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Jefe, afuera somos desconocidos

Jefe, afuera somos desconocidos

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Aventura de una noche / Posesivo / Completas
Popularitas:16.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Siti Kembang

Una noche que debió ser olvidada lo cambió todo.

Valentina Solís, profesora universitaria de idiomas, jamás imaginó que el desconocido con quien despertó en un hotel de montaña sería Sebastián Montero — el hombre más poderoso de San Valero.

Él es frío, implacable y acostumbrado a que el mundo se mueva a su voluntad. Ella es brillante, independiente y arrastra heridas que prefiere no mostrar.

Lo que empezó como un accidente se convirtió en un acuerdo: en privado, fuego; en público, desconocidos.

Pero los secretos en una ciudad donde todos se conocen tienen fecha de caducidad. Entre cenas familiares que derriten el hielo, rivales que acechan en las sombras y una atracción que ni las reglas pueden contener, Valentina descubrirá que amar a Sebastián Montero es fácil.

Lo difícil es que el mundo no se entere.

"Jefe, afuera somos desconocidos."
"¿Y adentro?"
"Adentro... soy tuya."

NovelToon tiene autorización de Siti Kembang para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17

Valentina no contestó.

Si volteaba, Andrés iba a verle en la cara lo que esa frase todavía podía mover. Y no quería regalarle eso. No aquel día. No con la pulsera del hospital raspándole la piel y la voz de Abuela Carmen esperándola al otro lado de la ciudad.

Siguió caminando.

—Entonces aprende a vivir con ese error —dijo sin detenerse—. Yo ya viví con las consecuencias.

La puerta de cristal de Rectoría se cerró detrás de ella antes de que Andrés pudiera responder.

En el taxi, el cuerpo le pasó factura. El cansancio le cayó sobre los hombros de golpe. Cerró los ojos, pero no descansó: vio otra vez el club privado, el mármol, la tarjeta de Castellano Infraestructura sobre una mesa, la cara de Andrés pidiéndole tiempo como si el amor fuera una fila en ventanilla.

El celular vibró.

Sebastián: "No te tardes. Carmen acaba de preguntarle a la enfermera si aquí no venden chilaquiles decentes."

Valentina soltó una risa pequeña, rota por la mitad.

"Voy en camino."

Cuando llegó al Hospital General del Sur, la recibió el olor a desinfectante, café recalentado y pan dulce de máquina. La realidad era áspera, iluminada por lámparas blancas, y por primera vez en horas le pareció un alivio. En el pasado había demasiadas alfombras, demasiadas sonrisas finas. En el hospital, por lo menos, las cosas tenían nombre: presión arterial, electrolitos, frecuencia cardiaca, observación.

Sebastián estaba de pie junto a la cama de Carmen, con el saco colgado en el respaldo de la silla y las mangas de la camisa dobladas. Tenía una charola sobre la mesita: gelatina sin azúcar, un vaso de agua, una bolsita de pan que evidentemente no era del hospital.

Carmen, pálida pero despierta, lo señaló en cuanto vio entrar a Valentina.

—Este hombre soborna enfermeras con conchas.

—No fue soborno —dijo Sebastián, serio.

—Fue soborno elegante.

Valentina dejó la bolsa en la silla y se acercó a besarle la frente.

—¿Cómo te sientes?

—Vieja, mija. Pero eso no empezó anoche.

El nudo que Valentina traía desde la universidad aflojó un poco.

Sebastián la miró por encima de Carmen. No preguntó nada todavía. Eso le hizo más daño que si la hubiera interrogado. Sus ojos se detuvieron en su cara, en la forma en que apretaba la correa de la bolsa, en el labio inferior que ella había mordido sin darse cuenta.

—Te traje café —dijo él.

Sobre la mesita, junto al vaso de agua, había un termo pequeño.

No "¿qué pasó?". No "¿por qué tardaste?". Café.

Valentina tomó el termo con ambas manos.

—Gracias.

—Y una torta. Lupita dijo que si no te la comías, venía ella misma a regañarte.

Carmen levantó las cejas.

—¿Lupita?

Valentina tosió.

—La señora que cocina en casa de... en Las Palmas.

Sebastián no corrigió. Solo bajó la mirada para acomodar la sábana de Carmen, dándole a Valentina un segundo para reparar el tropiezo.

Carmen la estudió con esos ojos de maestra jubilada que no perdonaban ni una coma mal puesta.

—Ajá.

Antes de que pudiera hacer una pregunta peligrosa, tocaron la puerta.

—¿Se puede?

El Dr. Daniel Mora entró con una tableta en la mano y la bata impecable pese a la guardia. Su sonrisa fue profesional al principio; luego encontró a Valentina y se volvió un poco más cálida.

—Buenos días, doña Carmen. ¿Cómo amaneció?

