Llegué a la selva con miedo.
Me quedé por su protección.
Y sin darme cuenta… encontré un hogar.
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Capítulo 17 – Ecos de dos mundos
El cambio no pasó desapercibido.
La selva había hablado, la amenaza había sido contenida sin derramamiento de sangre, y el nombre de Aiden comenzó a viajar más allá de los límites de la aldea. No como un guerrero, sino como algo inusual entre los hombres bestia: un pensador, un creador de soluciones nuevas.
Las primeras delegaciones llegaron al tercer amanecer.
Tribus vecinas, algunas más grandes, otras más antiguas, se acercaron con cautela. Observaban las mejoras en los canales de agua, los refugios reforzados, las herramientas rediseñadas para durar más y exigir menos esfuerzo.
—No es magia —explicaba Aiden, algo nervioso—. Es solo… observar y entender cómo se comporta la naturaleza.
Algunos lo miraban con respeto inmediato. Otros con desconfianza.
Raegor lo notó.
Por primera vez desde que inició el cortejo, sintió una punzada de conflicto en el pecho. Siempre había sido fuerte, siempre había protegido con el cuerpo. Ahora, su compañero brillaba de una forma distinta, atrayendo miradas, expectativas… responsabilidades.
Esa noche, Raegor se alejó del fuego más de lo habitual.
Aiden lo siguió.
—Estás distante —dijo con suavidad.
Raegor no respondió de inmediato. Sus garras se cerraron y abrieron lentamente.
—Mi rol siempre fue claro —admitió—. Proteger. Liderar con fuerza. Pero ahora… temo convertirme en una sombra a tu lado.
Aiden se detuvo frente a él.
—Raegor —dijo con firmeza tranquila—. Yo no necesito que seas menos para que yo sea más.
Tomó su mano, guiándola hasta su propio pecho.
—Lo que hago… lo hago porque tú me diste un lugar donde atreverme.
Raegor lo miró, y en sus ojos dorados no hubo celos, sino comprensión.
—Entonces caminaré contigo —dijo—. No delante. No detrás.
Esa noche durmieron abrazados, no por costumbre, sino por elección consciente. El contacto ya no era solo refugio; era hogar compartido.
Días después, ocurrió algo inesperado.
Mientras Aiden trabajaba cerca del río, una visión lo golpeó con fuerza. No era como las anteriores. Esta vez, no provenía de la selva.
Vio una calle gris. Oyó gritos. Sintió el miedo antiguo.
Cayó de rodillas.
Raegor llegó de inmediato, sosteniéndolo.
—No… no es de aquí —susurró Aiden—. Es mi mundo. Algo… algo se está cerrando.
Esa noche, los sueños cambiaron.
Aiden se vio frente a un portal similar al que lo había traído. Esta vez, no lo empujaba. Esperaba. Del otro lado, sombras de su pasado: la escuela, el hogar roto, el dolor… pero también una versión más joven de sí mismo, frágil, esperando ser reconocido.
“No huyas”, decía la visión.
“Integra.”
Al despertar, Aiden comprendió.
—No vine solo a escapar —le dijo a Raegor—. Vine a transformar lo que sobreviví… en algo útil aquí.
Los ancianos escucharon con atención cuando Aiden explicó la visión. No lo interpretaron como una amenaza, sino como una prueba mayor.
—Dos mundos te reclaman —dijeron—. Y tú eliges no romperte entre ellos.
Las tribus vecinas, al oír esto, comenzaron a cambiar su mirada. Aiden ya no era solo “la hembra de Raegor”, ni siquiera solo un adulto reconocido.
Era un puente.
Raegor lo observó mientras hablaba, explicaba, proponía. Y por primera vez, su orgullo no nació de la posesión… sino del amor que no necesita opacar.
Esa tarde, le entregó un nuevo regalo: un brazalete doble, tejido con fibras de la selva y un metal extraño recuperado del suelo profundo.
—Simboliza dos fuerzas —dijo—. Que no compiten.
Aiden sonrió, con los ojos brillantes.
—Entonces yo también tengo algo para ti.
Le mostró un plano sencillo, dibujado con carbón: una estructura comunitaria nueva, un lugar de encuentro para aprender, compartir y decidir juntos.
—Para que este mundo… siga creciendo.
Raegor lo abrazó, esta vez sin dudar.
El pasado había llamado.
El presente respondió.
Y el futuro…
comenzaba a tomar forma entre ambos.