Dorius Isolde tiene un secreto: puede convertirse en un gato naranja.
Desde que su abuela murió, vive en una casa de acogida con otros cuatro niños y Sonia, la única adulta que lo ha querido sin condiciones. En el instituto, es invisible. El chico callado de la última fila. El que nadie mira.
Kael Alistar es todo lo contrario. Capitán de baloncesto, popular, guapo, rodeado de gente. Pero su sonrisa es una máscara. En casa, sus padres lo desprecian por el color de su pelo —negro, en una familia de rubios— y le exigen que sea perfecto. En las noches, cuando nadie lo ve, se sienta frente a la ventana y le habla a un gato naranja que aparece los jueves.
El gato es Dorius.
Y Kael no lo sabe.
Todavía.
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CAPÍTULO #10: EL GATO VUELVE.
La semana pasó lenta, como pasan las semanas cuando esperas algo sin saber exactamente qué.
Dorius fue a clase, ayudó a los niños con los deberes, cenó con Sonia, intentó concentrarse en los libros. Pero su mente volvía una y otra vez a lo mismo: Kael, Adán, las confesiones en el banco del patio, la tormenta, la piedra azul guardada en su teléfono.
El jueves por la noche, cuando la casa de acogida quedó en silencio, Dorius se sentó en el borde de la cama y miró por la ventana.
La luna estaba casi llena. El cielo, despejado. Las calles, vacías.
Podía quedarse. Podía seguir resistiendo. Podía esperar al día que él mismo se había impuesto sin saber muy bien por qué.
Pero su cuerpo lo decidió por él.
Se encogió. Se transformó. El pelo naranja cubrió su piel. Sus sentidos se agudizaron. El mundo se volvió más simple.
Y antes de pensarlo dos veces, saltó por la ventana.
Corrió por las calles como si nunca hubiera dejado de hacerlo. Sus patas conocían el camino mejor que su mente. Los olores, las esquinas, las farolas. Todo estaba en su sitio.
Cuando llegó al roble, se detuvo.
La ventana de Kael estaba iluminada.
Se quedó en la rama, dudando. Había pasado semanas sin venir. Kael debía pensar que se había ido para siempre. Que había encontrado otro sitio. Otra persona.
Pero entonces la cortina se movió.
Kael asomó la cabeza. Sus ojos se abrieron.
—¿Gato?
Dorius no se movió.
Kael abrió la ventana de par en par.
—Gato —repitió, con la voz más suave—. Has vuelto.
Dorius saltó del árbol al alféizar. Kael se apartó para dejarlo entrar. En cuanto sus patas tocaron el suelo de la habitación, Kael se arrodilló a su lado.
—Pensé que no volverías —dijo, pasándole una mano por el lomo—. Pensé que te había pasado algo. Que te habías ido.
Dorius ronroneó. No pudo evitarlo.
Kael sonrió. Esa sonrisa pequeña, real, que tanto le gustaba.
—Te extrañé —murmuró—. Tonto gato. No sabes cuánto te extrañé.
Lo cogió en brazos y se sentó en la cama. Dorius se dejó hacer, acurrucado en su regazo, sintiendo el calor de sus manos.
—Han pasado cosas desde que te fuiste —dijo Kael, acariciándole la cabeza—. Cosas raras. Conocí mejor a un chico de mi clase. Dorius. El que vino el otro día. Es callado, pero cuando habla, dice cosas importantes.
Dorius cerró los ojos.
—Le enseñé mis piedras. Mis plumas. Nadie había visto eso antes. Solo tú. Y ahora él.
La mano de Kael seguía acariciándolo, lenta, suave.
—No sé qué me pasa con él —continuó Kael—. Cuando está cerca, las máscaras se me caen. Puedo ser yo. El yo de verdad. El que no sonríe todo el tiempo. El que está cansado. El que tiene miedo.
Dorius abrió los ojos y lo miró.
Kael lo miró también.
