Historia romántica
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Capítulo 8
La noche había avanzado sin que Elena se diera cuenta. La luz del living seguía encendida, pero afuera todo estaba en silencio. La ciudad parecía dormida y su casa se sentía como un mundo aparte, un lugar donde el tiempo iba más lento.
Estaban sentados en el sillón, muy cerca, con las manos entrelazadas. Habían hablado de muchas cosas, pero también habían pasado largos momentos en silencio, simplemente mirándose o abrazados. Era una tranquilidad nueva, de esas que no incomodan, de esas que se sienten como si siempre hubieran estado ahí.
Elena apoyó la cabeza en el hombro de Martín y él le acarició el brazo con suavidad, dibujando líneas invisibles con los dedos. Ese gesto simple le erizaba la piel.
—No pensé que hoy iba a terminar así —dijo ella en voz baja.
—¿Así cómo? —preguntó él.
—Así… tranquila. Bien. Acompañada.
Martín giró un poco la cabeza para mirarla.
—Yo tampoco lo planeé —respondió—. Pero me alegra que haya pasado.
Elena levantó la vista y lo miró a los ojos. Estaban muy cerca otra vez. Cada vez que se miraban en silencio pasaba lo mismo: el mundo parecía desaparecer un poco.
—Siento como si te conociera hace mucho —dijo ella.
—A mí me pasa lo mismo.
Martín levantó la mano y le acomodó el pelo detrás de la oreja, un gesto que ya se estaba volviendo costumbre entre ellos. Elena sonrió apenas.
—Me gusta cuando me mirás así —dijo él.
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras pensando algo que no decís.
Elena se rió despacio.
—Puede ser.
—¿Y qué estás pensando ahora?
Ella dudó unos segundos, pero después decidió decir la verdad.
—Que tengo un poco de miedo de que esto sea demasiado lindo y que después duela.
Martín no respondió enseguida. La miró con seriedad, pero con ternura.
—Puede pasar —dijo finalmente—. Pero también puede salir muy bien.
Elena lo observó en silencio.
—¿Y vos no tenés miedo?
—Sí —respondió—. Pero me daría más miedo no intentar.
Esa respuesta le quedó resonando. Martín no hablaba como alguien que prometía cosas imposibles, hablaba como alguien que estaba dispuesto a intentar de verdad. Y eso le parecía más valioso que cualquier promesa.
Se acercaron y se besaron otra vez, lento, sin apuro. Elena pasó una mano por el cuello de Martín y él la abrazó un poco más fuerte, acercándola a su cuerpo. Se quedaron así un rato, abrazados, sintiendo la respiración del otro, la calma, el silencio.
Después Elena se acomodó a su lado, casi recostada contra él, y Martín le pasó un brazo por los hombros. Parecían dos personas que se conocían desde siempre, no desde hacía unos días.
—¿Te vas a quedar un rato más? —preguntó ella en voz baja.
—Sí, si vos querés.
—Quiero.
Se quedaron hablando de cosas simples otra vez. De viajes que querían hacer, de lugares que les gustaban, de libros que los habían marcado. Cada tanto se quedaban en silencio y simplemente se miraban o se sonreían.
En un momento, Martín le besó la frente. Ese beso fue distinto a todos los demás. No tenía apuro, no tenía tensión. Era un beso lleno de cariño.
Elena cerró los ojos un segundo.
—Me gusta estar así —susurró.
—A mí también —respondió él.
La noche siguió avanzando y la conversación se volvió más lenta, más tranquila. En un momento ya no hablaban, solo estaban abrazados en el sillón, en silencio, escuchando el ruido lejano de algún auto que pasaba.
Elena pensó que hacía mucho tiempo no se sentía así. En paz. Sin pensar demasiado. Sin analizar todo. Solo sintiendo.
Y mientras estaba abrazada a Martín, entendió algo.
Esto ya no era solo una historia que estaba empezando.
Esto ya era algo que le estaba cambiando la vida.