Yasmin Safi (19) no nació para ser invisible.
En Kabul no hay hielo, solo polvo. Pero ella creció obsesionada con ser campeona de patinaje sobre hielo. Cuando consigue una beca para irse a Toronto, Canadá, deja todo atrás.
Bonita, muy sensual, inteligente, astuta y peligrosa, Yasmin sabe que nadie le va a regalar nada. Si tiene que seducir, mentir o destruir para llegar al oro, lo hará.
En el Toronto Ice Club, entre princesas millonarias que la odian, dos hombres caerán por ella:
Daniel Leblanc (22), el príncipe bueno que puede darle un futuro.
Alexei Volkov (31), el coreógrafo ruso que le enseñará a usar su cuerpo y su maldad como arma en el hielo.
Ella no quiere ser querida. Quiere ser reina. Aunque tenga que patinar sobre hielo negro.
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Capítulo 1 - La prueba
El Toronto Ice Club huele a frío. No a nieve. A frío de verdad, de aire acondicionado y goma quemada de los patines.
Llegué veinte minutos antes. Me había planchado la única falda que tenía que parecía de patinaje. Era negra, de una tienda de segunda. Me quedaba grande. Me puse dos pares de calcetines para que los patines no me bailaran.
En la entrada había una hoja pegada: PRUEBAS NUEVO INGRESO - 9:00 AM. Solo tres nombres. El mío estaba escrito mal. Yasmin Safa.
La recepcionista ni me miró. Me dijo "pista dos" sin levantar la cabeza.
En la pista dos había seis chicas. Todas con el pelo recogido igual, todas con mallas color piel y con esos termos rosas que valen más que mi maleta. Se reían. Cuando entré se callaron un segundo. Ese segundo me bastó.
Chloe Dubois estaba en el centro. Ya la había visto en Instagram. Veinte años, campeona de Ontario, hija de un abogado. Llevaba un vestido azul que brillaba incluso apagado.
Me miró y me dijo: "¿Tú eres la de Afganistán?"
Yo le dije que sí. Tenía diecinueve. No iba a decirle mi edad, pero quería que supiera que no era una niña.
"Qué valiente", dijo. Y se rió. No era una risa mala. Era peor. Era una risa de lástima.
Robert Thompson entró con un silbato. Sesenta años, gorro negro, cara de no haber dormido en diez años. No saludó. Dijo: "Una pasada de un minuto cada una. Sin música. Quiero ver patinaje básico."
Las otras pasaron. Una por una. Cruzados perfectos, un axel simple, una pirueta que duraba una eternidad. Yo las miraba y sentía que el estómago se me cerraba. Yo solo sabía hacer lo que había aprendido en videos y en una pista de hielo de centro comercial que cerraba a las tres horas.
Me tocó al final.
Me puse en el centro. Las cuchillas me temblaban. No por nervios. Por el frío que me subía por los pies.
Empecé. Dos cruzados, un freno mal hecho. Intenté un axel sencillo, el que había practicado mil veces en mi cabeza. Caí. De culo. El golpe sonó en todo el estadio.
Nadie se rió. Fue peor. Hubo silencio.
Me levanté rápido. Tenía la mano raspada. Seguí. Hice una pirueta, me salió a medias. Terminé antes del minuto porque no sabía qué más hacer.
Thompson anotó algo en una libreta. Sin mirarme me dijo: "Gracias."
Yo me quedé parada. "¿Gracias qué? ¿Me puedo quedar?"
Él por fin me miró. "No tenemos programa para principiantes de tu edad."
"Yo no soy principiante", le dije. Me salió más fuerte de lo que quería.
"¿Cuántos años llevas patinando?"
"Tres años viendo videos. Seis meses en hielo real."
Se quedó callado. Chloe y las otras me miraban.
En ese momento entró Daniel. Traía una chaqueta del club, el pelo mojado. Veintidós años, hombros anchos, la cara de todos los pósters del club.
"Perdón, llego tarde", dijo.
Thompson le dijo: "Ya terminamos. Esta chica es..."
"Yasmin", dije yo. "Yasmin Safi. De Kabul."
Daniel me miró. No como Chloe. Me miró los patines. Luego las rodillas raspadas.
"¿Puedo verla otra vez?", le dijo a Thompson. "Treinta segundos."
Thompson puso cara de fastidio pero dijo que sí.
Daniel se acercó a la baranda. "Haz lo del principio, pero no pienses en caer. Mira hacia adelante. Solo eso."
Yo respiré. Puse las manos como me había enseñado un tutorial ruso a las dos de la mañana. Y salí.
No intenté el axel. Hice dos cruzados muy rápido, muy bajo, como si estuviera enojada con el hielo. Y luego una pirueta. Cerré los ojos. Conté hasta cuatro. Cuando los abrí seguía girando.
Paré. Jadeaba.
Daniel sonrió. Fue la primera sonrisa real que vi en ese lugar.
Thompson cerró la libreta. "Puedes venir a las prácticas de las cinco de la mañana. Las de limpieza. Si faltas un día, no vuelves. Y te consigues otros patines. Con esos te vas a romper un tobillo."
No era un sí. Pero no era un no.
Salí del hielo con las piernas temblando. En el vestuario, Chloe estaba guardando sus cosas. Me pasó por al lado y me dijo bajito: "Las de las cinco no duran ni una semana."
Yo me senté en el banco. Me quité un patín. Tenía sangre en el calcetín. Y me reí. Porque por primera vez desde que llegué a Toronto sentí que estaba en el lugar correcto.