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Mí Guardaespaldas, Mi Enemigo, Mí Prometido

Mí Guardaespaldas, Mi Enemigo, Mí Prometido

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Matrimonio arreglado / Completas
Popularitas:7.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Tras seis años en Estados Unidos forjándose en finanzas, leyes y artes marciales para no ser jamás una presa fácil ni un adorno mafioso, Martina regresa a Europa lista para blindar el imperio de su familia. No busca romance ni piensa acatar imposiciones, mucho menos tolerar la sombra que sus padres le asignan a la fuerza: un guardaespaldas taciturno, implacable y con una arrogancia que enciende su furia desde el primer segundo.
Lo que ella ignora es que detrás de ese custodio se oculta Dereck, el futuro jefe del sindicato criminal más poderoso del continente y el prometido de la infancia cuyo rostro ella borró de su memoria.
Convencido de que la hija del capo volvió convertida en una consentida frívola y libertina, Dereck asume la identidad de un simple escolta para evaluarla antes de cerrar el matrimonio pactado.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10: La prueba del polígono

A las seis de la mañana, la niebla sobre los jardines de Villa Moretti aún se arrastraba entre los cipreses como un sudario gris.

En la superficie, la mansión descansaba en una calma engañosa, pero tres pisos bajo tierra, en los cimientos reforzados con hormigón armado y planchas de acero balístico donde Don Lorenzo guardaba el arsenal de la familia, el silencio fue quebrado por el chasquido seco y metálico de una corredera encajando un cartucho de nueve milímetros en la recámara.

Martina soltó el cerrojo de la Beretta 92FS. El sonido resonó en la galería subterránea de tiro, un túnel de cincuenta metros con extractores de aire industriales que zumbaban con un rumor sordo en el techo abovedado.

Llevaba el cabello recogido en una trenza alta y tirante. Vestía unos pantalones tácticos negros ceñidos con bolsillos laterales, botas de suela de goma plana y una camiseta térmica gris sin mangas que dejaba al descubierto sus hombros torneados y las marcas tenues y violáceas que los dedos de Dereck habían dejado en sus muñecas la noche anterior. En la piel de Martina todavía ardía el recuerdo de aquel forcejeo bajo la lluvia, la presión del cuerpo de él contra el suyo y ese segundo de vértigo en el que el odio estuvo a punto de convertirse en un incendio incontrolable.

No había podido dormir más de dos horas. La rabia, mezclada con una inquietante sensación de vulnerabilidad que detestaba con cada fibra de su ser, la había empujado al subsuelo antes del amanecer.

El chirrido de los goznes pesados de la puerta acorazada anunció la llegada que estaba esperando.

Dereck cruzó el umbral.

Caminaba con la soltura perezosa de quien domina el terreno. Llevaba unos vaqueros oscuros desgastados, una camiseta negra de manga corta que marcaba la densidad de su torso y los antebrazos cruzados por venas tensas, y las manos metidas en los bolsillos. Alrededor del cuello llevaba colgando unos cascos de protección auditiva de perfil bajo.

Sus ojos grises de pedernal barrieron la galería hasta detenerse en la figura de Martina. La recorrió de arriba abajo con una fijeza descarada, reparando en los hematomas discretos de sus muñecas antes de clavar su mirada en los ojos castaños de ella.

—Me dijeron que la signorina exigía la presencia de su escolta en el sótano —dijo Dereck, con una voz rasposa que no guardaba el menor rastro de sumisión—. Espero que no me haya hecho bajar para pedirme que le enseñe a quitarle el seguro a un arma.

Martina dejó la pistola sobre la mesa de tiro de madera maciza, cruzándose de brazos despacio.

—Ayer en el estacionamiento tuviste la ventaja del peso y la sorpresa, Dereck. Y me dijiste que las balas son el único lenguaje real en este negocio.

—Lo sostengo —respondió él, dando tres pasos largos hasta quedar al otro lado de la mesa de preparación. El aroma a cordita quemada, pólvora fría y metal aceitado flotaba entre ambos, compitiendo con la fragancia limpia a piel y jabón que desprendía Martina—. Una llave de judo no te salva de un francotirador a trescientos metros.

—Entonces vamos a ver si tu puntería iguala a tu arrogancia —Martina señaló con el mentón hacia el panel de control del polígono—. Seis dianas metálicas móviles. Trayectorias aleatorias con rotación de silueta. Tres cargadores de quince disparos cada uno. Blancos en zonas de neutralización letal: corazón y triángulo facial.

