Hay un pueblo donde la tristeza se deshace como mantequilla al sol.
Su secreto está en el horno de Horacio.
Horacio no hace pan para alimentar el cuerpo. Horacio hornea sonrisas. Su receta es un conjuro de infancia: harina de trigo sonriente, levadura de paciencia y un puñado de luz de luna. Pero una mañana, la luz de luna se apaga. Sin ella, el pan pierde su magia y el pueblo comienza a volverse gris, olvidando cómo se ríe.
Alba, una niña de nueve años que ve lo invisible con su lupa, descubre el secreto de Horacio. Juntos emprenderán un viaje hacia la legendaria Cumbre del Amanecer Eterno, donde se guarda la Receta Original del Pan de la Alegría.
Porque cuando el mundo se descolora, solo un niño y un viejo panadero pueden recordirnos que cada vez que sonríes sin motivo, es que alguien, en algún lugar, está horneando un pan feliz.
Una novela sobre recetas heredadas, amistades inesperadas y la magia que esconde un simple bocado.
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Capítulo 4 El bosque de los recuerdos olvidados
El mapa los condujo hasta la boca de un sendero que no existía la noche anterior.
—Ayer aquí había un campo de trigo —dijo Horacio, frotándose los ojos con el dorso de la mano harinosa—. Lo recuerdo porque pensé que sería un buen sitio para cosechar trigo sonriente, si alguna vez se nos acababa el nuestro.
—El mapa no miente —respondió Alba, con la lupa ya pegada a su ojo derecho—. Pero el camino cambia. La señora de los caramelos me lo advirtió: "Los caminos que llevan a la alegría no son fijos. Se mueven cuando te mueves tú."
El sendero era estrecho, flanqueado por árboles que no parecían árboles del todo. Sus troncos eran retorcidos, como cuerpos que hubieran llorado durante siglos. Las ramas colgaban mustias, cubiertas de hojas color ceniza. Y en lugar de pájaros, lo que se oía era un murmullo constante, como de muchas personas hablando bajito al mismo tiempo.
—¿Qué es ese ruido? —preguntó Alba, pegándose a Horacio sin querer parecer asustada.
Horacio cerró los ojos. Escuchó. Y supo.
—Son recuerdos —dijo en voz baja—. Recuerdos tristes que la gente ha olvidado. Los árboles los absorben del aire, como si fueran agua sucia. Y los guardan aquí, en este bosque, para que no molesten a los vivos.
Alba miró a través de su lupa y lo vio: cada árbol tenía dentro pequeñas burbujas grises, igual que las que había visto en el pan sin magia. Pero estas burbujas se movían, latían, susurraban. Eran fragmentos de vidas rotas.
Un árbol cerca de ella susurró:
"...nunca volvió a decirme que me quería..."
Otro, más viejo y encorvado:
"...me fui sin despedirme y ahora ya es tarde..."
Y otro, tan pequeño que parecía un arbusto:
"...perdí la muñeca de trapo, la que me regaló mamá antes de irse..."
Alba sintió un nudo en la garganta. De repente, recordó algo que había querido olvidar: su madre, en la estación de tren, dándole la lupa y diciéndole adiós con la mano mientras el tren se alejaba. Ese recuerdo, que siempre estaba escondido en un rincón oscuro de su corazón, de repente creció, creció, y quiso llenarla entera.
—Horacio —dijo con voz temblorosa—. Creo que el bosque... me está atrapando.
Horacio la miró. Los ojos de la niña se habían vuelto vidriosos, y una lágrima rodaba por su mejilla sin que ella se diera cuenta.
—No la mires, Alba —dijo con firmeza—. No mires los recuerdos. Mira el camino.
Pero cuando Horacio intentó dar un paso adelante, él también sintió el tirón. Un árbol a su derecha, más alto que los demás, susurró con una voz que le heló la sangre:
"...te prometo que volveré antes de que el pan se enfríe..."
Era su esposa. La voz de su esposa, la última vez que la vio antes de que se fuera al País de las Nubes. No era un recuerdo triste, no del todo. Pero llevaba dentro una nostalgia tan honda que Horacio sintió las rodillas flaquear.
—Ana —susurró, sin poder evitarlo—. Ana, espera...
El árbol brilló. Y de su tronco empezó a salir una figura borrosa, una silueta con forma de mujer, que extendía los brazos hacia él.
"Ven conmigo, Horacio", dijo la voz. "El País de las Nubes no está tan lejos. Solo tienes que cruzar el bosque y quedarte aquí, conmigo, para siempre."
Horacio dio un paso hacia el árbol. Luego otro. Sus manos harinosas temblaban. Su corazón, tan grande como el mundo, latía desbocado.
—Horacio, no —dijo Alba, pero su voz era débil, ahogada por su propio recuerdo de la estación de tren.
El bosque las estaba ganando a las dos.
Fue entonces cuando Alba, en un último esfuerzo, levantó su lupa. No hacia los árboles. No hacia los recuerdos. La levantó hacia el cielo, donde el sol luchaba por filtrarse entre las ramas grises.
