Relatos cortos del héroe multiversal Perseo, contado desde la mente de Exístencia, el creador de la realidad y del ser. Ven y ve el abismo y la luz como nunca antes creíste poder verles, adéntrate en esta historia de tragedias, triunfo que saben a derrotar y a la valentia que tiene un alma eterna que viaja libre sin las cadenas de la existencia escrita sobre su ser.
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Perseo y Los 4800 años de Silencio. Pt.1.
1. El eco de 4800 años y El verso de los Dioses.
El aire en las profundidades de la catedral de Santini no era simplemente frío; era un peso muerto que se asentaba en los pulmones con el sabor del polvo de siglos y el incienso rancio. Perseo avanzaba con la cautela de quien sabe que su vida pende de un hilo de seda. A sus treinta años, su rostro reflejaba una madurez forjada en bibliotecas clandestinas y vigilias bajo la luz de velas prohibidas. Sus dedos, largos y manchados de tinta, acariciaban las paredes de piedra húmeda mientras descendía por la escalera de caracol que conducía a las catacumbas inferiores, un lugar donde ni siquiera los sacerdotes más devotos se atrevían a entrar.
La Orden de la Luz de Santini gobernaba el mundo exterior con un puño de hierro envuelto en terciopelo sagrado. Para ellos, el conocimiento era una enfermedad que debía ser purgada, y la curiosidad, el primer síntoma de la condenación. Pero Perseo nunca había podido aceptar las respuestas simples.
¿Por qué Santini, la creadora de vida, permitía que el miedo fuera el motor del mundo? ¿Por qué la oscuridad de Amine era un tabú tan absoluto que incluso mencionar su nombre atraía la hoguera? Esas preguntas lo habían llevado hasta aquí, a los cimientos de la fe, donde los secretos se enterraban bajo capas de superstición.
La linterna de aceite que portaba proyectaba sombras alargadas que parecían cobrar vida propia en las esquinas de los túneles. Perseo se detuvo frente a una puerta de hierro reforzada con sellos de plata. No eran sellos decorativos; eran advertencias. Utilizando una ganzúa que había fabricado él mismo basándose en diagramas de un antiguo tratado de ingeniería, comenzó a trabajar en la cerradura. El clic metálico resonó en el silencio sepulcral como un disparo. La puerta cedió con un gemido de bisagras oxidadas, revelando una cámara que el tiempo parecía haber olvidado.
En el centro de la habitación, sobre un pedestal de obsidiana que absorbía la escasa luz de su linterna, descansaba un volumen encuadernado en una piel que no parecía pertenecer a ningún animal conocido por el hombre. Era el manuscrito de Amine. Al acercarse, Perseo sintió una vibración en la base de su cráneo, un murmullo inaudible que parecía llamarlo por su nombre. Sus manos temblaban mientras extendía los dedos para tocar la cubierta. La piel del libro estaba tibia, casi febril.
Al abrirlo, sus ojos se encontraron con el idioma Aklo. Para cualquier otro mortal, aquellos caracteres habrían sido garabatos de un loco, una geometría imposible de líneas y ángulos que herían la vista. Pero para Perseo, el Aklo era una melodía olvidada. Lo leía con una fluidez que lo aterraba. Era como si una parte de su mente, una parte que no le pertenecía, hubiera estado esperando este momento durante eones. Las palabras describían la arquitectura del vacío, el hambre que devoraba las estrellas y la inutilidad de la luz ante la inmensidad del abismo.
—El que consume no tiene rostro, pues su rostro es la ausencia del todo —leyó en voz baja.
Su voz sonó extraña, distorsionada por la acústica de la cámara. El aire alrededor del pedestal comenzó a enfriarse drásticamente, y el aceite de su linterna parpadeó violentamente. Perseo ignoró el instinto de huir. La fascinación era un veneno más potente que el miedo. Cada página que pasaba revelaba secretos que hacían que la teología de Santini pareciera un cuento infantil para asustar a los campesinos.
De repente, un sonido lejano rompió su trance. Era el eco metálico de armaduras y el ritmo acompasado de botas militares. La Guardia de la Luz. Alguien lo había traicionado o, quizás, los sellos de la puerta habían enviado una señal al altar mayor de la catedral. Perseo cerró el libro de golpe, pero la vibración en su cabeza no cesó. El peso del manuscrito en sus manos era ahora el de una condena. Sabía que, si lo encontraban aquí, no habría juicio, solo una ejecución inmediata en nombre de la pureza.
Miró a su alrededor buscando una salida, pero la cámara solo tenía una entrada. Los pasos se hacían más fuertes, acompañados por el resplandor de antorchas que comenzaba a filtrarse por el pasillo. La voz de Ekilem, el inquisidor jefe, resonó con una autoridad gélida.
—Revisen cada rincón. El herético no pudo haber ido demasiado lejos. Santini exige que su luz purifique esta mancha.
