Isabella Sergeyev huyó de Rusia después de la muerte de su abuela, cargando una culpa que la convirtió en una alfa fría y despiadada. Tres años después, un problema relacionado con la explotación de omegas la obliga a regresar al mundo que abandonó. Pero entre enemigos ocultos, secretos y una guerra que crece en silencio, Sasha se convierte en la única persona capaz de romper las murallas que Isabella construyó alrededor de sí misma.
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capitulo 17
El silencio después de la sangre
El hospital estaba en silencio, pero no era un silencio tranquilo.
Era un silencio pesado, lleno de cosas que nadie decía en voz alta.
Isabella no se había movido de la habitación desde que permitieron que Sasha quedara fuera de peligro inmediato. Había pasado la noche sentada junto a la cama, sin dormir, sin mirar el teléfono, sin hablar con nadie más de lo necesario. Solo observaba el ritmo constante del monitor cardíaco y la forma en que el pecho de Sasha se elevaba lentamente con cada respiración.
Nunca había entendido por qué la gente decía que el miedo paraliza.
A ella no la paralizaba.
La volvía más fría.
Más precisa.
Pero esa noche había descubierto algo distinto: el miedo también puede hacerte sentir completamente indefensa. Y esa sensación le resultaba insoportable.
El médico había sido claro. La bala había atravesado el abdomen sin tocar órganos vitales, pero la pérdida de sangre había sido importante. Las próximas horas eran críticas, y cualquier complicación podía cambiarlo todo.
Isabella apoyó los dedos sobre la mano de Sasha con cuidado, como si temiera hacerle daño incluso con un gesto mínimo.
—No vuelvas a hacerme esto —murmuró en voz baja.
No esperaba respuesta.
Pero unos segundos después sintió un movimiento débil bajo sus dedos.
Sasha no abrió los ojos de inmediato. Primero frunció ligeramente el ceño, como si intentara orientarse, y luego su respiración cambió. Isabella se inclinó hacia adelante sin darse cuenta.
—Sasha…
Los ojos se abrieron lentamente, todavía nublados por la anestesia. Durante un instante pareció no reconocer nada. Luego su mirada se detuvo en el rostro de Isabella y algo se relajó.
—¿Sigo viva? —susurró con una voz apenas audible.
Isabella dejó escapar una respiración que no sabía que estaba conteniendo.
—Sí.
Sasha intentó sonreír, pero el gesto fue débil.
—Entonces supongo que no se salió con la suya.
La frase era ligera, casi una broma, pero Isabella no pudo responder de la misma manera. Algo dentro de ella todavía estaba demasiado tenso.
—No vuelvas a decir eso —dijo en voz baja—. No vuelvas a hablar como si fuera algo pequeño.
Sasha la observó en silencio unos segundos. Nunca la había visto así. No furiosa. No fría. Algo más profundo. Algo que parecía miedo disfrazado de control.
—No era pequeño —dijo finalmente—. Solo estaba intentando que no te asustes.
Isabella bajó la mirada un instante.
—No me asusto.
Sasha arqueó apenas una ceja.
—Claro que sí. Solo que tú lo conviertes en otra cosa.
Hubo un silencio breve, pero no incómodo. Más bien frágil.
Isabella volvió a mirarla.
—El hombre que disparó era uno de los nuestros.
Sasha tardó unos segundos en procesarlo.
—¿Un guardia?
Isabella asintió.
—Cinco años trabajando para la familia.
Sasha cerró los ojos lentamente, como si esa información doliera más que la herida.
—Entonces no fue un ataque improvisado.
—No.
Isabella tomó la tablet que había dejado sobre la mesa y la encendió. Durante un momento dudó, pero sabía que Sasha prefería la verdad a cualquier intento de protección.
—Encontramos transferencias en sus cuentas —dijo, girando la pantalla hacia ella—. Dinero que no podía justificar. Pequeñas cantidades, muy bien ocultas. Pero constantes.
Sasha observó los datos en silencio.
