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CENIZAS DEL PECADO

CENIZAS DEL PECADO

Status: Terminada
Genre:Mafia / Traiciones y engaños / Diferencia de edad / Mujer despreciada / Venganza de la protagonista / Familias enemistadas / Completas
Popularitas:7.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Yazz García

Anne nunca fue la chica que pedía ayuda. Y esa noche tampoco lo hizo. Lo que ocurrió cambió algo dentro de ella. No fue un accidente. No fue un malentendido. Fue una decisión tomada con los ojos abiertos… y con la certeza de que después nada volvería a ser igual.

NovelToon tiene autorización de Yazz García para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Estas loca, Anne

...08...

...ANNE MORETTI ...

Había pasado una semana desde que mi veneno empezó a surtir efecto y el espectáculo estaba siendo mejor de lo que imaginé.

Tristán, siguiendo mis órdenes como un perro falto de atención, había desechado a Maxine. Ella, en su desesperación, intentó el viejo truco del chantaje emocional con el suicidio, pero cuando vio que a Tristán le importaba lo mismo que una mancha en el zapato, su máscara se rompió. Durante esos días, me encargué de que su vida fuera un pequeño infierno: cosas "sin importancia" según mi nuevo criterio, pero que la estaban volviendo loca.

Yo seguía jugando a la esquiva con Tristán, dándole solo las migajas suficientes para que siguiera hambriento. Pero hoy, la presión estalló.

Sentí el tirón violento en mi cuero cabelludo antes de escuchar su voz. Maxine me obligó a levantar la cabeza, clavando sus dedos en mi corte pixie.

—¡Mírame, maldita zorra! ¡No me ignores! —chilló Maxine, fuera de sí. Su maquillaje estaba corrido y el aura de "reina" se le había caído por completo—. Me dijeron que te vieron con él. ¡Tú hiciste que me dejara! ¿Crees que puedes quedarte con lo que es mío?

Solté una risa seca, una que no mostró ni un ápice de dolor a pesar del tirón en mi cabello. El silencio en la cafetería era sepulcral; todos esperaban que la "vieja Anne" empezara a llorar. Se iban a llevar una sorpresa.

—En primer lugar, suéltame —dije con una calma gélida que pareció descolocarla—. Y en segundo... lo que es "tuyo" me buscó porque estaba aburrido de ti. ¿No te das cuenta, Max? Ya nadie te tiene miedo.

—¡Te voy a destruir la cara! —gritó ella, levantando la mano para darme una bofetada.

Fue el error más grande de su vida. Antes de que su mano me tocara, agarré su muñeca con una fuerza que la hizo jadear y, con un movimiento rápido que aprendí en el sótano de la finca, la obligué a soltar mi cabello mientras la estampaba contra la mesa de la cafetería.

—Atrévete —le susurré al oído, mientras todos alrededor grababan con sus teléfonos—. Inténtalo una vez más y te juro que lo del video será un cuento de hadas comparado con lo que te voy a hacer yo.

La cara de Maxine era un poema de puro terror. No esperaba que la "ratoncita" tuviera colmillos.

Maxine, con el rostro desencajado y la respiración agitada, me escupió esas palabras cargadas de un veneno que ya no me afectaba.

—¡Eres una zorra igual que tu madre! —gritó, con la voz quebrada por la histeria—. ¡Te abandonó porque sabía lo que eras! ¿Ahora vas a ir por los novios de todas?

Me quedé mirándola, sintiendo una lástima profunda, pero no por mí, sino por la patética criatura en la que se había convertido.

—Valórate un poco, ¿sí? —le dije, ajustando mi uniforme con una calma insultante—. ¿De verdad haces este show por un mísero hombre? No tienes dignidad, Max. Yo no te quité nada; fue tu novio el que vino a buscarme. Deja de ser tan patética, das vergüenza ajena.

—¡Te voy a matar! —rugió ella, perdiendo los últimos estribos.

