Soy Seraphina El principe y yo Crecimos juntos y con nosotros la obsesión de el Era tanta Que me dijo que si no era suya no sería de nadie más y me lo demostró con hechos y clavando una espada en mi pecho
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Capitulo 16
A la mañana siguiente
Cyran despertó antes que ella, como siempre. Le gustaba verla dormir. Le gustaba contar sus respiraciones, admirar la forma en que sus pestañas descansaban sobre sus mejillas, sentir el calor de su cuerpo pegado al suyo.
Pero esa mañana había algo más en su pecho. Algo que no le dejaba respirar del todo bien.
Anoche la decepcioné.
Lo había visto en sus ojos. En ese pequeño cambio en su voz cuando dijo "¿entonces no quieres conmigo?". Había disimulado bien, había aceptado sus palabras, pero Cyran conocía cada milímetro de su Seraphina. Y sabía que, en el fondo, una pequeña parte de ella había sentido rechazo.
No. Él no podía permitir eso.
Tenía que arreglarlo. Tenía que demostrarle que no era rechazo. Que era amor. Que era espera. Que era deseo de hacerlo perfecto.
Salió de la cama sin hacer ruido, la besó en la frente y susurró:
—Hoy va a ser especial, mi amor. Te lo prometo.
Horas después
Seraphina despertó sola en su cama. Por un momento sintió un vacío, un miedo tonto de que todo hubiera sido un sueño. Pero entonces vio la nota en la mesa de noche.
"Preparate linda. Te espero en la parada de autobús. Con ropa cómoda. Confía en mí. Siempre tuyo, Cyran."
Sonrió. Ese loco.
Llegó a la hora a la parada de autobús
—¿A dónde iremos? — pregunto ella,
—Si te lo digo no será sorpresa — respondió el,
Fueron sujetando su mano con tanta fuerza que nada y nadie los podrá separar otra vez,
bajaron del autobús y caminaron un poco
y pararon frente a una cabaña
Seraphina se quedó paralizada en la puerta cuando Cyran abrió la entrada.
—¿Cyran...? —susurró, sin poder creer lo que veía.
La cabaña era sacada de un sueño. Velas por todas partes, parpadeando como estrellas cautivas. Pétalos de rosas rojos cubrían el suelo formando un camino hacia el dormitorio. Globos en forma de corazón flotaban cerca del techo, meciéndose suavemente con el aire cálido.
Pero cuando entró al dormitorio, el aire se le escapó de los pulmones.
En la cama, un corazón gigante de flores rojas ocupaba casi todo el espacio. Y alrededor, los dulces que más amaba: chocolates, fresas cubiertas, galletas recién horneadas, todo dispuesto con un cuidado obsesivo.
—Cyran... —dijo de nuevo, porque era lo único que podía decir.
Él apareció detrás de ella, rodeándola con sus brazos desde atrás.
—¿Te gusta? —preguntó, con esa mezcla de orgullo y nerviosismo que solo ella le conocía.
—¿Si me gusta? —Ella se giró y lo miró con los ojos brillantes—. Es... es perfecto. Eres perfecto. ¿Cómo hiciste todo esto?
—Tengo mis contactos —respondió él, encogiéndose de hombros con falsa modestia—. Y quería que fuera especial. Que recordaras esta noche para siempre.
Ella lo besó. Lento. Profundo. Con todo el amor que cabía en su pequeño cuerpo.
—Ven —dijo él cuando se separaron, tomándola de la mano—. Aún hay más.
La llevó al baño.
El jacuzzi humeaba suavemente, rodeado de velas flotantes que bailaban sobre el agua. Pétalos de rosas decoraban la superficie, y dos copas de champán esperaban en el borde.
—¿Y esto? —preguntó ella, riendo incrédula.
—Pensé que podríamos relajarnos un poco antes de... —se ruborizó—. Ya sabes.
Ella se rió, esa risa que a él le encantaba.
—Mira quién se pone nervioso ahora —bromeó, metiendo un dedo en el agua—. ¿Te metes conmigo?
Cyran tragó saliva.
—Sí, claro. Por supuesto. Totalmente.
Ella sonrió con picardía.
—Entonces date la vuelta.
—¿Qué?
—Que quiero sorprenderte —dijo ella, empujándolo suavemente—. Date la vuelta.
Cyran obedeció, el corazón latiéndole a mil por hora. Escuchó el sonido de la ropa cayendo, el agua moviéndose, y luego:
—Ya puedes mirar.
Se giró.
Y casi se le para el corazón.
Seraphina estaba en el jacuzzi, el agua cubriéndola hasta el pecho, el cabello mojado pegado a los hombros, los pétalos de rosa flotando a su alrededor. Parecía una diosa. Una visión. Algo que no merecía
—Eres tan hermosa —susurró, recorriendo su cuerpo con la mirada—. Tan perfecta. Tan mía. El se apresura y se quita la ropa metiéndose con ella
Cada caricia fue un poema. Cada beso, una promesa. Cada palabra susurrada en su oído, un "te amo" eterno.
En el jacuzzi se tocaron reconociendo sus cuerpos, memorizando cada parte del otro con intensidad y luego El la levanto en sus brazos y la llevo a la cama
—¿Te sientes lista?— le Pregunto el,
— Si, quiero ser tu tuya— respondío ella,
Fue lento cuando ella necesitó lentitud. Fue intenso cuando ella pidió intensidad. Fue tierno cuando las lágrimas de ella —de emoción, de amor, de abrumadora felicidad— rodaron por sus mejillas, y él las besó una por una.
—¿Te duele? —preguntaba cada dos minutos, con una preocupación tan genuina que ella reía entre besos.
—Estoy bien, amor —respondía ella, acariciando su rostro—. Estás siendo tan cuidadoso...
—Porque eres mi tesoro —susurraba él—. Lo más importante. Lo único importante.
Cuando todo terminó, cuando quedaron envueltos en las sábanas, sudados y sonrientes y más cerca que nunca, Seraphina apoyó la cabeza en su pecho y escuchó su corazón latiendo acelerado.
—¿Sabes? —dijo ella, la voz rota de felicidad—. Valió la pena esperar doscientos años.
Cyran rió, abrazándola más fuerte.
—Doscientos años, dos vidas, dos mundos —susurró—. Te elegiría siempre. En cada vida. En cada mundo. En cada segundo de la eternidad.
Ella levantó la cabeza y lo miró. Sus ojos brillaban como estrellas.
—Yo también —dijo—. Siempre tú. Solo tú.
Se besaron bajo la tenue luz de las velas, en esa cabaña que ya era su lugar en el mundo.
Y en algún lugar, en otro mundo, en otra vida, las versiones de ellos que no pudieron amarse sonrieron.
Porque al final, después de todo, el amor verdadero siempre encuentra el camino.