Camila nunca imaginó que el hombre que marcó su adolescencia regresaría a su vida de la forma más inesperada. Leví, ahora un hombre poderoso y rodeado de sombras, no solo reclama su atención, sino que la arrastra a un mundo donde el peligro y la pasión caminan de la mano. Entre secretos familiares y una red de poder, Camila deberá decidir si proteger su corazón o entregarse al hombre que siempre fue su destino.
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CAPÍTULO 4 – LO QUE NO SE OLVIDA
La puerta del despacho se cerró tras ella con un clic definitivo, pero el eco de la voz de Leví seguía rebotando en las paredes de su mente. Camila se apoyó contra la pared del pasillo, sintiendo el frío del cemento a través de su blusa. Su pecho subía y bajaba con agitación, y sus pulmones parecían haber olvidado cómo procesar el aire.
La frialdad de Leví, el perfume caro y la actitud posesiva de Bianca, la forma en que él la había defendido frente a esa mujer… todo se mezclaba en un cóctel caótico de emociones. Sin poder evitarlo, el presente se desdibujó y las paredes de la oficina moderna fueron reemplazadas por los pasillos ruidosos de su antiguo instituto.
Hace años…
—¿Te gusta Leví, verdad? —le preguntó Valentina en un susurro, con una sonrisa traviesa que delataba que ya sabía la respuesta.
—No. Claro que no —respondió Camila de inmediato, desviando la mirada.
Mentira. Era la mentira más grande que se había dicho a sí misma.
Leví estaba allí, al final de la calle, con el uniforme desajustado y apoyado con despreocupación en su bicicleta. En aquel entonces, su risa era música para los oídos de Camila, una melodía que juraba proteger.
Él la había defendido con ferocidad cuando un profesor la acusó injustamente de copiar en un examen, y desde ese día, algo había cambiado. Intercambiaban miradas cómplices sobre los libros de texto, silencios largos que no resultaban incómodos y esas sonrisas escondidas que decían mucho más de lo que dos adolescentes sabían explicar.
Camila cerró los ojos y casi pudo sentirlo otra vez: una tarde de lluvia torrencial, Leví se había quitado su chaqueta y se la había puesto sobre los hombros sin decir una sola palabra. La calidez de la prenda, que aún conservaba su aroma, la envolvió como un abrazo mudo.
Nunca olvidaría el vuelco que dio su corazón cuando él le sonrió, con las gotas de agua resbalando por su cabello rebelde y empapando su camisa.
Valentina siempre la empujaba al vacío: “Si no le dices lo que sientes, Camila, siempre te quedarás con el ‘qué podría haber sido’”. Pero el miedo a romper ese frágil equilibrio, el pánico a perder lo único que la hacía sentir viva, fue mucho más fuerte que su valentía.
El presente regresó de golpe.
El celular vibró en su mano, sacándola de sus pensamientos. Una notificación iluminó la pantalla: "Tu contrato ha sido aprobado. Firma mañana a primera hora en la oficina del CEO."
El corazón de Camila dio un vuelco. Leví se había marchado del colegio sin despedirse, desapareciendo como un fantasma y dejando tras de sí un rastro de preguntas sin respuesta. Aquella sensación de abandono volvió a instalarse en su pecho, pesada y oscura, como una sombra que nunca se había ido del todo.
Miró por el gran ventanal del edificio. Las primeras gotas de lluvia empezaban a golpear el cristal, creando surcos transparentes. Era el mismo sonido, la misma sensación fría y húmeda de aquel día escolar. La lluvia volvía a ser el escenario de sus encuentros. Cada gota parecía susurrar secretos enterrados, pedazos de un pasado que ella creía haber superado.
¿Qué significaba este contrato? ¿Era una oportunidad profesional o una trampa emocional? La emoción del ascenso se mezclaba con un miedo antiguo que no sabía cómo nombrar.
—Camila… —murmuró su propio nombre en voz baja, como si pronunciarlo fuera el único anclaje que le permitiera sostenerse en pie.
"No puedes dejar que el pasado defina tu futuro". Eso solía decirle Valentina. Eso era lo que ella necesitaba creer con todas sus fuerzas ahora que el destino la había puesto frente al hombre que más amó y que más la lastimó.
El celular vibró una vez más. Era un mensaje de su amiga: "Recuerda lo que hablamos. Este es tu momento. No bajes la mirada."
Camila leyó las palabras y, por primera vez en el día, una sonrisa curvó sus labios. No era una sonrisa de miedo ni de nostalgia, sino de pura determinación. Mañana sería el día. Iba a enfrentarlo a él, pero sobre todo, iba a enfrentarse a sí misma.
Después de todo, tanto el niño de la bicicleta como la niña que se escondía bajo su chaqueta habían quedado atrás. Estaban de vuelta, y esta vez, las reglas las ponía ella.