¿Puedes encontrar el amor en el hijo del peor enemigo de tus padres?
Ella es Tamara González ingeniera agrónoma e hija de Katy y Alex una mujer audaz, decidida e independiente de 28 años.
Él es Félix Urbáez, un teniente del ejército de 27 años, atractivo, exitoso, pero con muchas heridas emocionales.
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Capítulo XVII: Nunca digas nunca jamás
El especialista había insistido en que, con terapias constantes y cuidados atentos en la alimentación, Arturo podría abrirse poco a poco al mundo y Félix Arturo lo miraba con esperanza, y no tardó mucho en notar la transformación y el niño que antes se refugiaba en silencios ahora buscaba el contacto, y era menos retraído, y más curioso.
—Cuando sea grande quiero ser un doctor como usted, padre —dijo Arturo, con esa mezcla de timidez y brillo que lo hacía único.
El “padre” salió de sus labios con mucha facilidad, y Félix Arturo sintió que algo se acomodaba dentro de su ser, como si esa palabra le devolviera un lugar que siempre había buscado.
—Si eso es lo que quieres estudiar, cuenta con mi apoyo, Arturo —respondió con orgullo, conteniendo la emoción que le apretaba la garganta.
De todos sus hijos, Arturo era el único que había manifestado el deseo de estudiar medicina y esa decisión, nacida de un niño que había aprendido a mirar el mundo desde otra sensibilidad, lo llenaba de mucho orgullo no solo por la carrera, sino porque sabía que Arturo estaba encontrando la confianza en sí mismo.
Félix, por su parte, tenía serios problemas de conducta debido a la falta de disciplina de Oneida y el maltrato verbal de Roger, lo cual lo habían marcado profundamente, convirtiéndolo en un niño irascible, caprichoso y con una enorme dificultad para expresar sus emociones.
Era un estudiante mediocre, no por falta de inteligencia —pues era astuto y rápido para comprender las cosas— sino porque la rabia y la desmotivación lo mantenían atrapado en un círculo de resistencia.
—¡No quiero comer esto, porque no me gustan los vegetales! —protestó con un grito que llevaba más frustración que simple rechazo.
—Te lo vas a comer y punto —le respondió Félix Arturo con autoridad, intentando imponer un orden que el niño no lograba aceptar.
La tensión entre ambos era constante y Félix Arturo, consciente de que el carácter de su hijo empeoraba cada día, cumplió con lo que había advertido y lo inscribió en una academia militar, no se trataba de un castigo, sino de un intento desesperado de darle un marco de disciplina que lo ayudara a canalizar su energía.
—¿Por qué no puedo ir a una escuela normal como Arturo? —preguntó Félix, con un tono que mezclaba rabia y tristeza.
Félix aceptó la decisión con mucha rabia, sintiendo que le daban un trato diferente al de su hermano y la academia militar se le pareció como un castigo, un lugar rígido y frío donde sentía que jamás encajaría.
Era el mes de septiembre y comenzó el nuevo año escolar y para él los primeros días fueron una batalla: levantarse temprano, seguir órdenes, obedecer reglas que parecían absurdas y siempre protestaba en silencio, pero algo en su interior comenzó a cambiar.
Luego de varias semanas de cumplir con esa fuerte rutina, descubrió que su mente se aclaraba; que al esforzarse en los entrenamientos, su cuerpo respondía con fuerza; y que, al finalizar, terminaba entre los primeros y sus maestros comenzaban a mirarlo con respeto.
Y en poco tiempo, Félix se convirtió en uno de los alumnos más destacados de la academia, pese a ser de primer año, y para él, que siempre fue visto como un estudiante mediocre, lo llenó de orgullo porque se dio cuenta de que su problema no era falta de inteligencia, sino la ausencia de motivación y ahora, en ese entorno que al principio odiaba, descubría que podía ser bueno… y que le gustaba serlo.
Entre tanto, Tammy enfrentaba un pequeño conflicto y es que dejaría de ser la hija más pequeña porque su madre estaba embarazada y la noticia la llenaba de incertidumbre, como si de pronto el mundo que conocía se tambaleara.
—¿Voy a tener un hermano? —preguntó Tamara con recelo.
—Sí, tu papá y yo vamos a tener un bebé —dijo Katy con una emoción desbordada, incapaz de ocultar la alegría que la invadía.
La noticia trajo felicidad a la familia, pero Tammy no podía evitar sentir celos porque el amor exclusivo de sus padres ahora tendría que compartirse, y esa idea le dolía.
—Tú eres mi princesa y siempre va a ser así —le dijo Alex, intentando consolarla con una voz suave.
Para reforzar sus palabras, Alex buscó una foto en su teléfono y se la mostró,Tammy la miró con curiosidad, sin comprender de quién se trataba.
—¿Quién es este bebé? —preguntó con inocencia.
—Eres tú —respondió Alex con ternura—. Esta es nuestra primera foto juntos, y desde entonces siempre la llevo conmigo.
Luego le mostró todas las imágenes que había guardado de ella a lo largo de su vida: primeros pasos, cumpleaños, y eventos escolares y Tammy observaba en silencio, como si cada foto fuera una prueba de que su lugar en el corazón de su padre estaba asegurado.
—¿Me prometes que no vas a cambiar conmigo, papá? —dijo con voz temblorosa.
—Nadie puede reemplazarte en mi vida, Tammy. Cuando tú naciste no dejé de amar a Fonso, porque ambos son mis hijos y en mi corazón hay espacio para los dos… y ahora para los tres —le respondió Alex, con una firmeza que escondía emoción.
