"Que la luna sea testigo de mi vida y de mi muerte. Que guarde mi nombre en su luz plateada hasta el final de los tiempos."
— Antiguo proverbio de Valdris
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Capítulo 17: El Regreso del Heredero
El tiempo, ese tejido misterioso que Lyra había aprendido a respetar en sus dos vidas, había pasado con una velocidad que ni siquiera ella podía creer.
Tres años.
Tres años desde la última vez que había visto a Eryndor en persona, aunque las cartas los mantenían conectados. Tres años de informes de Darian, de crecimiento de su red, de vigilancia constante sobre Varen Crain y sus aliados.
Y ahora, por fin, el día había llegado. Y no era un regreso cualquiera. Eryndor no volvía solo de visita. Volvía para quedarse.
Había completado su formación en la academia. Ahora, con quince años, comenzaría su entrenamiento directo en el palacio para ser nombrado oficialmente Príncipe Heredero de Valdris.
Lyra se miró en el espejo de su habitación y sonrió.
Ya no era la niña de siete años que había visto a su hermano partir. Ahora tenía diez años, y su cuerpo comenzaba a alargarse, a perder esos rasgos redondeados de la infancia. Pero lo más impactante era el cambio que la transformación en Loba de Luna había dejado en su apariencia.
Su cabello, antes castaño, era ahora de un blanco puro como la nieve recién caída. No era canoso, no; era un blanco luminoso, casi plateado, que brillaba con luz propia cuando la luna lo tocaba. Caía en ondas suaves hasta su cintura, enmarcando un rostro de facciones delicadas pero con una fuerza innegable.
Y sus ojos... sus ojos ya no eran castaños. Ahora eran color miel, dos joyas cálidas que parecían contener la luz del atardecer. Quienes la miraban fijamente sentían que podían perderse en ellos, que había algo antiguo y sabio en su profundidad.
Pero no era un cambio que sorprendiera a nadie. Eryndor y Adrián habían estado allí, en aquella noche de tormenta, cuando su cuerpo se había transformado por primera vez. Habían visto cómo su cabello cambiaba de color, cómo sus ojos se volvían miel, cómo Lunaria nacía a la vida. Para ellos, Lyra siempre sería Lyra, con el cabello del color que fuera.
—Princesa —la voz de Nana Elle la sacó de sus pensamientos—. Su vestido está listo. ¿Quiere probárselo?
Lyra sonrió y asintió.
El vestido era hermoso. Azul noche, como el que había usado en la boda de su padre, pero ahora más largo, más elegante, apropiado para una joven de diez años. Bordados de plata en las mangas y el corpiño, representando lunas y estrellas. Una pequeña diadema de zafiros para el cabello blanco.
—Parece un ángel de la luna —dijo Nana Elle con orgullo—. Su madre estaría tan orgullosa...
Lyra sonrió con ternura.
—Gracias, Nana Elle. Por todo.
La Familia
Salió de sus habitaciones y se dirigió a la sala de juegos, donde sabía que encontraría a sus hermanos pequeños.
Rafael, con sus cinco años, era un torbellino de energía. Su pelo rubio casi blanco, heredado de Isolda, siempre estaba alborotado, y sus ojos azules, tan parecidos a los de Eryndor, brillaban con una curiosidad insaciable. Pasaba los días correteando por el palacio, haciendo preguntas sin fin, y adoraba a Lyra con una devoción que enternecía a todos.
—¡Lyra! —gritó al verla, dejando los soldaditos de madera con los que jugaba—. ¿Ya llegó Eryndor? ¿Ya llegó?
—Todavía no —respondió ella, riendo mientras él se colgaba de su cintura—. Pero llegará hoy. Pronto. Y esta vez se queda para siempre.
—¿Para siempre? ¿No se va otra vez?
—No. Ya terminó la academia. Ahora vivirá aquí, con nosotros.
Rafael chilló de emoción y empezó a saltar.
—¡Eryndor se queda! ¡Eryndor se queda!
En una esquina de la sala, una niña más pequeña jugaba silenciosamente con una muñeca de trapo. Tenía tres años, el mismo pelo rubio casi blanco de Rafael, pero sus ojos eran de un azul más claro, casi gris, como los de Isolda. Se llamaba Elara, la hija que Isolda había dado a luz dos años atrás, y era todo lo contrario de su hermano: tranquila, observadora, con una serenidad que desconcertaba a quienes la conocían.
—Elara —llamó Lyra suavemente—. Ven.
La niña levantó la vista, sonrió, y se acercó caminando con esa gracia natural que ya mostraba desde bebé. Lyra la levantó en brazos y le dio un beso en la mejilla.
