La alta sociedad aveces pasa por momentos de locura, al igual que está historia que está llena de momentos locos nuestra historia estará llena de aventuras, dramas y mucha pasión.
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Nueva Vida
La mañana amaneció con un brillo suave, como si el cielo hubiera decidido bendecir con una luz serena y perfecta.
Era el día de la boda.
Eleonor abrió los ojos lentamente, como si su cuerpo supiera que debía despertar con delicadeza. Por un instante permaneció inmóvil, mirando el techo.
Respiró hondo y se incorporó. Aún no entendía cómo había llegado a ese punto… pero tampoco deseaba retroceder.
Unas doncellas tocaron la puerta y entraron con discreción.
—Buenos días, mi lady —dijeron con sonrisas cálidas—. La reina nos envía para ayudarla a prepararse.
Hoy sería la esposa de Rowan.
La preparación fue tranquila, casi ritual. Le lavaron el cabello con agua tibia y esencia de lavanda. Lo peinaron hacia atrás con ondas suaves, dejando mechones sueltos que enmarcaban su rostro. Su maquillaje era tenue, lo justo para resaltar la luz natural de sus ojos.
Pero fue cuando le colocaron el vestido que la emoción la atravesó con fuerza.
Era perfecto. Caía con suavidad desde la cintura, moviéndose como agua pura al caminar.
—Estás radiante —susurró la reina al entrar sin anunciarse, con un nudo visible en la garganta.
Eleonor sonrió, casi tímida.
Los ojos de Eleonor se humedecieron, pero no lloró. No quería arruinar el maquillaje. Para ella, esto era una historia de amor que había nacido de golpe, tan pura que ni siquiera necesitaba explicación.
—Estoy feliz por ustedes —añadió, acariciando la mejilla de Eleonor—. Rowan es un buen hombre, te cuidará y tú a el
Mientras tanto, en otra parte de la mansión, Rowan se preparaba con la ayuda de su hermano menor. Nunca había estado tan nervioso, sus manos temblaban, aunque lo ocultaba.
Su traje era sencillo pero elegante: negro, con detalles plateados y un broche con el escudo de su familia.
—Respira —le dijo su hermano, riéndose—. Te vas a desmayar antes de llegar al altar.
—No bromees —gruñó Rowan, ajustándose el cuello—. No puedo permitir que nada salga mal hoy.
Su hermano lo miró con interés.
—Estás enamorado.
Rowan no lo negó.
—Ella merece esto —dijo simplemente—.merece un nuevo comienzo.
Y yo quiero dárselo, pensó en silencio, quiero cuidarla, quiero verla feliz, quiero estar a su lado cuando ese bebé nazca…
—Vamos —dijo su hermano finalmente—. Es hora.
La ceremonia sería en el jardín central de la mansión, con un arco de flores blancas. Solo un puñado de personas había sido invitado.
Era un casamiento privado. Pacífico. Íntimo.
Eleonor llegó del brazo de la reina. El sendero estaba cubierto de pétalos blancos. El sol caía con suavidad, iluminando su vestido.
Rowan, al verla, sintió que el mundo se detenía, nunca en su vida había visto algo tan hermoso.
Las rodillas casi le fallaron. Su respiración se volvió irregular. Por un instante pensó que realmente se caería ahí mismo, frente a todos. Pero logró recomponerse, apretando los puños a los costados.
Eleonor caminaba con calma, sin prisa, con un porte digno de una noble… pero con una suavidad delicada que parecía tocar el alma de cualquiera que la viera. Cuando llegó frente a Rowan, él inclinó la cabeza, incapaz de contener la emoción.
—Estás… —intentó decir, pero no encontró la palabra.
Eleonor sonrió.
—Lo sé.
Él soltó una risa temblorosa que hizo sonreír incluso al oficiante.
La ceremonia comenzó con la lectura de las promesas tradicionales. Todo era simple, breve, sin ostentación. Pero cuando llegó el momento de los votos personales, la atmósfera se transformó.
Rowan tomó las manos de Eleonor, mirándola como si solo existieran ellos dos.
—Eleonor… —comenzó con voz temblorosa—. Nunca imaginé que este camino me traería hasta ti. Pero estoy aquí porque quiero estarlo. Porque deseo compartir contigo cada paso, cada día, cada desafío. Prometo ser tu apoyo, tu refugio, tu paz. No te ofrezco una vida perfecta, pero sí una vida donde nunca estarás sola.
Los ojos de Eleonor brillaron.
—Rowan… —dijo ella suavemente—. He caminado demasiado tiempo sola, y tú… tú has sido luz cuando más lo necesitaba. No esperaba encontrar calma contigo, pero la encontré. No esperaba sentir seguridad, pero la siento. Prometo caminar contigo sin miedo. Prometo hacer de esta unión un hogar. Y… —su voz vaciló un instante, como si cargara un secreto que solo él conocía—. Prometo cuidar de lo que construiremos juntos.
Rowan cerró los ojos un momento, sintiendo que esas palabras le atravesaban el pecho.
El oficiante sonrió con discreción.
—Con estas palabras, y ante los presentes, declaro que son marido y mujer.
Rowan dio un paso adelante sin esperar permiso. Tomó suavemente el rostro de Eleonor entre sus manos y la besó. Un beso dulce, tierno, breve… pero lleno de sentimiento. No fue apasionado ni impulsivo. Fue un beso que prometía tiempo, seguridad, futuro.
La reina comenzó a llorar discretamente. El hermano de Rowan aplaudió. Las costureras, escondidas detrás de un arbusto, sollozaron sin vergüenza.
Después de la ceremonia, hubo un pequeño brindis en el salón. Eleonor comió apenas un poco, lo suficiente para mantener contento a Rowan, quien vigilaba discretamente cualquier gesto de cansancio o náusea en ella. En un momento, cuando nadie miraba, él colocó una mano en su vientre, rozando apenas la tela del vestido.
Ella lo miró de reojo.
—Deberías dejar de hacer eso en público —susurró.
—No puedo evitarlo —respondió él, con una sonrisa traviesa y enamorada—. Es mi familia.
Ella sintió un calor interno difícil de explicar.
—Nuestro secreto —recordó.
—Por ahora —corrigió Rowan—. Algún día… lo gritaremos al mundo.
Eleonor no respondió, pero la sonrisa que se formó en sus labios fue suficiente para él.
La celebración duró lo justo. No hubo excesos ni música estruendosa. Todo fue íntimo, calmado, dulce. Cuando finalmente se retiraron a descansar, Eleonor sintió un cansancio hermoso.
Rowan la miró mientras caminaban hacia la habitación nupcial.
—¿Estás bien?
—Estoy… —Eleonor tomó aire, mirándolo con sinceridad profunda—. Estoy feliz.
—Yo también —susurró él.
Se tomaron de la mano, entraron a la habitación y la puerta se cerró suavemente detrás de ellos. Un día perfecto había terminado y había comenzado una nueva vida.