Hace mil años, el sol se extinguió. Hoy, la humanidad se aferra a la vida en Aethelgard, una colosal metrópolis flotante que sobrevive drenando la energía del Abismo. En este mundo, tu valor se mide por tu Núcleo de Esencia, y el de Kaelen era basura.
Como un simple Recolector, Kaelen arriesgaba su vida en las profundidades para que la élite viviera en el lujo. Pero la lealtad no existe en el Abismo. Traicionado por su capitán y apuñalado por la espalda por sus propios compañeros, Kaelen es arrojado a las fauces de la oscuridad eterna.
Sin embargo, el destino tiene otros planes. En el fondo del abismo, donde el tiempo no existe, Kaelen tropieza con los restos de una deidad olvidada. Al borde de la muerte, toma una decisión que cambiará el orden del universo: devorar el corazón de un dios.
Ahora, con un sistema de poder oscuro despertando en sus venas y una sed de venganza que podría incinerar los cielos
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El Laberinto de Plata
El calor sofocante de los engranajes fue reemplazado por un aire frío y cargado de un perfume floral casi embriagador. Kaelen emergió de los conductos de ventilación hacia el Laberinto de Plata, un complejo de jardines suspendidos donde los árboles tenían hojas de platino y las fuentes arrojaban mercurio líquido purificado.
Era un lugar diseñado para la meditación de los Soberanos, pero para Kaelen, era un campo de batalla lleno de escondites.
—Ten cuidado —advirtió la voz de Elara, ahora más nítida—. Este sector es el dominio de las Valquirias de Cristal. No son máquinas, son guerreras criadas desde el nacimiento para ser perfectas. Su lealtad no es hacia el Gremio, sino hacia la sangre de los Soberanos.
Kaelen avanzó entre los setos de cristal, su Segadora arrastrándose por el suelo, produciendo un sonido metálico que cortaba el silencio. De pronto, se detuvo. Una flecha de luz pura impactó a milímetros de su pie, vaporizando instantáneamente el suelo.
—Has manchado nuestro santuario con el olor del Abismo, recolector —dijo una voz femenina, firme y melodiosa.
Desde los árboles de plata descendieron cinco figuras. Vestían armaduras translúcidas que parecían hechas de diamantes, reflejando la luz artificial del techo de manera que costaba fijar la vista en ellas. Al frente estaba su capitana, Lyanna, una guerrera de ojos grises que sostenía un arco largo compuesto.
Kaelen la miró y, por un segundo, su corazón de sombra vaciló.
—¿Lyanna? —susurró él.
La capitana se tensó. En los suburbios del Sector Siete, hace muchos años, Lyanna era la hija del panadero, la niña que le curaba las heridas cuando Kaelen regresaba de las peleas callejeras. Ella había sido "seleccionada" por el Gremio por su alto potencial genético. Kaelen pensó que estaba muerta.
—Ese nombre no significa nada para mí —respondió ella, aunque su arco tembló imperceptiblemente—. Soy la Primera Valquiria. Y tú eres el cáncer que amenaza el orden del mundo.
—El orden del mundo se alimenta de la médula de los niños de tu antiguo barrio, Lyanna —dijo Kaelen, dando un paso al frente. Su aura oscura comenzó a marchitar las flores de plata a su alrededor—. Mira mi rostro. ¿Ves al niño que protegías o ves la verdad que Aethelgard oculta bajo sus pies?
—¡Silencio! —gritó ella, soltando tres flechas a la vez.
Kaelen activó su [Zancada de Relámpago]. Las flechas atravesaron su imagen residual mientras él aparecía entre las otras valquirias. La batalla fue un choque de contrastes: el brillo cegador de las guerreras contra la negrura absoluta de la Segadora.
Las valquirias se movían con una danza coordinada, usando espadas de cristal que vibraban en frecuencias capaces de cortar la energía abisal. Kaelen tuvo que usar su [Percepción de Puntos Débiles] al límite. Esquivó un tajo descendente, atrapó la espada de una guerrera con la cadena de su hoz y, con un giro violento, la lanzó contra una fuente de mercurio.
—No quiero matarte, Lyanna —dijo Kaelen, mientras bloqueaba una estocada de la capitana con su antebrazo acorazado—. Pero no me detendré.
—Entonces muere como el monstruo que eres —Lyanna soltó su arco y desenfundó una lanza de doble hoja que brillaba con una luz blanca divina.
El choque final fue devastador. La luz de Lyanna y la sombra de Kaelen chocaron, creando una onda de choque que destrozó los árboles de platino. Kaelen usó su [Dominio del Soberano] para ralentizar los movimientos de la capitana lo suficiente como para acercarse y poner la punta de su hoz contra su garganta.
Lyanna se quedó inmóvil, respirando agitadamente. Sus ojos grises buscaron los de Kaelen, encontrando solo el brillo carmesí del Devorador.
—Hazlo —dijo ella con amargura—. Termina lo que el Abismo empezó.
Kaelen apretó los dientes. Por un instante, la humanidad que creía perdida luchó contra el sistema. Lentamente, bajó el arma.
—Vete, Lyanna. Lleva a tus hermanas y huye hacia los niveles inferiores. Si te encuentro de nuevo en la cámara del Núcleo, no habrá recuerdos que te salven.
Kaelen pasó a su lado sin mirar atrás. Lyanna se dejó caer de rodillas, viendo cómo las flores de plata que tanto amaba se convertían en ceniza negra tras el paso del Soberano.
[Hito desbloqueado: Piedad del Verdugo]
[Tu nivel de Divinidad ha aumentado debido a la resolución interna]
[Nivel: 33 -> 34]