—Con hambre y rodeada de gente mandona.

—Eso es buena señal.

Daniel revisó la presión, escuchó el corazón y explicó con calma que el electrocardiograma no mostraba un evento agudo, pero que la arritmia aislada necesitaba vigilancia. Habló de hidratación, sales, control de presión y una valoración cardiológica ambulatoria. Nada de correr. Nada de sustos innecesarios. Si todo seguía estable, podrían considerar el alta al día siguiente con indicaciones claras.

Valentina escuchó cada palabra como si fuera una traducción simultánea de su propia ansiedad.

—¿Y puede volver a vivir sola? —preguntó.

Carmen chasqueó la lengua.

—No empieces.

Daniel no se rió de la pregunta.

—Puede, pero con ajustes. Alguien debe revisar medicamentos, comidas, hidratación y que no se levante rápido. Por lo menos estas primeras semanas. También conviene tener un contacto visible para emergencias y una vecina de confianza al pendiente.

—Yo puedo organizar eso —dijo Sebastián.

La frase salió natural. Demasiado natural para un cuarto con una abuela despierta, un doctor atento y una relación que oficialmente no existía.

Valentina miró a Carmen.

Carmen miró a Sebastián.

Sebastián no retiró la oferta.

Daniel sí lo miró entonces, midiendo la cercanía que no estaba escrita en ningún formulario.

—Perfecto —dijo, todavía amable—. Mientras sea algo que doña Carmen acepte.

—Yo acepto que me dejen dormir —gruñó Carmen—. Y que mi nieta deje de poner esa cara de funeral.

Valentina le acomodó el cabello con dedos torpes.

—No pongo cara de funeral.

—Pones cara de examen reprobado. Es peor.

Daniel cerró la tableta.

—Valentina, ¿puedo hablar con usted un momento afuera? Es sobre las indicaciones.

Sebastián levantó apenas la mirada.

Fue mínimo. Una ceja. Nada más.

Pero el cuarto se tensó como si alguien hubiera cerrado una puerta con llave.

Valentina sintió el tirón absurdo de tres direcciones distintas: la cama de Carmen, la atención de Daniel, la quietud de Sebastián. Se recordó que el doctor era eso, doctor. Que no había pecado en recibir información médica. Que ella no podía vivir midiendo el aire alrededor de cada hombre.

—Claro —dijo.

En el pasillo, Daniel bajó la voz.

—No era urgente. Quería preguntarle si usted también descansó algo.

Valentina parpadeó.

—¿Eso venía en las indicaciones?

Él sonrió, sin mostrar los dientes.

—En las indicaciones humanas, sí.

Era una frase bonita. En otra vida, quizá le habría parecido ligera. Esa mañana le pesó.

—Estoy bien.

—No lo parece.

—Mi abuela está hospitalizada.

—Lo sé. Por eso pregunto.

Daniel sacó del bolsillo una tarjetita con el membrete del hospital y escribió algo al reverso.

—Aquí está el número de consulta externa de cardiología. Y mi extensión. Si mañana la dan de alta, no espere a que se sienta mal para llamar. ¿De acuerdo?

—Gracias, doctor.

—Daniel —corrigió con suavidad.

Valentina sostuvo la tarjeta un segundo antes de guardarla.

—Gracias, Dr. Mora.

La corrección fue pequeña, pero Daniel la entendió. Se enderezó un poco.

—Como prefiera.

Cuando Valentina volvió al cuarto, Sebastián estaba junto a la ventana, hablando por teléfono en voz baja.

—No. Nada fuera de contrato —dijo—. Que Legal revise el expediente Castellano completo antes de cualquier firma. Y avísale a Marcos que ninguna reunión se mueve a mi agenda sin mi autorización.

Valentina se quedó quieta.

Sebastián cortó la llamada y la miró.

Carmen, que fingía dormir con pésima técnica, abrió un ojo.

—Yo no oí nada —anunció.

—Abuela.

—Dije que no oí. No que no entendí.

Valentina cerró los ojos un segundo.

Sebastián guardó el celular en el bolsillo.

—¿Quieres caminar?

No preguntó por Andrés delante de Carmen. No pronunció el apellido. Ese cuidado le atravesó la defensa.

—Sí.

Salieron al pasillo y caminaron hasta el dispensador de agua. Era un rincón feo, con una planta de plástico y una máquina de café que hacía más ruido que café. Valentina se abrazó a sí misma.

—No tienes que mover contratos por mí —dijo.

—No los moví por ti.

—Sebastián.

—Castellano Infraestructura pidió ajustar condiciones del convenio con la USV después de enterarse de que tú estabas en el proyecto. Eso ya no es solo un asunto personal.

Valentina sintió frío.

—¿Qué pidió?

