Joana había aprendido a vivir sin esperar nada. Cerró puertas, apagó deseos y se acostumbró a la calma de un silencio elegido… o impuesto.Hasta que alguien irrumpió en su vida.Un hombre más jóven, con miradas que encendieron lo que ella creía, con un deseo tan puro como peligroso. Lo que empezó como un juego imposible pronto se volvió una verdad innegable: el amor no entiende de edades, ni de juicios, ni de prohibiciones. Esta antología es un viaje hacia lo inesperado, un homenaje a los amores que llegan tarde… o demasiado pronto. Porque a veces lo prohibido no es un error. Es el único acierto capaz de cambiarlo todo.
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Encuentros inesperados
Joana regresó a su departamento, cerró la puerta con un suspiro e intentó alejar los pensamientos sobre Marco. Su día había comenzado con normalidad, pero la aparición repentina del joven en la cafetería aquella mañana había dejado una marca que no podía ignorar. Cada palabra, cada gesto, cada mirada había encendido algo en su interior que creía dormido para siempre, una chispa que amenazaba el orden constitucional de su vida.
Se dejó caer sobre el sofá, repasando mentalmente sus estrategias para evitarlo. Decidió que al día siguiente tomaría otra ruta al trabajo, elegiría un café diferente y evitaría cualquier evento de la asociación donde sospechara que él podría aparecer. Se obligó a sí misma a pensar en otras cosas: en los reportes de due diligence pendientes, en las llamadas a los clientes y en los cierres de contratos. Pero incluso mientras intentaba concentrarse, la imagen de Marco permanecía, nítida y provocativa, desafiando cualquier recurso de exclusión.
El miércoles comenzó con la rutina de siempre. Joana llegó temprano a la oficina, vestida con un traje gris elegante, pantalón recto y chaqueta entallada que reforzaba su autoridad en los pasillos del bufete. Su cabello, recogido en un moño sencillo, dejaba al descubierto su cuello, largo y firme, y sus pendientes de plata reflejaban la luz de la mañana. La perfección en los detalles era su armadura; su forma de mantener el control ante los jueces y ante la vida.
Tomó un café en la máquina de la oficina, intentando ignorar la sensación de anticipación que la recorría. "Es bueno saber que aquí, entre expedientes y leyes, no va a haber visitas inesperadas", se repitió mentalmente. Pero mientras caminaba hacia su escritorio, un sonido familiar la detuvo: un saludo suave, confiado, cargado de la misma audacia que la había desarmado antes.
—Buenos días. —La voz era baja, firme, y la hizo estremecer.
Se giró lentamente y allí estaba Marco, apoyado casualmente en la pared del pasillo principal, como si aquel encuentro fuera tan natural como respirar. Su camisa azul estaba ligeramente desabotonada en el cuello, tenía ñlos brazos cruzados y los ojos fijos en ella con una intensidad que no admitía apelación.
—Usted… —dijo Joana, intentando mantener el tono neutral y firme de una socia principal—. ¿Qué hace aquí? ¿Cómo ha pasado el control de seguridad?
—Quería darte una sorpresa —respondió él, con una sonrisa que parecía conocerla mejor de lo que ella se permitía admitir—. Y ya que estamos, quería asegurarme de que tu día comenzara con algo interesante.
Joana sintió un escalofrío. La proximidad de Marco y la manera en que su cuerpo parecía ocupar el espacio justo creaban una tensión eléctrica.
—No es apropiado que esté aquí —susurró, aunque su voz traicionaba un leve temblor.
—Claro que lo es —dijo él, inclinándose apenas—. Después de todo, aquí es donde voy a pasar muchas horas a partir de ahora.
—¿Cómo dice? —preguntó ella, pensando que la broma estaba yendo demasiado lejos. Pero cuando iba a refutar, una voz cercana detuvo sus movimientos.
—¡Oh, qué bueno encontrarlos juntos! —dijo el socio director del bufete, un hombre veterano que siempre buscaba sangre nueva para la firma—. Eso es excelente para la dinámica del equipo.
—¿Perdón? —replicó ella, desconcertada.
—Joana, te presento formalmente a Marco D’Lorenzo. Es nuestro nuevo abogado asociado senior, especialista en litigios internacionales y mercados de capitales —respondió el director. Joana se tensó visiblemente; Marco sonrió con una suficiencia encantadora—. A partir de hoy, él trabajará directamente bajo tu supervisión en el caso de la fusión internacional.
