Isabella Mondragón es una joven que, en su primera vida, crece sin el cariño suficiente de su padre y se enamora de un duque joven y atento. Por descuido y traiciones en la corte, su vida termina trágicamente; su padre, desesperado, usa un hechizo prohibido para retroceder en el tiempo y tratar de salvarla, pagando un precio alto por ese poder. Gracias a ese retroceso, Isabella vuelve nueve años atrás: recupera una edad distinta y la oportunidad de rehacer su destino sin que todos sepan lo ocurrido en su anterior vida.....
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Capítulo 21
Un sacrificio inesperado redefine lo que significa luchar por amor.
El polvo de obsidiana caía como nieve negra sobre el cuerpo inerte de Isabella. Mateo la sostenía contra su pecho, sintiendo que el calor que solía emanar de ella —ese fuego interno que siempre la mantenía como una estufa viviente incluso en el invierno más crudo— se había extinguido por completo. El silencio en el gran salón de la fortaleza era absoluto, roto solo por el crujido de las grietas que se extendían por los muros de piedra.
—Isabella... —la voz de Mateo era un rasguido ronco. La sacudió suavemente—. Isabella, mírame. Abre los ojos.
Ella no respondió. Su piel estaba pálida, casi translúcida, y su cabello negro azabache, ahora libre de cualquier rastro de plata elemental, se esparcía por el suelo como un manto de duelo. Mateo sintió un terror que no se comparaba con ninguna batalla. Podía enfrentarse a ejércitos, a sombras y a demonios, pero no sabía cómo enfrentarse a un mundo donde ella no estuviera.
De repente, una sombra se alzó entre los escombros. No era Héctor, sino el remanente de su esencia, una mancha de vacío que se negaba a desaparecer sin llevarse algo más con ella. La mancha empezó a reptar hacia Isabella, buscando el último rastro de vida para consumirlo.
Mateo intentó invocar sus sombras, pero sus manos temblaban y su energía estaba agotada. Había usado todo su poder para contener la explosión del origen. Suspiró, cerrando los ojos por un segundo. Sabía lo que tenía que hacer.
—Si quieres su vida, tendrás que pasar por la mía —murmuró.
En lugar de atacar a la sombra, Mateo hizo algo que ningún BlackRaven había intentado jamás: abrió su propio corazón, no para expulsar oscuridad, sino para absorberla. El don de las sombras siempre había sido visto como un arma, pero Mateo entendió en ese momento que la sombra también es un refugio. Empezó a atraer el vacío hacia su propio cuerpo, convirtiéndose en un pararrayos para la negrura que amenazaba a su esposa.
El dolor fue inmediato. Mateo sintió que su propia alma era arañada desde adentro. Sus venas se tornaron negras y un grito de agonía escapó de sus labios. Estaba sacrificando su propia pureza, su propia estabilidad mental, para limpiar el aire alrededor de Isabella.
—¡Mateo! —un grito agudo resonó en la cámara.
Isabella había despertado. Sus ojos, ahora de un color café profundo y humano, se abrieron de golpe justo para ver a su marido siendo consumido por la oscuridad.
—¡No! ¡Detente! —ella intentó levantarse, pero sus piernas fallaron. Ya no tenía el Viento para impulsarse ni el Fuego para fortalecer sus músculos. Era solo una mujer, débil y vulnerable por primera vez en seis años.
Gateó por el suelo, arrastrando sus dedos por la piedra fría, hasta que alcanzó la mano de Mateo.
—¡Déjalo ir, Mateo! ¡No dejes que te lleve!
—Tiene... tiene que ser así —jadeó Mateo, con los ojos inyectados en sangre—. Si no lo contengo... te alcanzará. No permitiré que el vacío te toque de nuevo.
—¡Juntos! —gritó Isabella, entrelazando sus dedos con los de él—. Aunque no tenga magia, sigo siendo una Mondragón. ¡Y tú eres mi esposo! ¡Comparte el peso conmigo!
En ese momento, ocurrió algo que desafiaba toda lógica mágica. Aunque Isabella ya no poseía los dones supremos, su voluntad era tan inmensa que actuó como un ancla para el alma de Mateo. Al tocarlo, el vacío que lo estaba devorando encontró un límite: la luz humana y terrenal de Isabella. No era una luz mágica, era la luz de la voluntad de vivir.
La batalla culmina en un acto heroico que une aún más a Isabella y Mateo.
Héctor, o lo que quedaba de él, soltó un alarido final mientras la conexión entre Isabella y Mateo purificaba la habitación. El amor, en su forma más cruda y no mágica, resultó ser la única frecuencia que el vacío no podía asimilar. La oscuridad se deshizo, convirtiéndose en humo inofensivo que se filtró por las grietas del techo.
Mateo colapsó sobre Isabella, jadeando. Ambos estaban cubiertos de hollín, sangre y sudor. El techo de la fortaleza empezó a ceder definitivamente. Grandes bloques de piedra caían a su alrededor.
—Tenemos que salir... —susurró Isabella, intentando ponerse de pie.
Mateo la ayudó, pero ambos estaban al límite de sus fuerzas. Sin embargo, en la entrada del salón, aparecieron figuras familiares. Santiago, Daniel y Adrián habían logrado infiltrarse tras la caída de las barreras mágicas.
—¡Lady Isabella! ¡Lord Mateo! —gritó Santiago, corriendo hacia ellos con una camilla improvisada.
—¡Rápido, la estructura no aguantará! —ordenó Daniel, cubriéndolos con su escudo mientras los escombros llovían sobre ellos.
Fueron sacados de la fortaleza justo a tiempo. Cuando cruzaron el umbral exterior, el monte Kaelum se hundió sobre sí mismo con un estruendo que se escuchó en todo el imperio. El "Ojo de la Nada" había desaparecido, y con él, la amenaza del vacío.
En la llanura, bajo un cielo que por primera vez en semanas no era purpúreo sino de un azul pálido de amanecer, el ejército del Trébol esperaba en silencio. Cuando vieron a los soldados salir cargando a Isabella y Mateo, un rugido de júbilo estalló, pero se detuvo rápidamente al notar el estado de su heroína.
Viktor Mondragón corrió hacia la camilla, apartando a los soldados. Al ver a su hija con el cabello negro y los ojos apagados, se le encogió el corazón.
—Isabella... ¿qué ha pasado? Tus dones...
—Se han ido, padre —dijo ella, con una sonrisa débil pero serena—. Se han ido para siempre.
Viktor la tomó de la mano, y por primera vez, Isabella no sintió el choque de magias opuestas de hielo. Sintió solo la mano cálida y callosa de su padre.
—No importa —dijo Viktor, con lágrimas en los ojos—. Sigues siendo mi hija. Y hoy, has salvado más que un imperio. Has salvado nuestra humanidad.
Mateo, sentado a su lado mientras Elisa vendaba sus heridas, miró a Isabella. Sus manos seguían entrelazadas. El acto heroico de Mateo al absorber el vacío y la resistencia de Isabella al sostenerlo los había unido de una manera que ningún contrato matrimonial o bendición imperial podría igualar. Sus almas estaban ahora grabadas la una en la otra.
—Lo logramos —susurró Mateo, besando los nudillos de su esposa.
—Sí —respondió ella, mirando al sol que finalmente salía—. Y por primera vez, el futuro es nuestro para escribirlo, no para predecirlo.