—Acceso directo a perfiles académicos y selección de intérpretes para eventos conjuntos.

—Eso no tiene por qué pasar.

—No va a pasar.

La seguridad con que lo dijo le dio alivio y miedo al mismo tiempo.

—No quiero que lo destruyas.

—No he destruido a nadie.

—Ese tono tuyo dice que estás considerando opciones.

Sebastián metió una mano en el bolsillo. La mandíbula se le marcó.

—Ese hombre te vio en la universidad y diez minutos después su empresa intentó abrir una puerta hacia tu espacio de trabajo.

—No sé si fue él.

—Yo sí voy a saberlo.

El celular de Valentina vibró otra vez. Miró la pantalla antes de poder evitarlo.

Andrés Castellano Ruiz: "No voy a buscarte hoy. Solo quería decirte que lamento haber vuelto a lastimarte."

Sebastián leyó el nombre. No el mensaje completo; no hacía falta.

Por un segundo, el pasillo del hospital se redujo a la distancia entre ellos.

—¿Ese es el Andrés? —preguntó.

Valentina no respondió.

Sebastián bajó la voz.

—El de la lista. El de tu cara en Torre Grupo Montero. El de "trepadora".

Ella apretó el celular hasta que le dolieron los dedos.

—No digas esa palabra.

—Perdón.

El perdón fue inmediato. Sin orgullo. Eso la desarmó más.

—No quiero hablar de él.

—Entonces no hablamos de él.

—Pero vas a investigarlo.

—Sí.

Valentina levantó la vista.

—Eso no es no hablar.

—No contigo. No ahora.

La precisión la enfureció porque era honesta.

—Mi vida no es una carpeta de riesgo.

Sebastián dio un paso hacia ella y se detuvo antes de tocarla.

—Para mí sí eres vida. Por eso reviso los riesgos.

La frase le golpeó en el pecho con una ternura inconveniente.

Valentina apartó la mirada. Al fondo del pasillo, Daniel salió de otra habitación y los vio. No se acercó, pero su pausa fue suficiente. Sebastián también lo notó. Su rostro no cambió, aunque su voz bajó todavía más.

—Y el doctor también mira como si quisiera entrar donde no lo llamaron.

Valentina soltó una risa incrédula.

—¿De verdad?

—Sí.

—Mi abuela está hospitalizada, apareció mi ex, dormí dos horas y tú estás celoso del cardiólogo que ni siquiera es cardiólogo.

—Urgenciólogo.

—Sebastián.

—Estoy celoso de cualquiera que te mire cuando tú estás así.

La confesión no sonó bonita. Sonó cruda. Controlada apenas.

Valentina tragó saliva.

—No puedo con esto hoy.

Él asintió una vez.

—Lo sé.

—Necesito que seas mi apoyo, no otro problema.

La frase le cambió la cara. No mucho. Lo suficiente.

—Entonces dime cómo.

Valentina quiso tener una respuesta limpia. No la tenía. Quería que él se quedara en el hospital y al mismo tiempo que no hiciera llamadas a Legal. Quería que entendiera a Andrés sin contarle la historia. Quería que no usara su poder y también quería sentir que alguien por fin podía pararse entre ella y una familia como los Castellano.

La contradicción le subió a la garganta.

—No sé —admitió.

Sebastián miró hacia la puerta del cuarto de Carmen.

—Empieza por comer la torta.

Ella lo miró, desconcertada.

—¿Qué?

—Después duermes una hora en la silla. Yo me quedo. Luego, si quieres, me cuentas solo lo que puedas contar.

El orden práctico le dio algo donde poner los pies.

Valentina respiró hondo.

—¿Y Andrés?

Sebastián sacó el celular, escribió un mensaje breve y lo guardó.

—Andrés Castellano va a recordar que en esta ciudad las puertas institucionales no se abren con nostalgia.

—¿Qué hiciste?

Él sostuvo su mirada.

—Nada fuera de contrato.

La misma frase de la llamada.

El celular de Valentina vibró de nuevo, pero esta vez no era Andrés. Era un mensaje de un número desconocido con membrete corporativo reenviado desde su correo de la USV:

"Por ajuste de agenda, la reunión de Castellano Infraestructura queda sujeta a revisión de Grupo Montero. Se notificará nueva fecha."

Valentina levantó la vista.

Sebastián no sonrió.

Solo alzó una ceja.

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Keyla M Borrero
😂😂😂🤦🏻‍♀️🤦🏻‍♀️🤦🏻‍♀️
Eliana Barraza navarro
Que mujer tan cansona
Rosa Rodelo
Foto porfa
Rosa Rodelo
Foto de los protagonistas de la historia 🥰🥰
b zamitiz
🙂
Marixa Burgos
las vueltas de la vida 9🤣
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