Christine tiene 26 años, trabaja como contable en una importante corporación alimentaria y cree ser una hoja al viento tras haber crecido en un orfanato. Su vida transcurre en calma hasta que un inesperado ascenso la lleva al último piso de la empresa, directo al despacho de Rubén, el frío y estricto CEO. Él vive atrapado en una jaula de oro, obligado a cumplir una promesa familiar y casarse con Clarisa, la caprichosa y superficial hija del socio de su padre.
Entre balances financieros y reuniones compartidas, una atracción prohibida e inevitable surge entre la contable y el director ejecutivo. Sin embargo, un trágico accidente y una inesperada emergencia médica en el hospital lo cambiarán todo, sacando a la luz una anomalía biológica que desatará las sospechas del pasado.
Nadie es quien dice ser. En un mundo de lujos falsos y secretos de alcoba, ¿qué misterio se esconde detrás de la cuna de la verdadera heredera? El altar de la verdad está listo para que caigan las máscaras.
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CAPITULO 17 PROMESAS, BESOS Y CAMISAS NUEVAS
Alejandro
La luz pálida del amanecer comenzaba a filtrarse por los ventanales del hospital cuando vi a Christine prepararse para marchar. Lucía cansada, con leves ojeras bajo sus ojos debido a la noche en vela y a la donación, pero seguía manteniendo esa serenidad intacta que tanto me recordaba a mi suegra. Me levanté de la silla de la sala de espera y caminé hacia ella antes de que se dirigiera a los ascensores junto a Rubén.
—Señorita Christine, por favor, espere un segundo —le pedí con voz suave, deteniéndola. Ella se giró de inmediato, mirándome con respeto—. No quería que se marchara sin expresarle mi más profundo y sincero agradecimiento. Lo que ha hecho esta noche por mi esposa Leonor va mucho más allá del deber de una empleada. Le ha salvado la vida.
—No tiene nada que agradecer, señor Alejandro —respondió ella con una sonrisa tímida—. Hice lo que cualquier persona en mi lugar habría hecho. Me alegra de corazón que la señora Leonor esté fuera de peligro.
La miré con detenimiento, conteniendo una inmensa oleada de emoción en el pecho mientras las sospechas sobre el ADN daban vueltas en mi cabeza. Necesitaba mantenerla cerca de nosotros, observar sus gestos y permitir que Leonor pasara tiempo con ella mientras el laboratorio dictaminaba la verdad en secreto.
—Aun así, es una deuda que nuestra familia nunca olvidará —continué, forzando una sonrisa amable—. De hecho, me gustaría pedirle un favor personal. Sé que cuando Leonor despierte del todo y se entere de que ha sido usted quien la ha salvado, querrá agradecerle personalmente. ¿Le importaría pasarse por el hospital mañana por la tarde, cuando esté más recuperada, para visitarla? A mi esposa le haría una ilusión inmensa volver a verla, y a mí también me gustaría que compartiéramos un momento más tranquilo.
Christine parpadeó, sutilmente sorprendida por la invitación, pero al ver la sincera súplica en mis ojos, asintió con dulzura.
—Está bien, señor Alejandro. Vendré a visitarla mañana después de mi turno en la fábrica.
—Muchas gracias, Christine. Vaya a descansar —le dije, viéndola marchar. Una extraña certeza me gritaba en el corazón que esa joven contable pertenecía a nuestra vida mucho más de lo que nadie imaginaba.
Rubén
El martes por la tarde, el ambiente en la fábrica era inusualmente tranquilo, pero yo no había parado de dar vueltas en mi despacho. Tras asegurarme de que la señora Leonor evolucionaba favorablemente en el hospital y dejar a Clarisa en su casa descansando de su ataque de histeria, regresé a la corporación con un único pensamiento fijo en mi mente: Christine. Necesitaba verla a solas, sin expedientes de auditorías de por medio ni teléfonos que rompieran la magia.
Bajé al departamento de contabilidad a última hora, cuando la mayoría de los empleados ya habían marcado su salida y los pasillos empezaban a vaciarse. Empujé la puerta de su despacho, que estaba entreabierta, y la encontré organizando unos archivadores sobre su escritorio. Al escuchar mis pasos, levantó la mirada y sus ojos se iluminaron de una forma que me aceleró el pulso.
—¿Rubén? ¿Qué hace aquí abajo? Pensé que se quedaría en el hospital —dijo con voz suave, dejando los papeles a un lado.
—La señora Leonor está estable y durmiendo, Christine —respondí, cerrando la puerta a mi espalda con total firmeza y dando varios pasos decididos hacia ella—. He venido a la fábrica porque no podía pasar una hora más sin hablar contigo a solas. Anoche... anoche estuviste maravillosa. Salvaste a una mujer que pertenece al entorno que tanto te ha dañado, y lo hiciste sin dudarlo ni un segundo. Tu generosidad y tu gran corazón me tienen completamente abrumado.
Christine bajó sutilmente la mirada, y un tierno rubor comenzó a pintarle las mejillas.
—Ya le dije a tu suegro que no fue nada, Rubén...
—Para mí lo fue todo —la interrumpí, acortando la distancia física entre los dos hasta quedar a escasos centímetros de su silueta. Podía respirar de nuevo su sutil perfume a flores limpias, el mismo que me había trastornado la noche anterior bajo la luz tenue de la lámpara. La tomé suavemente de los hombros, obligándola a mirarme—. Anoche, antes de que sonara ese maldito teléfono, estábamos a punto de romper todas las barreras. Y hoy ya no puedo seguir fingiendo que eres solo la jefa de contabilidad. Te he extrañado estas dos semanas con una locura que me asusta, Christine.
