En Vaelkoria, el aire huele a pólvora y traición. Declan es el puño de hierro del imperio, un hombre que no conoce la duda. Pero cuando captura a Navira en las fronteras de Sundergard, descubre que hay incendios que ni siquiera el acero más frío puede apagar. Ella es su prisionera, pero él es quien está perdiendo la libertad.
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Capítulo 5
Navira
El eco de la fiesta aún resonaba en mis oídos mientras las pesadas puertas de los aposentos de Declan se cerraban tras nosotros. El silencio que siguió fue denso, cargado de la adrenalina de lo que acababa de ocurrir en el Gran Salón. Mis manos temblaban, no de miedo, sino de una rabia líquida que amenazaba con desbordarse.
Me arranqué la cadena del cuello con un movimiento brusco, aunque el collar permanecía fijo, recordándome mi estatus. Me giré hacia él. Declan estaba allí, desabrochándose los botones de su chaqueta con una calma que me resultaba insultante. Parecía ajeno al hecho de que acababa de amenazar de muerte a toda la aristocracia de Vaelkoria por una mujer que, técnicamente, debería estar en una mazmorra.
—¿Qué demonios fue eso, Declan? —mi voz salió como un latigazo—. ¿Qué clase de juego retorcido estás jugando?
Él ni siquiera se inmutó. Dejó la chaqueta sobre un diván de cuero y se sirvió un trago de ese licor ámbar que siempre parecía acompañar sus momentos de oscuridad.
—He marcado mi territorio, Navira —respondió con esa voz profunda que vibraba en las paredes—. He dejado claro que nadie toca lo que me pertenece. Deberías agradecérmelo; Valerius te habría hecho ejecutar antes del postre.
—¡Yo no te pertenezco! —grité, dando un paso hacia él, ignorando que él era el hombre más peligroso del reino—. No soy un territorio que puedas conquistar, ni una provincia que puedas anexionar a tu imperio. Me exhibiste ahí fuera como si fuera un animal domesticado, una joya en tu estandarte. ¡Esa posesión me asquea!
Declan dejó el vaso con un golpe seco y se giró. Su mirada era como dos cuchillas de hielo. Se acercó a mí con esa elegancia depredadora, obligándome a retroceder hasta que mis talones chocaron con el borde de su cama. Me rodeó con sus brazos, apoyando las manos en el colchón a ambos lados de mi cuerpo, atrapándome en su espacio personal. El aroma a tabaco, cuero y ese magnetismo animal me golpeó de lleno.
—¿Posesión? —susurró, inclinándose hasta que nuestras frentes casi se rozaron—. Solo estoy asegurando lo que es mío por derecho de conquista. Te encontré en las cenizas, Navira. Te di un propósito. Te di mi nombre.
—¡Me diste una cadena! —le espeté, aunque mi respiración empezaba a traicionarme, volviéndose errática—. Lo haces porque estás obsesionado. Porque no puedes soportar que algo en este reino no se doblegue ante ti. Estás enamorado de la idea de controlarme, Declan. Admítelo de una vez. Estás tan desesperado por mí que estás dispuesto a quemar Vaelkoria entera.
Él soltó una carcajada ronca, un sonido que no llegó a sus ojos.
—¿Enamorado? No digas estupideces. El amor es para los hombres que tienen tiempo de soñar. Yo solo tengo tiempo para ganar. No te confundas, gatita. Esto es deseo, pura y dura necesidad biológica de domar a la criatura más rebelde que he cruzado en mi vida.
Me miró a los labios y luego volvió a mis ojos, con una intensidad que me hizo arder la piel.
—Y no me vengas con esa fachada de mártir —continuó, su voz bajando a un registro peligrosamente íntimo—. Finges que me odias con cada fibra de tu ser. Escupes veneno cada vez que te toco. Pero lo veo en tus ojos cuando te miro así. Lo siento en tu pulso cuando tiro de esa cadena. Me deseas tanto como yo a ti, aunque prefieras morir antes de admitir que el monstruo de Vaelkoria te hace vibrar las rodillas.
