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Legado De La Familia Veraldi I (Crónica Veraldi)

Legado De La Familia Veraldi I (Crónica Veraldi)

Status: Terminada
Genre:Romance / Mafia / Amor-odio / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Uma campo

VERALDI: El Evangelio de la Sangre y el Oro
En el corazón de la Toscana, donde el honor se firma con fuego y las traiciones se pagan con la vida, nace la leyenda de los Veraldi. Lo que comenzó como el choque inevitable entre el frío acero de Maximiliano y la llama indomable de María, se transformó en un imperio de devoción absoluta. Juntos, desafiaron a las Siete Familias para demostrar que el amor no es una debilidad, sino la armadura más resistente que un hombre de su casta puede portar.
De esa unión sagrada surgieron los gemelos de mirada letal, Alessio y Bianca, herederos de una furia ancestral que no conoce el miedo. Acompañados por sus leones de melena negra, Lucifer y Belial, los nuevos reyes del abismo han aprendido que gobernar es un acto de equilibrio entre la piedad y la masacre. A sus diecinueve años, ya no son cachorros; son depredadores refinados listos para reclamar un mundo que ya se arrodilla ante sus nombres.

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la venganza por el pequeño rechazo

Maria:

El agua cae hirviendo sobre mis hombros, pero no siento el calor. Solo siento el vacío gélido que me dejó Maximiliano con sus malditos argumentos de estratega. El vapor empaña los cristales de la ducha, borrando el mundo exterior, tal como yo lo he borrado con un simple giro de la cerradura.

Me apoyo contra los azulejos fríos, dejando que el chorro me golpee la nuca. Cierro los ojos y las imágenes de la noche anterior bailan bajo mis párpados: el muelle, los disparos, el sabor a sangre y el peso de Max sobre mí. Me dijo que éramos un pacto de sangre, que éramos depredadores. Me dio un discurso poético sobre el infierno y el poder, pero cuando le pedí que me diera un lugar a plena luz del día, se acobardó.

—Cobarde... —susurro, y mi propia voz suena extraña entre el estrépito del agua—. Un Veraldi que le tiene miedo a una palabra.

Me froto la piel con una esponja, restregando con fuerza donde todavía imagino el rastro de sus manos. Me duele. Me duele que me vea como una "pieza del tablero" que debe ser protegida. No entiende que si yo quise que fuera mi novio, no era para que me cuidara, sino para que fuera el primero en arrodillarse ante la nueva reina.

Quería que el mundo supiera que el hombre más peligroso de la ciudad tiene dueña, y que esa dueña soy yo.

Pero él prefiere la sombra. Prefiere la seguridad de lo ambiguo.

Me paso la mano por el vientre, recordando cómo vibraba hace apenas unas horas. Max dice que amar es una debilidad, que me pone un blanco en la espalda. ¡Qué idiota! El blanco ya lo tengo desde que nací Correa y Bianchelli. El blanco me lo puse yo misma cuando le grabé esa "C" al tipo de los Soles.

—Si no quieres ser mi novio, Maximiliano... vas a aprender lo que es ser solo mi perro faldero —siseo, abriendo los ojos.

La furia está reemplazando al dolor. Es una furia nítida, enfocada, como el lente de mi vieja cámara. Si él no quiere el título, no tendrá el privilegio. Se acabó la complicidad en el desayuno, se acabaron las miradas de entendimiento. A partir de ahora, solo hay una jefa y un ejecutor. Si quiere ser el "animal que ejecuta", lo voy a tratar como tal.

Cierro la llave del agua. El silencio que sigue es sepulcral. Me quedo quieta, envuelta en el vapor, escuchando su respiración pesada al otro lado de la puerta. Sé que está ahí, sentado como un guardián arrepentido.

Me seco con una toalla negra, con movimientos lentos y calculados. Me miro en el espejo empañado y paso la mano por el cristal para ver mis ojos. Ya no hay rastro de la chica que dudaba. Maximiliano quería una jefa fría, ¿verdad? Pues le voy a dar un invierno que le va a congelar la sangre.

Me pongo el albornoz, me aseguro de que el cinturón esté bien apretado y camino hacia la puerta. Pongo la mano en el seguro, pero no lo abro todavía. Disfruto un segundo más del poder de tenerlo ahí fuera, esperando, desesperado por una palabra mía que no va a llegar.

