Ella reencarna en un mundo mágico. Una familia militar, pero ella solo quiere verse linda y leer.. y sobre todo ser feliz.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Libros y maquillaje 2
La noche transcurrió con una tranquilidad casi aburrida.
La tienda no era demasiado grande. Tenía estanterías repletas de productos, un mostrador cerca de la entrada y varias cámaras de seguridad instaladas en las esquinas del techo.
A esa hora, los clientes eran escasos.
De vez en cuando entraba alguien a comprar una bebida, algún producto de última hora o cualquier cosa que hubiera olvidado adquirir durante el día.
Ella aprovechó los momentos de tranquilidad para ordenar algunos estantes.
Llevaba el cabello cuidadosamente recogido, aunque varios mechones habían escapado alrededor de su rostro. Su maquillaje seguía bastante decente, algo que consideraba un pequeño triunfo dadas las circunstancias.
Mientras acomodaba unos productos, miró la hora.
Todavía faltaba bastante para terminar.
Suspiró.
[Debería haber traído un libro].
La idea la hizo fruncir los labios.
¿Cómo podía haber cometido semejante error?
Tenía una novela nueva en casa, otra a medio terminar sobre su mesa de noche y una tercera que estaba releyendo porque el protagonista masculino era demasiado encantador como para conformarse con una sola lectura.
Y, sin embargo, allí estaba, trabajando de noche sin una sola página que leer.
[Esto me pasa por pensar solamente en el dinero].
Se rio suavemente de su propia desgracia y volvió a sus tareas.
Entonces, poco antes de la hora de cierre, sonó la campanilla de la entrada.
Tintineó con un sonido suave y familiar.
Ella levantó la cabeza.
—Buenas noches, bienvenido...
Las palabras murieron en sus labios.
Un hombre acababa de entrar.
Llevaba ropa oscura, el rostro cubierto por una capucha y parte de la cara oculta. Una de sus manos permanecía dentro del bolsillo de su chaqueta.
Durante un instante, ella pensó que se trataba de un cliente extraño.
Después, el hombre sacó un arma.
—¡Abre la caja! ¡Ahora!
Todo ocurrió tan deprisa que su cerebro tardó unos segundos en comprender lo que estaba viendo.
El corazón comenzó a golpearle el pecho.
El hombre avanzó hacia el mostrador y volvió a gritar, esta vez con una voz más aguda, cargada de nerviosismo.
—¡He dicho que abras la caja!
Ella levantó las manos lentamente.
—Está bien. Está bien. Tranquilo.
Su voz temblaba, pero intentó mantener la calma.
No quería hacer ningún movimiento brusco. No quería provocarlo. Solo necesitaba que se llevara el dinero y se marchara.
[Respira. No hagas nada estúpido. Es dinero de la tienda. No vale la pena morir por dinero ajeno].
Obedeció.
Con dedos torpes, comenzó a manipular la caja registradora.
El hombre no dejaba de mirar a su alrededor.
Estaba nervioso.
Demasiado nervioso.
Y entonces, mientras ella se inclinaba ligeramente para abrir uno de los compartimentos, sus ojos se detuvieron en la muñeca del asaltante.
Un reloj.
Un reloj que conocía.
Lo había visto antes.
No una vez, sino muchas.
La imagen apareció en su memoria con una claridad desconcertante.. aquel mismo reloj, aquella correa y aquella pequeña marca en uno de los bordes.
Su expresión cambió.
El miedo no desapareció, pero fue reemplazado por algo mucho más peligroso.
Reconocimiento.
Ella alzó lentamente la mirada hacia el hombre encapuchado.
—Tú...
El asaltante se quedó inmóvil.
—¿Qué?
Ella sintió que el estómago se le hundía.
No podía creerlo.
No podía ser él.
Pero el reloj era inconfundible.
Y, de pronto, recordó algo más.. el cambio de turno que había ocurrido aquella misma tarde. La manera en que su supervisor le había dicho que alguien no podría presentarse. La insistencia con la que le habían pedido que cubriera precisamente aquella noche.
Todo encajó de golpe.
Su rostro perdió el color.
—Tú... ¡Por eso me cambiaste el turno!
El silencio que siguió fue espantoso.
El hombre retrocedió un paso.
Ella pudo ver cómo sus ojos se movían frenéticamente bajo la capucha.
—Cállate.
Pero ya era demasiado tarde.
Ella lo había reconocido.
Y él lo sabía.
—¡Cállate!
gritó, apuntándole directamente.
La joven sintió que las piernas le temblaban.
Una parte de ella quería correr.
Otra quería gritar.
Y una tercera, increíblemente inoportuna, estaba indignada.
[¡¿En serio?! ¡¿Me hizo trabajar toda la noche para esto?! ¡Yo acepté este turno para comprarme libros, no para protagonizar una novela policiaca!].
—Escúchame.. No voy a...
El hombre perdió completamente el control.
El disparo resonó en la tienda.
Fue un sonido seco, brutal, que pareció romper el aire.
Ella sintió un golpe violento y perdió el equilibrio.
Durante unos segundos no comprendió qué había sucedido.
Miró hacia abajo.
Después, miró al hombre.
Él también parecía horrorizado.
El arma seguía en su mano, pero su cuerpo se había quedado rígido, como si ni siquiera él pudiera creer lo que acababa de hacer.
La joven cayó al suelo.
El dolor llegó después, intenso y abrumador, acompañado de una sensación de frío que comenzó a extenderse por su cuerpo.
Intentó respirar.
No podía.
O, al menos, eso le parecía.
El asaltante la observó durante un instante que se le antojó interminable. Luego retrocedió, se dio la vuelta y salió corriendo de la tienda, abandonándola entre los estantes y el mostrador.
La campanilla de la puerta volvió a sonar.
Tintineó alegremente.
Como si nada hubiera pasado.
Ella quiso reírse de lo absurdo de aquella situación, pero solo consiguió emitir un sonido ahogado.
[Qué mala suerte...].
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
[Qué mala, mala suerte].
Había trabajado durante meses.
Es un hombre maduro, sabe lo que quiere y desea hacer feliz a la mujer que el destino puso en su camino.
Tratarla con igualdad de derechos, porque en esa época la mujer era simplemente ama de casa y procreadora, no podía opinar.
Que excelente la madurez de Antony Parisi 👏👏🥰♥️