Me convertí en el arma que Caeleen Valkrum usaba para darle celos a su amante secreto. Un amor de años. Un hombre casado. El único que realmente importaba. Yo solo era el profesor tranquilo, el refugio, el que no preguntaba. Pero cuando el juego se volvió real, cuando sus besos dejaron de ser una farsa, el amante contraatacó. Y ahora estoy en medio de una guerra que no pedí, con un hombre que me mira como si yo también pudiera ser su hogar. ¿Y si al final el que termina ardiendo soy yo? ¿O quizás, entre las cenizas de los dos, podemos construir algo que ninguno tuvo nunca?
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LA NUEVA PARTIDA.
La cena fue una obra maestra de tensión disfrazada de cordialidad. Los manteles de lino, la vajilla fina, los cubiertos que tintineaban con un sonido anormalmente agudo: todo era una escena de teatro absurdo donde solo Azren y Caeleen conocían el verdadero guion.
Azren apenas probó bocado. Sentía la mirada de Caeleen clavada en él desde el otro lado de la mesa, no con frialdad, sino con una curiosidad que resultaba mucho más inquietante. Cada vez que los padres hablaban de "futuros planes" o "compatibilidades", la esquina de los labios de Caeleen se tensaba en algo que no era una sonrisa. Era una expectación. Como si estuviera viendo una obra y esperara el momento de subir al escenario.
—Azren es muy estudioso, muy tranquilo —insistía su madre, lanzándole una mirada de advertencia que a Azren le pareció ridícula—. Un contrapunto perfecto para un espíritu más… dinámico.
—Sí, ya veo —dijo Elena, la madre de Caeleen, con una sonrisa que intentaba ser cálida—. Y Caeleen, bueno, Caeleen es… intenso. Pero cuando quiere, puede ser muy atento.
Caeleen tomó un sorbo de vino, sus ojos ámbar atrapando los de Azren sobre el borde de la copa. No dijo nada. Pero esa mirada lo decía todo: sé lo que estás pensando, y esto no ha hecho más que empezar.
—La tranquilidad puede ser muy interesante —dijo por fin, con una voz grave y deliberadamente educada—. Cuando uno sabe mirar debajo de la superficie.
Julieta sonrió, complacida. Héctor asintió, aprobando la respuesta de su hijo. Nadie captó el verdadero significado de esas palabras. Nadie excepto Azren.
El estómago se le retorció. Caeleen estaba jugando al gato y al ratón, y él era el ratón en su nuevo juego doméstico. Pero lo peor no era eso. Lo peor era que una parte de él, la más enferma, disfrutaba del vértigo.
El resto de la cena transcurrió entre conversaciones sobre negocios, sobre la ciudad, sobre conocidos comunes que ninguno de los dos hijos conocía ni le importaban. Azren respondía con monosílabos, asentía cuando tocaba, sonreía cuando era necesario. Caeleen, a su manera, hacía lo mismo. Pero sus miradas se encontraban una y otra vez, y cada vez el voltaje aumentaba.
Al final de la velada, los padres, satisfechos con el resultado, sugirieron que intercambiaran números.
—Para coordinar un café, sin presiones —dijo Elena con una sonrisa brillante—. Que se conozcan. Lo demás ya vendrá solo.
Caeleen sacó el teléfono con la eficiencia de quien firma un contrato. Azren hizo lo mismo, sintiéndose ridículo. Intercambiaron números en silencio, como dos diplomáticos de países enemigos sellando un alto el fuego.
—Listo —dijo Caeleen, guardando el móvil.
Luego, aprovechando que los padres se habían enzarzado en una despedida efusiva, se inclinó ligeramente hacia Azren. Lo suficiente para que solo él lo oyera.
—Te escribiré.
El pronombre "te" sonó como una promesa y una amenaza envueltas en una sola palabra. Azren sintió un escalofrío.
—No lo dudo —respondió, en el mismo tono bajo.
Caeleen sonrió. Una sonrisa pequeña, privada, que nadie más vio. Luego se separó y se unió a la despedida familiar con una naturalidad que resultaba casi obscena.
En el coche de camino a casa, sus padres estaban eufóricos.
—¿Viste? —decía Julieta, casi sin aliento—. Tiene presencia. Seguro que detrás de esa fachada de deportista hay mucha más profundidad de la que parece.
—Elena me dijo que está muy centrado en su carrera —añadió Ascasio, que había hablado con Héctor durante la cena—. Pero que con la persona adecuada, podría asentarse. Es justo lo que necesita.
—Y Azren es justo lo que necesita —concluyó Julieta, mirando a su hijo por el espejo retrovisor—. Tranquilo, estable, con los pies en la tierra. Un contrapunto perfecto.