Se abalanzó sobre mí con las garras fuera. Me tomó de la cabeza, pero mi cuerpo reaccionó por puro instinto de supervivencia, ese que el abuelo me había grabado a fuego. Le propiné un golpe seco y preciso en el estómago que la dejó sin aire, doblándola sobre sí misma. En un movimiento fluido, mi mano alcanzó unas tijeras de punta fina que alguien había dejado sobre una de las mesas de manualidades cercanas.

Sentí una oscuridad fría apoderarse de mi mirada. El mundo alrededor desapareció.

—Ruega, maldita —le susurré, mientras el filo de la tijera rozaba su mejilla—. Ruega por tu absurda cara.

Le hice un corte superficial, pero rápido. Max gritó, un sonido agudo que hizo que varios estudiantes retrocedieran horrorizados. Alguien salió corriendo, seguramente a buscar al director, pero yo ya no estaba allí. Estaba en el sótano de la finca, escuchando la voz del abuelo diciéndome que el miedo es la única moneda que todos aceptan.

Maxine, en un acto de rebeldía suicida, me escupió en el rostro. Sonreí. Una sonrisa que no tenía nada de humana.

—Como quieras.

La agarré por el cuello de la camisa y empecé a rasgarle el rostro con la punta de la tijera. No eran cortes limpios; eran tajos llenos de odio, marcando su piel para siempre. Los gritos de Max pasaron de la furia al terror puro, convirtiéndose en alaridos espeluznantes que resonaban en las paredes de la cafetería. La sangre empezó a manchar mi uniforme, pero no me importó. Algunos bajaron sus teléfonos, incapaces de seguir mirando la carnicería.

—¡SUÉLTALA! ¡ANNE MORETTI, BASTA! —el grito del director retumbó en el lugar.

Sentí unos brazos fuertes rodeándome la cintura y tirando de mí hacia atrás. Tres guardias de seguridad tuvieron que intervenir para separarme de ella. Maxine se desplomó en el suelo, cubriéndose la cara con manos temblorosas, mientras el rojo se filtraba entre sus dedos.

Miré al director por encima de mis hombros, con el pecho subiendo y bajando, pero con los ojos completamente vacíos.

—Ella empezó —dije, dejando caer las tijeras ensangrentadas al suelo con un tintineo metálico.

El olor metálico de la sangre de Maxine estaba impregnado en mis manos y en mi uniforme, pero yo me sentía extrañamente anestesiada. El director, con el rostro más pálido que el de la propia Max, gritaba órdenes histéricas a la secretaria.

—¡Llama a una ambulancia ahora mismo! ¡Y a la policía!—exclamaba, evitando mirarme a los ojos como si yo fuera un monstruo.

Me escoltaron a la dirección. Los guardias no me sujetaron con fuerza, supongo que el apellido Moretti todavía pesaba más que el rastro de sangre en mi ropa, pero se quedaron en la puerta, bloqueando cualquier salida. Al poco tiempo, llegaron dos oficiales de policía. Me leyeron mis derechos de forma mecánica mientras me sentaban en una silla de madera frente al escritorio del director.

—¿Tienes algo que decir, muchacha? —preguntó uno de los oficiales, sacando una libreta.

Mantuve la mirada fija en una mancha de humedad en la pared. No abrí la boca.

—No va a decir nada hasta que lleguen sus representantes —intervino el director, temblando mientras limpiaba sus gafas.

La espera fue tensa. Primero escuché los tacones rápidos y rítmicos de Eleonora resonando en el pasillo, seguidos por la zancada pesada de mi tío Cassian. Entraron a la oficina como un huracán de autoridad. Eleonora soltó un jadeo ahogado al ver las manchas de sangre en mi blusa, pero Cassian permaneció impasible, analizando la escena con ojos de halcón.

—¿Qué demonios ha pasado aquí? —rugió Cassian, ignorando a los policías y dirigiéndose directamente al director.

