El juzgado de guardia huele a café frío y a desinfectante, son las diez y cuarenta de la noche. Hay un juez con la corbata torcida, dos custodios, una abogada de oficio con tres claveles muertos en sus manos, y un novio culpable.
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La mujer de los rizos.
Tres meses después. Tánger. Zoco Chico.
La tienda se llama _Ríos & Ríos_. Alfombras, lámparas, mentiras viejas bien dobladas.
La vida va tranquila. Demasiado.
Elena lleva la contabilidad. Marco regatea con turistas franceses. Duermen sin pistolas en la mesita. Cenan en el balcón. Se besan sin pedir permiso. El amor va en grande. Enorme.
Hasta que ella entra.
Piel morena de sol marroquí. Pelo rizado, salvaje, hasta la cintura. Vestido blanco, tobillera de oro, acento que no es de Cádiz ni de Tánger. Es de calle, de puerto, de problemas.
Se planta delante de Marco con una sonrisa que conoce todas las guerras.
-¿Daniel Ríos?-.
Pregunta, pasando un dedo por una alfombra bereber de 3.000 dirhams (moneda de Emiratos Árabes y Marruecos . -Me dijeron que eres el único que trae auténtico de la montaña-.
Marco no corrige el nombre. Regla uno: Daniel Ríos no existe, pero contesta. -Depende de quién pregunte-.
Elena sale de la trastienda con facturas en la mano. La ve. La cala. Diez años de juzgados enseñan a oler a las otras.
La mujer la mira de arriba abajo. Luego vuelve a Marco.
-Soy Yamila. Busco una pieza especial. Para mi salón. Y para mi cama-.
Elena deja las facturas. Despacio.
-Las de la cama están en el piso de arriba. No se venden-.
Yamila se ríe. Suena a cascabel y a navaja. -Celosa. Me gusta. Significa que vale la pena-.
Té de menta. Veneno incluido.
Yamila no se va. Compra té al de al lado. Tres vasos. Se sienta en el taburete de clientes como si fuera su trono.
-Estoy buscando a alguien-, dice, mirando a Marco por encima del vaso. -Un hombre que murió en Sevilla. Pero respira en Tánger. Un poli con una cicatriz aquí-. Se toca la ceja. La misma de Marco.
A Elena se le congela el té en la boca. Marco no se inmuta. Diez años fingiendo ser cadáver dan práctica.
-No conozco a ningún muerto-, dice, enrollando una alfombra.
-Aquí solo vendemos vivos-.
-Qué lástima-, susurra Yamila. -Porque traía un regalo. De Arturo Varela-.
El nombre cae en la tienda como una granada sin seguro.
Elena se pone delante del mostrador. Bloqueando a Marco.
-Varela está muerto. Lo mató mi padre. Hace diez años-.
-Tu padre disparó-, corrige Yamila, sonriendo. -Pero Varela tenía hermanos. Y socios. Y yo. Yo era su contable-.
Su chica. Su todo hasta que tu marido le arrancó la cámara y se largó con el disco-.
Marco suelta la alfombra. La mano va al cajón. Donde ya no guarda la Glock, pero el cuerpo recuerda.
-¿Qué quieres?-, pregunta él. Voz de tumba. De la de verdad.
-Justicia-, dice Yamila. -O dinero. 800.000 euros. Lo que firmó el padre de ella. Con intereses son 1.2 millones. Lo justo por diez años de espera-.
Elena se ríe. Sin gracia.
-El pagaré se hundió con el disco. En el puerto de Cádiz. Busca en el fondo-.
Yamila saca un móvil. Pasa una foto. El disco duro, oxidado, en una bolsa de pruebas. Sello de la Guardia Civil.
-El mar devuelve cosas. Gómez lo pescó. Y yo le compré la copia antes de que lo entregara. Tengo el video. Tengo la voz de tu padre. Tengo a Marco descargando droga. ¿Quieres que lo suba a internet, abogada?,-
Piso de arriba. Discusión de matrimonio.
Elena tira la puerta. “¡No!”
Marco cierra con llave. “Baja la voz”.
-¡Baja la voz tú! ¡Esa tipa sabe quién eres! ¡Sabe lo del video! ¡Gómez nos vendió otra vez!-
-Gómez es una rata. Siempre lo fue. Por eso tiré el disco. Por eso me tiré yo-.
