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LA EMEPERATRIZ, DAMA DE LA NOCHE...

LA EMEPERATRIZ, DAMA DE LA NOCHE...

Status: Terminada
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Reencarnación(época moderna) / Completas
Popularitas:23k
Nilai: 5
nombre de autor: CINTHIA VANESSA BARROS

Mil años atrás, la emperatriz Lían Hua fue ejecutada por adulterio. Antes de morir, juró una maldición: en su próxima vida ningún hombre la llamaría esposa. Sería ella quien los hiciera sus esclavos.
Mil años después, Lían despierta en el cuerpo de Valentina Saggese, una madam recién envenenada por la esposa de su amante. Hereda un club nocturno, quince chicas leales, una venganza pendiente, y una sola advertencia: no te enamores.
Para sobrevivir crea una identidad secreta: la Dama del Fénix, una bailarina enmascarada que enloquece a dos hombres a la vez. El que la asesinó. Y el que, sin saberlo, va a cambiar todo lo que ella se prometió no volver a sentir.
Una emperatriz no perdona. Pero también puede romperse.

NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17 — Tres noches en el reservado

Noche uno.

Marcelo llegó al Lotus a las once en punto del martes con un antifaz veneciano nuevo, blanco esta vez, comprado esa misma tarde en una tienda de carnaval del centro.

Andrés lo reconoció desde la puerta. No por la cara —el antifaz le tapaba media—. Lo reconoció por el reloj. El mismo de oro pesado que había llevado todas las noches anteriores. Y por la forma de caminar de un hombre que pesa cinco kilos menos de los que pesaba hace un mes y todavía no se acostumbra.

Andrés no dijo nada. Lían le había dado instrucciones esa misma mañana: Si vuelve disfrazado, déjalo entrar. Cobra entrada normal. Que se siente donde quiera. No le hagas saber que sabes quién es.

Marcelo pagó la entrada en efectivo. Pidió mesa al fondo. Pidió una botella de whisky para él solo.

Se sentó.

Esperó.

Lían lo vio entrar desde el balcón del segundo piso. Llevaba ahí media hora. Sofía le había avisado por intercomunicador cuando lo identificaron en la puerta.

—¿Vale, lo dejo entrar?

—Que entre.

—¿Subes a vestir?

—No. Hoy no baila la Fénix.

—Marcelo no lo sabe.

—Por eso.

Sofía colgó.

Lían se quedó parada apoyada en la baranda del balcón, mirando el salón principal por encima de los clientes habituales.

Marcelo se sirvió un whisky. Lo bebió de un trago. Se sirvió otro. Lo bebió a la mitad. Después se quedó mirando la tarima vacía.

A las once y media, las luces del bar bajaron como cada noche, pero la tarima no se encendió. La música siguió siendo la habitual: jazz suave, ambiente, nada especial. Las chicas del Lotus trabajaron normal, atendiendo a sus clientes, riéndose en la barra, llevando tragos a los reservados.

Marcelo no se movió.

A las doce, Andrés le mandó a Lían un mensaje al teléfono.

Lleva una hora mirando la tarima. No habló con nadie. Va por la tercera copa.

Lían leyó el mensaje. No contestó.

A las doce y media, otra señal de Andrés.

Quinta copa. Sigue sin hablar.

A la una, la hora a la que la Fénix habría salido si fuera viernes, Marcelo se quedó mirando la tarima con una intensidad que Lían reconoció desde arriba. Era la intensidad de quien espera algo que sabe que no va a venir, pero no puede aceptarlo.

A la una y cuarto, Marcelo se levantó. Caminó hasta la barra. Le habló a Andrea. Andrea negó con la cabeza. Marcelo insistió. Andrea volvió a negar.

Lían se inclinó sobre la baranda para escuchar mejor. La música del bar no le dejaba oír las palabras. Pero leyó los labios de Andrea: No baila los martes, señor. Solo viernes.

Marcelo asintió. Volvió a su mesa. Se sirvió otra copa.

Salió del Lotus a las dos de la mañana sin haber hablado con nadie más.

Esteban, el chofer, lo esperaba en la entrada.

—¿A casa, señor?

—A casa.

Marcelo subió al auto. Cerró los ojos.

Esteban manejó en silencio durante el trayecto. Cuando llegaron a la mansión Alarcón, Marcelo bajó sin despedirse y entró por la puerta lateral.