—Su sobrina ha desfigurado a otra estudiante con unas tijeras, señor Moretti —explicó el oficial jefe—. Estamos esperando para proceder con el traslado a la comisaría de menores.

—Ustedes no van a trasladar a nadie —una voz gélida y profunda interrumpió desde la puerta.

Todos se giraron. El abuelo Manuelle estaba allí, apoyado en su bastón de empuñadura de plata.

Su presencia vació el aire de la habitación. No parecía enojado; al contrario, me miró y vi un destello de una satisfacción aterradora en sus ojos. Yo misma lo había llamado desde el teléfono de la dirección antes de que los policías me lo quitaran.

—Señor Moretti... —tartamudeó el oficial, reconociendo al hombre que prácticamente era dueño de los cimientos de la ciudad.

—La señorita Moretti actuó en defensa propia ante un ataque físico y verbal —declaró Manuelle, caminando lentamente hasta ponerse detrás de mi silla y poner una mano pesada en mi hombro—. Mi equipo legal ya está en camino. El video de las cámaras de seguridad mostrará que la otra joven inició la agresión. ¿Verdad, director?

El director tragó saliva, mirando el rostro impasible del abuelo y luego a Cassian, quien ya estaba sacando su teléfono para hacer las llamadas necesarias.

Me quedé allí, rodeada por el poder de mi familia, sintiendo cómo el mundo que conocía se desmoronaba para dar paso a algo mucho más oscuro y permanente. Había cruzado una línea de la que no se vuelve.

El abuelo Manuelle se movía como un tiburón en una pecera, usando cada una de sus palabras para desmantelar la autoridad de los oficiales.

—Mi nieta es la verdadera víctima aquí —sentenció el abuelo, su voz retumbando con una autoridad gélida—. Esta joven, Maxine, ha sometido a Anne a un acoso sistemático durante meses. El director prefirió mirar hacia otro lado para evitar escándalos, y la policía... bueno, la policía nunca hace nada cuando se trata de proteger a los nuestros, incluso cuando ella fue...

Sentí un escalofrío. Sabía hacia dónde iba. Mis tíos, Cassian y Eleonora, escuchaban con los ojos muy abiertos, y yo no podía permitir que el secreto del abuso y el embarazo interrumpido saliera a la luz frente a ellos. No quería su lástima.

Miré al abuelo fijamente y, de forma casi imperceptible, negué con la cabeza y le hice una seña rápida con la mano. Detente. Ahí no.

El abuelo Manuelle guardó silencio un segundo, captando mi mensaje de inmediato. Suspiró, una exhalación pesada que denotaba su frustración con el sistema, y cambió el rumbo sin perder la compostura.

—...incluso cuando se presentan casos de acoso tan graves como este —concluyó, fulminando al director con la mirada—. Así que, si pretenden llevarse a mi nieta por defenderse de una agresora que la tenía acorralada en la cafetería, les sugiero que preparen sus mejores argumentos legales.

El director estaba pálido, casi azul. Los policías, reconociendo que no ganarían esta batalla ahí mismo, guardaron sus libretas.

—Le recomiendo que busque un buen equipo legal, señor Moretti —dijo uno de los oficiales dirigiéndose a Cassian—. La familia de la joven Maxine no se va a quedar de brazos cruzados por los tajos en la cara de su hija. Esto va a ser una guerra de demandas.

—Que se pongan en la fila —respondió Cassian con una frialdad que me recordó por qué era el heredero de los negocios de la familia.

El trayecto de regreso a la finca fue un silencio sepulcral. Eleonora me miraba de reojo, con horror, como si no reconociera a la sobrina que tenía sentada a su lado. Yo no dije nada; solo miraba mis manos, donde el rastro de la sangre de Max se había secado bajo mis uñas.