El corazón me dio un vuelco. La humillación y el deseo lucharon en mi pecho en una batalla sangrienta. Era cierto que su cercanía me afectaba, que el calor que emanaba de él era lo único que parecía combatir el frío eterno de este reino, pero no iba a darle el gusto de saber que tenía razón. No iba a ser su trofeo complaciente.
Le puse las manos en el pecho, sintiendo el latido rítmico y poderoso de su corazón bajo la fina camisa de seda. Lo empujé con todas mis fuerzas, logrando ganar unos centímetros de distancia.
—Escúchame bien, Declan —le dije, con las palabras saliendo como dagas—. Ponme una cadena si eso alimenta tu ego. Enciérrame en esta torre, exhíbeme ante tus generales o haz lo que quieras con mi libertad. Pero que te quede una cosa grabada en ese cráneo de hierro: no me tocarás ni un solo pelo, no volverás a besarme ni a entrar en mi cama sin mi consentimiento. No seré un objeto que tomes cuando te plazca. Mi cuerpo es el único territorio que nunca vas a conquistar a la fuerza.
Me quedé jadeando, esperando una explosión de furia. Esperando que me gritara, que me recordara que soy una esclava, que me obligara a arrodillarme. Después de todo, él era el Comandante, el hombre que no aceptaba un "no" por respuesta.
Pero Declan se quedó inmóvil. Sus ojos recorrieron mi rostro, deteniéndose en mi expresión desafiante, en mis mejillas encendidas y en la forma en que sostenía mi postura a pesar de estar temblando por dentro. El silencio se alargó, volviéndose casi insoportable.
De repente, una sonrisa lenta y genuina, una que nunca le había visto antes, curvó sus labios. No era la sonrisa de un general triunfante, era la de un hombre que acababa de ver algo que lo volvía loco.
—Mierda… —susurró, con un tono de voz que me erizó el vello de los brazos—. Cómo me encantas, nena.
Me quedé en shock. Mis labios se abrieron ligeramente pero no salió ningún sonido. Esperaba cualquier cosa menos eso. Esperaba odio, esperaba poder, pero esa confesión cruda, dicha con esa mezcla de frustración y deleite puro, me desarmó por completo.
Él no se movió para tocarme. Se limitó a mirarme con una devoción oscura, casi religiosa.
—Tienes fuego suficiente para incendiar el mundo, y quieres que te pida permiso para quemarme contigo —continuó él, dando un paso atrás, dándome espacio pero sin apartar su mirada de la mía—. Está bien, Navira. Jugaremos bajo tus reglas por ahora. Pero no olvides que soy un hombre paciente. Y nada me gusta más que un desafío que vale la pena ganar.
Se dio la vuelta y se dirigió a la puerta del balcón, dejándome allí, de pie junto a su cama, con el corazón martilleando contra mis costillas y la mente en blanco.
Me toqué el collar de plata. Por primera vez, no se sentía como una cadena de opresión, sino como un vínculo hacia algo mucho más aterrador. Declan no quería mi cuerpo para una noche; quería mi alma para siempre. Y lo peor de todo, lo que me mantenía paralizada en el sitio, era la comprensión de que esa chispa que él veía en mí, ese deseo que él juraba que yo sentía… estaba empezando a quemarme desde adentro.
Me senté en el borde de la cama, mirando su figura recortada contra el cielo gris de Vaelkoria. Él estaba enamorado, aunque su orgullo se lo prohibiera decir. Y yo… yo estaba perdida en el laberinto de un hombre que prefería ser mi carcelero antes que perderme.
"Cómo me encantas", había dicho.
Cerré los ojos y, por un segundo, el frío de Vaelkoria pareció desaparecer. Pero sabía que esto solo era el comienzo. El consentimiento era mi última línea de defensa, y Declan acababa de demostrar que estaba dispuesto a esperar toda una vida para que yo misma le abriera la puerta.
Gracias por compartir tu talento... 🙂😊🤗😄