Valeria es una abogada, cuya carrera va en ascenso. Pero, en la vida personal, ella es la esposa secreta del heredero Alcázar, Sebastian Alcázar.
Durante tres años, ella ha vivido en el anonimato, mientras que su esposo, Sebastian, se pasea con Lina, una amiga de la familia, con quien todos especulan tiene una relación amorosa.
Valeria, ante tanta indiferencia por largos años, decide que ya fue suficiente, así que le pide el divorcio a Sebastian, quien solo se lo toma como un berrinche de Valeria, sin imaginar, que es él mismo quien la empuja cada día mas, a que ella tenga una decision mas firme de dejarlo.
En medio de todo este proceso, Mateo Del Río, un compañero de la universidad, regresa a la vida de Valeria, y a diferencia de Sebastian, Mateo siempre esta cuando lo necesita, la apoya, le da comprensión, seguridad, y respeto.
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Capítulo 17
Capítulo 17
Soñé con Sebastián joven.
El de la universidad, no el de los trajes caros. El que se aparecía afuera de mi salón con una bolsa de tacos y decía:
—Si no me perdonas, al menos cena.
Me desperté con los ojos húmedos y una molestia absurda en la garganta.
No lo extrañaba a él.
Extrañaba a quien creí que era.
Ese día no fui al despacho. Trabajé desde Lirio. A media mañana, Julia llegó sin avisar con pan, café y una carpeta.
—Vengo a supervisar que no hagas estupideces.
—Tengo veintisiete años.
—Y pésimo historial con hombres Alcázar.
Se sentó en la barra y vio la taza extra.
—¿Café con el vecino?
—Julia.
—¿Qué? Te estoy preguntando como amiga, no como fiscal.
—Comí pastel con Mateo.
Julia abrió los ojos.
—¿Pastel de qué?
—Fresa.
—Ese hombre juega fuerte.
—No está jugando.
—Eso es lo peligroso.
Le aventé una servilleta.
Ella se puso seria de pronto.
—Vale, no te estoy diciendo que no mires a otro. Te estoy diciendo que no uses a otro para tapar el hoyo que dejó Sebastián.
La frase me pegó.
—No estoy haciendo eso.
—Bien.
—No sé qué estoy haciendo.
Julia suavizó la voz.
—Eso sí te lo creo.
El celular de la casa sonó desde recepción.
—Licenciada Herrera, hay una señora Renata Salcedo solicitando autorización.
Julia hizo una mueca.
Negué con la cabeza.
—No autorizo.
—Dice que es urgente.
—No autorizo.
Colgué.
Julia aplaudió bajito.
—Qué belleza.
Renata no subió, pero mandó un mensaje desde otro número.
Renata: Tu comportamiento está afectando a Sebastián y a la imagen de la familia. No confundas orgullo con dignidad.
Lo leí dos veces.
Luego escribí:
Valeria: Tiene razón. No los confundo. Por eso no voy a verla.
Bloqueé también ese número.
En la Hacienda Alcázar, Renata leyó la respuesta con los labios apretados.
—Esa muchacha se está creciendo.
Lina, sentada a su lado, bajó la taza de té.
—Quizá solo está dolida.
—Dolida estaría si tuviera algo que perder.
Sofía resopló.
—Mamá, ya dile a Sebas que se divorcie.
Renata no respondió.
Lina tampoco.
Pero sus dedos se cerraron alrededor de la taza.
El divorcio era una palabra peligrosa.
Si Valeria se divorciaba, Sebastián podía perseguirla.
Si seguía casada y humillada, Lina podía seguir pareciendo la opción dulce.
Esa tarde, Sebastián fue a buscar a Renata.
—Deja de escribirle a Valeria.
Renata lo miró con frialdad.
—¿Ahora ella manda en esta familia?
—No la metas más.
—La metiste tú cuando te casaste con ella.
—Mamá.
—Te advertí. Esa mujer no sabe estar en su lugar.