Al llegar a la finca, el auto se detuvo frente a la escalinata de mármol. El abuelo bajó con la ayuda de su asistente, apoyándose pesadamente en su bastón. Antes de entrar, se giró hacia mí.

—Has demostrado que tienes agallas, Anne —me dijo en un susurro que solo yo pude oír—. Pero ahora debemos limpiar este desastre. Te veré más tarde en mi estudio. Tenemos mucho de qué hablar.

Lo vi alejarse hacia la casa principal, rodeado de su séquito. Me quedé allí, en la entrada, sintiendo cómo el viento de la tarde golpeaba mi rostro.

El portazo de la mansión resonó como un disparo, pero lo que vino después fue peor. Eleonora ni siquiera me miró; simplemente subió las escaleras a paso rápido, con los hombros tensos y la mirada perdida, como si ver la sangre en mi uniforme le recordara una realidad que ella prefería ignorar. Me dejó a solas con el tío Cassian en el gran salón.

—¡¿EN QUÉ DEMONIOS ESTABAS PENSANDO?! —El grito de Cassian hizo vibrar las lámparas de cristal. Estaba rojo de furia, con las venas del cuello marcadas—. ¡Casi matas a esa niña, Anne! ¡La desfiguraste frente a todo el colegio!

—Ella me atacó primero —respondí con una voz que sonaba extrañamente plana, incluso para mí.

—¡NO ME VENGAS CON ESO! —rugió, caminando de un lado a otro como un animal enjaulado—Una cosa es defenderse y otra muy distinta es ensañarse de esa manera. ¡Usaste unas tijeras como si fueras un carnicero! El apellido Moretti tiene peso, sí, pero esto... esto es una mancha que ni todo el dinero del abuelo va a borrar fácilmente. La familia de esa chica va a ir por nuestras cabezas.

Me quedé de pie, inmóvil, recibiendo sus gritos sin parpadear. En mi mente, solo podía pensar que él no entendía nada. No sabía lo que era sentirse una presa.

—El director ya envió la notificación —continuó, bajando un poco el tono pero con un veneno gélido en sus palabras—. Estás suspendida indefinidamente. Y da gracias a que el abuelo intervino, porque si fuera por mí, estarías en un reformatorio ahora mismo.

Me miró con una mezcla de horror y decepción, como si estuviera viendo a una extraña.

—No vas a salir de esta finca, Anne. Ni para ir a la esquina. Estás castigada por tres meses. Sin teléfono, sin visitas, sin nada. Te quedarás aquí encerrada hasta que aprenda a comportarte como un ser humano y no como un animal salvaje. ¡Sube a tu habitación ahora!

No discutí. No tenía sentido. Le di la espalda y subí las escaleras lentamente. Tres meses de encierro. Para cualquiera sería el fin del mundo, pero para mí... era el tiempo perfecto para entrenar con el abuelo sin distracciones.

Al llegar a mi cuarto, me quité la blusa manchada y la tiré al rincón. Me miré al espejo. El castigo de Cassian era una jaula, pero el abuelo Manuelle tenía las llaves, y yo sabía que él no me dejaría simplemente sentada a esperar que el tiempo pasara.

...----------------...

El silencio de mi habitación se me caía encima. El castigo de Cassian era una broma si pensaba que unas paredes y un regaño me detendrían ahora.

Necesitaba ver a Nate. Necesitaba a la única persona que sabía por qué mi alma se había vuelto de piedra, así que, con la agilidad que los entrenamientos me habían dado, salté por el balcón y crucé los límites de la propiedad hasta llegar a la mansión principal de los D’Amato.

Me sorprendió ver que la mansión estaba más silenciosa de lo habitual. La ama de llaves me recibió con una mirada de lástima que me dieron ganas de borrarle de un bofetón.

—Señorita Anne... el joven Nathaniel ya no vive en la casa principal —me explicó en voz baja—. El señor Enzo D’Amato le construyó un anexo privado al final de la finca. Tiene su propia entrada y vivienda ahora.