—Es un placer, Joana —dijo Marco, estrechando la mano de ella. Joana sintió cómo sus músculos se tensaban ante el contacto; la calidez de su mano era un desafío físico que no esperaba sentir en su propia oficina.
—Te puedo asegurar, Marco, que harán un excelente trabajo juntos. Joana es nuestra mejor jurista —añadió el director antes de despedirse, dejándolos solos en el pasillo.
—¿Ves que no estaba mintiendo? Vamos a trabajar tan bien juntos... —murmuró Marco con una voz que solo ella podía oír.
Joana bufó, incapaz de articular una respuesta que no sonara poco profesional, y se marchó hacia su oficina dejándolo solo en medio del pasillo con una sonrisa triunfante.
Una vez dentro, respiró hondo. Recordó la seguridad de su difunto esposo y la calma de su vida estable. Todo eso parecía tambalearse ante la energía vibrante de Marco. Su nombre ya figuraba en la intranet del bufete, y ver la foto de Marco en el organigrama le provocaba una inquietud que no sabía cómo gestionar.
A media mañana, un golpe suave en la puerta interrumpió su intento de concentrarse en un recurso de casación.
—Adelante —respondió sin apartar los ojos de la pantalla.
Cuando levantó la vista, Marco estaba en el umbral con un par de carpetas de cuero en la mano. Su camisa azul remangada dejaba ver unos antebrazos marcados, un detalle que Joana registró a su pesar.
—Perdona la interrupción —dijo con naturalidad—. El director me pidió que revise contigo los términos del acuerdo de confidencialidad y las cláusulas de rescisión del nuevo proyecto.
Joana arqueó una ceja.
—¿No podría haber enviado esto por el sistema interno?
—Podría —dijo él, avanzando despacio hasta dejar la carpeta frente a ella—. Pero prefiero la comunicación directa. Ayuda a entender mejor las intenciones de la contraparte.
Él no se marchó. Se quedó de pie, observándola mientras ella fingía leer los documentos.
—Tu técnica jurídica es muy clara —comentó Marco, inclinándose lo suficiente para mirar una de las anotaciones al margen—. Es como si todo lo que escribes buscara un orden absoluto, una armonía perfecta… —hizo una pausa y añadió con voz más baja—, un poco como tú.
Joana dejó la pluma sobre la mesa y lo miró con gesto severo.
—Estamos en el bufete, agradecería que mantuviera los comentarios en lo estrictamente profesional. Aquí soy su superiora inmediata.
Él alzó las manos en señal de rendición, aunque su media sonrisa seguía ahí.
—Tienes razón. Solo estaba siendo honesto, abogada.
El resto del día fue una pulseada silenciosa. En la reunión de socios, Marco se sentó justo a su lado. Olía a madera y cítricos, un aroma que invadía el espacio de Joana. Mientras se discutían los objetivos del trimestre, él tomaba notas con calma, y en un momento se inclinó hacia ella para susurrar:
—No te preocupes, no pienso hacerte quedar mal ante los socios. Soy muy bueno en lo que hago.
Joana apretó el bolígrafo hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
—Espero que así sea.
A última hora, cuando la oficina estaba casi vacía, Joana guardaba documentos cuando escuchó un nuevo golpe.
—¿Qué quiere ahora, Marco? —preguntó con un cansancio que empezaba a ser peligroso.
—Despedirme —contestó él desde la puerta—. Ha sido un primer día largo… pero mucho más estimulante de lo que pensé.
Ella lo miró, intentando descifrar si era un juego calculado o sinceridad pura.
—Marco, escúcheme bien —dijo Joana poniéndose de pie—. Yo no quiero, ni puedo, tener este tipo de dinámicas con usted. Así que, por favor, limítese al derecho y a los casos.
Él asintió despacio, aceptando la instrucción en apariencia, pero su mirada decía otra cosa.
—Entendido. Lo profesional. —Hizo una pausa, ladeando la cabeza—. Pero dime algo, Joana… ¿qué harás cuando las leyes y los códigos no sean suficientes para esconder lo que sientes?
Ella abrió la boca para replicar, pero él salió de la oficina con paso seguro, dejándola sola con el eco de una pregunta que no se atrevía a responder. Joana apoyó las manos sobre el escritorio de caoba. Marco había conseguido lo que quería: dejarla vulnerable, confundida y, lo más aterrador de todo, con ganas de que llegara el jueves.