Y el sol, que también es un ingrediente aunque no esté en la receta, se concentró en el cristal de la lupa.
Un destello. Pequeño, caliente, vivo.
Alba lo dirigió hacia el árbol que estaba llamando a Horacio. El destello golpeó el tronco como una aguja de luz. El árbol gritó —no con dolor, sino con sorpresa— y la figura de la mujer se deshizo como azúcar en el agua.
Horacio parpadeó. Sus ojos volvieron a enfocarse.
—¿Qué... qué ha pasado? —preguntó, llevándose una mano al pecho.
—El bosque quería quedarse con vosotros —dijo una voz nueva. Una voz cascada, vieja, pero con una risa escondida dentro.
Horacio y Alba se giraron.
Entre los árboles, apoyada en un bastón de madera retorcida, había una mujer diminuta. Tendría ochenta años, o quizá novecientos. Su piel era como corteza de abedul, y sus ojos, de un azul pálido, brillaban con la misma luz que había salido de la lupa.
—Llevo aquí cuarenta años —dijo la mujer, sonriendo con una boca casi desdentada—. Cuidando el bosque. O mejor dicho: cuidando de los que entran en el bosque. Bienvenidos, viajeros. Soy la Guardiana de los Recuerdos.
—¿Cuarenta años? —preguntó Alba, abriendo mucho los ojos—. ¿No ha salido nunca?
La Guardiana rió. Era una risa seca, como hojas que crujen en otoño.
—Salir del bosque es fácil. Lo difícil es no querer quedarse. La mayoría de la gente viene buscando un recuerdo que perdieron. Y cuando lo encuentran, ya no quieren irse. Prefieren vivir dentro del árbol, abrazados a su nostalgia, que volver al mundo real.
—Pero usted no se quedó —dijo Horacio.
—Yo ya no tenía recuerdos que buscar —respondió la anciana, encogiendo los hombros—. Se me olvidaron todos hace mucho. Y como no podía recordar nada triste, el bosque no podía atrapame. Así que me puse a trabajar: ayudo a los viajeros a pasar sin perderse. A cambio, ellos me cuentan sus recuerdos felices. Así los voy guardando yo, para no sentirme vacía.
Alba y Horacio se miraron.
—Nosotros vamos a la Cumbre del Amanecer Eterno —dijo Alba—. Buscamos la Receta Original del Pan de la Alegría. ¿Nos ayuda a cruzar?
La Guardiana las miró a los dos con sus ojos de cielo pálido. Se quedó callada un rato, tan largo que Alba empezó a pensar que se había dormido de pie.
—La Receta Original —dijo al fin, con una voz que parecía venir de muy lejos—. Hacía años que nadie la buscaba. El último que lo intentó fue un pastor de cabras, pero se perdió en el bosque de los espejos y todavía anda por allí, mirándose en los charcos.
—¿Y cree que nosotros podemos encontrarla? —preguntó Horacio, con un hilo de voz.
La Guardiana se acercó a él. Era tan baja que apenas le llegaba al pecho. Alzó una mano arrugada y tocó el delantal blanco de Horacio, justo donde estaba la mancha con forma de corazón.
—Tú tienes un recuerdo muy feliz —dijo—. El más feliz que he sentido en años. Huele a pan recién hecho y a besos antes del amanecer. Ese recuerdo es tu escudo. El bosque no podrá contigo si lo recuerdas bien.
Luego se volvió hacia Alba.
—Y tú, niña de la lupa invisible, tienes algo más valioso que cualquier recuerdo: tienes ojos que no se cansan de mirar. No pierdas eso. Ni siquiera cuando crezcas.
Se apartó del sendero, señalando con su bastón una dirección que no estaba en el mapa.
—Por ahí. Hay un claro donde los árboles no hablan. Cruzadlo sin mirar atrás. Y cuando salgáis, no volváis a entrar. Este bosque solo deja pasar una vez a cada persona.
Horacio cogió a Alba de la mano. La mano de la niña era pequeña y caliente, y latía como un pajarito asustado.
—Gracias —dijo Horacio.
—Gracias —dijo Alba.
La Guardiana sonrió. Por un segundo, sus ojos azules se llenaron de algo que podía ser agua o podía ser luz.
—Y cuando encontréis la Receta —dijo, mientras ellos se alejaban—, hornead un pan por mí. Hace cuarenta años que no como un pan feliz. Me he olvidado de cómo sabe.
Alba se volvió un momento. Vio a la viejecita diminuta, apoyada en su bastón, rodeada de árboles que susurraban recuerdos tristes. Y supo que no la olvidaría nunca.
—Lo haremos —prometió en voz alta.
Luego apretó el paso. El bosque se abría ante ellos, y al final del sendero, muy lejos, se veía una luz diferente. No era la luz gris del bosque. Era una luz dorada, cálida, que olía a levadura y a mañana.
La luz del camino.
La luz que llevaba a la Cumbre.