Giro el seguro. El sonido metálico resuena en el silencio de la habitación como un disparo de advertencia. Abro la puerta y ahí está él, sentado en el suelo, con esa mirada de perro apaleado y furioso a la vez, listo para soltar otra de sus explicaciones racionales sobre por qué es un cobarde emocional.

Antes de que pueda abrir su maldita boca, lo corto en seco. Mi mirada pasa por encima de él, gélida, como si estuviera viendo una mancha en la pared.

—Sobre la fiesta de mi cumpleaños, Maximiliano... —mi voz es un hilo de seda afilada—. Olvida lo que dijiste. No necesito tu ayuda, ni tus contactos, ni mucho menos tu puta opinión. La voy a organizar yo sola, a mi manera. Tú solo asegúrate de estar allí para vigilar la puerta, que es para lo único que pareces servir sin dudar.

Él se queda de piedra, con la mandíbula tensa, intentando procesar el golpe. No le doy tiempo. Paso por su lado ignorando el calor que emana su cuerpo, ese calor que anoche me quemaba y que ahora me da asco. Me visto con movimientos mecánicos: un vestido rojo sangre, tacones de aguja y mi arma oculta. No me maquillo; la palidez de mi rostro es suficiente máscara.

Salgo de la habitación sin mirarlo. Bajo las escaleras de la mansión Correa y salgo al aire frío de la mañana.

—¿A dónde vas, jefa? —grita uno de los guardias en la entrada, confundido por mi prisa.

—A ver a alguien que no le tiene miedo a las palabras —respondo sin detenerme.

Subo a mi coche y arranco quemando llanta. Mientras conduzco, el nombre de Alex Monterrey golpea en mi cabeza. Mi ex. Un hombre que, a diferencia de Max, sabía exactamente qué lugar ocupaba a mi lado antes de que todo este caos de la mafia nos separara. Él vive en la zona alta, lejos del olor a pólvora de los muelles, en una burbuja de lujo y tranquilidad que ahora mismo necesito romper para sentir que todavía tengo el control sobre algo.

Llego a su edificio y subo sin anunciar. Cuando Alex abre la puerta, su cara de sorpresa es el encuadre perfecto para mi cámara mental.

—¿María Luiza? —murmura, recorriendo con la mirada mi vestido y mi expresión desencajada—. Estás en todas las noticias... ¿qué haces aquí?

Entro en su apartamento sin permiso, dejando que el aroma de su perfume —limpio, caro, sin rastro de sangre— me invada.

—Necesitaba recordar cómo se siente estar con un hombre que no necesita un manual de estrategia para saber quién soy —le digo, dándome la vuelta para enfrentarlo—. Sirve algo de beber, Alex. Tenemos mucho de qué hablar.

Alex se mueve por el apartamento con una elegancia que ahora me resulta casi irritante. Me sirve una copa de vino tinto con manos que nunca han empuñado un arma, manos que no tienen los nudillos destrozados como los de Maximiliano. Se sienta a mi lado en el sofá de terciopelo blanco, mirándome con una mezcla de adoración y miedo que me hace sentir como una diosa oscura.

—María, estás diferente... —susurra él, acercando su mano a mi mejilla—. Tus ojos... parecen haber visto el final del mundo.

—He visto más que eso, Alex. He visto la verdad —respondo, y mi voz suena como el filo de una navaja.

Me acerco a él. Dejo que su perfume cítrico me envuelva, pero mi mente está a kilómetros de aquí, en una habitación de la mansión donde un hombre rudo debe estar golpeando las paredes de pura rabia. Saco mi teléfono. Alex cree que voy a tomar una foto de nosotros para el recuerdo, para "nosotros". Pobre idiota.

—Sonríe, Alex. Quiero que este momento quede grabado —le digo con una dulzura fingida que me da asco.

Me pego a él, paso mi brazo por su cuello y dejo que mi rostro quede a milímetros del suyo, casi rozando sus labios, mientras la cámara enfoca nuestra intimidad forzada. Alex cierra los ojos, creyendo que el beso es inminente. Yo solo presiono el botón. Click.

La foto es perfecta. La iluminación es suave, íntima, el tipo de imagen que grita "te he reemplazado" sin decir una sola palabra.

Sin apartarme de Alex, abro el chat de Maximiliano. Mis dedos vuelan sobre la pantalla. Adjunto la imagen y escribo un texto corto, cargado de todo el veneno que tengo acumulado:

"Parece que no todos los hombres le tienen miedo a los títulos, Max. Alex no necesitó un análisis de riesgo para invitarme a pasar. Quédate cuidando la puerta, que yo estoy ocupada con alguien que sí sabe qué hacer conmigo."