Sebastián golpeó la mesa con la palma.
Renata se quedó helada.
Lina levantó la mirada.
—Su lugar es conmigo —dijo él.
Por primera vez, Lina no pudo sostener la sonrisa.
Lástima.
Valeria no estaba ahí para escucharlo.
Y quizá ese era el castigo justo.
Esa noche, Sebastián me escribió desde un correo nuevo.
Asunto: Mamá no volverá a buscarte.
Valeria, hablé con ella. No tenía derecho a presionarte. Yo tampoco manejé bien las cosas. Quiero verte.
Leí el correo dos veces.
La primera, como esposa.
La segunda, como abogada.
La esposa sintió un tirón en el pecho.
La abogada encontró la trampa: "no manejé bien las cosas" no era "te lastimé".
No respondí.
Julia, que seguía en mi sala trabajando en una contestación, levantó la vista.
—¿Qué hizo ahora?
—Escribió.
—¿Pidió perdón con sujeto, verbo y culpa clara?
—No.
—Entonces no cuenta.
Dejé el celular boca abajo.
—A veces pienso que soy injusta. Que sí está intentando.
Julia cerró la laptop.
—Puede estar intentando. Eso no te obliga a regresar.
Me quedé callada.
—Vale, que alguien aprenda a apagar el incendio no borra que lo provocó.
—¿Y si yo también provoqué cosas?
Julia suspiró.
—Seguro. Eres humana, no estampita.
—Le hice daño antes.
—Lo sé.
—A veces siento que todo esto es mi castigo.
Julia se levantó y se sentó frente a mí.
—No. Una consecuencia se habla, se repara, se decide. Un castigo eterno es otra cosa. Y nadie que te ame debería cobrarte con intereses todos los días.
Me tapé la cara.
—No sé cómo dejar de sentir culpa.
—Empieza por no obedecerla.
Esa noche imprimí el acuerdo prenupcial por primera vez en meses.
Lo leí como si fuera de una clienta.
Separación de bienes.
Gastos independientes.
Renuncia a reclamaciones.
No vi amor en ninguna cláusula.
Vi miedo.
Y mi firma abajo.
Pasé el dedo por esa firma.
No estaba temblorosa. Al contrario, se veía segura. La Valeria que firmó ese papel estaba convencida de que el amor podía sobrevivir a cualquier contrato.
Qué muchacha tan valiente.
Qué muchacha tan mal informada.
Tomé una pluma roja y marqué las cláusulas que podrían complicar un divorcio. No porque ya hubiera decidido hacerlo. Eso me repetí.
Solo por entender.
Julia no me interrumpió.
Cuando terminó su escrito, se acercó y vio las marcas.
—¿Quieres que lo revise?
—Todavía no.
—Está bien.
—¿No vas a decir nada?
—No. Cuando una abogada empieza a leer su propio contrato como si fuera ajeno, ya se dijo suficiente.
Cerré la carpeta.
No dormí bien.
Pero dormí con la carpeta en mi escritorio, no escondida en un cajón.
Al despertar, la vi antes que el celular.
Eso cambió el orden del día.
Primero yo.
Después Sebastián.
Preparé café, abrí la carpeta otra vez y puse un separador amarillo en la cláusula de divorcio.
No era una decisión final.
Pero ya tenía una página marcada.
En el despacho, Julia vio el separador amarillo cuando saqué papeles de la bolsa.
No dijo nada al principio.
Solo me dejó un café al lado y empujó hacia mí una dona de chocolate.
—Azúcar para decisiones grandes —dijo.
—No he decidido nada.
—Por eso dije para decisiones, no para divorcios.
Le di un mordisco a la dona.
—¿Crees que soy mala persona?
Julia me miró como si hubiera dicho una tontería enorme.
—Creo que eres una persona que se cansó de pagar una culpa con toda su vida.
No respondí.
Ella tampoco insistió.
Ese silencio, viniendo de Julia, fue casi solemne.