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Yo Nunca Me Fui

Yo Nunca Me Fui

Status: En proceso
Genre:Posesivo / Romance oscuro / Traiciones y engaños / Reencuentro / Romance
Popularitas:33
Nilai: 5
nombre de autor: Angy_ly

Hace veinte años, la Mansión Blackwood se convirtió en una pira funeraria. Tres niños entraron, pero solo uno fue visto salir con vida. Marta, la pragmática, construyó un imperio sobre las cenizas de su pasado, creyendo que el silencio era su mejor armadura. Pero el fuego no consume los recuerdos; solo los transforma en algo más volátil.
​Ahora, las sombras han regresado para reclamar su lugar en el tablero.
​Niclaus, el hermano que la historia dio por muerto, ha emergido de las tinieblas convertido en un arma de precisión quirúrgica, movido por una obsesión que roza la locura. Y en medio de su guerra privada se encuentra Elena, la pieza perdida, cuya mente fue fragmentada y reconstruida bajo una identidad falsa para ocultar el secreto más peligroso de la humanidad: la Iniciativa Quimera.

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Capítulo 18: Los Cazadores de Sombras

La lluvia en la costa era un susurro comparada con el rugido del viento en las cumbres de los Apalaches. El coche, un sedán negro robado y con las placas alteradas por la pericia técnica de Marta, subía por las carreteras serpenteantes de Virginia. Dentro, el silencio era una entidad física. No era el silencio de la incomodidad, sino el de tres depredadores afinando sus sentidos antes de la cacería.

​Elena miraba por la ventana, viendo cómo los árboles desfilaban como esqueletos bajo la luz de la luna. Ya no sentía el vacío de Isabel, ni la fragilidad de la niña del orfanato. Sentía algo nuevo: una vibración constante en la base de su cráneo, un hormigueo que le indicaba que no estaban solos.

​—Estamos cerca —dijo Elena, su voz sonando con una resonancia que hizo que Niclaus apretara el volante—. Puedo sentirlos. No son como nosotros. Son... más ruidosos. Sus mentes gritan.

​Niclaus asintió, sus pupilas dilatadas al máximo, procesando cada sombra del camino con una velocidad que a un humano normal le habría causado un síncope. —El búnker de la "Generación Beta". El Maestro decía que ellos eran la versión perfeccionada. Sin emociones, sin recuerdos. Puras máquinas de matar con suero en las venas.

​Marta, desde el asiento del copiloto, revisaba un mapa táctico en una tableta encriptada. —Si la información de Gabriel era correcta, la entrada no está en la cima, sino en una antigua mina de carbón a dos kilómetros de aquí. La Fundación Valmont ha invertido quinientos millones de dólares en este complejo. No nos dejarán entrar por la puerta principal.

​I. El Umbral del Infierno

​Llegaron a la boca de la mina a las tres de la mañana. El aire olía a azufre y a humedad milenaria. Marta apagó las luces del coche mucho antes de llegar. Salieron con una coordinación silenciosa. Cada uno llevaba un equipo específico: Marta, las herramientas de intrusión electrónica; Niclaus, armamento ligero y su velocidad inhumana; y Elena... Elena era el radar.

​—Hay cuatro guardias en el primer perímetro —susurró Elena, cerrando los ojos—. Sus ritmos cardíacos son lentos. Muy lentos. Están dopados con bloqueadores de adrenalina.

​—Yo me encargo —dijo Niclaus.

​En un parpadeo, Niclaus desapareció en la maleza. Marta y Elena solo escucharon cuatro soplidos secos, el sonido de cuerpos cayendo sobre la hojarasca antes de que pudieran emitir una señal de radio. Segundos después, Niclaus regresó, limpiando una mancha de sangre de su nudillo.

​—Despejado. Marta, la consola de seguridad es tuya.

​Marta se acercó a un panel oculto tras una roca artificial. Sus dedos volaron sobre el teclado, saltando cortafuegos que habrían detenido al Pentágono.

