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Cuando Rezábamos Bajito

Cuando Rezábamos Bajito

Status: Terminada
Genre:Yuri / Amor prohibido / Época / Completas
Popularitas:388
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Olvera de la Frontera, Andalucía, España, 1957.

En plena dictadura franquista, Zeynep huye de un hombre violento tras defenderse y se esconde en el Convento Santa Clara bajo el nombre de Ana Vidal. Embarazada, sin familia y con otra identidad, cree que nunca volverá a amar.

Hasta que llega Zoe Araya, la hija del juez del pueblo, enviada al convento por sus padres para "corregirse" porque se niega a casarse con el hombre que le impusieron.

Entre limoneros, rezos en voz baja y secretos, nacerá un amor prohibido que todo un pueblo querrá castigar. Una historia de supervivencia, maternidad y un amor que no pide perdón.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 7 - LA VISITA

La madre de Zoe llegó a las diez en punto, como llegan las maestras. Puntual y haciendo ruido.

Yo la escuché desde la bodega. Sor Inés me había encerrado allí temprano, antes de misa.

- Hoy no sales, Ana Vidal. Hoy viene Doña Carmen y el Padre Fermín a ver cómo va su hija. Que no te vea nadie. Y sobre todo que no te huela.

Me había puesto dos fajas. Una encima de otra. Casi no podía respirar. Me senté entre los sacos de patatas con un rosario en la mano que no sabía rezar y me quedé quieta. Desde la rendija de la puerta de madera se escuchaba todo lo que pasaba en el patio.

Escuché los tacones de Doña Carmen. Y otros pasos. Más pesados.

- Buenas tardes, Sor Inés. Venimos a ver los progresos de Zoe. Y he traído a Luis, que quería saludarla.

Luis. El hijo del alcalde. El novio que le habían impuesto a Zoe. Nunca lo había visto, pero en la cocina las novicias decían que tenía 29 años, bigote y un coche.

Escuché la voz de Zoe. No era la voz de la bodega. Era otra. Más bajita. Más de señorita.

- Buenos días, madre. Buenos días, Luis.

- Hija, ¿has aprendido a coser ya? - dijo Doña Carmen.

- Sí, madre.

Mentira. Zoe no sabía ni enhebrar una aguja. Yo le había intentado enseñar y se había pinchado tres veces.

- ¿Y a rezar? ¿Y a llevar una casa?

- Sí, madre.

Otra mentira.

Se hizo un silencio. Después habló el hombre. Luis.

- Zoe, te he traído esto. - Se escuchó un papel arrugarse -. Es el catálogo de muebles para cuando nos casemos. Para que elijas la cocina.

Yo, desde mi escondite, apreté el rosario. Sentí rabia por ella. Yo había huido de un hombre que me pegaba y ella tenía que casarse con uno que le elegía hasta la cocina sin preguntarle.

- Gracias - dijo Zoe. Su voz sonaba como si estuviera a punto de llorar, pero no lloraba.

Doña Carmen siguió.

- El Padre Fermín dice que si sigues así de obediente, en un mes puedes volver a casa. Y en septiembre podéis casaros. Antes de que empiecen las habladurías. Ya sabes que en Olvera la gente habla mucho.

Yo me toqué la barriga por instinto. Ya eran cuatro meses y medio. Sentía algo raro adentro, como un pececito moviéndose muy bajito. Todavía no era una patada, pero era algo.

Afuera, Zoe contestó.

- Yo no me quiero casar en septiembre, madre.

- Zoe...

- No me quiero casar. No con Luis. No con nadie que ustedes me pongan. Quiero estudiar. Quiero ir a Sevilla.

Se escuchó un golpe. Como si Doña Carmen hubiera golpeado la mesa de la cocina.

- ¡No digas tonterías delante de Luis! ¡Pídele perdón ahora mismo!

Yo cerré los ojos. Sabía lo que era que te gritaran así. Sabía lo que venía después del grito.

Pero Zoe no se calló. Desde la bodega la escuché respirar fuerte.

- No le voy a pedir perdón. Porque no he hecho nada malo. Lo malo es que me quieran casar con alguien que no quiero solo para que el pueblo no hable.

Luis se levantó. Se escuchó la silla arrastrarse.

- Doña Carmen, mejor me voy. Ya hablaremos otro día, cuando Zoe esté más... tranquila.

- Luis, espera...

Se fueron. Los tacones de Doña Carmen sonando fuerte, enojada. La puerta del convento se cerró de golpe.

Me quedé quieta un rato más, hasta que escuché que alguien abría la puerta de la bodega. Era Zoe. Tenía la cara roja, los ojos llenos de lágrimas que no caían y el catálogo de muebles arrugado en la mano.

Entró y se tiró al suelo a mi lado, entre los sacos.

- ¿Escuchaste todo? - me dijo.

- Sí.

- Me van a casar. En septiembre. Aunque yo no quiera.

Tiró el catálogo al suelo. Tenía fotos de cocinas blancas, todas iguales.

- Yo no quiero una cocina blanca - me dijo llorando por fin -. Yo quiero... yo no sé qué quiero, pero no esto.

Yo no supe qué decirle. Yo no sabía consolar. Nunca me habían consolado a mí. Así que hice lo que Zoe había hecho conmigo en el huerto. Le puse la mano en la espalda y la dejé llorar.

Cuando se calmó un poco, se secó las lágrimas con la manga y me miró la barriga.

- ¿Se movió hoy?

- Creo que sí. Un poquito. Como un pez.

Zoe sonrió por primera vez en toda la mañana. Se arrodilló y, sin preguntarme, me levantó un poco el vestido y puso su mano fría sobre mi piel. Ya no me pedía permiso. Ya era algo nuestro.

- Hola - le susurró a mi barriga -. Soy Zoe. No te preocupes. No te vamos a dejar en una cocina blanca.

Y en ese momento, escondidas en una bodega que olía a patatas, con el rosario tirado en el suelo y el catálogo de muebles arrugado al lado, sentí que mi hija ya tenía dos madres.

Aunque en Olvera de la Frontera, en 1957, eso fuera el pecado más grande de todos.

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