Caminé hacia el anexo, una estructura moderna y elegante que gritaba "independencia". Pero al llegar a la puerta, una empleada joven me cerró el paso con nerviosismo.

—Señorita, no puede pasar —me dijo, evitando mi mirada—. El joven Nathaniel tiene... visitas. Por favor, espere en la sala de estar, yo le avisaré cuando él esté disponible.

¿Visitas? ¿A estas horas? La curiosidad me quemó más que la advertencia. Me quedé sentada en el sofá de cuero, con la espalda recta y la mirada fija en el gran reloj de pared. Escuchaba el eco amortiguado de los pasos arriba, la risa suave de una mujer y, finalmente, el sonido de una puerta abriéndose. Mantuve la calma, aunque por dentro sentía que mi mundo acababa de estallar en pedazos hace apenas unas horas.

Nate apareció al final de la escalera. Llevaba puesta una batola de seda oscura, con el cabello revuelto y esa mirada relajada de alguien que acaba de salir de una buena sesión de placer. Al verme allí, sus ojos se abrieron de par en par, pasando de la satisfacción al desconcierto total.

—¡Anne! —exclamó, bajando los últimos peldaños de dos en dos—. ¿Qué haces aquí? ¿Pasó algo?

Lo recorrí de arriba abajo con una lentitud deliberada. Mi mirada se detuvo en las marcas de su cuello y en la forma en que su pecho todavía subía y bajaba con agitación.

—Veo que te estás divirtiendo... —solté, y mi voz sonó mucho más ácida de lo que pretendía.

Nate se detuvo frente a mí. Al principio pareció un poco avergonzado, pero luego una sonrisa de suficiencia, esa típica sonrisa de los Moretti cuando ganan algo, se dibujó en sus labios. Se ajustó el cinturón de la batola sin ninguna prisa.

—Siento que te hayas enterado así, pero cuando baje te la presento —me dijo, con un tono de voz inusualmente suave—. Estoy saliendo con alguien, Anne.

Me quedé mirándolo. "Saliendo con alguien". Era extraño escuchar eso después de su temporada sin que le interesara alguien en la academia.

—¿Ah, sí? —arqueé una ceja, tratando de ocultar el rastro de sangre que aún quedaba en el borde de mi manga—. ¿Es de tu universidad?

Nate asintió, apoyándose en el respaldo de un sillón.

—Sí, se llama Manuela. Estudia medicina —respondió, y por un segundo vi un brillo de genuino interés en sus ojos—. Es diferente, Anne. Me hace desconectar de... bueno, de todo este caos.

Me mordí el interior de la mejilla. Me preguntaba cuánto tardaría en aparecer esa tal Manuela y cuánto tardaría Nate en darse cuenta de que su hermana pequeña acababa de desfigurar a una chica y que ahora era una paria buscada por la policía.

Escuché los pasos ligeros en la escalera y, un momento después, Manuela apareció. Llevaba una de las camisas de Nate, que le quedaba enorme, y se terminaba de abrochar un botón mientras nos miraba con curiosidad. Era guapa, con esa melena castaña y una seguridad que me revolvió el estómago.

—Anne, ella es Manuela —dijo Nate, poniéndole una mano en la cintura con una familiaridad que me quemó—. Manu, mi hermana pequeña.

Sentí una punzada de celos posesivos que casi me hace saltar del sofá. Nate siempre había sido mío, mi protector, el único que me entendía. Verlo tocar a otra mujer con esa ternura me dio ganas de lanzarle algo a la cabeza. Pero apreté los dientes y forcé la sonrisa más falsa de mi repertorio.

—Mucho gusto, Manuela —dije, estirando la mano con una cortesía gélida.

—Igualmente, Anne. Nate habla mucho de ti —respondió ella, sonriendo con una amabilidad que me pareció insultante.