Azren miraba por la ventana, la ciudad pasando como un borrón de luces. No respondió. No podía.
Su plan de fuga, su matrimonio de conveniencia para escapar de Caeleen, se había convertido en la trampa perfecta. Había querido huir del fuego, y en su lugar había firmado un contrato para sentarse en primera fila mientras el volcán decidía si lo arrasaba todo.
La primera señal llegó al día siguiente.
Azren llegó al instituto como cada mañana, con su termo de café y la sensación de haber dormido mal, aunque no recordaba haber tenido pesadillas. En su taquilla del departamento, junto a las fotocopias y los exámenes por corregir, encontró un paquete.
Pequeño. Cuadrado. Envuelto en papel marrón atado con un cordel. Sin remitente.
Lo abrió con manos temblorosas.
Dentro, una edición lujosa de El Arte de la Guerra de Sun Tzu. Tapas duras, papel de seda, un marcapáginas de seda roja. No había nota. No hacía falta.
El mensaje era obvio, brutal y muy propio de Caeleen. Ya no se trataba de descifrar a Darius. Se trataba de declarar la guerra en un nuevo frente: el de Azren. O quizás, pensó mientras acariciaba la cubierta, se trataba de decirle que se preparara. Que la batalla estaba a punto de empezar.
Guardó el libro en su mochila y dio clase como si nada. Explicó a Lorca, habló del duende, de la pasión y la muerte, y en cada palabra le pareció oír el eco de su propia vida.
...--------♡--------...
La confrontación real ocurrió dos días después.
El mensaje de Caeleen llegó a media tarde, escueto y directo: "Club del Lago. 5 PM. Habla con el recepcionista."
Azren lo leyó tres veces. Luego guardó el teléfono y terminó de corregir los exámenes que tenía entre manos. No sabía si estaba ganando tiempo o si solo quería demostrarse a sí mismo que no corría a su primera llamada.
Llegó cinco minutos tarde. A propósito.
El Club del Lago era un santuario de madera oscura y ventanales que daban a un pequeño embalse artificial. Olía a cuero y a dinero viejo. Casi vacío a esa hora. El recepcionista, al oír el nombre de Caeleen, lo guio sin preguntar hasta una sala privada al fondo.
Caeleen lo esperaba en un sillón de cuero, con un traje deportivo caro que parecía una segunda piel. No se levantó cuando Azren entró. Solo lo miró, con esos ojos ámbar que parecían capaces de ver a través de cualquier fachada.
—Siéntate —dijo, señalando el sillón frente a él.
Azren obedeció. La distancia entre los mullidos cojines parecía un abismo.
—¿Qué quieres, Caeleen?
Caeleen se inclinó hacia adelante, codos sobre las rodillas. La postura era la de un entrenador analizando a un rival. O la de un jugador estudiando el tablero.
—Quiero entender las reglas de este nuevo juego —dijo—. Mis padres piensan que eres el buen chico que me pondrá en orden. Los tuyos piensan que soy el marido rico que te dará estatus. —Hizo una pausa—. Y tú… ¿qué piensas, Azren? ¿Que esto es tu boleto de salida?
Azren sostuvo su mirada. No iba a ser el primero en apartar los ojos.
—Pensé que podría ser un nuevo comienzo —dijo—. Para los dos.
—Un nuevo comienzo. —Caeleen repitió las palabras con un deje de sorna, pero no era burla. Era evaluación. Como si estuviera probando el peso de cada sílaba—. Yo tengo un objetivo. Y de repente, el hombre que me ayudaba en mi camino aparece servido en bandeja por nuestras familias. Es demasiado bueno para ser verdad.
—O demasiado estúpido —completó Azren.
Caeleen sonrió. Una sonrisa rápida, casi involuntaria.
—También.
—De todas formas no me interpondré en tu camino con Darius —dijo Azren.
—Ah, pero sí. —La sonrisa desapareció, reemplazada por una intensidad nueva—. Lo hiciste cuando te negaste a ayudarme. Y lo haces ahora, existiendo. Porque eres exactamente lo que él no es: aprobación familiar, estabilidad, normalidad. Representas la vida que sus padres querrían para él. Eres el arma perfecta para presionarlo.
Azren sintió el golpe en el estómago. No era un pretendiente. Era un peón de alto valor en la guerra de Caeleen.
—No voy a ser tu herramienta para darle celos.
—Ya lo eres. —Caeleen se reclinó en el sillón, pero su mirada no perdió intensidad—. Lo seas o no. Tu mera existencia en este contexto cambia las cosas. Darius lo sabrá. Y reaccionará.
