Angelo murió cuando estaba a punto de triunfar. Un accidente absurdo y su sueño de poseer un hotel de lujo se desvaneció.
Pero el destino le dio una segunda oportunidad.
Reencarnó en Kael, un omega hombre olvidado en el harén del Emperador Ethan. El más bajo de los bajos. Un regalo que nadie mira. Invisible.
Kael tiene un objetivo: convertirse en Emperatriz. Tiene las armas: una mente fría y años de experiencia seduciendo a hombres poderosos en su vida anterior. Y tiene un plan: hacer que el Emperador, el Alfa más poderoso del imperio, se vuelva loco por él.
Pero el harén es un campo de batalla de secretos y traiciones. La Emperatriz, la favorita, las concubinas... todas lo aplastarían si pudieran verlo. Y el Emperador ni siquiera sabe que existe.
Kael solo necesita una oportunidad para ser visto.
Lo que no sabe es que en el juego más peligroso de su vida, algunas piezas se mueven solas. Y que el hombre al que juró conquistar podría convertirse en algo que nunca esperó
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Capítulo 16: El revuelo
A la mañana siguiente, el harén era un avispero.
La noticia se había extendido como la pólvora: el Emperador había llamado a un concubino. Un hombre. Y no había sido de noche, sino en la tarde, a sus aposentos privados, para hablar.
—¿Para hablar? —susurró una concubina de rango medio a su compañera, mientras tomaban el té en los jardines—. ¿Desde cuándo el Emperador llama a nadie para hablar?
—Dicen que solo estuvieron conversando —respondió la otra, con los ojos muy abiertos—. Que ni siquiera cenaron juntos. Solo té, aperitivos, y conversación.
—¿Y de qué hablaron?
—Nadie lo sabe. Los sirvientes que llevaron las bandejas dicen que se les oía reír de vez en cuando. Reír, ¿entiendes? ¿Cuándo fue la última vez que alguien hizo reír al Emperador?
La primera concubina frunció el ceño.
—Es un omega hombre. El Emperador no… quiero decir, nunca ha mostrado interés por los hombres.
—Eso dicen. Pero algo debe tener ese Kael para que lo haya llamado, y no una noche, sino una tarde. A conversar.
—¿Kael? —La primera arrugó la nariz—. ¿Ese concubino de séptimo rango que siempre va vestido como un sirviente? ¿El que fregaba suelos?
—El mismo. Ahora dicen que le enviaron una túnica nueva para la ocasión. Que el Emperador mandó que se vistiera como es debido.
—Increíble —murmuró la primera, negando con la cabeza—. ¿Qué puede tener ese omega para llamar la atención? No tiene joyas, no tiene adornos, no tiene nada. Es un don nadie.
—Pues algo tiene, porque el Emperador no es de esos que se fijan en cualquiera.
Las dos mujeres se miraron, intrigadas y molestas a partes iguales. Un omega hombre, el más bajo de los bajos, había logrado lo que ellas llevaban años intentando: ser llamado a los aposentos del Emperador. No importaba que hubiera sido de día, no importaba que solo hubieran hablado. Era una atención que ninguna de ellas había conseguido.
En sus aposentos, Sera escuchaba el informe de una de sus espías con el rostro pétreo.
—¿Estás segura? —preguntó, con voz helada.
—Sí, mi señora. El propio eunuco jefe fue quien llevó la túnica a su habitación y ayer, Kael entró en los aposentos del Emperador y permaneció allí más de dos horas.
Sera apretó la mandíbula. Su aroma de bergamota y pimienta se intensificó, llenando la habitación de una advertencia silenciosa.
—Puedes retirarte.
La espía inclinó la cabeza y desapareció. Sera se quedó sola, mirando su propio reflejo en el espejo de bronce.
Ese maldito omega es más inteligente y peligroso de lo que creía, pensó. Lo subestimé, y estas son las consecuencias. Nadie me engaña, nadie me desobedece sin consecuencias. Tarde o temprano, te aplastaré, y esta vez no habrá advertencia.
En sus aposentos, Lyra paseaba de un lado a otro sin poder calmarse.
Había oído los rumores, todos los había oído, y lo que más le inquietaba no era que el Emperador hubiera llamado a un hombre, era que lo hubiera llamado en la tarde. A conversar. Ella había estado con él tres noches seguidas hacía un tiempo. Luego volvió a llamarla tiempo después, y en esa última noche… lo sabía, no había estado a la altura. Había sido más pasiva de lo habitual, más débil. Había intentado disimularlo, pero Ethan lo había notado. Estaba segura.
Él encontró algo diferente en mí, pensó y por eso me llamó aquellas noches, porque se aburre de lo mismo. Pero ahora…
¿Estará tan hastiado de lo mismo que piensa tomar a un hombre?
Negó con la cabeza, como si pudiera apartar la idea con el movimiento. No. No puede ser. Los alfas como él no… no hay forma de que eso ocurra. Pero mientras lo pensaba, la duda la carcomía. ¿Y si sí? ¿Y si Kael tenía algo que ella no podía ofrecer? ¿Y si ese omega, con su aire humilde y su mirada gris, había encontrado la forma de llegar donde ella no llegaba?
Se dejó caer en un sillón, agotada, su cuerpo aún no se había recuperado del todo de la última noche y ahora esto. Tengo que hacer algo, pensó. Pero ¿qué?
