Murió en las calles protegiendo a su hermana menor… y despertó en un infierno distinto.
Reencarnó como un omega, hijo de duques poderosos que lo odian y lo castigan en secreto. Para la sociedad es un villano manipulador; en realidad, es un niño roto al que nadie quiere proteger.
Golpes, hambre y humillaciones marcan su vida, ocultas tras rumores perfectamente construidos.
Para borrar toda sospecha, sus padres lo obligan a un matrimonio político con el temido duque del sur, un alfa frío y respetado que acepta el compromiso con desprecio, creyendo que el omega merece su fama.
Él no se rebela.
Después de un año de maltratos, obedecer es su única forma de sobrevivir.
Pero cicatrices ocultas, silencios que duelen y miradas llenas de miedo comenzarán a romper la mentira. Cuando la verdad salga a la luz, dos almas marcadas deberán aprender a sanar juntas.
Una historia de dolor, redención y un amor que aprende a cuidar lo que el mundo decidió odiar.
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Capítulo 6: El suelo como refugio
La noche había caído silenciosa sobre el castillo del Sur.
No hubo gritos.
No hubo pasos apresurados.
Solo el sonido constante del viento golpeando suavemente las ventanas altas, como un recordatorio de que el mundo seguía girando incluso cuando el dolor parecía aquietarse.
El Duque Kael Ardenfell revisaba documentos en su despacho cuando algo lo inquietó.
No fue un presentimiento claro.
Fue una ausencia.
Desde hacía días, Elian Vaelor se retiraba temprano a su habitación. Siempre lo hacía con una reverencia discreta, sin pedir nada, sin reclamar nada. Demasiado correcto. Demasiado contenido. Como si su sola presencia tuviera que justificarse.
Esa noche, sin embargo, Kael notó que no había ninguna luz encendida en el ala donde se encontraba la habitación del omega.
Dejó los papeles a un lado.
No sabía exactamente por qué caminaba hacia allí. No había una razón política. Ni una obligación formal. Solo una incomodidad persistente que no lograba ignorar.
Se detuvo frente a la puerta.
Golpeó una vez.
Luego otra.
—¿Estás despierto? —preguntó, con voz firme pero baja.
No hubo respuesta.
Kael frunció el ceño. Probó el picaporte. La puerta no estaba cerrada con llave.
La abrió despacio.
—Voy a entrar —avisó, sin elevar la voz.
La habitación estaba en penumbra. La cama, grande y perfectamente ordenada, parecía intacta. Demasiado.
Kael dio un paso más…
y lo vio.
El omega dormía en el suelo.
No de cualquier manera.
Estaba recostado sobre una manta delgada, el cuerpo encogido, las rodillas pegadas al pecho, los brazos rodeándose a sí mismo como si intentara no desmoronarse incluso dormido. Su respiración era superficial, irregular. Cada cierto tiempo, su cuerpo se estremecía, como si esperara un golpe que nunca llegaba.
Kael se quedó inmóvil.
Algo frío le recorrió la espalda.
—…¿Por qué? —susurró, sin darse cuenta.
Cerró la puerta con cuidado y avanzó lentamente, como si temiera despertarlo de forma brusca. Se agachó a cierta distancia, observándolo con más atención.
El suelo.
Duro.
Frío.
Sin protección.
Y entonces lo entendió.
No dormía allí por castigo.
Dormía allí por costumbre.
Elian murmuró algo entre sueños. Palabras incomprensibles. Una súplica rota. El nombre de alguien que Kael no reconoció.
—No… la toquen… —susurró—. Yo… yo lo hago…
Kael apretó la mandíbula.
No lo despertó de inmediato.
Se levantó con cuidado y tomó una manta gruesa de la cama. Volvió a agacharse y, con movimientos lentos, la colocó sobre él. No lo tocó directamente. Solo dejó que el peso cálido lo cubriera.
Aun así, Elian se sobresaltó.
Su cuerpo reaccionó al instante. Se encogió más, respirando rápido, los ojos abriéndose con pánico.
—No —dijo Kael en voz baja—. Tranquilo. Soy yo.
Elian tardó unos segundos en enfocar. Cuando lo reconoció, su expresión pasó del terror a la confusión.
—Mi… mi señor… —intentó incorporarse.
Kael levantó una mano.
—No te levantes.
El omega se quedó quieto, tenso, como si cualquier movimiento pudiera ser interpretado como un error.
—¿Por qué estás durmiendo aquí? —preguntó Kael.
Silencio.
Elian apretó los labios. Sus dedos se aferraron a la manta.
—La cama es… demasiado blanda —respondió al fin—. Me cuesta… dormir.
No era mentira.
Pero tampoco era toda la verdad.
Kael no insistió. Se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra la cama, manteniendo una distancia respetuosa. No invadió su espacio.
—¿Desde cuándo duermes así? —preguntó.
Elian dudó.
—Desde… antes.
Antes podía significar demasiadas cosas.
—Aquí no es necesario —dijo Kael con calma—. Nadie va a sacarte de la cama. Nadie va a castigarte por ocupar espacio.
Elian bajó la mirada.
—Lo sé —murmuró.
Pero su cuerpo decía lo contrario.
—Entonces dime algo —continuó Kael—. ¿Por qué no usas la cama?
Las manos del omega comenzaron a temblar.
—En mi casa… —tragó saliva— dormir en la cama significaba que podían entrar cuando quisieran. El suelo… era más seguro. Podía escuchar los pasos.
Kael cerró los ojos un instante.
Cuando los abrió, su voz era más grave.
—Aquí nadie entra sin permiso.
Elian no respondió.
—Mañana —añadió— hablaremos con calma. Por ahora… descansa.
Se levantó, dispuesto a retirarse.
—Mi señor —la voz de Elian lo detuvo—. ¿Hice algo mal?
La pregunta lo atravesó como un golpe.
—No —respondió Kael con firmeza—. No hiciste nada mal.
Elian asintió lentamente.
—Entonces… gracias.
No volvió a intentar levantarse.
Kael apagó la luz con cuidado y salió de la habitación.
No regresó a su despacho.
Esa noche, permaneció despierto, mirando el techo, con una sola idea martillándole la cabeza:
¿Qué clase de infierno obliga a alguien a sentirse más seguro en el suelo que en una cama?
A la mañana siguiente, Elian despertó sobresaltado.
Había dormido más de lo habitual.
El cuerpo le dolía menos.
Se incorporó… y se quedó inmóvil.
La cama estaba preparada de forma distinta. Más baja. Con mantas acomodadas de manera que pudiera ver la puerta desde allí.
El suelo, despejado.
Sobre la mesa había una nota sencilla, escrita con letra firme:
No tienes que usar la cama hoy.
Ni mañana.
Cuando estés listo.
Elian se sentó en el borde, temblando.
Por primera vez, no se sentía obligado a elegir.
Y eso… lo asustaba más que cualquier castigo.
Pero también, muy en el fondo, algo cálido comenzó a abrirse paso entre las grietas.
Algo parecido a la posibilidad.