Elena se pasea. Descalza, furiosa, viva.
-¿Y ahora qué? ¿Le pagamos? ¿No tenemos 1.2 millones, Marco! ¡Tenemos alfombras y un Corsa robado!-
-No vamos a pagar-, dice él. Se acerca. Le agarra la cara. -Vamos a pelear. Como siempre. Juntos-.
Ella lo aparta. -No me jodas. La vi cómo te miraba. Y vi cómo la miraste tú. Diez años muerto y la primera morena con rizos te pone nervioso-.
Marco se ríe. Amargo. -¿Celos, Duarte? ¿Ahora? ¿Después de Tánger, de la cama, del sin mentiras?-
-Sí-, grita ella. -¡Porque por fin te tengo! ¡Por fin eres mío de verdad y no pienso perderte por una contable de Varela con tobillera de oro!-
Se callan. Porque es la primera vez que ella dice mío.
Marco la besa. Sin permiso. Sin rabia. Con miedo. -Soy tuyo. Desde el juzgado. Desde antes. Y no hay rizo que cambie eso-.
Ella le muerde el labio. -Demuéstralo-.
Café Hafa. Trampa.
Quedan con Yamila. Terreno neutral. Acantilado, mar, mucho sitio para caer.
Yamila llega sola. Vestido rojo ahora. Tobillera de oro. Una carpeta en la mano.
-Decidid-, dice, pidiendo whisky. -Dinero o video. Si elegís video, mañana Marco Ledesma resucita en todas las televisiones. Y Elena Duarte encubre un asesinato. España os extradita. Adiós Tánger. Adiós amor-.
Marco pone una bolsa de deporte sobre la mesa. -Aquí hay 50.000 dirhams. Es todo lo que tenemos. Tómalo y lárgate-.
Yamila abre la bolsa. No hay dinero. Hay arena. Y la Glock. La de verdad. La que volvieron a comprar.
Elena amartilla debajo de la mesa. Apunta a Yamila por debajo del mantel.
“Contraoferta”, dice Elena. -Te vas. Ahora. Y le dices a los hermanos Varela que Marco Ledesma murió. Otra vez. Que Daniel Ríos no sabe nada. Que si vuelves a aparecer, la próxima copia del video la subo yo. Con un extra: cómo intentaste chantajear a la mujer de un policía.
Yamila no se asusta. Sonríe. -Valiente. Por eso le gustabas a Arturo. Siempre elegía a las que muerden-.
Se levanta. Deja la carpeta. -El video. Todo. Copias. Original. Es vuestro. Gratis-.
Marco y Elena no se mueven.
“¿Por qué?”, pregunta él.
“Porque estoy harta”, dice Yamila. Mirando al mar. “Diez años cobrando deudas de un muerto. Diez años sin dormir. Varela me usaba. Como tu padre te usó a ti, Elena. Como Gómez os usó a los dos. Estoy cansada de ser la otra en la historia de otros”.
Se quita la tobillera. La tira en la mesa. Oro real. -Ahí tenéis 1.2 millones. Fundida vale eso. Pago yo. Por mi libertad-.
Se va. Sin mirar atrás. Vestido rojo perdiéndose en la noche de Tánger.
Queman el video. En una palangana. En su balcón. La tobillera la guardan. Por si acaso.
Elena está sentada a horcajadas sobre Marco. En la silla. En su regazo. Le quita la camiseta. Le besa la cicatriz de la ceja.
“¿Te puso nervioso?”, susurra.
“Me puso en alerta”, dice él. “Nervioso me pones tú cuando te vas de la cama”.
Ella sonríe. Por fin. “Pues no me voy”.
Le hace el amor allí. Con Tánger de testigo. Con el mar de banda sonora. Sin actas. Sin muertos. Sin mentiras.
Porque la pasión se desborda cuando ya no hay nada que esconder.
Y el amor va en grande cuando eliges quedarte, incluso cuando aparece una mujer de piel morena y cabello rizado.
Sobre todo entonces.
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Porque Yamila se fue. Pero dejó algo en la carpeta que no vieron: una nota. -Gómez viene a por vosotros. No por el disco. Por la placa. La de verdad-