban desde la cocina.
Carlos se giró. Su rostro intentó ser neutral.
—No. Solo miraba el jardín.
—Ah, sí. Está descuidado. Pero ya lo arreglaré. Cuando te vengas a vivir conmigo.
—No voy a vivir contigo.
—Claro que sí.
Esteban salió de la cocina. No traía café. No traía nada. Solo sus manos vacías y una sonrisa que ya no era amable.
—Esto fue un error —dijo Carlos, retrocediendo hacia la puerta—. Me voy.
—No.
—Esteban...
—Dije que no.
La voz de Esteban se hizo grave. Oscura. Como la de aquella noche en la habitación de la chica.
—No voy a dejarte ir, Carlos. No otra vez.
Carlos intentó abrir la puerta. El seguro no cedía. Golpeó la madera con la palma de la mano.
—¡Déjame salir!
—No.
Esteban caminó hacia él. Lento. Seguro. Como un depredador que sabe que su presa no tiene adónde huir.
—Esta es tu casa ahora. Y yo soy tu pareja. Y vas a aprender a quererme. Aunque tome años. Aunque tenga que romperte una y otra vez hasta que entiendas.
Carlos dejó de golpear la puerta.
Se giró.
Lo miró.
Y por primera vez, no sintió miedo.
Sintió odio.
—Vas a arder en el infierno —susurró.
—Tal vez —respondió Esteban, encogiéndose de hombros—. Pero tú vas a estar conmigo.
Fue el último día en que Carlos saldría de esa casa por un largo tiempo.
Carlos sintió un golpe en la nuca.
Y cayó.
El mundo se fue a negro. Sin sueños. Sin pensamientos. Solo una oscuridad densa, pesada, como una manta de plomo.
Luego de eso, abrió los ojos.
Estaba acostado en una cama mullida. Demasiado mullida. Las sábanas olían a suavizante barato. El colchón crujía con cada movimiento.
Miró el lugar, confundido. ¿Dónde estaba?
Una pequeña habitación. Paredes blancas. Un armario vacío. Una pequeña ventana al costado, tan alta que apenas podía alcanzarla de puntillas.
Fue hacia ella. Corrió la cortina.
Unos gruesos barrotes.
El pánico comenzó a subirle por el pecho. Fue rápidamente a la puerta. La manija no giraba. La madera era gruesa. Al otro lado, el silencio.
—¿Hola? —llamó, con la voz quebrada—. ¿Hay alguien?
Nadie respondió.
Sintió un tintineo metálico. Bajó la mirada.
Una cadena.
En su tobillo.
Fina, pero resistente. Unida a una argolla en la pared. El largo le permitía llegar a la cama, al baño, a la ventana. Pero no a la puerta.
Miró otra puerta pequeña al lado. La abrió. Un baño minúsculo. Sin ventanas. Sin nada.
Estaba atrapado.
---
Los días de martirio iniciaron.
Un sinfín de días.
Esteban venía a todas horas. Sin horario fijo. A veces de día. A veces de noche. A veces cuando Carlos estaba dormido. A veces cuando estaba en la ducha.
Siempre encontraba la forma.
Siempre encontraba el momento.
Carlos perdió la cuenta de las veces. Dejó de contar después del primer mes. Su cuerpo ya no era suyo. Su mente aprendió a irse a otro lugar mientras Esteban hacía lo que quería.
Pero algo en él se negaba a morir.
Tres embarazos más.
Ninguno llegaba a término.
El primero se fue por los golpes. Esteban estaba furioso porque Carlos no le había planchado la camisa. Lo golpeó en el vientre. Esa noche, Carlos sangró durante horas.
El segundo se fue por la fatiga. Carlos llevaba días sin dormir. Esteban lo despertaba a cada rato. Lo obligaba a estar despierto. A estar atento. A estar disponible. El cuerpo no aguantó.
El tercero... ese fue diferente. Carlos lo sintió crecer. Sintió los movimientos. Y por un momento, dudó.
Tal vez, pensó. Tal vez este sí...
Pero luego recordó.
Recordó quién era el padre. Recordó la cadena en su tobillo. Recordó los barrotes en la ventana.
Y una noche, mientras Esteban dormía, se golpeó el vientre contra el borde de la cama. Una vez. Dos veces. Tres.
Hasta que sintió el dolor. Hasta que sintió la sangre.
No quería que un niño inocente viniera al mundo a vivir esta porquería de vida.
Lloró esa noche. No por el bebé. Sino por lo que se había convertido.
---
Aún así, se mantuvo firme.
No se rendía.
Creía que todo acabaría algún día. Que alguien vendría. Que su abuela lo encontraría. Que los barrotes se caerían solos. Que la cadena se rompería.
Pero cada día eran más y más.
Hasta que un día, Esteban entró a la habitación.
Su rostro no era de furia. No era de deseo. Era otra cosa. Algo que Carlos no había visto antes.
—Tu abuela murió —dijo, sin preámbulos.
El mundo de Carlos se detuvo.
—¿Qué?
—Murió. Hace tres días.
—No... no puede ser...
—Puede. Y necesitas ir.
Carlos lo miró. Sus ojos, cansados, vacíos, se llenaron de algo que creía haber perdido. Esperanza.
—¿Vas a dejarme ir?
—Solo para el funeral. Solo para saber qué te dejó en el testamento.
—¿El testamento?
Esteban apretó la mandíbula. Sus ojos se oscurecieron.
—Necesito dinero. Vivir de mis trabajos de medio tiempo ya no funciona. No pude ir a la universidad por tu culpa. Por tener que cuidarte. Por tener que estar encima de ti para que no hicieras ninguna estupidez.
—No fue mi culpa...
—¡Cállate!
El grito rebotó en las paredes blancas. Carlos bajó la cabeza.
Esteban le tiró algo presentable. Ropa de color negro. Un pantalón. Una camisa. Un saco.
—Vístete —ordenó—. Vamos al funeral. Te quedas a mi lado en todo momento. No hablas con nadie. No miras a nadie. Y cuando termine, vuelves aquí.
—¿Y si no vuelvo?
Esteban se acercó. Su rostro quedó a centímetros del de Carlos.
—Si no vuelves, buscaré hasta debajo de las piedras. Y cuando te encuentre... —su voz se hizo un susurro—. Vas a rogar por volver a esta habitación.
Carlos tomó la ropa con manos temblorosas.
No dijo nada.
Ya no servía de nada.