—¿Y si no reacciona?
Caeleen lo miró un largo momento. Algo cruzó sus ojos. Algo que Azren no supo interpretar.
—Entonces habré perdido —dijo—. Y tendré que asumirlo.
La honestidad de esa respuesta desarmó a Azren. No esperaba eso. Esperaba estrategia, manipulación, fuego. No esa sombra de vulnerabilidad.
—Pero mientras tanto —continuó Caeleen, y el momento pasó—, estamos aquí. Los dos. Con un acuerdo sobre la mesa.
—¿Un acuerdo?
—Fingimos. —La palabra salió simple, clara, como si llevara días ensayándola—. Fingimos interés. Salimos en público. Mantenemos felices a nuestras familias. Tú obtienes la aceptación que querías, un futuro estable a los ojos del mundo. Y yo obtengo un arma nueva.
Hizo una pausa. Su voz bajó.
—Además, dejas de husmear alrededor de Darius. Para siempre. Esa es la condición.
Azren sintió el peso de esas palabras. Un pacto faustiano. Rendición total a cambio de una farsa.
Miró a Caeleen. A ese hombre que negociaba su vida como un traspaso deportivo. Vio al estratega, al depredador, al hombre que había visto desmoronarse por un ramo de flores. Vio también, en el fondo de esos ojos ámbar, algo que no sabía nombrar. Algo que quizás ni el propio Caeleen sabía que tenía.
Y en el fondo de su corazón, una parte enfermiza se estremeció ante la idea de tener un lugar, aunque fuera fingido, en la vida de Caeleen.
—¿Y si me niego? —preguntó.
Caeleen no pestañeó.
—Le cuento a tus padres quién eres realmente. El profesor obsesionado que espiaba a su futuro marido. Que se metió en medio de una relación ajena. Que rechazó la oportunidad que ellos tanto anhelan. —Hizo una pausa—. Verás qué rápido se desvanece su orgullo. Yo seguiré mi camino. Tú te quedarás sin nada.
Jaque mate.
Azren respiró hondo. El aire olía a madera pulida y a derrota.
—¿Y Darius? —preguntó—. ¿Qué pasa con él en todo esto?
Caeleen tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz era más baja. Más humana.
—Darius es mi problema. No el tuyo.
—Pero voy a ser tu esposo. Eso lo convierte en mi problema también.
—No. —Caeleen negó con la cabeza—. Tú solo existes. Yo me encargo del resto.
Azren lo miró un largo momento. Luego asintió. Un movimiento apenas perceptible.
—De acuerdo.
Algo brilló en los ojos de Caeleen. Satisfacción, sí. Pero también otra cosa. Algo que podía ser respeto. O alivio.
Se levantó. Dio un paso hacia Azren y le puso una mano en el hombro. El gesto era firme, casi cálido. Para cualquier observador, parecería cariñoso. Pero Azren sintió el peso de esa mano como un hierro candente.
—Buena elección —dijo Caeleen, inclinándose ligeramente. Su voz era un susurro, solo para los dos—. Bienvenido al juego, profesor.
Azren lo miró. Vio la satisfacción fría en sus ojos. Vio también, por un instante, la grieta. La pequeña fractura que dejaba entrever que esto no era solo un juego para él. Que había algo más. Algo que ni siquiera Caeleen entendía del todo.
—Espero que sepas fingir mejor de lo que sabes aconsejar —añadió Caeleen, y esa media sonrisa volvió a sus labios.
Retiró la mano y se dirigió a la puerta. Antes de salir, se volvió.
—Te escribiré para lo de la primera salida en público. No me hagas quedar mal.
Y se fue.
Azren se quedó solo en el salón vacío. El peso del acuerdo sobre los hombros. La sensación de haber firmado un contrato con el diablo.
Había querido escapar del fuego. En su lugar, había aceptado convertirse en su combustible controlado.
Pero mientras se levantaba y caminaba hacia la salida, una idea le dio vueltas en la cabeza:
Caeleen había dicho "yo me encargo del resto". No "nos encargamos". No "tú no tienes que preocuparte". Yo.
Como si, en el fondo, supiera que esto no iba a ser fácil para ninguno de los dos. Como si, a pesar de todo, estuviera intentando protegerlo de algo.
O quizás era solo su imaginación. Quizás solo quería creer que había algo más detrás de esa máscara.
El coche lo esperaba en el aparcamiento. La ciudad, al otro lado del lago, comenzaba a encender sus luces.
Azren se subió, arrancó, y se perdió en la noche.
Sin saber muy bien si Acababa de ganar algo o de perderlo todo.