Dereck enarcó una ceja oscura. Una sonrisa ladeada, cargada de una burla peligrosa, se dibujó en sus labios.

—¿Una apuesta, Moretti?

—Si gano yo —disparó ella sin vacilar, dando un paso al frente hasta que el borde de la mesa de madera presionó su cintura—, presentas tu renuncia ante mi padre antes del mediodía y te largas de esta villa en el primer tren a Milán.

Dereck inclinó el torso hacia adelante, apoyando ambas palmas sobre la mesa, acortando la distancia hasta que sus rostros quedaron a menos de treinta centímetros. En la penumbra iluminada por los fluorescentes fríos, sus ojos brillaron con un magnetismo salvaje.

—¿Y si gano yo? —susurró él, bajando el tono a un murmullo cavernoso que le erizó la nuca a ella.

Martina sostuvo su mirada sin parpadear, aunque el corazón le dio un vuelco traicionero contra las costillas.

—Tú no vas a ganar.

—Si gano yo —insistió Dereck, y sus ojos bajaron un segundo a la curva de los labios de Martina antes de volver a sus pupilas—, dejas de fingir que soy un estorbo. Me respondes a cada llamada, me dejas hacer mi trabajo sin berrinches y aceptas que donde tú pongas un pie... voy a estar yo pegado a tu espalda.

Martina apretó la mandíbula. El orgullo le quemaba en la sangre como veneno líquido.

—Trato hecho, guardaespaldas.

Se colocó las gafas de protección de policarbonato transparente y se ajustó los cascos en las orejas con un movimiento seco. Tomó la Beretta, encajó dos cargadores adicionales en los bolsillos laterales de sus pantalones tácticos y avanzó hacia la línea de tiro demarcada con pintura amarilla en el hormigón.

Dereck dio un paso atrás, cruzándose de brazos contra una columna de acero, observándola con atención quirúrgica.

Martina pulsó el botón de inicio en la botonera de la pared.

Una chicharra roja aulló en el techo.

Al instante, al fondo de la galería, las seis dianas metálicas con siluetas humanas emergieron de los rieles a diferentes profundidades, oscilando entre sombras y luces estroboscópicas diseñadas para desorientar el campo visual.

Martina no esperó a que se estabilizaran.

Elevó el arma con ambas manos en un empuñe isósceles perfecto, con los codos ligeramente flexionados para absorber el retroceso y el centro de gravedad adelantado.

Bang. Bang.

El primer fogonazo iluminó la galería. Dos casquillos dorados saltaron en el aire con un tintineo limpio. A veinticinco metros, el primer blanco metálico sonó con un doble impacto seco: dos orificios superpuestos exactamente en el centro del pecho de la silueta.

Sin bajar el arma, Martina dio un paso lateral continuo.

Bang. Bang. Bang.

Transición de objetivo a quince metros: impacto en el esternón, impacto en el cuello, impacto entre las cejas. Giró el torso cuarenta y cinco grados sin perder la alineación visual, abatiendo las dos dianas que se cruzaban a toda velocidad sobre los rieles del fondo.

El cerrojo de la Beretta quedó trabado hacia atrás, anunciando el cargador vacío.

Martina presionó el retén con el pulgar mientras su mano izquierda ya extraía el segundo cargador del bolsillo. El metal encajó en el brocal con un chasquido sordo; liberó la corredera con la palma de la mano y reanudó el fuego en una fracción de segundo tan mínima que la cadencia pareció ininterrumpida.

Bang. Bang. Bang.

Humaredas tenues de gas azulado salían por el cañón caliente, envolviéndola en una neblina de pólvora mientras vaciaba los tres cargadores con una precisión rítmica, implacable y letal. Treinta disparos ejecutados en menos de dieciocho segundos.

La chicharra sonó de nuevo, indicando el fin del circuito.

Los rieles mecánicos devolvieron los blancos hacia la línea de tiro para la evaluación del impacto.

Martina retiró el cargador vacío, comprobó visualmente la recámara abierta para verificar que el arma estaba despejada y la colocó sobre la mesa. Se quitó los cascos y las gafas de un solo tirón, dejando que la trenza cayera sobre su espalda mientras respiraba despacio por la nariz.

Se giró hacia Dereck con una ceja alzada y una sonrisa gélida.

