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Destino Póstumo

Destino Póstumo

Status: En proceso
Genre:Yaoi / Traiciones y engaños / Omegaverse
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Marcela Salazar S.

Carlos sortea con re descubrir el amor, luego de haber sido casi desmoronando al ser repudiado por su pareja. el destino toca a su puerta nuevamente, lo dejará entrar ?

NovelToon tiene autorización de Marcela Salazar S. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Frente al pasado

Pero más pesado. Como si ese recuerdo le hubiera tomado más días de lo que verdaderamente durmió. Los párpados le costaba abrirlos. Los brazos le pesaban como plomo. La cabeza le daba vueltas.

Supo por qué recordó todo esto.

Su cuerpo se sentía caliente. No fiebre. No enfermedad. Era el inicio de su celo. Ese calor interno que recorría sus venas, que le aceleraba el corazón, que le nublaba los sentidos.

—No —murmuró, llevándose una mano a la frente—. No ahora.

Pero procastinó tanto. La cantidad de trabajo que había habido en la funeraria no lo dejó pensar en sí mismo. Cuerpos que llegaban. Familias que atender. Informes que llenar. No tuvo tiempo de ir a la farmacia. No tuvo tiempo de pedir sus supresores.

Los frascos vacíos en su mesita de noche lo miraban con reproche.

Debiste venir antes, parecían decirle. Ahora estás solo.

Carlos de nuevo se sumergió en recuerdos, sin saber del peligro que se avecinaba.

Esta vez recordó su llegada a la casa de Esteban.

No fue voluntaria.

Su abuela, tratando de que las cosas mejoraran entre los dos, lo instó a que fuera solo a ver el lugar que Esteban le tenía. Pensaba ella que si Carlos dejaba de estar a la defensiva y le diera una oportunidad a Esteban, este podría redimirse.

¿Por qué pensaba ella esto?

Porque Esteban había comenzado a crear una imagen pulcra delante de su abuela. Llena de amabilidad. Cortesía. Buen trato hacia Carlos delante de ella. Le abría la puerta. Le acercaba la silla. Le preguntaba cómo había dormido. Le llevaba flores.

Todo con tal de que ella fomentara su relación.

—Mira, Carlos —decía Regina, con una sonrisa ilusionada—. Hasta flores te trajo. Qué detalle tan bonito.

Carlos quería gritarle que eran flores robadas. Que las intenciones de Esteban eran cualquier cosa menos bonitas. Que la amabilidad era una máscara.

Pero no podía.

Porque cada vez que intentaba hablar, Esteban lo miraba. Esa mirada que decía "una palabra y te arrepentirás".

Y Carlos callaba.

Por él. Por su abuela. Por la paz.

---

Carlos aceptó ir solo porque su abuela llevaba muchos días insistiendo.

—Es solo una visita, mi vida —decía Regina, mientras le arreglaba el cuello de la camisa—. Ves la casa, tomas un café, y te vienes. No tienes que quedarte mucho tiempo.

—No quiero ir, abuela.

—Ya sé. Pero... dale una oportunidad. Tal vez las cosas pueden ser diferentes. Tal vez él puede cambiar.

Carlos la miró. Vio la esperanza en sus ojos. La necesidad de creer que todo iba a estar bien. Que su decisión en el hospital no había sido un error. Que Esteban no era tan malo.

Y por no romperle el corazón, aceptó.

—Está bien —dijo—. Voy. Pero solo una hora.

—Una hora —asintió Regina, sonriendo—. Y luego vuelves.

Carlos no volvió.

---

Durante todo el trayecto en el auto, Esteban mantuvo una máscara de mucha amabilidad.

—¿Cómo está tu abuela? —preguntó, con una voz suave que Carlos no le conocía.

—Bien.

—¿Ha mejorado de la presión?

—Sí.

—Me alegra. Le tengo mucho cariño.

Carlos no respondió. Miró por la ventana. Los árboles pasaban. Las casas pasaban. Su vida pasaba.

Llegaron a la casa.

Era diminuta, tal como Esteban la había descrito. Dos habitaciones. Una cocina minúscula. Un baño con una ducha que apenas cabía una persona. Un jardín trasero lleno de maleza.

—No es mucho —dijo Esteban, abriendo la puerta—. Pero es un comienzo.

Carlos entró.

Olía a pintura fresca. A madera nueva. A algo que intentaba ser un hogar y solo era una jaula.

Esteban le mostró todo el lugar. La sala. La cocina. El baño. La habitación principal.

—Aquí dormiríamos nosotros —dijo, señalando una cama matrimonial que ocupaba casi todo el espacio.

Carlos sintió náuseas.

—¿Y la otra habitación? —preguntó, señalando una puerta cerrada al fondo del pasillo.

Esteban sonrió. Una sonrisa rápida. Controlada.

—Es un depósito. Todavía está desordenada. No quiero que la veas así.