​—El Maestro diseñó este sistema basado en el algoritmo de Fibonacci —murmuró Marta—. Creía que la naturaleza era la clave de la seguridad. Pobre iluso.

​La pesada puerta de acero de la mina se deslizó con un zumbido hidráulico. Al entrar, el túnel de roca se transformó en un pasillo de hormigón pulido y luces LED blancas. Era el vientre de la bestia.

​II. La Convergencia de las Sombras

​A medida que se internaban en el complejo, Elena empezó a jadear. Se llevó las manos a las sienes, sus ojos moviéndose frenéticamente bajo los párpados.

​—Son muchos... —gimió—. Los tienen en tanques. Sujetos 04 al 12. No están dormidos, están en un estado de vigilia constante. Puedo oír sus sueños... son sueños de incendios. El Maestro les implantó nuestro trauma, Niclaus. Les dio nuestro dolor para que tuvieran una razón para odiar.

​Niclaus gruñó, una vibración baja en su pecho. —Nos usaron como molde para crear monstruos.

​De repente, una voz resonó por los altavoces del pasillo. Era una voz sintética, pero con una cadencia familiar.

​—Sujetos 01, 02 y 03. Bienvenidos a casa. Es fascinante ver cómo la fase de convergencia se ha completado. Marta, la mente; Niclaus, el cuerpo; Elena, el alma. Juntos son la Trinidad Negra. Pero me temo que su modelo ha quedado obsoleto.

​Las puertas al final del pasillo se abrieron y tres figuras emergieron. Vestían uniformes tácticos grises y máscaras que cubrían sus rostros. Se movían con una simetría perfecta, casi coreografiada.

​—La Generación Beta —dijo Marta, levantando su arma—. Niclaus, a la izquierda. Elena, quédate detrás de mí y trata de romper su enlace mental.

​La batalla fue un caos de velocidad y precisión. Niclaus se lanzó contra el primer Beta, pero se detuvo en seco cuando el oponente esquivó su golpe con una velocidad idéntica a la suya. No era una pelea de hombres; era una colisión de sinapsis aceleradas. Los golpes sonaban como disparos.

​Marta disparaba con una puntería quirúrgica, pero los Betas parecían anticipar la trayectoria de las balas. Su coordinación era perfecta porque compartían una red neuronal.

​—¡Elena, ahora! —gritó Marta, mientras esquivaba un cuchillo que buscaba su garganta.

​Elena se concentró. No buscó el miedo en los Betas, porque no tenían. Buscó el "ruido" de la red que los unía. Visualizó la frecuencia que los conectaba y, con un grito que desgarró el silencio del búnker, proyectó una descarga de estática mental.

​Los tres Betas se detuvieron en seco, llevándose las manos a las máscaras. Sus movimientos sincronizados se rompieron. Niclaus aprovechó la apertura y, en un despliegue de fuerza bruta, neutralizó a dos de ellos contra las paredes de hormigón.

​III. El Archivo de los Olvidados

​Dejando atrás a los Betas inconscientes, llegaron al núcleo del búnker: la Sala de Registros. Allí, en una serie de servidores de cristal, residía toda la historia de la Iniciativa Quimera.

​Marta comenzó la descarga de datos. —Aquí está todo, Niclaus. No solo nuestros nombres. Los nombres de los políticos, de los generales... y la ubicación de las otras células de la Fundación Valmont en Europa y Asia.

​Pero Elena se sintió atraída hacia una consola en el rincón. En la pantalla parpadeaba un archivo con un sello dorado: "SUJETOS ALFA-0: LOS PROGENITORES".

​—Marta, mira esto —dijo Elena con voz temblorosa.

​Marta y Niclaus se acercaron. El archivo mostraba las fotos de dos científicos. Eran jóvenes, hermosos, con una mirada llena de esperanza que resultaba obscena en ese lugar.

​—Nuestros padres —susurró Niclaus.