Afortunadamente, la charla no duró mucho. Manuela notó la tensión y decidió que era hora de irse. Nate la acompañó a la puerta, se despidieron con un beso que me hizo rodar los ojos, y finalmente se quedó solo conmigo. Se giró, cruzándose de brazos, y me lanzó una mirada de advertencia.

—Quita esa cara, Anne. Y podrías no hacer esa expresión de disgusto cuando estás frente a ella? —me soltó, sentándose frente a mí—. No intentes espantarla.

—¿De dónde sacaste a esa, Nate? —solté con desdén, barriendo el aire con la mano—. Parece una...

—Ahórrate las ofensas —me interrumpió con un tono cortante—. Tú no tienes ningún derecho a criticar a nadie, considerando que volviste a meterte con Tristán después de todo lo que te hizo. Así que cállate.

Bufé, hundiéndome en el sofá. El recordatorio de Tristán siempre era un golpe bajo. Nate suspiró, pasando de la molestia a la preocupación cuando notó que yo no debería estar fuera de la finca a estas horas.

—Ahora sí, dime: ¿por qué viniste a mi casa a mitad de la noche?

—Básicamente, porque me tienen de carcelera en la otra casa —respondí, mirando mis uñas—Cassian me prohibió salir por tres meses.

Nate frunció el ceño, confundido.

—¿Y como por qué? ¿Qué hiciste ahora?

Le conté todo. Sin censura. Desde el momento en que Maxine me jaló el cabello hasta que le rasgué la cara con las tijeras mientras ella gritaba en el suelo de la cafetería. A medida que avanzaba el relato, la cara de mi hermano pasaba de la confusión al horror más absoluto. Se puso de pie, pasándose las manos por el pelo, visiblemente alterado.

—¡¿Estás loca?! —me gritó, deteniéndose frente a mí—. ¡¿De verdad enloqueciste con los entrenamientos del abuelo?! ¡Anne, le cortaste la cara a una chica con unas tijeras! ¡¿Cómo se te ocurre hacerlo frente a todos en la cafetería?!

Me quedé mirándolo, impasible. Su reacción me recordaba a la de Cassian, y eso me decepcionaba.

—Ella me atacó, Nate. Solo terminé lo que ella empezó.

—¡No, no terminaste nada! ¡Te acabas de poner una diana en la espalda! —exclamó él, caminando en círculos—. Ahora no solo eres "la chica del video", ahora eres "la psicópata de las tijeras". ¿No entiendes que el abuelo te está convirtiendo en algo peligroso?

Me puse de pie de un salto, sintiendo cómo la sangre me hervía en las venas. La decepción de ver a Nate juzgándome como si fuera un extraño me dolía.

—¡Prefiero mil veces ser una psicópata que volver a ser la víctima que todos pisotean! —le grité, dándole un empujón en el pecho—. ¿Ahora me vas a dar lecciones de moral? Estás demasiado ocupado revolcándote con tu zorra como para entender que el mundo allá afuera me quería destruir. ¡Tú ya no estás ahí para mí! ¡Tú te fuiste a tu universidad perfecta a vivir tu vida perfecta mientras yo tenía que verles las caras a todos esos malditos cada día!

Nate intentó hablar, pero no lo dejé. Estaba fuera de mí, las palabras salían como ácido.

—Ya no te necesito, Nate. Ahora solo confío en el abuelo, porque él es el único que no me mira con lástima. Él me dio los dientes para morder, mientras tú solo querías que me escondiera. Te crees muy hombre por traer mujeres a tu cama, pero sigues siendo el mismo maldito cobarde egocéntrico —solté, bajando la voz a un susurro cruel—Quizás por eso me pasó lo que me pasó... porque mi hermano mayor es un inútil que solo sirve para correr autos y acostarse con cualquiera que le abra las piernas. No eres más que una sombra de lo que un Moretti debería ser. ¡Eres un hipócrita, Nathaniel!

