Yo tenía veintitrés años y necesitaba quinientos mil pesos para salvar a mi mamá.
Por eso acepté darle un hijo a un viudo de cincuenta.
Pero marqué el número equivocado.
Adrián Valdés tenía treinta y cinco, una fortuna inmensa y gustos peligrosamente dominantes. Me dejó la luz encendida, me ató las muñecas y me enseñó a pedirle más.
A la mañana siguiente, el dinero estaba en mi cuenta.
Debió ser una sola noche.
Ahora mi sugar daddy me llama su niña… y no permite que ningún otro hombre me toque.
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Capítulo 15
Capítulo 15: Te lo prometo, pero vive
La camioneta estaba estacionada frente al estudio, con las intermitentes prendidas. Don Lupe se bajó en cuanto lo vio salir.
—Casimiro me avisó desde las once, patrón. Aquí lo estaba esperando.
—A Querétaro. Ya.
Clara se subió atrás, con las dos manos vendadas sobre las piernas. No dijo nada en todo el camino. Adrián iba adelante, junto a don Lupe, y en la caseta de Tepotzotlán sacó el celular. Sam contestó al segundo timbrazo, con voz de dormido.
—¿Jefe?
—Busca el poste donde Lupe la recogió la primera noche. Afuera del Metro Constitución. Quiero ese anuncio. —Adrián miró la carretera negra—. Y el video del jardín del hospital, el del sábado en la tarde. Y averíguame quién es la secretaria nueva de don Humberto.
—¿Todo eso para cuándo, jefe?
—Para ayer.
Colgó. Por el espejo lateral vio a Clara recargada en la ventanilla, con los ojos abiertos.
* * *
A las cuatro y media, en el área de choque del Hospital La Cañada, su papá tenía la cabeza vendada a medias y un tubo en la nariz. El neurocirujano de guardia hablaba rápido: un hematoma subdural, había que abrir en cuanto terminaran de prepararlo, las siguientes horas eran las que contaban. Coni estaba del otro lado de la camilla, con el rímel corrido y la bolsa todavía colgada del hombro.
Rogelio abrió los ojos. Buscó con la mirada hasta que encontró a Adrián y le agarró la muñeca con una fuerza que no parecía de un hombre con la cabeza rota.
—Adrián… —Tenía la voz pastosa—. Vuelve con Clara. Se lo juré a mi compadre Alonso.
Adrián no contestó. Detrás de él, en la puerta de la bahía, estaba Clara con las manos vendadas.
—Dile que sí, por favor. —Coni le jaló la manga—. Adrián, dile que sí.
—Si tiene por qué luchar, lucha —dijo el neurocirujano, sin levantar la vista del monitor—. Lo he visto mil veces.
Adrián abrió la boca. El monitor empezó a pitar, un pito largo, parejo. La línea verde se aplanó. Una enfermera lo empujó del pecho para quitarlo de ahí, otro se subió a la orilla de la camilla y empezó a comprimir con los brazos rectos, contando en voz alta.
Coni gritó. Adrián se quedó contra la pared, entre dos carritos de metal.
—¡Te lo prometo! —Le salió desde el estómago, más fuerte de lo que había gritado nunca—. ¡Te lo prometo, pero vive!
Contaron hasta treinta. Descargaron. La línea verde brincó una vez, luego otra, y siguió brincando. La enfermera soltó el aire. En la cama, a Rogelio se le movió la comisura de la boca. En la esquina, un sacerdote viejo con estola morada, el capellán del hospital, se persignó despacio.
* * *
A las ocho y cinco de la mañana le vibró el celular en la silla de plástico afuera de terapia intensiva. Adrián lo sacó pensando que era el hospital.
Era el banco. Una transferencia recibida, no enviada. $302,000.00. Concepto: Abono 1. Lo demás, de 10 mil en 10 mil.
Abrió los movimientos de su cuenta personal. Arriba de todo, la de ella. Debajo, las suyas: diecisiete salidas de veinte mil, una por día, con los conceptos en fila. Buenos días, niña. Desayuna algo, niña. Te extraño. Y hasta abajo, la primera, la de quinientos mil: Por tu mamá.
Se quedó sentado ahí, con el teléfono en las rodillas, hasta que don Lupe le puso un café en la mano y le dijo que ya eran las diez.
A mediodía encontró a Clara en la máquina de café del pasillo, intentando apretar el botón con la punta de una venda. Lo apretó él. La llevó a la esquina de las escaleras de emergencia, donde no había nadie.
—Lo dije para que viviera —le dijo—. No voy a volver contigo, Clara.
—Díselo a tu papá —contestó Clara, tranquila. Sacó su vaso de la máquina con las dos manos y se fue a sentar junto a Coni.
El sábado en la mañana Clara regresó a la ciudad para que le revisaran las manos. Coni la fue a despedir hasta la camioneta. A él no le dijo adiós.
* * *
El domingo a las once y diez de la noche, Sam le mandó una foto. Era un pedazo de papel arrugado sobre la palma de una mano enorme, estirado con cuidado. Busco mujer joven y sana que me dé un hijo. Pago mínimo 500 mil pesos. Octavio Valdez, 50 años, viudo. Solo WhatsApp. Abajo, el número. Los primeros dígitos eran iguales a los de su número privado. El último era un seis con la mitad del círculo deslavada, y a la luz de un foco que parpadeaba cualquiera lo habría leído como ocho. El suyo terminaba en ocho.
Debajo venía un mensaje de Sam: Lo despegamos completo, jefe, con cortaúñas. Don Lupe alumbraba.
