Reencarné como un omega destinado a morir de hambre en una torre.
Para sobrevivir, huí de la historia que me condenaba.
Pero el niño que una vez me salvó… ahora es el emperador tirano destinado a morir por mi culpa.
¿Puedo cambiar nuestro destino?
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Capítulo 18: El latido que no debería existir
El aire cambió.
Aelion lo sintió en la piel, como un escalofrío que le recorrió la espalda sin aviso.
No había gritos.
No había peligro visible.
Y aun así… algo estaba mal.
Caminaba junto a Kael, apenas medio paso detrás de él. Siempre así. No porque Kael lo exigiera, sino porque su cuerpo lo hacía de forma natural, como si reconociera instintivamente quién era el más fuerte.
No me gusta sentirme así, pensó.
No quiero volver a ser pequeño.
—Estás tenso —dijo Kael sin girarse—. Respira.
Aelion obedeció, pero el nudo en su pecho no desapareció.
—Kael… —murmuró—. ¿Alguna vez has sentido que el mundo te observa?
Kael se detuvo en seco.
Durante un segundo, el silencio fue absoluto.
—Todo el tiempo —respondió—. Esa es la diferencia entre vivir y sobrevivir.
Aelion apretó los dedos contra la tela de su ropa.
Entonces yo solo estaba sobreviviendo, comprendió.
El poblado estaba lleno de gente, pero Aelion se sintió solo.
Demasiadas miradas.
Demasiados susurros.
Algunos lo observaban con curiosidad. Otros… con algo que no supo nombrar. No era desprecio. No era odio.
Era expectativa.
Se estremeció.
—No me gusta cómo me miran —susurró.
Kael inclinó apenas la cabeza hacia él.
—No te están mirando a ti —dijo—. Están mirando lo que despiertas.
Eso fue peor.
Aelion bajó la mirada, inconscientemente llevando la mano al pecho. El colgante estaba ahí, oculto bajo la ropa, frío como siempre.
¿Qué eres…?
En la posada, el silencio se volvió incómodo.
Aelion se sentó en la cama, balanceando suavemente los pies. Kael permanecía de pie, apoyado contra la pared, con los brazos cruzados. Vigilante. Siempre vigilante.
—Kael —dijo Aelion de pronto—. En la novela… tú morías.
Kael no reaccionó de inmediato.
—Lo sé.
La respuesta fue tan tranquila que dolió.
Aelion alzó la cabeza de golpe.
—¿Cómo puedes decirlo así?
Kael lo miró. Sus ojos eran oscuros, profundos.
—Porque crecí sabiendo que el mundo no perdona a los que toman demasiado poder —respondió—. Y yo tomé todo.
El pecho de Aelion se apretó.
—Pero tú no eres el monstruo que describen.
Kael soltó una breve risa sin humor.
—Eso no lo decido yo.
Aelion se levantó de la cama sin pensarlo.
—¡Yo sí lo decido! —dijo, con la voz temblorosa—. Yo… yo te vi protegerme. Vi cómo me miras como si importara.
El silencio cayó como un golpe.
Kael dio un paso hacia él… y se detuvo.
Demasiado cerca.
Aelion pudo sentir su presencia. Su calor. Su respiración.
Su corazón empezó a latir con fuerza.
¿Por qué me siento así…?
—Aelion —dijo Kael en voz baja—. No confundas protección con salvación.
Aelion apretó los puños.
—Entonces dime —susurró—. ¿Por qué no me has dejado atrás?
Kael no respondió.
Y esa ausencia de respuesta fue más intensa que cualquier palabra.
Esa noche, Aelion soñó.
Columnas doradas.
Un llanto desesperado.
Un colgante brillando sobre un pecho diminuto.
Soñó con brazos que lo arrancaban de un abrazo cálido.
Soñó con una promesa rota.
Despertó jadeando.
—¡Kael…!
Kael ya estaba allí.
Sentado a su lado.
Despierto.
Tenso.
—Te oí —dijo—. Estabas llorando.
Aelion se llevó la mano al pecho. El colgante ardía. No quemaba… pero latía.
Como un corazón.
—No era solo un sueño —susurró—. Era… un recuerdo.
El colgante emitió un leve destello.
Ambos lo vieron.
El aire se volvió pesado.
Kael apretó los dientes.
—Eso no debería haber despertado todavía.
Aelion levantó la mirada, asustado.
—¿Todavía…?
Kael no respondió de inmediato.
—Significa que el mundo ya sabe que existes —dijo al fin—. Y no todos querrán protegerte.
Aelion tragó saliva.
—Tengo miedo —admitió—. Miedo de descubrir que soy alguien que el mundo odia.
Kael se inclinó, apoyando una mano junto a él en la cama, atrapándolo sin tocarlo.
—Entonces te odiarán conmigo —respondió—. Porque no pienso dejar que te rompan.
El corazón de Aelion se desbocó.
No debería sentir esto.
Pero lo siento.
Muy lejos de allí, una sonrisa cruel se dibujó en la penumbra.
—Así que finalmente despertaste… —susurró Vhalderion—. Pequeño heredero.
Un cuerpo cayó al suelo sin cabeza.
—Corre —añadió—. Eso lo hará más divertido.
De vuelta en la posada, Aelion cerró los ojos.
No sé quién soy.
No sé qué vendrá.
Pero por primera vez…
No estaba solo.
Y eso era lo más peligroso de todo.