Rin sabía que su matrimonio era una mentira, pero esa mentira dolía menos que la verdad.
Había caído en sus propias ilusiones, convenciéndose de que él también la amaba. Por eso había querido besarlo, por eso había aceptado cada gesto suyo: las sonrisas en público, los bailes en las fiestas, la forma en que siempre era atento y cortés. Había confundido cortesía con amor.
Se había enamorado de un hombre que solo la veía como conveniencia. Lo supo la noche en que escuchó aquella llamada con Wil, su abogado y mejor amigo:
—El matrimonio me conviene. Me divorciaré de Rin cuando encuentre a la señora adecuada.
Las palabras la golpearon como un cuchillo. Desde entonces, cada aniversario, cada cena con vino y risas, era un recordatorio cruel. Y aun así, había disfrutado cada segundo aferrándose
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entre la amnesia y él renacer
Marilyn Riddley despertó con el sonido de las máquinas del hospital: pitidos constantes y un tubo en su garganta. Casi entró en pánico al sentirlo, pero una enfermera apareció de inmediato, colocando su mano sobre la de ella para impedirle que lo retirara.
—No pasa nada, es un tubo de respiración. Relájate, te lo quitaré, ¿de acuerdo?
Marilyn asintió levemente, sintiendo la incomodidad incluso con ese pequeño movimiento. El dolor comenzó a extenderse por su cuerpo conforme recuperaba la consciencia, y un fuerte dolor de cabeza la hizo fruncir el ceño. No sabía por qué estaba en el hospital, ni cómo había llegado allí, ni cuánto tiempo llevaba inconsciente.
Siguió las instrucciones de la enfermera de toser con fuerza, y el tubo fue retirado. Un acceso de tos le sacudió el pecho antes de volver a mirar a la mujer.
—¿Qué ha pasado? —logró articular con voz áspera, la garganta seca y ronca.
—¿Sabes quién eres? —preguntó la enfermera.
—Sí… Marilyn Riddley. ¿Qué me pasa?
—Tuviste un accidente de coche. Llevas más de una semana aquí con nosotros. Vi que empezabas a despertar y llamé al médico. Está contento de que hayas vuelto en ti y vendrá a hablar contigo.
Al poco tiempo apareció un hombre con bata blanca. Revisó sus constantes vitales y sonrió.
—Bueno, hola, ¿cómo se encuentra?
—Me duele la cabeza… y el pecho también. Las piernas se me sienten pesadas.
—Sufriste lesiones graves. Si tu coche no hubiese tenido airbags, probablemente no estarías aquí. Tienes ambas piernas rotas, una muñeca fracturada, varias costillas quebradas y una clavícula rota. El dolor de cabeza se debe a un edema cerebral, consecuencia del traumatismo craneoencefálico. Para salvarte tuve que realizar una ventriculostomía: perforar el cráneo y drenar el exceso de líquido para aliviar la presión. El edema ya está resuelto, pero es normal que el dolor persista algunos días.
Marilyn lo escuchó en silencio, aún confusa.
—No… no recuerdo el accidente —murmuró, esforzándose en vano por encontrar algún recuerdo. Solo tenía la sensación de estar yendo a casa.
El médico asintió.
—Podría tratarse de una forma de amnesia causada por el golpe en la cabeza. A veces se resuelve en pocos días. Haremos más pruebas, pero por hoy es suficiente. Hay, sin embargo, otra cosa que debo decirte.
Tras un breve silencio, continuó:
—Estás embarazada. No lo supimos de inmediato, ya que tu operación era urgente. Lo descubrimos al día siguiente en los análisis de sangre y lo confirmamos con una ecografía. Según la especialista, tienes unas siete u ocho semanas de gestación. Hasta ahora, todo parece estar bien.
Marilyn lo miró atónita. No recordaba a ningún hombre en su vida. Mientras su mente intentaba encajar las piezas, el dolor de cabeza se intensificó.
—¿Embarazada? —susurró.
—Así es. Tienes un bebé fuerte. Tu coche rodó varias veces por un terraplén y aun así sobrevivió. Lo vigilaremos muy de cerca en los próximos días. Ahora descansa, regresaré en la mañana.
El médico salió tras dar instrucciones a la enfermera, dejándola sola en aquella habitación de cuidados intensivos. Pasó la noche entre sueños ligeros e insomnio. Aún no recordaba nada, salvo la incredulidad de estar esperando un hijo. Quizás ya lo sabía antes del accidente y lo había olvidado.
Dos días después fue trasladada a una sala común. La policía la esperaba junto a su cirujano. No pudo responder a ninguna de sus preguntas: no recordaba cómo había ocurrido el accidente ni dónde exactamente había sucedido. Le informaron de que la culpa había sido suya, aunque, por fortuna, nadie más resultó gravemente herido.
El siniestro había quedado registrado en las cámaras de otros conductores. Según las imágenes, se desvió al carril contrario y, al intentar corregirse, perdió el control. En la grabación de su propia cámara de tablero aparecía llamando a alguien de nombre Calvin, pero no lograron encontrar su teléfono para corroborarlo ni contactar a esa persona.
Marilyn negó conocer a ese hombre, aunque en su interior se preguntaba si podía tratarse del padre de su hijo. El médico explicó su amnesia a los agentes, quienes aun así la multaron por conducir de forma imprudente y usar el móvil al volante.
Ella aceptó en silencio. No podía refutar nada. Si existían grabaciones, estas hablarían por sí solas. Solo atinó a disculparse, resignándose a pagar la multa y a la posible pérdida de su licencia.
Ese mismo día escuchó por primera vez los latidos de su bebé. El sonido la dejó inmóvil, sin saber qué pensar. Cuando el médico le preguntó por el padre, solo pudo negar con la cabeza.
—No lo recuerdo. Quizás la persona a la que llamé causó el accidente, pero ahora nadie lo sabe. Si realmente lo hice, supongo que en algún momento aparecerá en mi casa.
La enfermera le tomó la mano izquierda y señaló su dedo anular: había una marca clara donde antes parecía haber un anillo.
—Podrías haberte separado o divorciado —le dijo con suavidad.
Marilyn miró aquella línea pálida en su piel. Tal vez esa era la verdad. Tal vez no. Lo único seguro era que nadie la buscaba. No había reportes de desaparición asociados a su nombre. Tras una semana inconsciente, ningún familiar ni amigo había preguntado por ella.
Ahora, solo quedaban ella y su bebé.