Hace cinco años, Matías desapareció de la vida de Sofía sin dejar rastro.
Hoy es uno de los hombres más ricos y arrogantes de Buenos Aires.
Ella vive con un secreto.
Él vuelve cargado de orgullo y rencor.
Cuando se reencuentran, no hay nostalgia, solo ironía y reproches.
Sofía no pide explicaciones ni compasión.
Pero Matías, el hombre que una vez la abandonó,
empieza a aparecer una y otra vez…
y esta vez no piensa irse.
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Capítulo 18
Sofía miró por el retrovisor a Tiago, que cantaba a pleno pulmón siguiendo la melodía infantil que salía de los parlantes. El niño movía los hombros al ritmo, los ojos brillantes, la sonrisa abierta de oreja a oreja. En casa siempre se mostraba serio, responsable, como un pequeño adulto que cargaba el peso de ser el hombre de la familia. Pero allí, en ese auto, con Matías al volante y una canción tonta de fondo, dejaba salir por fin esa chispa infantil que ella tanto extrañaba. La alegría pura, la vergüenza feliz, el anhelo de un padre que nunca había pronunciado en voz alta pero que se transparentaba en cada mirada que le dirigía a Matías. El corazón de Sofía se apretó. Era imposible esconderlo: su hijo necesitaba algo que ella sola no podía darle por completo.
Cuarenta minutos después, el Bentley se detuvo frente a un taller grande en la zona industrial de Barracas. El SUV de Sofía ya estaba listo en la entrada, lavado y con el lateral reparado. Ella bajó, se acercó al empleado y preguntó:
—¿Hay algún costo extra?
El hombre negó con la cabeza.
—Todo pagado, señora. Puede llevárselo.
Sofía se volvió hacia Matías, que esperaba junto al auto con las manos en los bolsillos.
—Gracias. ¿Cuánto te debo?
Matías la miró con calma.
—No me debés nada. Pero ya que estamos, invitame a almorzar. Como devolución por la ayuda.
Sofía abrió la boca para negarse, pero no encontró excusa. Él había resuelto el accidente, había instalado el asiento para Tiago, había manejado bajo la lluvia. Rechazarle una comida parecía mezquino. Además, pensó que era mejor saldar la deuda de una vez y mantener distancia después.
—Está bien. Hoy mismo.
Se dio vuelta para subir a su auto y entonces lo vio: en el asiento trasero había un nuevo asiento infantil, gris oscuro, con el logo de una marca premium. Estaba instalado correctamente, con las correas bien ajustadas. Tiago, que ya se había acercado, le susurró:
—Él lo compró. Mientras esperábamos.
Sofía sintió un nudo en la garganta. Se acercó a Matías con la billetera en la mano.
—Te pago el asiento ahora mismo. No tenías que…
Matías frunció el ceño.
—No me hables de plata. Subí y ajustá el cinturón de tu hijo.
Sin darle tiempo a discutir, se agachó, levantó a Tiago con facilidad y lo sentó en el asiento nuevo. Le colocó el cinturón de cinco puntos con cuidado, comprobando que quedara firme. Luego abrió la puerta del acompañante y esperó a que Sofía subiera. Ella dudó un segundo, pero terminó entrando. Matías se sentó al volante de su propio auto.
—¿No vas a usar el Bentley? —preguntó Sofía.
—Está en mantenimiento —mintió él con naturalidad—. Me llevo el tuyo.
Sofía no tuvo fuerzas para objetar. Arrancó y condujo hacia el centro.
—No conozco bien los restaurantes por aquí —dijo después de un rato—. ¿Alguna sugerencia?
Matías sacó el teléfono y marcó un número.
—Fede, ¿qué restaurante me recomendás cerca? Algo bueno, pero no ostentoso.
Del otro lado se oyó la voz animada de Federico, el segundo hijo de los Peña, obsesionado con la comida. Tenía un canal de videos con millones de seguidores y conocía cada rincón gastronómico de Buenos Aires.
—Hay una cantina cantonesa en cinco kilómetros. Dim sum casero, pato laqueado perfecto, ambiente tranquilo. Te mando la ubicación.
Matías colgó y miró a Sofía.
—Seguí derecho. Te guío.
Durante el trayecto, el silencio se hizo incómodo. Matías rompió el hielo:
—Tu manejo mejoró mucho.
Sofía sonrió sin mirarlo.
—Lucas me obligó a practicar. La primera vez que manejé para él estaba muerta de miedo. Casi choco contra un camión en la Panamericana. Después me hizo hacer vueltas y vueltas hasta que me temblaran las manos. Ahora ya no me pongo nerviosa.
Habló durante varios minutos, contando anécdotas: cómo Lucas la mandaba a buscarlo a reuniones a medianoche, cómo una vez se perdió en Recoleta y tuvo que llamar llorando porque no encontraba la calle. Matías escuchaba en silencio. Cuando ella terminó, notó que su expresión había cambiado. La mandíbula apretada, los ojos fijos en el camino, las manos crispadas en el volante.
—¿Qué pasa? —preguntó Sofía, confundida.
Matías no respondió. Solo siguió manejando. En su cabeza giraba una sola imagen: Sofía aprendiendo a conducir con otro hombre, riendo con él, dependiendo de él. La idea le quemaba el pecho.
Tiago, desde atrás, no aguantó más.
—Che, ¿por qué ponés esa cara? Si tenés algo que decir, decilo. No seas muerto.
Matías lo miró por el retrovisor.
—¿Cómo?
—Tenés cara de culo. Si estás enojado, hablá. Si no, no pongas esa cara de orto. Mi mamá dice que los que no hablan son gallinas.
Sofía se tapó la boca para no reír. Matías apretó los labios.
—Mirá vos. El pendejo opinando.
Tiago se encogió de hombros.
—Y vos el que compró un asiento y ahora se hace el duro. Si no te gusta mi mamá, no compres nada. Pero no pongas cara de malo. Es feo.
Matías se quedó sin palabras. Sofía tuvo que morderse el labio para no soltar la carcajada. El resto del trayecto transcurrió en silencio, pero el ambiente ya no era tan pesado.
Veinte minutos después llegaron a la cantina cantonesa. El lugar era pequeño, con mesas de madera y olor a jengibre y salsa de soja. Matías bajó primero, rodeó el auto y abrió la puerta trasera. Levantó a Tiago con naturalidad y lo cargó en brazos. El niño se dejó llevar, las mejillas coloradas, los ojos brillantes.
Entraron. El mozo los acomodó en una mesa redonda cerca de la ventana. Sofía sacó el teléfono y escaneó el código QR de la carta. Recordaba perfectamente los gustos de Matías: nada demasiado picante, preferencia por lo salteado y lo al vapor. Pidió siu mai, har gow, char siu bao, pato laqueado y una sopa wonton para Tiago. Matías la miró mientras elegía. En sus ojos pasó un destello fugaz, casi tierno.
La comida llegó rápido. Comieron en un silencio cómodo, interrumpido solo por el entusiasmo de Tiago al probar los dumplings y el crujiente del pato. Cuando terminaron, Sofía miró a Matías.
—¿Querés que te lleve a algún lado?
Matías se limpió la boca con la servilleta y asintió.
—Sí. Llevame.
Sofía se quedó quieta, sorprendida. Lo había dicho por cortesía, sin esperar que aceptara. Pero él ya se había levantado, cargando otra vez a Tiago en brazos.
—Vamos —dijo, y salió del restaurante como si fuera lo más natural del mundo.
Sofía los siguió, con las llaves en la mano y el corazón latiendo fuerte.