Carlos sortea con re descubrir el amor, luego de haber sido casi desmoronando al ser repudiado por su pareja. el destino toca a su puerta nuevamente, lo dejará entrar ?
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Lobo vestido de oveja
Salió al pasillo. Buscó en su teléfono. No el de Carlos. El suyo. Marcó el número del rector del colegio.
—¿Señor Rector? Soy Regina Mendoza, la abuela de Carlos. Necesito hablar con usted con urgencia. Es sobre un asunto muy grave.
El rector, un Alfa de mediana edad, de esos que creen que su colegio es intachable, la recibió con escepticismo.
—Señora Regina, si es por las calificaciones de Carlos, le aseguro que...
—No es por las calificaciones —lo interrumpió ella, con una voz que no admitía réplica—. Es por una agresión. Una violación. A manos de uno de sus estudiantes.
El silencio al otro lado de la línea fue denso.
—¿Quién?
—Esteban.
El rector soltó una risa nerviosa. Incrédula.
—Señora Regina, con todo respeto, Esteban es uno de nuestros mejores alumnos. Ha representado al colegio en eventos. Tiene un expediente impecable. Estoy seguro de que hay una confusión...
—No hay ninguna confusión —lo cortó Regina—. Tengo pruebas. Y voy a presentarlas en persona. Espéreme.
Colgó sin esperar respuesta.
Dos horas después, Regina estaba frente al escritorio del rector.
No fue sola. Llevó la documentación del hospital. Los exámenes de sangre. Los informes médicos. Todo.
El rector hojeó los papeles con manos temblorosas. Su rostro pasó del escepticismo a la incredulidad, y de la incredulidad al horror.
—Esto... esto no puede ser...
—Es —dijo Regina, con la voz fría como el acero—. Y tengo más.
Sacó un sobre del bolsillo de su abrigo. Lo dejó sobre el escritorio.
—Cuando se hace el estudio de género, el hospital toma muestras de sangre. Las guardan. Por si acaso. Por si algo sale mal.
El rector abrió el sobre. Leyó.
ADN de Esteban. Encontrado dentro de Carlos. En las muestras de la agresión.
No había espacio para la duda.
El rector se dejó caer en su silla. Pálido. Derrotado.
—¿Va a denunciarlo? —preguntó, con la voz rota.
—Todavía no —respondió Regina—. Pero lo haré. A la policía. A la prensa. A todos los medios que quieran escucharme. Ese niño va a pagar por lo que le hizo a mi nieto.
—Entonces... ¿qué quiere?
Regina lo miró fijamente. Sus ojos, cansados, ardiendo con una furia contenida.
—Quiero que contacte a los padres de Esteban. Quiero que les diga lo que pasó. Y quiero que les deje claro que si su hijo no coopera, si no usa sus feromonas para estabilizar a Carlos, voy a destruir la vida de ese muchacho. Su reputación. Su futuro. Todo.
—Señora Regina, eso es...
—¿Una amenaza? —lo interrumpió ella—. Sí. Es una amenaza. Y voy a cumplirla.
El rector no dijo nada más. Tomó el teléfono. Marcó.
Mientras esperaba que contestaran, Regina miró por la ventana. El sol comenzaba a esconderse. Las sombras se alargaban.
Perdóname, Carlos, pensó. Perdóname por traerlo de vuelta a tu vida. Pero no voy a dejar que te mueras.
Al otro lado de la línea, alguien contestó.
—¿Señora de Esteban? Soy el rector del colegio. Necesito que venga con urgencia. Es sobre su hijo. Es algo... grave.
Regina cerró los ojos.
Y esperó.
Los padres de Esteban llegaron un poco desconcertados por el tono en la llamada del rector. Eran personas sencillas, de esas que trabajan duro y confían en que sus hijos son buenos porque ellos se esforzaron por criarlos bien.
El rector los recibió en su oficina. Regina ya estaba allí, sentada, con la espalda recta y los documentos del hospital sobre sus rodillas.
—¿Qué está pasando? —preguntó el padre de Esteban, un hombre de manos callosas y mirada cansada—. El rector nos dijo que era urgente.