Ella contuvo el aliento, mirándome con una mezcla de timidez y un deseo contenido que reflejaba la misma intensa corriente eléctrica que me recorría el cuerpo.
—Rubén... esto es peligroso, somos... —intentó susurrar, pero sus palabras se perdieron cuando deslicé mis manos desde sus hombros hacia sus mejillas, acunando su rostro con total ternura.
No aguanté más. Incliné mi cabeza y sellé mis labios contra los suyos en un beso que comenzó con una suavidad contenida, pero que de inmediato se transformó en una explosión de pasión y necesidad acumulada durante semanas. Christine soltó un leve suspiro ahogado y, cediendo por completo a la emoción, rodeó mi cuello con sus brazos, pegando su cuerpo al mío con una entrega total. El beso se volvió profundo, intenso, un pacto silencioso de amor prohibido en mitad de la oficina que nos hizo olvidarnos del mundo, de las acciones de la bolsa, de Clarisa y de las cadenas del pasado. Éramos solo dos almas entregándose a la verdad de lo que sentían.
Cuando nos separamos lentamente por la falta de aire, pegué mi frente a la suya mientras ambos respirábamos de manera agitada. Christine me miraba con los ojos brillantes, asustada pero feliz por la intensidad de la reacción.
—Rubén... esto lo cambia todo —murmuró ella con voz trémula, acariciándome la nuca—. Sé que tu compromiso es una obligación, pero no quiero ser un secreto oculto en los pasillos de tu fábrica.
—No lo serás, te lo prometo, Christine —sentencié, besándole la frente con firmeza—. Voy a buscar la manera de romper esas cadenas. No voy a perderte ahora que por fin he descubierto lo que es la verdadera felicidad a tu lado.
Lois
Mientras mi amiga Christine se andaba besuqueando con el gran jefe en el piso de abajo, yo me encontraba caminando a paso veloz por el vestíbulo principal de la fábrica. Había venido a traerle a Christine las llaves de su apartamento, que se las había dejado olvidadas en mi coche por la mañana tras el caos del hospital, pero al llegar a la zona de los ascensores, una figura imponente y demasiado atractiva me cerró el paso con una sonrisa pícara de oreja a oreja. Richard.
Llevaba un traje oscuro impecable, pero lo que me llamó la atención fue que lucía una camisa blanca completamente nueva, sin una sola mancha de champán.
—Vaya, vaya... miren a quién tenemos aquí. La tormenta roja de la terraza ha regresado a mi territorio —bromeó Richard, cruzándose de brazos y mirándome con ese descaro coqueto que me alteraba los nervios—. Déjame adivinar... ¿vienes a terminar de arruinarme el vestuario de la semana o has venido a aceptar la copa que te ofrecí?
—Ya quisiera usted, señor director de operaciones —respondí, clavando mis puños en las caderas y sosteniéndole la mirada desafiante—. Solo vengo a traerle algo a Christine. Y veo que ha logrado encontrar una camisa limpia en su armario de millonario, me alegro de que no haya tenido que andar desnudo por la fábrica por mi culpa.
Richard soltó una carcajada limpia y sonora que hizo que un par de secretarias de la recepción se giraran a mirarnos con curiosidad. Dio un paso hacia mí, acortando el espacio con una seguridad arrolladora que me hizo latir el corazón bastante más rápido de lo que estaba dispuesta a admitir.
—Esta camisa es nueva, de hecho —explicó en tono confidencial, inclinándose sutilmente hacia mi oído—. Y la he comprado con el único propósito de lucir impecable para nuestra cena de esta noche. Porque vas a cenar conmigo, Lois. Ya no tienes la excusa del champán ni de la gala benéfica. Es una orden directa del departamento de operaciones para compensar los daños materiales de mi ropa.
—¿Una orden directa? ¡Qué autoritario nos ha salido el niño rico! —le espeté con una sonrisa pícara, divertida por su audacia—. ¿Y qué le hace pensar que yo acepto órdenes de directores engreídos que huelen demasiado bien?
—Me lo hace pensar el hecho de que llevas dos minutos mirándome la corbata con cara de querer aceptar —replicó él, guiñándome un ojo con total desparpajo—. Así que pasamos a por Christine, dejas las llaves, y nos vamos. Conozco un restaurante italiano increíble donde el vino es mil veces mejor que el champán barato que me tiraste encima. ¿Trato hecho, preciosa?
Lo miré fijamente, sintiendo una química brutal e innegable que flotaba entre los dos. Richard era un donjuán, eso estaba claro, pero tenía un carisma y una frescura que me encantaban.
—Está bien, señor director... trato hecho —cedí con una sonrisa desafiante—. Pero que conste que voy solo por la pasta italiana, no por su bonita camisa nueva.
—Me conformo con eso... por ahora —respondió Richard con una sonrisa triunfal, tomándome del codo de manera caballerosa para guiarme hacia los ascensores.
Ninguno de los dos se imaginaba que, mientras jugábamos a provocarnos en los pasillos de la empresa, nos estábamos convirtiendo en el equipo de aliados más sólido que Rubén y Christine necesitarían para enfrentarse a la tormenta que estaba a punto de estallar cuando los secretos de la sangre salieran a la luz.