Esteban esperó hasta verlo dentro. Después sacó el teléfono. Mandó un mensaje a Renata.

Lotus. Once a dos. No habló con nadie. Bebió cinco whiskys. No subió a ningún cuarto. Salió solo.

Renata leyó el mensaje desde su cama. Estaba leyendo una novela. Marcó el lugar con el dedo. Se quedó pensando un momento.

Después contestó.

Bien. Si vuelve, repite el mismo reporte. Cualquier cambio, me avisas inmediato.

Esteban dejó el teléfono. Manejó el auto al garaje.

Renata volvió a su novela.

Y por dentro pensó algo que la divirtió: Marcelo, querido. Pagas siete millones por una mujer que te baila una hora. Y ahora pagas mi tiempo, mi paciencia y mi humillación por verla bailar otra vez. ¿Cuánto valdrá la próxima copa?

Se durmió rápido.

Noche dos.

Miércoles. Marcelo llegó a las once en punto otra vez.

Mismo antifaz. Misma mesa. Misma botella.

Andrés le hizo la seña de costumbre a Sofía. Sofía lo subió a la oficina de Lían.

—Volvió.

—Lo sé.

—¿Sales?

—No.

—Vale.

—¿Qué?

—Llevas dos días viéndolo desde el balcón. Es raro.

—Sofía. ¿Tú alguna vez has visto a un hombre que te dejó morir, derrumbarse por tu culpa?

—No.

—Yo tampoco hasta esta semana. Quiero verlo entero.

—Bien.

Sofía bajó.

Lían volvió al balcón.

Marcelo bebió. Miró la tarima. No habló con nadie.

A la una y veinte, Lían lo vio hacer algo nuevo.

Marcelo sacó un papel del bolsillo del saco. Lo desdobló sobre la mesa. Se inclinó a leerlo. Lo leyó dos veces. Después lo dobló otra vez y lo guardó.

Lían no podía ver qué era el papel desde el balcón.

Le mandó un mensaje a Andrés.

El papel que sacó Marcelo. ¿Qué es?

Andrés le contestó treinta segundos después.

Lo vi de cerca cuando pasé al lado de su mesa para llevar otra botella. Es una hoja con cinco líneas en mayúsculas. La primera dice "DAMA DEL FÉNIX". El resto no alcancé a leer.

Lían leyó el mensaje dos veces.

Bien. Que no se te note que viste nada. Quiero que esa hoja vuelva con él a la casa, intacta.

Sí, jefa.

Lían se quedó mirando a Marcelo desde el balcón.

Estaba escribiendo una investigación.

Eso era nuevo.

Marcelo nunca había escrito nada en su vida sobre Valentina. Doce años de relación, ni una sola lista. Ni una sola nota. Ni un solo cuaderno.

Pero ahora, por la Dama, escribía.

Una pena pequeña le subió a Lían por las costillas. Apenas. Una pena ridícula, fugaz, la pena de cualquiera que ve a un hombre romperse por una mujer que ya no va a tener.

La aplastó rápido.

Hijo de puta. Te lo ganaste a pulso. Espero que pierdas la cabeza.

Marcelo salió a las dos otra vez. Sin haber hablado con nadie.

Esteban lo manejó a la casa.

A las dos y diez, Esteban le mandaba a Renata el reporte número dos. Idéntico al anterior, salvo por una línea agregada al final.

Sacó un papel del bolsillo. Lo leyó dos veces. Lo guardó. No alcancé a ver qué decía.

Renata leyó el mensaje. Esta vez se sentó en la cama.

Esperó un minuto. Después contestó.

La próxima vez que salga del Lotus, quiero ese papel. Sin que él lo note. Si tienes que distraerlo cinco segundos, distráelo. Si tienes que tocarle el bolsillo cuando se quita el saco al subir al auto, tócaselo. No me importa cómo. Quiero ese papel.

Esteban escribió de vuelta.

Sí, señora.

Renata se acostó otra vez.

Y por dentro pensó algo que se le acababa de aclarar: Marcelo escribió algo. Marcelo no escribe. Si escribió, es porque tiene un plan. Y si tiene un plan, es porque la Fénix le está volviendo loco al punto de tener que organizarse en un papel.

Sonrió.

Buen miércoles.

Noche tres.

Jueves. Marcelo entró a las once con otro antifaz, esta vez negro de plástico barato. Se le había acabado el repertorio de máscaras decentes.