​Pero al bajar en el archivo, la verdad final se reveló. No eran solo científicos. Eran los Sujetos 00. Ellos habían sido los primeros en recibir el suero genético. La Iniciativa Quimera no empezó con los hijos; empezó con los padres. Ellos aceptaron el experimento para salvar su propia vida de una enfermedad degenerativa, y el precio fue entregar su descendencia al Maestro.

​—No nos vendieron por dinero —dijo Marta, su voz de hierro quebrándose por primera vez—. Nos crearon como una extensión de su propia supervivencia. Éramos su seguro de vida.

​—Y luego intentaron detenerlo —continuó Elena, leyendo los registros finales—. Intentaron sacarnos cuando vieron en lo que nos estábamos convirtiendo. Por eso los mataron. No fue un accidente, fue una "limpieza de activos".

​IV. El Dilema de la Destrucción

​Unas alarmas empezaron a aullar. El sistema de autodestrucción del búnker se había activado. Alguien, desde una ubicación remota, prefería enterrar la verdad antes de que los Blackwood pudieran sacarla a la luz.

​—Tenemos que irnos, ¡ya! —gritó Niclaus.

​—¡Espera! —Elena señaló hacia los tanques de la Generación Beta—. No podemos dejarlos aquí para que mueran quemados. Son como nosotros, Niclaus. No tienen la culpa de lo que les hicieron.

​Marta miró el temporizador: 01:45. Su lógica de mando luchaba contra la humanidad que Elena le estaba obligando a sentir.

​—Si abrimos los tanques, nos matarán —dijo Marta—. No tienen control, Elena. Son armas cargadas.

​—Yo puedo controlarlos —respondió Elena con una determinación feroz—. Puedo darles una razón para vivir que no sea el odio. Niclaus, abre las válvulas.

​Niclaus miró a Marta, quien finalmente asintió. Con la fuerza de sus manos, Niclaus rompió los cierres manuales de los tanques de criogenia. El líquido azul inundó el suelo y ocho figuras jóvenes, de la edad de Elena, cayeron al suelo, tosiendo y despertando a una realidad de alarmas y fuego.

​Elena se arrodilló en medio de ellos. Cerró los ojos y proyectó una imagen: no la del orfanato, sino la del mar que había visto en el pueblo costero. El sonido de las olas, la paz del aire salado.

​Los Betas, que segundos antes habrían atacado, se quedaron inmóviles, mirando a Elena con una confusión infantil. Sus redes neuronales, antes llenas de estática, se sincronizaron con la calma de ella.

​—Síganme —dijo Elena—. Si quieren vivir, corran hacia la luz.

​V. El Escape y el Mañana

​Salieron de la mina justo cuando la primera explosión subterránea sacudía la montaña. El búnker colapsó sobre sí mismo, tragándose los secretos de la Generación Beta y los restos del legado del Maestro.

​Aranda los esperaba en la base de la colina, rodeado de patrullas de la policía estatal. Pero al ver salir a los tres hermanos seguidos por ocho jóvenes pálidos y silenciosos, el detective bajó su arma. Entendió que ya no estaba tratando con fugitivos, sino con un ejército.

​—Aranda —dijo Marta, entregándole la tableta con los datos descargados—. Aquí tienes los nombres. Tienes las pruebas para colapsar a la Fundación Valmont en tres continentes. Haz tu trabajo. Nosotros haremos el nuestro.

​—¿A dónde irán con ellos? —preguntó Aranda, mirando a los chicos de la Generación Beta.

​—Al único lugar donde pueden aprender a ser humanos —respondió Elena, tomando la mano de una de las chicas Beta—. A las sombras.

​Niclaus subió al coche, mirando por última vez hacia la montaña que ardía. —La guerra no ha terminado, Marta. Los que están en esa lista no se rendirán fácilmente.

​Marta se sentó al volante y arrancó el motor. Su mirada volvió a ser la de la reina del tablero, pero esta vez, jugaba para su propio bando.

​—Que vengan —dijo Marta—. Ahora sabemos quiénes somos. Y ellos no tienen ni idea de lo que hemos liberado.

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