Le doy a "Enviar". Siento una descarga de adrenalina pura al ver el doble check azul casi instantáneo. Sé que la ha visto. Sé que en este preciso momento, Maximiliano Veraldi está viendo cómo otro hombre toca la piel que él cree que le pertenece.

—¿María? —pregunta Alex, confundido porque me he quedado rígida.

—Cállate y bésame, Alex —le ordeno, pero mis ojos están fijos en la pantalla, esperando la explosión.

No pasan ni diez segundos cuando el teléfono empieza a vibrar como un animal herido en mi mano. No es un mensaje. Es una llamada. Maximiliano. No la atiendo.

Dejo que suene, disfrutando del caos que he desatado en su cabeza.

—¿No vas a contestar? —pregunta Alex, nervioso.

—Es solo el perro ladrando porque le quitaron el hueso —respondo, tirando el teléfono sobre la alfombra—. Ignóralo.

Pero sé que Max no va a ignorarlo. Conozco a ese animal. En algún lugar de la ciudad, un Mercedes debe estar saltándose todos los semáforos en rojo, y el rastro de destrucción que va a dejar a su paso va a ser digno de una de mis mejores fotografías.

Maximiliano:

El teléfono vibró en mi mano como si tuviera pulso propio, una descarga eléctrica que me recorrió el brazo. Estaba de pie en medio de la habitación destrozada, con los nudillos sangrando por haberle pegado a la pared de roble, tratando de convencerme de que dejarla ir había sido lo correcto.

Entonces vi la pantalla.

El aire se escapó de mis pulmones como si alguien me hubiera hundido un piolet en el esternón. La foto era nítida, demasiado nítida. Ahí estaba ella, mi María, la mujer que hace unas horas gemía mi nombre entre sábanas ensangrentadas, pegada a ese... ese imbécil de Alex Monterrey. Vi su mano rodeando ese cuello de niño rico, vi sus rostros casi fundidos, y sentí un sabor amargo, metálico, subiendo por mi garganta.

—Maldita sea... —la palabra salió de mi boca como un rugido sordo.

Leí el mensaje. Cada palabra era un dardo envenenado directo a mi orgullo, a mi hombría, a todo lo que soy. "Parece que no todos los hombres le tienen miedo a los títulos". "Quédate cuidando la puerta".

La rabia que sentí no fue como la del muelle; aquello fue adrenalina profesional. Esto era algo visceral, algo primitivo. Sentí que el cerebro se me inundaba de un rojo líquido. Ver a ese tipo tocándola, viendo cómo él la miraba con esa devoción estúpida, mientras ella me usaba para torturarme... me volvió loco.

En un segundo, la racionalidad de "no ponerle un blanco en la espalda" se fue al carajo. Si alguien iba a matarla, tendría que pasar sobre mi cadáver, pero si alguien iba a tocarla, tendría que estar dispuesto a que le arrancara las manos con mis propios dientes.

—¿Quieres un novio, Luiza? —siseé, apretando el teléfono hasta que la pantalla empezó a crujir—. Vas a tener un dueño.

Arrojé el teléfono al sofá y agarré las llaves del Mercedes. No sentía las piernas, me movía por puro instinto asesino. Bajé al garaje de tres en tres los escalones, ignorando a mis hombres que intentaban preguntarme qué pasaba.

—¡Fuera de mi camino! —le grité a un guardia que no se movió lo suficientemente rápido.

Arranqué el coche y el rugido del motor fue el único sonido que calmó un poco el incendio en mi pecho. Salí de la mansión quemando neumático, con la imagen de Alex Monterrey grabada en mi retina como un objetivo. No me importaba la policía, no me importaba el Cártel de los Soles, no me importaba si Marcos Correa me pegaba un tiro por lo que estaba a punto de hacer.

Esa piel era mía. Ese aliento era mío. Y si ese infeliz creía que podía invitar a la jefa de los Correa a su casa sin pagar el precio, iba a aprender que los Veraldi no cuidamos puertas... nosotros las derribamos.

Apreté el volante, visualizando el apartamento de Monterrey. Iba a ver cuánto le duraba el valor de los "títulos" cuando tuviera el cañón de mi Beretta frío contra su frente.

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