Él juró protegerla del mundo, pero no sabe cómo protegerse de ella. Entre reglas rotas y secretos compartidos, Alexander descubrirá que su cicatriz no es lo más difícil de sanar, y que, a veces, para ser libre, hay que dejarse domar.
¿Podrá la luz de Isabella iluminar la oscuridad de la Bestia, o terminará ella consumida por sus sombras?
NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 3
Narrado por: Alexander
El negro es el único color que entiendo. No es una elección estética, es una armadura. Al abrocharme la chaqueta frente al espejo, noto que mis nudillos aún conservan una ligera sombra violácea, el recuerdo del muro que golpeé anoche después de dejar a Isabella en su habitación. El dolor físico es honesto; no miente, no traiciona y, sobre todo, distrae.
Hoy enterramos a Marcus.
El cementerio privado de la familia Thorne está situado en una colina donde el viento siempre parece pedir disculpas. Es un lugar de robles antiguos y lápidas que han perdido sus nombres por la erosión, un reflejo perfecto de lo que queda de mi linaje: piedra y olvido.
Caminamos por el sendero de grava. El sonido de las piedras crujiendo bajo mis botas es rítmico, casi hipnótico. A mi lado, Isabella camina como una aparición. Ha elegido un vestido negro que parece absorber la escasa luz del sol de la mañana. Su cabello castaño cae sobre sus hombros en ondas desordenadas y sus ojos azules, esos ojos que ayer brillaban con una alegría que me resultaba ofensiva, hoy están empañados por una bruma de dolor absoluto.
No llora. Al menos, no frente a los hombres que han venido a presentar sus respetos. Son lobos vestidos de cordero, socios de negocios y rivales que han venido a oler la debilidad en el aire ahora que mi mano derecha ha caído.
Me detengo junto a la fosa abierta. El ataúd de madera oscura brilla bajo el cielo gris. Siento la mirada de Isabella quemándome el perfil. Sé lo que ve: una estatua. Un hombre con una cicatriz que parece más profunda bajo esta luz cenicienta, alguien que no ha soltado una sola lágrima por el hombre que le salvó la vida más veces de las que puedo contar.
Lo que ella no sabe es que si dejo salir una sola gota de ese dolor, el dique se romperá y no quedará nada de la Bestia para protegerla. Y ahora, protegerla es mi única función biológica.
—Alexander —susurra ella. Su voz es un hilo de seda que corta el viento—. Di algo. Por favor. Era tu amigo.
Miro el ataúd. Las palabras se quedan atascadas en mi garganta, secas como el polvo que pronto lo cubrirá. ¿Qué se supone que debo decir? ¿Que Marcus era el único puente que me unía a la cordura? ¿Que sin él, el monstruo que habita en mi pecho tiene hambre de venganza?
—Marcus era un hombre de deber —digo finalmente. Mi voz suena monótona, despojada de toda calidez. Noto cómo Isabella se tensa a mi lado—. Cumplió con su palabra hasta el último aliento. No hay mayor honor que ese.
Ella suelta una risa amarga, un sonido que me golpea como un látigo.
—¿Honor? —repite, tan bajo que solo yo puedo oírla—. Estás hablando de él como si fuera un soldado en una de tus guerras. Era un padre, Alexander. Era un hombre que amaba la música y que odiaba el café frío. Tenía metas, tenía... vida.
—La vida es un lujo que no podíamos permitirnos, Isabella.
Me doy la vuelta antes de que el primer puñado de tierra caiga sobre la madera. No puedo verlo. No puedo permitirme ese cierre. Los "socios" se acercan para darme el pésame, sus manos sudorosas estrechando la mía. Escucho sus mentiras con cortesía gélida mientras mantengo un brazo a una distancia prudencial de Isabella, marcando un territorio que nadie se atreve a cruzar.
El viaje de regreso a la mansión es un ejercicio de tortura silenciosa. Ella mira por la ventana, su reflejo en el cristal mostrándome una tristeza que me resulta insoportable. Quiero decirle que lo siento. Quiero decirle que daría mi propia vida por traer a Marcus de vuelta. Pero las palabras no existen en mi vocabulario. Solo el silencio.
Al llegar a la mansión, el ambiente cambia. Los muros de piedra parecen cerrarse sobre nosotros. Entramos en el gran vestíbulo y el eco de la puerta cerrándose marca el inicio de nuestra nueva realidad.
—Señora Miller —llamo al ama de llaves, que aparece de inmediato—. Lleve té a la habitación de la señorita Isabella.
—No quiero té —espeta ella, girándose hacia mí con fuego en la mirada—. Quiero explicaciones. Quiero saber qué va a pasar conmigo. No puedes simplemente encerrarme aquí y esperar que sea parte de la decoración.
Miro a la señora Miller, quien se retira con una reverencia rápida. Me quedo a solas con Isabella bajo el gran candelabro. Ella parece tan pequeña en este espacio inmenso, pero su voluntad es una llama que se niega a apagarse.