A pesar de los temores debido al embarazo de Katy, Alex se sentía feliz porque finalmente tenía a su familia de regreso, habían pensado establecer su residencia en Miami, pero la inesperada noticia cambió los planes y Katy quería que Félix Arturo fuera su obstetra.
La pareja acudió a la consulta con Félix Arturo, y Tammy los acompañó, aunque decidió esperar en la sala de espera.
—Todo está bien con el embrión, pero prefiero catalogarlo como de alto riesgo, dado tus antecedentes —dijo Félix Arturo con tono sereno.
—¿Seguro que todo está bien, doctor? —preguntó Alex, con la preocupación.
Félix Arturo asintió, y una sonrisa leve se le escapó al ver que Katy finalmente se encontraba bien.
—Sí, pero vamos a ser cautelosos en todo momento —añadió, con firmeza.
Mientras tanto, Tamara aguardaba junto a Francisca en la sala de espera, distraída con su teléfono, y en ese momento llegaron Arturo y Félix, como solían hacerlo después de clases, esperando a su padre en el consultorio.
—¡Hola, Tammy! —saludó Arturo con alegría espontánea.
—¡Arturo, qué alegría de verte! —respondió Tammy con emoción, iluminándose al verlo.
—Hola, Tammy, yo también estoy aquí —intervino Félix, con un dejo de molestia.
Tamara lo miró con recelo, frunciendo el ceño como tantas veces lo hacía cuando hablaban.
—Sí, claro… ¿Cómo estás, feo? —le dijo con antipatía.
—Obviamente, mejor que tú, fea —replicó Félix con rapidez.
—¿Por qué ustedes dos siempre pelean? —preguntó Arturo, desconcertado, incapaz de entender la dinámica entre ellos.
Tamara continuó conversando animadamente con Arturo, pues compartían intereses en común y de soslayo, observaba a Félix y esta vez le parecía que el uniforme de la academia militar le quedaba bien, aunque se negaba a admitirlo.
—¿Cómo los trata su papá? —preguntó Tammy con curiosidad.
—Padre es muy bueno con nosotros, y nos cuida mucho —respondió Arturo con una sonrisa amplia.
—Me alegra mucho saber eso, Arturo —dijo Tammy con sinceridad.
—Sí, pero también es muy estricto —se quejó Félix, cruzándose de brazos.
—Eso es porque eres muy desobediente, Félix —replicó Tammy, con tono de reproche.
Arturo, con esa transparencia que lo caracterizaba, añadió:
—Padre me entiende y no me hace sentir que soy raro y siempre me dice que mi cerebro funciona diferente, que no tengo que preocuparme por eso, y aunque extraño a mi papá y a mi mamá, soy feliz y a mi hermano le pasa lo mismo, solo que no le gusta admitirlo.
Las palabras de Arturo cayeron como un golpe suave pero certero, y Félix se sonrojó, sintiéndose incómodo por el comentario de su hermano y antes solía regañarlo cada vez que hablaba de esa manera, pero ahora, al comprender el motivo, había dejado de hacerlo porque sabía que no había mala intención de su parte, solo la transparencia de un niño que veía el mundo desde otra lógica.
Poco después, Katy y Alex salieron del consultorio con rostros sonrientes , y Tamara se apresuró a despedirse.
—Me tengo que ir porque mis padres ya salieron de la consulta.
—¿Por qué vino tu mamá? —preguntó Félix, curioso.
—Mi mamá está embarazada —respondió Tammy, con un poco de emoción contenida.
—Ya se te acabó el reinado, Tammy —se burló Félix, con una sonrisa traviesa.
—¡Estúpido! —replicó Tamara, molesta.
Félix se sonrió: sus conversaciones siempre terminaban así, él la provocaba y ella lo insultaba.
—Admite que te gusto, Tamara —dijo, solo para molestarla aún más.
Tammy prefirió ignorarlo además de que La expresión de felicidad en el rostro de sus padres la llenaba de alivio y aunque al principio no estaba conforme con la noticia del embarazo, ahora comprendía que ellos estaban emocionados, además, de que gracias a eso, no se mudarían del país.
—Nos vamos, Tammy —dijo Alex con ternura.
—Adiós —respondió ella, despidiéndose.
Alex observó a los dos chicos y se sorprendió de cuánto habían cambiado en apenas unos meses, sin embargo, Félix seguía sin agradarle, se acercó, tomó de la mano a su hija y, mientras esperaban el ascensor, se inclinó para hablarle en voz baja:
—No me gusta que seas cercana a ese Félix.
—Él no me cae bien, papá —respondió Tammy con firmeza.
—Me parece bien. Prométeme que nunca te va a gustar ese muchacho —insistió Alex.
—Alex, deja de decirle eso a la niña, por favor —intervino Katy, molesta.
—Escúchame, Tammy, ese chico tiene cara de que va a ser un mujeriego. No le hagas caso, mi princesa —aseguró Alex, preocupado.
—Claro, el ladrón juzga por su condición —respondió Katy con sarcasmo.
—¿Qué estás insinuando, Katiuska Velázquez? —preguntó Alex, irritado.
—Que a la edad de Félix tú te comportabas igual, y por eso te cae tan mal: porque es igual a ti.
Tamara, aburrida de la discusión, pensaba que Félix no era más que un chico molesto.
—Papá, no te preocupes, ¡jamás me enamoraría de alguien como Félix! —aseguró con vehemencia.
—Tammy, no digas “de esta agua nunca habré de beber” —le advirtió Katy.
—¿Por qué dices eso, mamá? —preguntó Tammy, confundida.
—Porque yo dije lo mismo de tu papá… y míranos, ya han pasado más de veinte años y seguimos juntos —respondió Katy, conteniendo la risa.