—¿Lista para conocer a tu hermano mayor? Se queda con nosotros para siempre.
Elara asintió, aunque no dijo nada. Apenas hablaba, pero sus ojos lo decían todo. Miró el cabello blanco de Lyra con la misma fascinación de siempre, y extendió una manita para tocarlo.
—Bonito —dijo.
Lyra sonrió.
—Tú también eres bonita, pequeña.
Isolda apareció en la puerta, con una sonrisa radiante. El embarazo y los partos la habían transformado por completo. Ya no quedaba rastro de la mujer fría y distante que había llegado de Aurelia. Ahora era una madre entregada, una esposa amorosa, y una amiga para Lyra.
—¿Estás nerviosa? —preguntó, acercándose.
—Mucho —admitió Lyra—. Han sido tres años. Tres años sin verlo. Y ahora... ahora se queda.
—Lo sé. Y yo también estoy nerviosa. Adrián viene con él, solo de visita. Luego tendremos que viajar a Aurelia para su ceremonia de mayoría de edad. Pero Eryndor... Eryndor ya es nuestro para siempre.
Lyra abrazó a Isolda, rodeando también a los pequeños.
—Gracias —susurró—. Por todo.
—Gracias a ti, Lyra. Por enseñarme a ser familia.
La Espera
La comitiva fue avistada al atardecer.
Lyra estaba en la ventana de su habitación cuando vio las banderas de Valdris y Aurelia ondear al viento, mezcladas, anunciando la llegada de los príncipes. El corazón le dio un vuelco.
Bajó las escaleras corriendo, casi volando, y llegó al patio justo cuando los primeros caballeros cruzaban las puertas. Alaric ya estaba allí, con Isolda a su lado y los pequeños sujetos por las manos de sus nanas.
Los caballos se detuvieron. Los jinetes desmontaron.
Y entonces, Lyra lo vio.
Eryndor.
Su hermano había crecido. Ahora, con quince años, era casi un hombre. Su cabello gris plateado, más largo que antes, caía sobre sus hombros en ondas salvajes. Sus ojos azules, profundos como el hielo, brillaban con una luz que Lyra conocía bien: la luz de su lobo. Vestía la túnica de la academia, azul marino con bordados plateados, y sobre los hombros llevaba una capa de piel gris que combinaba con su cabello.
Era hermoso. Era imponente. Era su hermano. Y por fin, por fin, se quedaba.
—¡Eryndor! —gritó Lyra, y echó a correr.
Él la vio, y su rostro se iluminó con una sonrisa que lo transformó por completo. Abrió los brazos justo a tiempo para atraparla cuando ella se lanzó contra él.
—Pequeña —susurró, apretándola contra su pecho—. Mi pequeña. Sigues siendo tan hermosa como siempre. Ese cabello blanco... cada vez me gusta más.
—¿No te sorprende? —preguntó Lyra entre risas y lágrimas.
—¿Sorprenderme? Estuve allí cuando cambió, ¿recuerdas? Bajo la tormenta, en el patio. No hay nada en ti que pueda sorprenderme ya, Lyra. Eres mi hermana. Pase lo que pase.
—Te he extrañado tanto —lloró Lyra, sin importarle las lágrimas—. Tanto. Y ahora... ¿de verdad te quedas?
—De verdad. Terminé la academia, pequeña. Ahora me entrenaré aquí, en palacio. Para ser el heredero. Para estar con todos.
Se abrazaron durante un largo minuto, mientras la gente los observaba con sonrisas tiernas. Luego, Eryndor se separó ligeramente y la miró a los ojos, esos ojos color miel que ahora eran tan distintos de los suyos.
—Tus ojos... cada vez que los miro, recuerdo aquella noche. El dolor, sí, pero también la belleza de verte convertirte en lo que eres. Nunca olvidaré ese momento.
—Yo tampoco —respondió Lyra—. Y menos que estabas tú allí, sosteniéndome.
Detrás de Eryndor, otra figura desmontaba. Adrián.
El príncipe de Aurelia tenía también quince años, y los años en la academia le habían sentado bien. Seguía siendo delgado, pero ahora había una fuerza en su porte que antes no tenía. Su pelo negro caía desordenado sobre su frente, y sus ojos grises miraban a Lyra con esa mezcla de inteligencia y calidez que ella conocía tan bien.
—¿No hay abrazo para mí? —preguntó, con una sonrisa irónica—. Aunque ya te he visto, no necesito sorprenderme. Recuerdo perfectamente aquella noche. La nieve, el viento, y tú... convirtiéndote en la loba más hermosa que he visto.