—Valdez —dijo Adrián en voz alta, en el pasillo vacío—. Con zeta.
Se rio. Fue una risa corta, fuerte, que hizo voltear a la enfermera del mostrador, y se le acabó a la mitad.
Entró a la configuración del WhatsApp, a la lista de bloqueados, y la desbloqueó. Marcó. Del otro lado sonó ocupado antes del primer timbre. Volvió a marcar y otra vez. Le escribió: Dulce, contéstame. El mensaje se quedó con una sola palomita gris.
Ella también lo tenía bloqueado.
* * *
Don Lupe llegó de la Ciudad de México el lunes a las cinco de la tarde, con una laptop bajo el brazo y los ojos rojos de manejar. La abrieron en la mesa de la sala de espera.
—Primero lo de la señora del palito. —Don Lupe le dio play—. Se llama Antonia Mejía, doña Toña. Estaba dada de alta ese día. No lo quiso soltar hasta que Sam le dio su sobre de mil pesos.
En la pantalla, el jardín del hospital daba vueltas. Doña Toña saludaba a su familia. Al fondo, en una banca, se veía a Dulce con su frappé, y a Yesenia parada frente a ella. La voz se oía clarita.
—¿Conoces a Adrián Valdés?
—¿A quién?
La cara de Dulce, un segundo en la orilla de la toma: la boca medio abierta, perdida. No sabía quién era él.
El segundo video era del café de enfrente, de la cámara del techo, sin sonido: Dulce y Mari en una mesa, y detrás de la columna una mano de uñas largas soltando un popote. Luego Mari, grabada con el celular de Sam en la central de enfermeras, con el uniforme puesto, muy seria.
—Ella de verdad creía que usted tenía cincuenta años. Se lo juro por mi mamá. Me lo dijo el sábado ahí en el café. Todavía le defendía que los ricos se cuidan.
Adrián se pasó la mano por la cara. En eso le entró una videollamada de Villegas.
—Licenciado, ya le pedí permiso a doña Rosario. Nada más me preguntó si era para usted. —Villegas giró la cámara hacia otra pantalla—. Trabajo Social, finales de septiembre. Antes de que la operaran.
La cámara de una oficina chiquita, con un escritorio y un archivero. Dulce entraba con una carpeta. Hablaba con la trabajadora social, le enseñaba papeles, y la señora negaba con la cabeza. Luego Dulce se hincaba en el piso, sobre el linóleo, con las manos juntas. Hablaba y hablaba. La trabajadora social se levantaba de la silla. En eso entraba Chayo, con la bata de hospital y el suero, y la jalaba del brazo para pararla, y las dos se quedaban abrazadas en medio de la oficina, llorando.
Villegas quiso cortar antes del final. Adrián le dijo que no, lo vio completo y le pidió que se lo mandara al celular.
—Y este lo mandó Casimiro. —Don Lupe abrió otro archivo—. Del jueves.
El pasillo del tercer piso, en Casa Valdés. Pepe Barrón jalándola de la muñeca hacia el privado. Ella empujando la puerta para dejarla abierta. La mano de Pepe bajándole por la espalda. Ella haciéndose a un lado. Adrián sacó su celular y le marcó a Casimiro.
—El junior Barrón. A partir de hoy no entra a Casa Valdés. Ni él ni nadie que venga con él. Si pregunta el diputado, que me hable a mí.
—Sí, licenciado. —Casimiro tardó un poco—. Licenciado, la muchacha renunció el mismo jueves.
—Ya sé.
—Todo lo de la secretaria, llévaselo mañana a don Humberto —le dijo a Sam en la siguiente llamada—. En persona. El video del jardín primero.
Se quedó en la sala de espera con la laptop abierta, pasando los videos otra vez, hasta que don Lupe se durmió sentado junto a él. A las once y veinte de la noche le vibró el celular. Un video de Villegas, sin texto, grabado a las seis de la tarde. Era el cuarto VIP del quinto piso, tomado desde la puerta: Chayo sentada en la cama, riéndose, y en la silla de junto un muchacho de camisa planchada con un ramo de claveles en las piernas. Rafa. Dulce estaba de espaldas, en la ventana.
Adrián se levantó de la silla. En el pasillo, Coni le cerró el paso.
—¿A dónde vas? —Tenía los brazos cruzados—. Te vi toda la tarde con Lupe y la computadora. ¿Te vas a ir? ¿Hoy, con papá ahí adentro? ¡Le prometiste a papá, hermano! ¡Frente al padre!
—Quítate, Coni.
—¿Por esa? ¿Y Clara qué? ¿Clara no cuenta?
Don Lupe, que se había despertado con los gritos, lo agarró del brazo antes de que contestara y lo metió al baño de hombres del pasillo. Cerró la puerta con el pie.
—Patrón, cálmese. Lávese la cara. Nomás eso.
Adrián se apoyó en el lavabo. Tenía el celular en la mano, con el video de Trabajo Social todavía abierto. Le regresó al principio. Dulce hincada en el linóleo, con las manos juntas, pidiéndole a una señora que le fiara la vida de su mamá en pagos.
Y él, en el pasillo de Casa Valdés, con las dos manos en la pared: ¿Te has acostado con otro?
Le pegó al espejo con el puño derecho. El vidrio se rajó en estrella, desde los nudillos hasta las orillas, y la sangre le escurrió entre los dedos al lavabo blanco.
—¡Patrón! —Don Lupe le agarró la muñeca.
En el celular, sobre la orilla del lavabo, el video se había quedado en pausa: Dulce de rodillas en el suelo de la oficina, con las manos juntas.