—A veces pienso —dijo, en voz muy baja— que si él fuera un gato, sería como tú. Tiene tus ojos. Ese verde. Y tu forma de mirar. Como si entendieras todo sin que te expliquen nada.
El corazón de Dorius latió fuerte.
—Qué tontería, ¿no? —Kael se rió, pero era una risa nerviosa—. Comparar a un chico con un gato. Estoy perdiendo la cabeza.
No, no la estabas perdiendo. Estabas más cerca de la verdad que nunca.
Pero Dorius no podía decirlo. Solo podía ronronear y apoyar la cabeza en su mano.
Kael suspiró.
—Bueno. Da igual. Lo importante es que volviste. No vuelvas a irte tanto tiempo, ¿vale?
Dorius parpadeó.
Kael sonrió y lo abrazó.
—Te quiero, gato tonto.
Las palabras le atravesaron el pecho. Eran para el gato. Eran para él. Eran para los dos, aunque Kael no lo supiera.
Y por un momento, solo un momento, Dorius se permitió sentirlas como suyas.
Pasaron las horas.
Kael habló de muchas cosas. Del instituto, del baloncesto, de su madre que seguía sin llamar, de su padre que seguía de viaje. Habló de Adán, de lo raro que estaba últimamente, de cómo lo miraba a veces como si esperara algo que Kael no sabía darle.
—Es mi mejor amigo —dijo Kael—. Lo quiero mucho. Pero a veces siento que le debo algo y no sé qué es.
Dorius lo escuchaba. Ronroneaba. Pensaba.
Cuando la noche avanzó y Kael empezó a tener sueño, lo dejó en la cama y se acurrucó a sus pies.
—¿Te quedas? —murmuró Kael, con los ojos cerrados.
Dorius movió la cola.
Kael sonrió sin abrir los ojos.
—Bien.
Y se durmió.
Dorius se quedó despierto, mirándolo. La luz de la luna entraba por la ventana y le iluminaba la cara. Dormido, Kael parecía más joven. Más tranquilo. Menos roto.
Dorius pensó en todo lo que no podía decirle. En todo lo que tendría que decirle algún día. En el miedo que le daba ese momento.
Pero también pensó en el calor de sus manos, en la suavidad de su voz, en la forma en que lo había abrazado.
Y supo que, pasara lo que pasara, había valido la pena volver.
Horas después, cuando el cielo empezaba a clarear, Dorius saltó de la cama.
Kael se movió, murmuró algo, pero no despertó. Dorius se acercó a su cara. Lo olió. Lo miró. Quedó grabado en su memoria.
Luego saltó al alféizar, al árbol, a la calle.
Corrió de vuelta a la casa de acogida con el corazón lleno y vacío al mismo tiempo.
En su habitación, se transformó justo antes de que sonara el despertador. Se quedó un momento en el suelo, respirando hondo, sintiendo el latido acelerado de su corazón humano.
Había vuelto.
Y eso lo cambiaba todo.
Esa mañana, en el instituto, Kael estaba de mejor humor.
Dorius lo notó en cuanto entró por la puerta. Sonreía más. Se movía con más energía. Cuando sus ojos se encontraron, Kael le dedicó una sonrisa más grande de lo normal.
—Buenos días —dijo, al pasar.
—Buenos días.
Adán, que iba detrás, los miró con atención.
—¿Qué pasó? —preguntó, cuando Kael se adelantó.
—Nada.
—Mientes.
—Todos mienten hoy, parece.
Adán lo miró un momento. Luego negó con la cabeza y siguió caminando.
Dorius se quedó quieto, con el corazón latiendo fuerte.
Sabía que esto no podía durar para siempre. Sabía que tarde o temprano tendría que decir la verdad.
Pero hoy, solo por hoy, quería disfrutar de haber vuelto.
De que Kael sonriera.
De que todo, por un momento, estuviera bien.
no?
por q nací Blanca 🤦JAKDJDSJDJ
Bello, hermoso.😻