—Acompáñame al despacho —le ordeno.
Camino sin esperar a ver si me sigue. Sé que lo hará. Entramos en la estancia que es mi santuario: estanterías llenas de libros de derecho y estrategia, muebles de caoba oscura y el olor persistente a tabaco y papel viejo. Me siento tras el escritorio, recuperando mi posición de poder. Ella se queda de pie, cruzada de brazos, desafiante.
Saco un sobre del cajón superior. Lo deslizo sobre la madera pulida.
—Ahí tienes tus documentos de identidad, tus tarjetas bancarias y un testamento que Marcus dejó preparado hace años. Todo está a tu nombre, pero bajo mi administración hasta que cumplas los veintiuno —explico con frialdad—. Pero eso no es lo más importante.
Saco una hoja de papel mecanografiada. Mi lista de reglas.
—Esto —digo, señalando el papel— es lo que mantendrá tu cabeza sobre los hombros mientras vivas bajo mi protección.
Isabella toma el papel. Sus ojos recorren las líneas con una mezcla de incredulidad y desdén.
—"Regla número uno: Queda prohibida la salida de la propiedad sin escolta previa autorización escrita". "¿Regla número tres: Toque de queda a las diez de la noche?" ¿Esto es una broma, Alexander? ¿O es que te has confundido y crees que soy uno de tus sicarios?
—Es seguridad, Isabella.
—"Regla número cinco: El ala oeste y el despacho principal son zonas prohibidas" —continúa leyendo, su voz subiendo de tono—. "Regla número ocho: No se permite el contacto con personas externas sin supervisión". ¡Esto es una cárcel! ¡Me estás secuestrando!
Me levanto lentamente. La sombra de mi cuerpo cae sobre ella, pero no retrocede. Es valiente, se lo concedo. Pero la valentía sin prudencia es suicidio.
—Tu padre murió porque alguien quería llegar a mí —le digo, dejando que un rastro de mi verdadera naturaleza asome en mi voz—. Ese alguien sabe quién eres. Eres la única ficha que les queda para hacerme daño. Si sales de esa puerta sola, no durarás ni diez minutos. Mi casa no es una cárcel, es un búnker. Y estas reglas no son para molestarte, son para que sigas respirando.
—Prefiero morir libre que vivir como tu mascota —le escupe ella, arrugando el papel y lanzándolo sobre el escritorio.
—Pues vas a tener que aprender a vivir conmigo, porque no pienso faltar a mi promesa —clavo mis ojos en los suyos—. Mañana empezarán tus clases particulares aquí. No volverás a la universidad por el momento.
—¿Qué? ¡Mis estudios! Alexander, no puedes quitarme eso. Es lo único que me queda de mi futuro.
—Tu futuro ahora es sobrevivir al presente.
Ella da un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal. Puedo oler el rastro de flores en su ropa, un aroma que contamina el aire rancio de mi despacho. Es tan joven, tan llena de una vida que yo olvidé hace décadas. Sus Blue Eyes buscan una grieta en mi máscara, algo que le diga que estoy bromeando. No encuentra nada.
—Eres un monstruo —susurra. Hay un odio genuino en su voz, y por alguna razón, me duele más que la bala que me rozó el hombro anoche—. No solo por esa cicatriz, sino por lo que tienes por corazón. Marcus te amaba, confiaba en ti... pero no creo que supiera que ibas a devorar mi vida así.
—La Bestia no devora, Isabella. Solo protege lo que es suyo.
—Yo no soy tuya —me corrige, con una dignidad que me deja sin palabras.
—Por el momento, eres mi responsabilidad. Y en esta casa, mi palabra es ley. Mañana a las ocho, quiero que estés en el comedor para el desayuno. Ni un minuto más tarde.
Ella me mira con una mezcla de asco y derrota. Se da la vuelta y sale del despacho, cerrando la puerta con una fuerza que hace vibrar las estanterías de libros.
Me quedo solo. El silencio regresa, pero ya no es el silencio pacífico de antes. Es un silencio cargado, eléctrico. Me siento de nuevo y apoyo la cabeza entre las manos. Siento el latido acelerado en mis sienes.
Miro el papel arrugado que ella lanzó. Lo estiro con cuidado. Mis reglas. Mis muros. Los mismos que me han mantenido vivo durante treinta y cinco años. Sin embargo, por primera vez, me pregunto si esos muros serán suficientes para contener la tormenta que acaba de entrar en mi casa.
Isabella es todo lo que yo no soy. Es el eco de una risa que ya no puedo emitir, el color en un mundo de grises. Y mientras observo la mancha de sangre seca en mi puño, me doy cuenta de que la regla más importante no está escrita en ese papel. Es la regla que me impuse a mí mismo en el funeral:
No dejes que ella te vea. No dejes que ella te toque. Porque si la luz de Isabella entra en contacto con la oscuridad de la Bestia, uno de los dos terminará reducido a cenizas.
Y me temo que seré yo.