Carlos no le dio importancia. Estaba cansado. Quería irse. La hora casi había terminado.

—Bueno —dijo, mirando el reloj—. Me tengo que ir.

—¿Ya? —preguntó Esteban, con una falsa decepción—. Quédate un poco más. Te prepararé un café.

—No, gracias. Tengo que volver con mi abuela.

—Un café, Carlos. No te va a hacer daño.

La voz de Esteban había cambiado. Ya no era suave. Tenía un filo nuevo. Un borde cortante.

Carlos sintió un escalofrío.

—Está bien —dijo, para no provocarlo—. Un café. Pero rápido.

Esteban sonrió. Fue a la cocina.

Carlos se quedó en la sala. Miró hacia la puerta de entrada.

El seguro estaba puesto.

No recordaba haberlo escuchado. No recordaba haberlo visto. Pero allí estaba. La traba metálica cruzada, impidiendo que la puerta se abriera.

El pánico comenzó a subirle por el pecho.

Caminó hacia la puerta. Intentó disimular. Como si solo quisiera ver el jardín. Sus dedos tocaron el seguro.

Estaba atascado. No se movía.

—¿Buscas algo? —preguntó Esteban desde la cocina.

Carlos se giró. Su rostro intentó ser neutral.

—No. Solo miraba el jardín.

—Ah, sí. Está descuidado. Pero ya lo arreglaré. Cuando te vengas a vivir conmigo.

—No voy a vivir contigo.

—Claro que sí.

Esteban salió de la cocina. No traía café. No traía nada. Solo sus manos vacías y una sonrisa que ya no era amable.

—Esto fue un error —dijo Carlos, retrocediendo hacia la puerta—. Me voy.

—No.

—Esteban...

—Dije que no.

La voz de Esteban se hizo grave. Oscura. Como la de aquella noche en la habitación de la chica.

—No voy a dejarte ir, Carlos. No otra vez.

Carlos intentó abrir la puerta. El seguro no cedía. Golpeó la madera con la palma de la mano.

—¡Déjame salir!

—No.

Esteban caminó hacia él. Lento. Seguro. Como un depredador que sabe que su presa no tiene adónde huir.

—Esta es tu casa ahora. Y yo soy tu pareja. Y vas a aprender a quererme. Aunque tome años. Aunque tenga que romperte una y otra vez hasta que entiendas.

Carlos dejó de golpear la puerta.

Se giró.

Lo miró.

Y por primera vez, no sintió miedo.

Sintió odio.

—Vas a arder en el infierno —susurró.

—Tal vez —respondió Esteban, encogiéndose de hombros—. Pero tú vas a estar conmigo.

Fue el último día en que Carlos saldría de esa casa por un largo tiempo.

Pero no estaba solo.

Miró hacia la silla. Gabriel seguía dormido, con la cabeza apoyada en la pared, la boca entreabierta, el pecho subiendo y bajando con una calma que Carlos envidiaba.

—Gabriel —llamó, con la voz ronca—. Gabriel.

El muchacho no respondió.

—¡Gabriel!

Se incorporó de golpe, con los ojos abiertos como platos.

—¿Jefe? ¿Qué pasó? ¿Está bien?

—No —respondió Carlos, apretando la mandíbula—. Necesito ir al médico. Ahora.

---

Cerraron la funeraria.

Carlos no podía conducir. Su cuerpo perdía poco a poco la voluntad. Las manos le temblaban. La vista se le nublaba por momentos. El calor interno se intensificaba, y con él, un mareo que le revolvía el estómago.

Gabriel tomó las llaves. Lo ayudó a subir a la camioneta. Lo sujetó del brazo como si fuera a desmayarse en cualquier momento.

—¿A la clínica privada, jefe? —preguntó, arrancando el motor.

Carlos iba a decir que sí. Iba a decirle que fuera a la doctora Méndez, la que llevaba todos sus controles, la que conocía su historial, la que sabía lo de Esteban y la marca y el vínculo forzado.

Pero no llegó a decirlo.

El cuerpo se le fue apagando. La cabeza se le hundió en el reposacabezas. Los ojos se le cerraron.

No, pensó. No me duermo. No puedo dormirme.

Pero el sueño lo venció.

Gabriel lo miró de reojo. Vio cómo su jefe perdía la conciencia, cómo su respiración se hacía más agitada, cómo un rubor extraño le subía por el cuello.

El susto lo golpeó como un balde de agua fría.

—Jefe. Jefe, despiértese.

Carlos no respondió.

Gabriel apretó el volante. Miró la carretera. El hospital más cercano estaba a cinco minutos. La clínica privada, a veinte.

No lo pensó.

Giró el volante y tomó la salida hacia el hospital público.

---

Al llegar, Gabriel entró a Carlos casi cargándolo.