No encontró respuesta.
Muy temprano, antes de que Kael saliera a sus tareas, alguien llamó a su puerta. No era Mira, era un eunuco de alto rango, con el uniforme impecable y una expresión neutra. Tras él, dos sirvientes cargaban varios paquetes.
—Por orden del Emperador —dijo el eunuco, con voz profesional—. Estas túnicas son para ti. Debes usarlas de ahora en adelante. —Hizo un gesto y los sirvientes depositaron los paquetes sobre la estera—. También se te informa que tus tardes deben quedar libres, por si el Emperador desea conversar contigo.
Kael inclinó la cabeza, mostrando la sumisión esperada.
—Gracias. Transmite mi gratitud a Su Majestad.
El eunuco asintió y se fue, dejando a Kael solo con los regalos.
Cuando la puerta se cerró, Kael abrió los paquetes. Varias túnicas de diferentes colores —azules, grises, verdes— todas de buena tela, sencillas pero dignas, y junto a ellas, pequeñas cintas y adornos para el cabello, nada ostentoso, pero de mejor calidad que cualquier cosa que hubiera tenido hasta entonces. Tomó una de las túnicas entre sus manos, sintiendo la suavidad de la tela. Por dentro, una oleada de satisfacción lo recorrió.
Está funcionando. Incluso mejor de lo que esperaba.
Guardó los regalos con cuidado y se vistió con su túnica habitual —la vieja, la desgastada— para salir a sus tareas. No podía permitirse cambiar demasiado rápido. La paciencia era la clave.
Esa noche, cuando Kael regresó a su habitación después del trabajo, ya lo esperaba una figura familiar sentada en el suelo junto a la puerta.
Mira.
En cuanto lo vio, se levantó de un salto, los ojos brillantes de emoción.
—¡Kael! —susurró, entrando detrás de él y cerrando la puerta—. Cuéntame todo. ¿Es cierto lo que dicen? ¿El Emperador te llamó? ¿Te envió túnicas nuevas?
Kael sonrió, una sonrisa pequeña pero genuina.
—Sí, es cierto.
—¡Lo sabía! —exclamó Mira, dando un pequeño salto—. Siempre supe que eras especial. ¿Y las túnicas? ¿Puedo verlas?
Kael señaló los paquetes sobre la estera. Mira se arrodilló y empezó a abrirlos con cuidado, dejando escapar exclamaciones de asombro ante cada prenda.
—Son preciosas —dijo, acariciando la tela—. Y estas cintas para el cabello… Kael, vas a parecer otro.
—Sí —admitió Kael, sentándose en la estera junto a ella—. Pareceré otro.
Mira lo miró con admiración.
—Siempre supe que ibas a salir de aquí. Desde el primer día, cuando te vi tan solo y abandonado, supe que había algo en ti. Algo diferente.
Kael la observó un momento. Mira había sido su única aliada desde el principio, la única que le había tendido una mano sin esperar nada a cambio. La única que le había regalado un peine cuando no tenía nada.
Sacó una de las cintas para el cabello, sencilla pero bonita, de un azul suave.
—Toma —dijo, ofreciéndosela—. Es para ti.
Mira parpadeó, sorprendida.
—¿Para mí? Pero… son tuyos. Te los dio el Emperador.
—Y yo quiero darte esto. —Kael sostuvo su mirada—. Sé que no es mucho, es lo que puedo ofrecerte por ahora pero sin ti, nada de esto habría sido posible. Gracias, Mira.
Mira tomó la cinta con manos temblorosas, los ojos humedecidos.
—No tenías que…
—Quiero hacerlo —la interrumpió Kael con suavidad—. Guárdala en secreto. Que nadie sepa que te la di.
Mira asintió, apretando la cinta contra su pecho.
—Siempre. Siempre guardaré tus secretos, Kael.
Se miraron un instante, cómplices, y luego Mira se levantó para irse. En la puerta, se volvió una última vez.
—Vas a llegar lejos, Kael. Lo sé.
Y desapareció en la noche.
Kael se quedó solo, la sonrisa aún en los labios. Esa sonrisa, por una vez, no era parte del plan.
Esa noche, en sus aposentos, Ethan no podía dejar de pensar en la tarde de ayer
Había pasado un día desde aquella conversación, pero su mente seguía allí. En la forma en que los ojos grises de Kael brillaban al hablar de poesía. En esa sonrisa tímida que se volvía más natural con cada tema. En la calma que lo había envuelto durante todo el encuentro.
Le quedó bien la túnica, pensó, mucho mejor que esos harapos que solía vestir.
Sí, le había quedado bien. La tela azul oscura, los bordados sencillos, nada ostentoso, pero digno. Como debía ser. No puede andar harapiento, se dijo, eso habla mal de mí como Emperador, por eso le mandé las túnicas. Y lo de las tardes libres también tenía su explicación. Era práctico. Si algún día se aburría y quería charlar con alguien, no tener que esperar a que Kael estuviera disponible. Nada más.
Solo es eso, pensó, por si acaso.
Pero mientras miraba el fuego de la chimenea, sabía que no era toda la verdad, o al menos, no quería examinarla demasiado.
La verdad era que quería volver a verlo. Pronto.
Más capítulos porfaaa