Las seis dianas estaban destrozadas: ninguna agrupación de impactos se alejaba más de cuatro centímetros del centro neurálgico. Un rendimiento que superaba los estándares de las unidades antiterroristas de cualquier cuerpo estatal.

Dereck no aplaudió. Ni siquiera mostró sorpresa en el rostro, pero por dentro sentía una mezcla demoledora de asombro y alarma táctica.

Aquello no era tiro deportivo de club privado. La economía de movimientos al cambiar de cargador, la forma en que pivotaba sobre los talones para mantener la estabilidad del tronco y la agresividad con la que atacaba los blancos móviles solo se aprendían en centros de instrucción táctica avanzada o tras miles de horas de simulación bajo fuego real.

¿Quién te enseñó a matar así, Moretti?, se preguntó él, sintiendo que el rompecabezas de la mujer se volvía cada vez más peligroso y oscuro.

Dereck se despegó de la columna sin decir una sola palabra.

Se colocó sus propios protectores auditivos. Se acercó a la mesa, ignoró la Beretta de Martina y extrajo de su funda sobaquera una SIG Sauer P226 de armazón negro mate: un arma pesada, de grado militar, con el pavón gastado en los bordes por años de fricción contra el cuero.

No cargó los proyectiles con calma. Introdujo tres cargadores en su cinturón con una fluidez casi invisible.

Se paró en la línea amarilla. No adoptó la postura académica de Martina; su parada era ligeramente asimétrica, más baja, más salvaje, con el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante como un animal de presa a punto de saltar sobre la carne.

Pulsó el botón de inicio con el codo.

La chicharra aulló.

Lo que siguió a continuación dejó a Martina clavada en el sitio.

Dereck no disparó desde una posición fija. En cuanto las dianas se activaron, avanzó a paso vivo por el pasillo central, acortando distancias bajo los destellos estroboscópicos con una velocidad aterradora.

Bang-bang. Bang-bang.

El ritmo de sus disparos no fue regular: fue una ráfaga devastadora. Disparaba con una sola mano en los blancos cercanos y afianzaba el agarre a dos manos solo para las distancias largas, controlando el violento retroceso del calibre nueve milímetros como si el arma fuera una extensión orgánica de sus huesos.

Cambio de cargador: el cargador vacío cayó al suelo de hormigón antes de que Martina pudiera pestañear, y el nuevo ya estaba alimentando la recámara mientras Dereck giraba sobre su eje para disparar a ciegas sobre un blanco que emergía a sus espaldas.

Bang. Bang. Bang.

El humo de la pólvora llenó el túnel. El estampido de los últimos proyectiles retumbó contra las paredes de acero y, cuando la chicharra marcó el final de la ronda, Dereck estaba detenido en mitad de la galería con la corredera abierta y el cañón humeante apuntando hacia el suelo en ángulo de cuarenta y cinco grados.

Los blancos se detuvieron.

Martina se acercó despacio a la consola de control, tragando saliva para disimular la impresión que le atenazaba la garganta.

Cada una de las dianas de Dereck tenía un solo agujero colosal en el triángulo facial: había colocado los dos primeros disparos en el mismo milímetro antes de atravesar el centro del pecho con el tercero. Una cadencia de fuego instintiva, brutal y fría que no dejaba margen a la supervivencia de ningún ser humano.

Dereck enfundó el arma con un movimiento ciego, se quitó los cascos de protección y caminó hacia ella a través de la neblina azulada de la pólvora.

Se detuvo a un paso de Martina. El olor a metal ardiente y el calor que desprendía el cuerpo de él formaban una burbuja asfixiante en el túnel.

—Treinta y cinco segundos de circuito —dijo Dereck con voz áspera, señalando el cronómetro digital de la pared—. Yo hice veintidós.

Martina no apartó la vista de las dianas destrozadas durante dos segundos. Luego, alzó la cabeza despacio, clavando sus ojos castaños en las pupilas grises de su custodio.

La máscara de desprecio había desaparecido de su rostro; en su lugar, había una concentración analítica, gélida y suspicaz.

—Esa no es la técnica de tiro de la seguridad privada de Milán —dijo Martina en un susurro cortante, midiendo cada una de sus palabras—. No es la técnica de los mercenarios franceses ni la de los escoltas que mi padre contrata en Suiza.

Dio medio paso hacia él, invadiendo su espacio, señalando con el mentón la funda táctica en su costado.

