No creas ni por un instante que mi historia de vida será la típica de hombres salvajes y predecibles. La mía se escribe con fuerza, con intención, con estrategia… con una presencia que se desliza bajo la piel y deja huella.
Haré que tu corazón pierda el compás, que se acelere y se rinda al ritmo de mis movimientos, como si cada paso que doy marcara el destino entre nosotros.
No será una simple historia… será mi historia la que te deje un pulso constante, una tensión que te erice la piel y te obligue a sentir cada latido en sintonía conmigo.
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Instinto
Y entonces apareció frente a mí.
Fue tan súbito que apenas logré frenar antes de chocar contra él. El lobo emergió entre los troncos como una sombra sólida, aterrizando justo en mi camino con una precisión aterradora. Sus garras se hundieron en la tierra y hojas secas salieron despedidas a mi alrededor.
Intenté girar.
Demasiado tarde.
Su hocico impactó contra mi torso con la fuerza justa para desestabilizarme. No fue un ataque para desgarrar. Fue calculado. Medido. Suficiente para derribarme sin herirme.
Caí de espaldas, el aire escapando de mis pulmones en un golpe seco.
Antes de que pudiera incorporarme, su cuerpo volvió a cambiar.
El lobo redujo su tamaño con un estremecimiento fluido, ajustando su masa hasta ser lo bastante compacto para dominar el espacio entre los árboles, pero sin dejar de ser imponente. Seguía siendo enorme. Abrumador.
Una de sus patas delanteras —la derecha— descendió sobre mi pecho.
El peso era firme. Dominante. No aplastaba… pero dejaba claro que podía hacerlo.
El calor de su cuerpo atravesaba la tela de mi atuendo. Sentía la presión de sus almohadillas, la tensión contenida en sus músculos. Si quisiera, podría hundir las garras y atravesarme sin resistencia en mi estado actual.
Sus ojos me miraron desde arriba.
Brillaban.
No había rabia en ellos. Ni crueldad inmediata.
Había satisfacción.
La misma que tendría un depredador al haber acorralado a su presa tras una persecución perfecta. La misma calma orgullosa de un tigre que sabe que la caza ha terminado antes siquiera de dar el mordisco final.
Su respiración era profunda, estable. La mía, agitada.
Estaba atrapada.
Y él lo sabía.
El peso de su pata aún oprimía mi pecho cuando el lobo inclinó la cabeza.
Su enorme hocico descendió lentamente hacia mi clavícula.
Sentí primero el calor de su aliento, profundo y denso, deslizándose sobre mi. Luego su nariz rozó mi cuello. No fue un movimiento brusco; fue deliberado. Lento. Exploratorio.
Olfateó.
Una vez.
Luego otra.
Su respiración cambió.
El aire que exhalaba el hombre se volvió más pesado, más irregular. Un estremecimiento recorrió su cuerpo desde el lomo hasta la cola, como una descarga que tensó cada músculo bajo el pelaje oscuro. Sus ojos se entrecerraron apenas, y un sonido grave, casi imperceptible, vibró en su garganta.
Había sido atraído antes… pero aquello era distinto.
Olerla directamente era otra cosa.
Algo en mi aroma —natural, sin artificios— pareció golpearlo con una intensidad inesperada. Su hocico se deslizó apenas por la curva de mi cuello, aspirando con más profundidad, como si intentara memorizarlo… o absorberlo.
Sus garras se hundieron apenas un milímetro más en la tela sobre mi pecho.
Por un segundo, sus colmillos quedaron peligrosamente cerca de mi piel.
Demasiado cerca.
Su mandíbula se tensó.
El impulso de morder fue evidente en la rigidez de su postura, en la forma en que su respiración se volvió áspera, en cómo su mirada adquirió un brillo más salvaje. No era hambre común. Era algo más primitivo. Más instintivo.
Pero en el último instante se contuvo.