Andrés lo dejó pasar. Mesa del fondo. Botella nueva.

Lían volvió al balcón.

Esta noche, Marcelo iba peor.

Se notaba desde lejos. La camisa mal abotonada. El pelo sin gel. La barba de tres días. Marcelo Alarcón, que durante quince años se había rasurado todos los días incluso los sábados, llevaba tres sin tocarse la cara.

Se sentó. Se sirvió. Bebió.

A la una se levantó. Pero esta noche no fue a la barra.

Se acercó a la tarima.

La tarima estaba apagada. Las luces principales del bar bajadas. Nadie le prestó atención —los clientes habituales bebían en sus mesas, las chicas atendían. Marcelo subió los tres escalones que separaban el salón de la tarima. Se quedó parado en el centro.

En el lugar exacto donde la Fénix había bailado los tres viernes anteriores.

Lían, desde el balcón, sintió que el pecho se le contraía un grado.

Marcelo se quedó ahí parado durante dos minutos enteros. Después se dio la vuelta despacio, mirando el salón desde el ángulo de la bailarina. Mirando los reservados. Mirando la mesa donde él se sentaba todas las noches. Mirando todo lo que la Fénix había mirado mientras bailaba para él.

Después habló.

En voz baja. Para sí mismo. Pero el bar estaba más silencioso de lo normal a esa hora, y la voz subió hasta el balcón.

—Tú me ves desde aquí —dijo Marcelo, a nadie—. Tú me viste todas las noches. Yo te miraba a ti, pero tú a mí también. Yo lo sé. Yo lo sé.

Pausa.

Marcelo se rió bajito.

—Tú me elegiste. Yo te elegí. Es un trato. Es un trato.

Andrés, que había subido a la tarima detrás de él sin que Marcelo lo notara, le puso una mano en el brazo.

—Señor. Por favor. Baje.

Marcelo lo miró.

No con miedo. No con vergüenza. Lo miró como un sonámbulo mira al hijo que le viene a despertar.

—Sí —dijo—. Sí. Voy.

Bajó los tres escalones. Volvió a su mesa. Se sentó. Pidió otra botella. Andrea se la trajo sin decirle nada.

Marcelo se quedó otra media hora bebiendo. Después se levantó. Salió.

Esteban lo manejó a casa.

En el auto, Esteban hizo lo que Renata le había pedido.

Cuando Marcelo se quitó el saco para acomodarse en el asiento —tenía calor, había bebido demasiado—, Esteban paró el auto a dos cuadras de la mansión con el pretexto de que se le había caído la llave del garaje.

—Permítame buscarla, señor. Un segundo.

Marcelo asintió sin mirar. Tenía los ojos cerrados.

Esteban abrió el saco doblado sobre el asiento del copiloto. Metió la mano. Encontró el papel. Lo desdobló. Le sacó una foto con el teléfono. Lo volvió a doblar. Lo metió otra vez al bolsillo. Cerró el saco. Encontró la llave del garaje en el suelo del auto, justo donde la había puesto él mismo treinta segundos antes.

—Aquí está, señor. Disculpe.

Marcelo no contestó. Estaba casi dormido.

Esteban arrancó. Manejó las dos cuadras restantes. Estacionó. Despertó a Marcelo. Marcelo bajó, entró a la casa por la puerta lateral.

Esteban esperó hasta verlo dentro. Después sacó el teléfono. Le mandó la foto a Renata sin texto.

Renata, despierta esta vez —se había quedado leyendo a propósito— abrió el mensaje.

Vio la foto.

Cinco líneas en mayúsculas. Investigación sobre la Dama del Fénix. Cuatro puntos sobre cómo encontrarla. Y una quinta línea que la hizo sentarse en la cama.

5. ROMPER LAS REGLAS QUE PUSO VALENTINA.

Renata se quedó mirando la pantalla.

Después contestó a Esteban.

Bien. Gracias. Sigue como hasta ahora. Y no le digas a nadie que viste esto.

Sí, señora.

Renata dejó el teléfono al lado de la cama.

Se acomodó las almohadas.

Y por dentro pensó algo que llevaba meses sin pensar con tanta claridad: Marcelo, querido. Vas a romper las reglas de Valentina. Y cuando rompas las reglas, Valentina va a defender a su bailarina. Y cuando Valentina defienda a su bailarina, yo voy a tener a las tres juntas: Valentina, la Fénix y a ti, en el mismo lugar, en la misma noche. Y ahí termino el trabajo de hace tres meses.