Lyra se separó de Eryndor y se lanzó a los brazos de Adrián. Él la sostuvo con fuerza, y por un instante, Lyra sintió el frío característico de su piel, ese que siempre lo acompañaba. Pero no le importaba. Era Adrián. Era su amigo. Y pronto descubriría que era mucho más.
—Bienvenido —susurró.
—Gracias por recibirme. Y no hace falta que me expliques lo del cabello. Ya lo vi nacer, literalmente. Fue el espectáculo más impresionante de mi vida.
Lyra rió.
—Ya te contaré más. Pero primero, abraza a tu tía. Lleva meses preparando tu llegada.
El Reencuentro Familiar
La escena que siguió fue de pura alegría.
Alaric abrazó a su hijo con lágrimas en los ojos, orgulloso del hombre en el que se había convertido.
—Bienvenido a casa, hijo. Para siempre.
—Gracias, papá. Por fin estoy aquí.
Isolda hizo lo propio con Adrián, su sobrino, su niño, ahora casi un adulto.
—Adrián —dijo, abrazándolo—. Has crecido tanto.
—Tía —respondió él, con una sonrisa genuina—. Te he extrañado.
Rafael, con sus cinco años de pura energía, se lanzó sobre Eryndor sin ningún miedo.
—¡Eryndor! ¡Eryndor! ¿Me dejas montar en lobo? ¿Puedo? ¿Puedo? Y Lyra ya tiene el pelo blanco, ¿a mí me pasará?
Eryndor rió y lo levantó en vilo, haciéndolo girar.
—Claro que sí, pequeño. Cuando quieras. Y lo del pelo... le puedes preguntar a Lyra, ¿verdad? Fue increíble. Pero no te preocupes, a ti puede que te pase algo diferente. O puede que no. Todos somos especiales a nuestra manera.
Rafael chilló de emoción, y todos rieron.
Luego fue el turno de Elara. La niña de dos años se acercó lentamente, con esa calma que la caracterizaba, y miró a Eryndor con sus ojos azul grisáceo. Luego miró a Lyra, y luego otra vez a Eryndor.
—¿Eres mi hermano? —preguntó, con su vocecilla suave—. El de pelo gris. ¿El que se queda?
Eryndor se arrodilló para quedar a su altura.
—Sí, pequeña. Soy Eryndor. Tu hermano mayor. Y sí, me quedo para siempre.
Elara lo miró un momento. Luego, extendió sus bracitos y dijo:
—¿Abrazo?
Eryndor sintió que el corazón se le derretía. La abrazó con una ternura infinita, y Elara apoyó su cabecita en su hombro.
—Me gustas —dijo ella—. Hueles a bosque. Como Lyra, pero diferente. Y me alegra que te quedes.
—Y a mí me alegra estar aquí, pequeña.
Todos rieron de nuevo, y Lyra sintió que la felicidad le llenaba el pecho.
Adrián se acercó a ella mientras los demás seguían con las presentaciones.
—Tu familia es increíble —dijo en voz baja—. Y esos dos pequeños... Rafael es un terremoto, y Elara... Elara es especial, ¿verdad?
—Sí —respondió Lyra—. Muy especial. Apenas habla, pero cuando lo hace, siempre dice algo importante.
—Como alguien que conozco.
Lyra le dio un codazo, pero sonrió.
—Y me encanta que nadie se sorprenda por mi cabello —añadió—. Es como si siempre hubiera sido así.
—Para nosotros, lo es —respondió Adrián con sinceridad—. Desde aquella noche, eres Lyra, la loba blanca. Y no hay otra.
La Cena de Bienvenida
Esa noche, la cena fue un festín digno de reyes. Los platos favoritos de cada uno se sucedían en la mesa, y las risas no cesaban.
Eryndor contó anécdotas de la academia, las travesuras con Adrián, los profesores más estrictos, los compañeros más insoportables. Adrián añadía comentarios ingeniosos que hacían reír a todos.
—Y entonces —decía Eryndor—, Adrián convenció al profesor de estrategia de que un mapa del tesoro falso era un ejercicio real. ¡Estuvimos tres días excavando en el patio!
—¡Y encontramos una caja! —protestó Adrián—. No fue tan falso.
—Era tu caja de provisiones, que habías enterrado la semana anterior.
Las risas resonaron en el comedor.
Rafael, sentado junto a Lyra, no dejaba de hacer preguntas, pero también de mirar el cabello de su hermana con fascinación.
—Lyra, ¿de verdad te dolió mucho cuando te transformaste?