Con un gruñido bajo, casi frustrado, retiró la pata de mi pecho y se apartó bruscamente, como si necesitara distancia para recuperar el control.
Su cuerpo volvió a transformarse.
El pelaje se replegó en piel. Los huesos crujieron al reorganizarse. La masa colosal del lobo se comprimió hasta devolver la figura del hombre: alto, imponente, de piel bronceada marcada por sombras oscuras que recorrían su torso desnudo. Su cabello negro azabache cayó sobre su frente mientras terminaba la transformación.
Respiraba más fuerte de lo habitual.
Sus ojos violetas, aún intensos, me miraron desde arriba. Esta vez no solo había satisfacción en ellos.
Había algo más peligroso.
Algo que él mismo acababa de descubrir.
Me sujetó de la muñeca con firmeza y me atrajo hacia él en un solo movimiento, reduciendo la distancia entre nuestros cuerpos.
No fue un gesto apresurado. Fue posesivo. Decidido.
Antes de que pudiera liberarme, inclinó el rostro hacia mi cuello. Sus colmillos atravesaron la tela de mi ropa y perforaron mi piel. El dolor fue agudo, breve, ardiente. Sentí el calor de la sangre extenderse bajo la tela.
No fue un ataque descontrolado.
Fue una marca.
Su respiración se volvió más pesada, como si el simple contacto lo estuviera forzando a luchar contra algo interno. Sus dedos no temblaban, pero la tensión en su cuerpo era evidente. Había cruzado un límite que él mismo había intentado evitar.
Mis rodillas cedieron por la debilidad acumulada y la pérdida de energía, y terminé arrodillada frente a él. No sabía si fue por la presión de su agarre o por mi propio estado, pero el mundo parecía inclinarse.
Su mano se deslizó hasta mi cabello y lo sostuvo con firmeza. No lo suficiente para arrancarlo, pero sí para obligarme a mantener la cabeza erguida. Era un gesto dominante, sí… pero más que agresión había control. Control forzado.
Levanté la mirada.
Nuestros ojos se encontraron otra vez.
Su mandíbula estaba tensa. La línea de su cuello se marcaba con cada respiración profunda. La nuez se movía lentamente al tragar, como si intentara estabilizarse. No era deseo lo que veía en él.
Era lucha.
Una lucha interna entre el instinto que lo había llevado a morder… y la razón que aún lo mantenía contenido.
Sus ojos violetas ya no brillaban solo con satisfacción.
Ahora ardían con algo más complejo.
Algo que no esperaba encontrar en su presa.
El hombre pensó:
- ¿Cómo…?
¿Cómo podía una hembra poseer tales capacidades?
Desde que tengo memoria, las hembras han sido consideradas más frágiles por naturaleza. Refinadas, sí. Inteligentes en ocasiones. Pero físicamente inferiores. Incapaces de despertar en mí el instinto primario de un rey.
Eso es lo que siempre se me enseñó y lo que viví.
Y, sin embargo…
Ella no corrió como una presa común. No gritó. No suplicó. Evaluó. Midió. Eligió retirarse en lugar de enfrentarse a mí en un estado desfavorable. Eso no es debilidad; es estrategia.
Intentó invocar un arma de su anillo espacial. Lo sentí. La fluctuación de energía fue breve, inestable… pero real. Y aun cuando falló, no perdió tiempo en dudar. Se movió.
Incluso agotada.
Incluso sabiendo que yo la observaba.
Y su aroma…
Maldición.
No era solo agradable. Era embriagador. Cada inhalación golpeó mis sentidos con una intensidad que rozaba lo intolerable. No era un simple olor corporal; era esencia. Algo en ella hablaba directamente a mi lobo. Lo llamó. Lo provocó.
Despertó mi instinto de caza.
Despertó algo más.
Esta pequeña hembra.
bueno lo importante es que el la esta cuidando pero hay le va tocar difícil con todas esas mujeres
hay no que paso