Ella es una esclava del Reino, obligada a entregarle su cuerpo a los guardias reales y Samuráis Buscará ascender En la alta sociedad sin importarle nada
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Capitulo 2
Mientras me estaba recuperando de la agresividad de aquel hombre, las mujeres del yuukaku eran tan malvadas como siempre.
Yo era la trabajadora favorita y eso levantaba celos. Sus miradas envenenadas me seguían a todas partes, sus cuchicheos se detenían justo cuando yo pasaba. Pero no me iba a dejar pisotear, pensé. Había sobrevivido a cosas peores que envidias de putas amargadas.
Esa tarde, Sakura estaba atendiendo a un cliente. Un hombre importante, se notaba en la seda de su kimono, en la limpieza de sus uñas, en la forma en que sostenía la taza de té como si estuviera acostumbrado a que todo el mundo le sirviera. Funcionario del imperio, supe después. De los que se sientan al lado del emperador en las mesas de reuniones.
Pensé: esta es mi oportunidad.
No dudé. Empujé a Sakura sin miramientos y me senté en las piernas del hombre. Lo abracé pegando mi cuerpo al suyo, sintiendo cómo se tensaba, cómo su respiración cambiaba.
Él me miró con deseo. Siempre funciona, pensé. Siempre.
—Hoy te daré una oferta especial si te quedas conmigo —dije, y lamí su oreja despacio.
—¡Largo de aquí! ¡Este cliente es mío! —gritó Sakura, intentando agarrarme del brazo.
Pero el funcionario levantó la mano y le pidió que se fuera sin siquiera mirarla.
—Está bien —dijo él, con los ojos fijos en mí.
Sakura salió hecha una furia, pero ya no me importaba.
Esa noche usé todas mis armas sexuales. La manera de volver loco a un hombre idiota es mediante el placer. Aprendí eso hace mucho: los vuelves tus esclavos cuando los follas bien. Y yo follaba mejor que ninguna.
Cuando terminamos, él estaba sin aliento, mirando el techo como si acabara de descubrir que el mundo era más grande de lo que creía.
—Eres increíble —me dijo, y me besó con una ternura que no esperaba. Casi parecía sincero.
Me quedé callada, dejando que su beso se posara en mis labios como si fuera real.
A la mañana siguiente, Sakura estaba furiosa.
Me encontró en el pasillo y, antes de que pudiera reaccionar, me arrojó agua caliente al rostro.
Me retorcía de dolor en el suelo, con las manos apretadas contra mi mejilla quemada, cuando Kimi vino corriendo. La joven criada, la que siempre me miraba con miedo, me tiró agua fresca en el rostro sin dudar. El alivio fue tan breve como intenso, apenas un suspiro antes de que el ardor regresara con furia.
Las demás veían y se reían.
—¡Así aprenderás, maldita puta de quinta! —dijo Sakura, escupiendo las palabras como veneno—. Ya verás si me robas otro cliente.
Escupió cerca de mi cabeza y se alejó con la risa de las otras acompañándola como una corte de cuervos.
Kimi me ayudó a levantarme. No dijo nada, pero sus manos temblaban.
Esa noche, yo tenía el rostro cubierto por vendas. Debajo, la piel ardía y supuraba. Las vendas ya estaban manchadas de sangre y linfa, pero no había más remedio que esperar a que sanara. Era lo que hacía siempre: esperar, resistir, sobrevivir.
El funcionario volvió.
Lo oí desde mi habitación. Su voz, autoritaria, preguntando por mí. La voz de la dueña, zalamera y evasiva, diciendo que estaba ocupada, que volviera mañana, que lo sentía mucho.
Él no aceptó un no.
Los pasos se acercaron. La puerta se abrió de golpe.
Esperaba encontrarme con un cliente. Esperaba verme sonriente, sumisa, perfecta. En lugar de eso, me vio tendida en el suelo sobre el futón, cubierta de vendas, y las vendas tenían sangre.
Se quedó paralizado en la puerta.
—¿Qué sucedió? —preguntó.
—Nada —dije, con mi sonrisa automática, la que ponía siempre—. Estoy bien.
Pero no lo estaba.
Él tampoco era tonto. Dio un paso, luego otro. Se arrodilló a mi lado y observó las vendas, la sangre, la forma en que mi cuerpo se tensaba con cada movimiento.
—No estás bien —dijo, y su voz había cambiado. Era grave, fría, peligrosa—. Dime quién fue. Y lo haré pagar.
Lo miré. Por un instante, dudé. Pero solo por un instante.
—Fue Sakura —dije.
Asintió. Se levantó y salió sin una palabra más.
Oí sus pasos alejarse por el pasillo. Luego, un grito. Luego, otro. Luego, algo que sonaba como agua hirviendo y carne.
Cuando fui capaz de levantarme y llegar hasta la puerta, ya había terminado.
Sakura estaba en el suelo, con la cabeza dentro del gran recipiente de agua que usaban para cocinar el arroz. El agua hervía aún, burbujeando alrededor de su cara. No se movía. No gritaba. No podía.
El funcionario la sostenía allí con una mano, impasible, como quien sostiene una taza de té.
A su alrededor, las mujeres del yuukaku estaban petrificadas. Algunas lloraban en silencio. Otras miraban con los ojos desorbitados. Ninguna se atrevía a moverse.
—Que nadie vuelva a tocar a mi amante —exclamó, con una voz que no admitía réplica—. O ya saben lo que sucederá.
Soltaron a Sakura. Su cuerpo se desplomó como un trapo sucio.
Entonces él se acercó a la dueña, que temblaba tanto que apenas podía mantenerse en pie. Se inclinó hasta quedar frente a su cara, y habló despacio, para que cada palabra quedara grabada:
—Si algo más le vuelve a suceder —dijo—, te voy a prender fuego. A ti. Y a este lugar. Y me aseguraré de que despiertes mientras ardes.
La dueña asintió, sin aliento.
Él se irguió, me miró una última vez, y se fue.
Esa noche, por primera vez, nadie vino a molerme.
Y por primera vez, mientras tocaba la horquilla de jade escondida bajo mi almohada, me pregunté si aquello era poder de verdad o simplemente otro tipo de cadena.
Y ella se llena la boca ... Mi esposo.