—Disparas con el método de doble tap adaptado para combate en espacios cerrados de las fuerzas de asalto del Báltico. Y te mueves como alguien que ha liderado incursiones reales, no como alguien que cuida las espaldas de un empresario en un coche blindado.

Dereck no parpadeó. La agudeza táctica de la muchacha acababa de rozar el nervio de su verdadera identidad con la precisión de un escalpelo. Por una fracción de segundo, la adrenalina del combate amenazó con empujarlo a revelarle la verdad: que él no era un perro guardián, sino el hombre que heredaría el trono más temido del continente y que estaba a punto de convertirse en su dueño por derecho de sangre.

En lugar de retroceder, Dereck dio el paso definitivo que anulaba cualquier distancia entre ellos.

Su pecho rozó la camiseta térmica de Martina. La acorraló suavemente contra la mesa de madera maciza, apoyando una mano a cada lado de sus caderas sobre el borde de la mesa, dejándola encerrada en el círculo de su calor.

—Y tú no aprendiste a agrupar disparos a veinticinco metros leyendo manuales de finanzas en Harvard, signorina Moretti —susurró él, bajando el rostro hasta que sus labios quedaron a la altura de la sien de ella, aspirando el aroma a pólvora y jazmín que se desprendía de su piel—. Tampoco aprendiste a encajar una palanca de brazo en un club de té de Boston.

Martina sintió que el pulso se le disparaba en la garganta. Apoyó una mano enguantada en el centro del pecho de Dereck, sintiendo el latido firme, pesado y salvaje del corazón de él bajo la tela de la camiseta.

No lo empujó. Pero tampoco retrocedió.

—Ninguno de los dos es lo que parece en los papeles, ¿verdad, Dereck? —siseó ella, levantando la barbilla para sostenerle la mirada con una intensidad que hizo temblar el aire entre ambos.

Dereck bajó los ojos despacio hacia la boca de ella. El deseo y la sospecha ardían con la misma violencia en su sangre, desgarrando los últimos restos de su frialdad calculada.

—No —admitió él con un murmullo ronco, tan bajo que solo ella pudo escucharlo—. Ninguno de los dos.

Se quedaron así, inmóviles bajo los fluorescentes titilantes, suspendidos en una tregua armada donde las armas humeaban sobre la mesa y los secretos comenzaban a volverse demasiado pesados para seguir ocultos.

El contrato seguía en pie. Pero la guerra... la guerra acababa de cambiar de terreno.

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Leticia Contreras
ahora la va a investigar
Leticia Contreras
los dos igual de peligrosos
Leticia Contreras
los dos letales con las armas
Leticia Contreras
bueno aver que pasa
Leticia Contreras
ese Dereck se cre con el derecho sobre ella una cosa es lo que diga el papa de Martina y otra muy diferente lo que ella pience y sienta
Leticia Contreras
Giancarlo se equivoco de presa Martina no es facil
Leticia Contreras
ese zorro queri intimidar a Martina y salio humillado
Leticia Contreras
Martina no creo que nececite nin̈ero save cuidarce ella sola y ese Dereck tiene que andar con pies de plomo
Leticia Contreras
ese Derek tiene la mente retorcida crello que Martina andaba en celo
Leticia Contreras
Martina y Derek beamos como se llevan en su primer dia
Leticia Contreras
Marina con nin̈ero aver que pasa promete ser buena historia
Graciela Saiz
cada vez me cae peor , mujer estúpida 😏
Cliente anónimo
Esta novela se trata de guerras de magia más que todo, mucha descripción de armamentos y aviones y vehículos de guerras que una persona normal no entiende,
Cliente anónimo
Dereck tiene tiene rayos inflsrojos en los ojos
Graciela Saiz
ella no lo merece, es una soberbia 😏
Cliente anónimo
La verdad que Martina no actúa como hija de un jefe de la mafia, no piensa con la mente, piensa en su orgullo herido
Cliente anónimo
Me parece la posición de Martina absurda
Cliente anónimo
Ya Martina no tiene que oponerse al enlace
Cliente anónimo
Hasta cuando va a esconder su verdadera identidad?
Cliente anónimo
Le faltó más romance en esa entrega, 🥰 una relación entre romance y mafia
Graciela Saiz: falto detalles autora! arranco bien ! y después te me quedaste ! falto pasión , fuego! 🔥🔥🔥🔥🫠🫠🫠🫠😜
total 1 replies
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