Vi cómo el rostro de Nate se desencajaba; el dolor cruzó sus ojos antes de ser reemplazado por una furia oscura que nunca le había visto. Antes de que pudiera reaccionar, sentí el impacto seco de su mano contra mi mejilla.

La cachetada me giró la cara. El ardor fue instantáneo.

Él respiraba con dificultad, con la mano temblando y los ojos inyectados en sangre.

—No me vuelvas a alzar la voz así en tu puta vida —rugió él, temblando de rabia, con la mano aún levantada—Soy tu hermano mayor, no tu enemigo y no voy a permitir que te conviertas en este monstruo.

Me quedé un segundo quieta, sintiendo el calor en mi mejilla, y entonces la rabia pura tomó el control. Sin pensarlo, le devolví el golpe con toda la fuerza de mi brazo, impactando mi mano contra su rostro con un chasquido que resonó en todo el anexo.

Lo miré con un desprecio puro, un odio que nos separó más.

—Tú no eres mi padre, Nathaniel —le siseé, con la voz temblorosa por la adrenalina—. Y ya no eres mi protector. Puedo hacer lo que se me dé la maldita gana porque soy la única que cuida de mí misma. ¡No me vuelvas a tocar en tu vida! ¡Nunca!

Nate se quedó paralizado, tocándose la mejilla donde mis dedos habían dejado una marca roja. El vínculo que nos unía se sintió más delgado que nunca, casi a punto de romperse.

—Vete de mi casa, Anne —dijo finalmente, con una frialdad que me caló hasta los huesos—. Vete antes de que diga algo de lo que me arrepienta.

—Me voy —respondí, dándole la espalda y caminando hacia la salida—. Pero no te preocupes, el abuelo tiene razón: al final, solo nos tenemos a nosotros mismos. Disfruta tu nueva vida, Nate. Espero que valga la pena.

Salí del anexo a paso firme, con la mejilla ardiendo y el corazón blindado de nuevo.

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Rocio Raymundo
me encantó de principio a fin la novela , muchos éxitos escritora.
Rocio Raymundo
me encantó me encantó la novela cual sería la primera de la saga me dise mi querida autora
Rocio Raymundo: gracias iré a su perfil 😃
total 2 replies
Patricia Enríquez
esta muy bien la historia pero no hay mas capitulos o segunda parte
Yazz: Falta el capítulo final que lo estaré subiendo ahora. (Porque está novela es como una historia alterna de la secuencia original de la saga) La segunda parte después del capítulo de “la reina de la pirámide” es la novela “Dinastía de la serpiente” que está en mi perfil, ahí continúan los acontecimientos.
total 1 replies
Teresa Guardoni
pero fue bárbara l a historia de estos mafiosos tambien eran adicto al sexso👏
Teresa Guardoni
Muy buena la reina
Teresa Guardoni
👏🥰
Teresa Guardoni
Que brava la chiquilla los paso por arriba a todos los hombre
Teresa Guardoni
Que buena histora👏
Teresa Guardoni
me registra muy buena
Rocio Raymundo
que fuerte en verdad
Rocio Raymundo
cuál es la novela de eyos cuando por lo que entendí hay una dag de eyos me da el orden de las novelas
Yazz: Hola, la historia de ellos es “dinastía de la serpiente” la puedes encontrar en mi perfil. También están los libros anteriores y el primero de toda la saga es “Rivales de oficina” 🤗
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Rocio Raymundo
ese bebé no tiene la culpa an si no lo quieres puedes darlo en adopción irte lejos y darlo en adopción es un ser indefenso a Tristán destruyelo Pero a ese bebé no 😭😭😭😭😭😭😭😭😭😭lo déjalo nacer y dalo en adopción pero no lo mates 😭😭😭😭😭😭
Rocio Raymundo
tu hermana se está perdiendo an , que manipulador salió Tristán en verdad
Rocio Raymundo
algo malo le pasará si va
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