Perseo apretó el manuscrito contra su pecho. Su corazón golpeaba sus costillas como un animal enjaulado. Estaba atrapado en el corazón de la fe que despreciaba, con la prueba de su apostasía en las manos. Pero mientras el pánico lo invadía, una frase en Aklo que acababa de leer comenzó a repetirse en su mente, una secuencia de sonidos que prometía un poder que ningún mortal debería poseer.
Perseo logró escabullirse por una grieta en la pared del fondo de la cámara, un pasaje de ventilación olvidado que lo condujo a las cloacas de la ciudad. Horas después, empapado de inmundicia y con los nervios destrozados, se encontraba en la seguridad relativa de su estudio clandestino, un ático oculto tras una pared falsa en el barrio de los pescadores. Allí, rodeado de frascos de reactivos y otros libros menos peligrosos, puso el manuscrito de Amine sobre su mesa de trabajo.
La luz de la luna se filtraba por una claraboya sucia, iluminando las páginas del libro. Perseo sabía que cada minuto que pasaba con ese objeto en su poder era un paso más hacia el abismo, pero no podía detenerse. La necesidad de saber, de comprender la verdadera naturaleza del universo, era más fuerte que su instinto de conservación. Comenzó a transcribir algunos fragmentos, tratando de descifrar la gramática del Aklo, esa lengua que parecía existir en más de tres dimensiones.
A medida que estudiaba, la realidad misma en su estudio parecía volverse maleable. Los bordes de los muebles se desdibujaban y los colores se volvían más intensos, casi dolorosos. Perseo se dio cuenta de que el Aklo no era solo un lenguaje para comunicar ideas; era una herramienta para reescribir la existencia. Las palabras eran vibraciones que resonaban con la estructura misma de la materia.
—Ignis, veni ad me —susurró, intentando traducir mentalmente una de las fórmulas.
Pero al pronunciar la última sílaba, algo cambió. No fue un pensamiento, fue una sensación física, como si sus venas se llenaran de metal fundido. Un calor insoportable brotó de su palma derecha. Con un grito de asombro y terror, vio cómo una esfera de fuego azulado se materializaba en el aire, flotando a pocos centímetros de su piel.
La esfera no quemaba su mano, pero el calor que irradiaba era real. Las notas que había estado tomando comenzaron a chamuscarse. El pánico lo invadió abriendo de par en par sus ojos dorados. Durante años había teorizado sobre lo oculto, pero siempre desde una distancia académica y científica. Ver la magia manifestarse de forma tan cruda y violenta rompió algo dentro de él. La religión de Santini hablaba de milagros, pero eran actos pasivos, bendiciones que se recibían con la cabeza baja. Esto era poder, un poder que no pedía permiso a ningún dios.
Intentó deshacerse de la esfera, pero sus manos no respondían. El fuego azul comenzó a crecer, alimentándose de su miedo. En un momento de desesperación, recordó un cántico de Santini, una oración para la calma.
—Quiesce, anima mea, tenebrae te non consument.
La recitó con voz temblorosa, y la esfera de fuego se desvaneció, dejando tras de sí un olor a agrio y carne quemada. Perseo se desplomó en su silla, mirando su mano. No había quemaduras físicas, pero sentía un hormigueo eléctrico que no desaparecía.
—Es real —murmuró—. Todo es real…
La comprensión de que los mitos de Amine y Santini no eran meras alegorías morales, sino descripciones de fuerzas cósmicas activas, lo llenó de una angustia existencial. Si el hombre podía blandir el fuego del dios oscuro, ¿Qué impedirá que el mundo entero se consumiera? Se levantó y caminó hacia la ventana. La ciudad dormía bajo la vigilancia de las torres de la Orden, ajena a que uno de sus ciudadanos acababa de rasgar el velo de la realidad.
De repente, un zumbido comenzó a llenar la habitación. No era un sonido externo; venía de dentro de su cabeza, el mismo murmullo que había sentido en las catacumbas. El manuscrito sobre la mesa empezó a vibrar, y las letras en Aklo parecieron desprenderse del papel, flotando en el aire como insectos de tinta. Perseo retrocedió, tropezando con una estantería. El espacio en el centro de su estudio comenzó a distorsionarse, como si una lente invisible estuviera enfocando la nada.
El aire se volvió denso y difícil de respirar. Perseo sintió que las paredes de su estudio se alejaban, aunque físicamente seguían allí. La vibración aumentó hasta convertirse en un dolor agudo en sus sienes. Intentó alcanzar el libro para cerrarlo, pero sus pies se sentían pesados, como si estuviera caminando a través de melaza. En el centro de la distorsión, un punto de oscuridad absoluta comenzó a expandirse.
Aklo para mortales:
Perseo: “Ignis, veni ad me.” — “Fuego, ven a mí.”
Perseo: “Quiesce, anima mea, tenebrae te non consument.” — “Descansa, alma mía, la oscuridad no te consumirá.”