—Siéntense —dijo el rector, señalando las sillas frente a su escritorio—. Esto va a ser una conversación larga.
Se sentaron. La madre, una mujer de cabello oscuro y rostro amable, miraba a Regina con confusión. No la conocían. No sabían por qué esa mujer mayor las miraba con tanto odio.
El rector les explicó. Con palabras simples. Con cuidado. Pero sin omitir nada.
La agresión. La marca. El ADN. Las pruebas.
El padre de Esteban se puso pálido. La madre se llevó las manos a la boca.
—No... no puede ser —susurró ella—. Nuestro hijo no haría algo así...
—Las pruebas dicen que sí —respondió Regina, con una voz que no tembló—. Y tengo más que suficientes para llevarlo a la policía. Para que lo metan a la cárcel. Para que su nombre quede manchado para siempre.
Los padres de Esteban entraron en pánico. No comprendían del todo estos temas. Ellos eran solo betas. Cosas como feromonas, destinados y marcas estaban en un lugar inalcanzable para ellos. Nunca tuvieron que aprender sobre eso. Nunca pensaron que tendrían que hacerlo.
—Por favor —suplicó la madre—. No arruine la vida de mi hijo. Es todo lo que tenemos...
—No voy a arruinar su vida —dijo Regina—. Siempre y cuando haga lo que le pido.
—¿Qué es lo que quiere?
—Que Esteban use sus feromonas en mi nieto. Que complete la transición. Que estabilice su cuerpo.
Los padres se miraron. No entendían del todo, pero asintieron. Si eso evitaba la cárcel, si eso salvaba a su hijo, lo harían.
—Esteban está en camino —dijo el rector, con la voz grave—. Lo llamé hace un momento.
Esteban llegó veinte minutos después.
Entró a la oficina del rector con la misma seguridad de siempre. La sonrisa amplia. Los ojos azules brillando. El pelo negro perfectamente peinado.
—¿Qué pasó? —preguntó, como si no supiera. Como si no hubiera sido él quien había dejado a Carlos sangrando en el piso de un baño.
Regina lo miró. Sintió cómo las ganas de matarlo le subían por el pecho. Pero se contuvo. No era el momento.
—Siéntate —dijo el rector, señalando la silla vacía.
Esteban obedeció. Cruzó una pierna sobre la otra. Se recostó en el respaldo. Como si estuviera en una reunión de negocios, no frente a la abuela del chico al que había violado.
Regina hizo su propuesta. Directa. Sin rodeos.
—Vas a usar tus feromonas en mi nieto. Vas a completar la transición. Vas a estabilizar su cuerpo. Y si te niegas, voy a la policía. A la prensa. A todo el mundo. Tu vida va a quedar arruinada. ¿Entendido?
Esperaba ver miedo. Esperaba ver desesperación. Esperaba ver a ese muchacho suplicar, llorar, pedir perdón.
Pero no.
En lugar de parecer desesperado o asustado, Esteban se veía triunfante.
Feliz.
Como si todo estuviera planeado.
—Claro —dijo, con una sonrisa que heló la sangre de Regina—. Voy a ayudar a Carlos. Con gusto.
—¿Con gusto? —repitió Regina, incrédula.
—Sí —respondió Esteban, inclinándose ligeramente hacia adelante—. Porque ahora, señora, su nieto es mío. La marca lo une a mí. Y usted misma acaba de asegurarse de que yo esté en su vida para siempre.
El silencio en la oficina fue absoluto.
Los padres de Esteban miraban a su hijo como si no lo reconocieran. El rector tenía la boca abierta. Regina sentía cómo la sangre se le enfriaba en las venas.
—Usted me necesita —continuó Esteban, con una calma aterradora—. No al revés. Así que no me venga con amenazas. Yo voy a ayudar a Carlos porque quiero. Pero no se olvide de quién tiene el poder aquí.
Se puso de pie. Acomodó su chaqueta.
—¿Cuándo empiezo?
Regina no pudo responder. Las palabras se le atoraron en la garganta.
¿Qué había hecho?
Había creído que estaba salvando a Carlos. Pero acababa de entregárselo al lobo.