—¡Ayuda! —gritó en la entrada—. ¡Mi jefe necesita atención!

Las enfermeras corrieron. Una silla de ruedas. Un pasillo. Una habitación. Carlos fue acostado en una cama mientras los médicos llegaban.

—¿Qué le pasa? —preguntó una doctora joven, revisándole los signos vitales.

—Es un Omega —explicó Gabriel, con la voz entrecortada—. Está entrando en celo. No tomó sus supresores. Necesita que le den algo urgente.

La doctora asintió. Le sacó sangre. Le tomó la presión. Le revisó las pupilas.

—Vamos a hacerle unos exámenes para saber cuál supresor utilizar —dijo, anotando algo en su tabla—. Espérenos aquí.

Gabriel se sentó en la única silla de la habitación. Miró a Carlos. Estaba pálido, pero con ese rubor extraño en las mejillas. Su respiración era agitada. Y en el aire...

En el aire empezaba a flotar un olor.

Dulce. Ácido. Familiar.

Maracuyá.

Gabriel no lo sabía. Pero su jefe, sin saberlo, estaba emanando sus feromonas. Todavía tenues. Todavía suaves. Pero inconfundibles para quien supiera reconocerlas.

Y a un par de habitaciones de distancia, alguien las reconoció.

---

Esteban estaba sentado en la cama de hospital, con una pierna enyesada y una sonrisa aburrida en el rostro. Un accidente tonto. Un tropezón en las escaleras de su casa. Nada grave. Pero suficiente para tenerlo allí, esperando el alta, mientras su nueva pareja —un Omega joven, de mirada sumisa y labios mordidos— le llevaba la comida a la boca.

—No me gusta este lugar —dijo Esteban, apartando la cuchara—. Huele a muerte.

El Omega no respondió. Solo bajó la vista.

Esteban iba a decir algo más. Algo hiriente. Algo para recordarle su lugar. Pero entonces...

Algo llegó por el aire.

Un olor.

Tenue. Lejano. Pero inconfundible.

Esteban enderezó la espalda. Sus ojos se abrieron. Sus fosas nasales se dilataron.

—No puede ser —susurró.

—¿Qué pasó? —preguntó el Omega, confundido.

Esteban no respondió. Se incorporó en la cama. La pierna enyesada le dolió, pero no le importó.

—Carlos —dijo, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Estás aquí.

Y en la habitación de Carlos, Gabriel sentía que algo andaba mal. Que el aire se había vuelto más denso. Que una sombra se acercaba.

Pero no sabía qué.

No sabía que, en pocos minutos, su jefe iba a enfrentarse al fantasma que lo perseguía desde hacía años.

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Maru Sevilla
Espero que tengan una buena vida pronto 🥰
Marcela Salazar S.: claro q si. pero no sé q tan pronto 😋🤭
total 1 replies
Maru Sevilla
Que buenos personajes 🥰🥰🥰🥰
Maru19 Sevilla
Bravo!!!! Así se hace, arriba el Omega!!!👏👏👏👏
Marcela Salazar S.: el es alguien fuerte. ya lo demostró. ahora se viene el almorsh
total 1 replies
Maru19 Sevilla
Hay no!!!!😭
Maru19 Sevilla
Que terror 😱
Maru19 Sevilla
Madres!!! de dónde salió este loco?
la potaxia 63
🥰🥰🥰
Marcela Salazar S.: gracias por el apoyo a la novela, espero te esté gustando 🥰
total 1 replies
Maru19 Sevilla
Me quedo con el Jesús en la boca!!!!! Por favor que lo encuentren rápido 😭
Maru19 Sevilla
Que giro de la historia /Panic/
Maru19 Sevilla
Que mala noticia, de tu percance😭😭😭 cuídate mucho autora, lo primero siempre serás tú, gracias por tu información, esperaré tu pronta recuperación 🥰🥰🥰🥰 Mejórate pronto ❤️❤️❤️❤️
Maru19 Sevilla
Muy bonita novela , ojalá ya atrapen al maldito Esteban/Left Bah!/
Maru19 Sevilla
Pero Gabriel no cerró la puerta /Facepalm/
Maru Sevilla
Bravo por Gabriel 👏👏👏👏
Maru Sevilla
Que bueno!!! ya era hora una mano amiga
Maru Sevilla
Que buena historia!!! Más capítulos autora por favor 👏👏👏👏
Maru Sevilla
Maldito enfermo!! Que ganas de horcarlo
Maru Sevilla
Que mala suerte que ahí estuviera el maldito 😭
Maru Sevilla
Que bueno que Carlos se defiende, porque no hay quien lo ayude 😭
Maru19 Sevilla
La abuela actuó por egoísmo, por no quedarse sola, mensa era más fácil castrarlo y matarlo
Maru19 Sevilla
Yo mataba a Esteban, muriendo El se corta el vínculo y lo desangraria
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