Cerró los ojos.

Buen jueves.

Arriba del Lotus, en el balcón del segundo piso, Lían se quedó parada hasta las tres y media de la madrugada.

Sofía subió a buscarla.

—Vale.

—Sofía.

—Es tarde.

—Lo sé.

—Vale.

—¿Qué?

—¿Por qué estás llorando?

Lían se llevó la mano a la cara.

No estaba llorando.

Pero tenía los ojos húmedos.

Se los secó con el dorso de la muñeca, despacio.

—No estoy llorando, Sofía. Es el viento.

—No hay viento.

—Sofía.

—Vale, ¿quieres que cierre las cortinas y vayamos abajo?

—No. Quiero quedarme un momento más.

Sofía no insistió.

Se quedó al lado de Lían un minuto. Después se fue.

Lían se quedó sola en el balcón.

Marcelo ya se había ido del Lotus hacía una hora. Pero ella seguía viendo el lugar donde se había parado, en el centro de la tarima, hablándole a una bailarina que no estaba ahí, una bailarina que era ella.

—Hijo de puta —dijo en voz baja, a la tarima vacía—. Te lo ganaste a pulso. Espero que pierdas la cabeza.

Pero la voz le salió sin la firmeza de las otras veces.

Bajó.

1
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
jajaja me encantaría ver si bien no sus bailes al menos sus vestuarios la corona esa hermosa máscara que la cuida 🥰🥰
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
esto se puso sospechoso
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
excelente
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
alguien me explica cómo se hizo famosa tan rápido jajaja los reservados del viernes debes cobrar todo al triple sacan plata pero sin vender su cuerpo y eso te dará mucho más capital para ayudar a más chicas
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
me encanta la novela amaría que tuviera imágenes o fotos para disfrutar mas
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
y cobrales con intereses a todos mi ciela
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
al menos está Clarita que lo va a mandar a freír espárragos si es que vuelve🤬
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
hablando de cobardes 🤷🏼‍♀️
Roxana C Añez
Me enamoré de la historia, fue... refrescante leer algo tan original.
Me dejó imaginando si se volverían a ver Valentina y su loco Marcelo... me dió lastima ese pobre hombre, perdido en su locura de amor 😔🥺💔
Roxana C Añez
Podrá haber sido un pendejo... pero está parte me dolió 🥺
Su corazón y su mente le pertenecen a ella, aunque tarde se dió cuenta... ojalá se encuentren en la otra vida 🥺
Corina Galantti
una historia hermosa, muy triste, pero con final FELIZ! ME ENCANTÓ. BENDICIONES ESCRITORA
Celia Maza
muy pero muy buena. tenía tiempo que no leía una novela asi
Elizabeth Delvicier
bien fuerte en época machista donde los hombres comían de cada plato y las mujeres tenían que esperar para ser visitadas en sus alcobas
Evelyn
Me encanta como escribes yo leo desde México y me encanta la protagonista una mujer empoderada y que no se dela dominar por nadie
Guadalupe Flores
👏👏👏👏👏👏 Que bonito final. Se fue en paz Valentina. No me gustó que muriera Lucía. Y me quede con ganas de ver más sufrir a Remata. Jajaja felicidades escritora muy bonita novela
Guadalupe Flores
Imaginate jaja3 dos niñas y un niño. Lucia, Lin Hua y el niño que no recuerdo el nombre del papá de Dante. Sería perfecto 👏👏👏👏
Guadalupe Flores
Desde la primera vez que dijiste verdad vieja me recordó a mi mamá ella tenía esa costumbre de decir esas mismas palabras y hablarse a si misma así. 😭
MariaVG😘
hermosísima historia. Te hace sentir muchas cosas emociones. Me encantó la vieja y su hijo de puta🤭🤭 felicidades autora tienes un talento increíble 👏👏👏💐💐💐
MariaVG😘
hermosísima historia. Te hace sentir muchas cosas emociones. Me encantó la vieja y su hijo de puta🤭🤭 felicidades autora tienes un talento increíble 👏👏👏💐💐💐
Lucia Feliciano Falcao
Este pandillero cobarde y ladrón está charlado, no ve que cuando la limosna es grande el ciego desconfía y el cree que la mafiosa de la mujer va le regalar esa suma de dinero por su cara demacrada sin querer nada a cambio.😸😸😸
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