—Sí —respondió Lyra con honestidad—. Pero Eryndor y Adrián estaban conmigo. Eso lo hizo más llevadero.
—¿Y ahora puedes convertirte cuando quieras?
—Sí. Como Eryndor.
Rafael miró a sus hermanos mayores con admiración.
—Son increíbles.
—Tú también lo serás —dijo Eryndor—. Cuando crezcas.
Elara, sentada en la silla alta junto a su madre, observaba todo con sus grandes ojos. De vez en cuando, sonreía, pero no hablaba. No necesitaba hacerlo. Pero cuando Lyra la miraba, siempre le devolvía una sonrisa.
Después de la Cena
Cuando los pequeños fueron llevados a la cama, Lyra, Eryndor y Adrián se reunieron en la sala privada de Lyra, frente a la chimenea.
—Me encanta tu pelo —dijo Adrián, señalando el cabello de Lyra—. Sigue siendo tan... lunar como aquella noche.
—Gracias —respondió ella con una sonrisa—. Lunaria dice que es su forma de verme reflejada en mí.
—¿Lunaria? —preguntó Eryndor—. ¿Así se llama tu loba?
—Sí. Me lo dijo la noche de la transformación.
—Es hermoso —dijo Eryndor con sinceridad—. Y el nombre también.
Adrián se reclinó en su sillón, observando a los dos hermanos.
—Bueno, ahora que Eryndor se queda, supongo que tendré que venir más seguido a visitarlos. No puedo dejar que se aburran sin mí.
—Siempre serás bienvenido —respondió Lyra—. Y pronto iremos a Aurelia para tu ceremonia. Será nuestra primera visita oficial juntos.
—¿Todos? —preguntó Adrián.
—Todos los que puedan. Papá, Isolda, Eryndor y yo. Los pequeños se quedarán aquí, con Nana Elle y los sirvientes de confianza.
Eryndor asintió, pensativo.
—Será una buena oportunidad para conocer mejor Aurelia. Y para que Adrián nos muestre su reino.
—Exactamente —dijo Lyra, con una sonrisa que solo Adrián supo interpretar—. Conoceremos Aurelia. Y fortaleceremos nuestra alianza.
Adrián sostuvo su mirada un instante, y asintió imperceptiblemente. Entendía. Habría tiempo para hablar de lo importante cuando estuvieran solos.
La Noche
Más tarde, cuando Adrián se retiró a descansar, Eryndor se quedó con Lyra junto a la ventana. La luna brillaba alta en el cielo, derramando su luz plateada sobre los jardines, y el cabello blanco de Lyra parecía absorber esa luz, brillando con un resplandor casi mágico.
—¿Estás bien, pequeña? —preguntó él, en voz baja.
—Sí —respondió Lyra—. Ahora que estás aquí, sí. Y sabiendo que te quedas...
—Para siempre. Te lo prometo.
Lyra apoyó la cabeza en su hombro.
—Han sido tres años largos.
—Lo sé.
—Los extrañe demasiado—dijo Lyra con una sonrisa—. Tú y Adrián son muy importantes para mí.
—Siempre estaremos ahí, Lyra. Siempre.
Se quedaron en silencio un rato, mirando la luna.
—Mañana empieza mi entrenamiento —dijo Eryndor—. Papá quiere que empiece cuanto antes. Dice que ser Príncipe Heredero no es solo un título, es una responsabilidad.
—Lo es. Pero estoy segura de que serás un gran heredero.
—¿Tú crees?
—Lo sé. Y no solo porque seas mi hermano. Porque te conozco. Porque sé quién eres.
Eryndor sonrió y la abrazó.
—Gracias, pequeña. Por creer en mí.
—Siempre.
"Lunaria", pensó Lyra. "Mira. Mi hermano está en casa. Para siempre."
"Lo sé", respondió su loba. "Y eso te hace feliz."
"Mucho."
"Pero no olvides que hay secretos que aún no puede conocer. Los tuyos. Los de Adrián."
"No lo olvido. Pero por ahora, solo quiero disfrutar de esto."
"Disfruta, Lyra. Mañana seguirán los planes. Pero esta noche... esta noche es para celebrar."
Lyra sonrió y cerró los ojos, acurrucada contra su hermano.
Mañana seguirían los entrenamientos, las visitas, los preparativos para el viaje a Aurelia.
Pero esta noche, solo quería ser la hermana pequeña de Eryndor, con su cabello blanco brillando bajo la luna, sabiendo que por fin, después de tres largos años, su hermano había vuelto a casa para siempre.
Y eso era suficiente.