—¿Quién lo pagaba?
Isabella no respondió de inmediato.
—Volkov.
La palabra cayó como una piedra.
Sasha volvió a mirar la pantalla y luego a Isabella.
—¿Estás segura?
—Lo suficiente.
No había rabia en su voz. Solo decisión.
—Esto no fue una advertencia —continuó—. Fue un intento de romperme.
Sasha la observó durante unos segundos.
—Entonces no lo consiguió.
Isabella apretó los labios.
—Casi.
El silencio que siguió fue más largo. Afuera el cielo empezaba a aclararse lentamente, aunque el sol apenas lograba atravesar las nubes grises.
Sasha respiró con cuidado antes de hablar otra vez.
—¿Qué vas a hacer?
Isabella no dudó.
—Destruirlo.
No fue una frase dramática. Fue simple. Directa.
Sasha cerró los ojos un instante y volvió a abrirlos.
—No quiero que lo hagas solo por mí.
Isabella frunció levemente el ceño.
—No es solo por ti.
Y era verdad. Era por el ataque, por la traición, por la forma en que alguien había intentado convertir a Sasha en un punto débil.
Pero también era por algo que no quería admitir en voz alta: había sentido miedo real por primera vez en años. Y eso cambiaba todo.
—Volkov pensó que podía tocar lo único que me importa y salir ileso —dijo finalmente—. Eso no va a pasar.
Sasha la observó con una mezcla de preocupación y comprensión.
—Entonces hazlo bien.
Isabella inclinó ligeramente la cabeza.
—Siempre lo hago bien.
Sasha soltó una pequeña risa que terminó en una mueca de dolor.
—Sí, pero esta vez no es un negocio. Es una guerra.
Isabella no respondió.
Porque en el fondo sabía que tenía razón.
Horas después, cuando Sasha volvió a dormirse, Aleksander entró en la habitación con el silencio habitual de alguien acostumbrado a moverse sin ser notado.
—Tenemos más información —dijo en voz baja.
Isabella salió al pasillo para no despertarla.
—Habla.
Aleksander le mostró varios documentos en la tablet.
—Las empresas que pagaban al guardia están vinculadas a Volkov, pero hay algo raro. El dinero no sale directamente de sus cuentas. Hay intermediarios. Demasiados.
Isabella lo miró.
—¿Estás diciendo que no fue idea suya?
Aleksander se encogió ligeramente de hombros.
—Estoy diciendo que alguien más podría estar moviéndolo.
La idea no le gustó.
—Volkov no necesita ayuda para intentar matarme.
—Tal vez no —respondió Aleksander—. Pero alguien lo suficientemente inteligente como para infiltrar a un guardia durante cinco años no suele actuar por impulso.
Isabella miró hacia la puerta de la habitación donde Sasha dormía.
—Entonces vamos a averiguar quién está detrás.
Aleksander asintió.
—¿Quieres que empiece hoy mismo?
Isabella no dudó.
—Empieza ahora.
Se volvió hacia la puerta otra vez antes de añadir:
—Y cierra todos los negocios de Volkov en Moscú. No quiero advertencias. Quiero pérdidas.
Aleksander la observó unos segundos.
—Eso va a provocar una reacción.
Isabella lo miró sin cambiar la expresión.
—Que reaccione.
El silencio volvió al pasillo cuando Aleksander se alejó. Isabella permaneció unos segundos mirando la puerta cerrada, como si necesitara asegurarse de que Sasha seguía allí.
Luego regresó a la habitación y se sentó de nuevo junto a la cama.
Tomó su mano con suavidad.
—Descansa —murmuró—. Yo me encargo del resto.
El monitor cardíaco continuó marcando el mismo ritmo constante.
Afuera, la nieve había dejado de caer, pero el cielo seguía gris.
Y por primera vez desde que había regresado a Rusia, Isabella entendió que lo que estaba empezando no era un conflicto entre familias.
Era algo más grande.
Y no iba a detenerse.