Me llamo Ren, soy un chico de 17 años, y tras un accidente inexplicable desperté en un mundo completamente ajeno al mío. Un lugar regido por reglas que apenas logro comprender, donde lo más importante no es la fuerza ni la inteligencia… sino la reproducción.
NovelToon tiene autorización de Ruczca para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 13
La anciana me miró en silencio.
No hizo ningún gesto, pero su presencia era suficiente para hacerme sentir que no había escapatoria a esa pregunta.
—Decide.
Su voz fue tranquila… demasiado tranquila.
Y entonces, sin poder evitarlo, los recuerdos comenzaron a invadir mi mente.
Primero fue mi casa.
—¡Ren, es hora de comer! ¡Llama a tus hermanos!
La voz de mi madre resonó con esa energía tan característica suya, llenando cada rincón del hogar.
—Querida, ¿cuántas veces te he dicho que no grites? —respondía mi padre, con ese tono serio que nunca lograba ocultar del todo su cariño.
—¡Hey! ¡No estoy gritando! ¡Yo así hablo!
No pude evitar sonreír al recordarlo.
—Papá, no te enfades con mamá… —decía yo, intentando calmar la situación como siempre.
—Mira, ahí vienen tus hermanos. Ni siquiera fue necesario que fueras a llamarlos… —respondía él, soltando un suspiro.
Y ahí estaban.
Mis hermanos.
Los dos, riendo como si nada en el mundo pudiera preocuparles.
Yo también reía con ellos.
Era un momento simple… pero real.
Y, sobre todo, mío.
La escena cambió poco a poco.
—¡Hey! ¡No te quedes atrás! ¡Llegaremos tarde a clase!
—¡Corre! ¡El último en llegar es un tonto!
George y Yaki.
Sus voces llenas de vida, arrastrándome con ellas como siempre.
—¡Definitivamente no seré ese tonto! —respondía yo, corriendo junto a ellos.
—¡Ya lo veremos!
Sus risas…
Eran tan naturales.
Tan cercanas.
Sentí cómo mi pecho se apretaba lentamente.
En ese mundo… lo tenía todo.
Mi familia.
Mis amigos.
Un lugar al que pertenecía.
Aquí…
No tenía nada.
Solo miedo.
Confusión.
Un mundo que no entendía… y que no parecía hecho para mí.
Respiré hondo.
La respuesta ya estaba dentro de mí.
Solo tenía que decirla.
Pensé en mi familia.
En cómo estarían ahora.
En lo que estarían sintiendo.
No podía desaparecer así.
No podía hacerles eso.
Levanté la mirada.
La anciana seguía ahí, observándome como si estuviera esperando exactamente este momento.
—¿Cuál es tu elección? —preguntó.
Antes de responder, giré la cabeza.
Y lo vi.
Zeon.
Aún aferrado a mi cuerpo.
Aún llorando.
Esa imagen me hizo dudar por un instante.
Sentí una punzada en el pecho.
Culpa.
Lo siento…
Pero ya había tomado mi decisión.
No había vuelta atrás.
Volví a mirar a la anciana.
—Voy a regresar.
Mi voz salió más firme de lo que esperaba.
—Quiero regresar.
......................
El tiempo parecía haberse detenido dentro de la cueva.
Habían pasado horas desde el amanecer, pero para Zeon no existía ni el día ni la noche, solo el peso inerte del cuerpo entre sus brazos y el eco constante de una pérdida que se negaba a aceptar.
Permanecía sentado en el mismo lugar, sin moverse, sosteniendo a Ren con una firmeza casi desesperada, como si en cualquier momento pudiera desvanecerse si lo soltaba.
El frío del cuerpo ya no era reciente.
Se había asentado.
Y aun así…
Zeon no lo soltaba.
Sus dedos recorrían el rostro de Ren con una delicadeza que contrastaba brutalmente con la tensión de su mandíbula.
Sus ojos, enrojecidos por el llanto, no se apartaban ni un segundo de aquel rostro pálido, como si esperara que, en cualquier instante, los labios se movieran… o el pecho volviera a elevarse.
Pero nada ocurría.
—Todo pasó por mi incompetencia… —murmuró con la voz quebrada, apenas audible—. Pero… solo te pido una oportunidad… solo una…
Su respiración se volvió inestable.
—Despierta…
El silencio fue la única respuesta.
El agarre de Zeon se tensó, atrayendo el cuerpo sin vida más cerca de su pecho, como si pudiera devolverle el calor con su propio cuerpo.
—¡No mueras… por favor…! —su voz se rompió sin remedio—. ¡No otra vez…!
Las palabras salieron cargadas de un dolor antiguo, uno que no pertenecía solo a ese momento.
—¡No…!
Pero Ren no reaccionó.
No respiró.
No se movió.
Nada.
El rostro de Zeon se ensombreció lentamente.
La desesperación en sus ojos comenzó a transformarse en algo más oscuro, más profundo… algo que ardía con la misma intensidad que su fuego.
Acarició una vez más el rostro de Ren, esta vez con una calma inquietante.
—Te prometo que te acompañaré… —susurró, con una serenidad que no encajaba con sus lágrimas—. Pero antes… debo encargarme de algunas cosas.
El aire en la cueva se volvió pesado.
Una aura opresiva comenzó a expandirse desde su cuerpo, invisible pero tangible, como si el mismo espacio se resistiera a contenerla.
Los ojos de Zeon se endurecieron.
—Destruiré a toda la familia real.
No fue una amenaza impulsiva.
Fue una sentencia.
Y en ese instante, como si sus propias palabras hubieran abierto una herida en su memoria, los recuerdos regresaron.
......................
El palacio real se alzaba imponente, frío y distante, ajeno al dolor que se desarrollaba en su interior.
Entre sus muros, Zeon sostenía otro cuerpo entre sus brazos.
Seiren.
Una mujer.
Su piel, antes cálida, comenzaba a perder color.
Sus labios estaban manchados con sangre oscura, y su respiración era débil, irregular… cada vez más lejana.
—No llores… —murmuró ella con dificultad, esbozando una débil sonrisa—. No me gusta verte con esa expresión…
Zeon la sostuvo con más fuerza, como si pudiera impedir que la vida escapara de su cuerpo.
—No mueras… por favor… —su voz temblaba, rota—. ¡Si lo haces… mataré a todos!
Seiren negó levemente, tosiendo.
—¡No…! Zeon… prométeme que no buscarás venganza… —su voz se debilitaba con cada palabra—. Olvídate de mí… y… comienza una nueva vida…
Los ojos de Zeon se llenaron de una angustia insoportable.
—¿Cómo podría olvidarte? —susurró, acariciando su rostro con desesperación—. Prometiste estar conmigo por siempre…
Seiren lo miró por última vez, aferrándose a esa imagen.
—Prométemelo… por favor… es mi última petición…
El silencio se extendió un instante.
Los puños de Zeon se tensaron.
Su mandíbula se endureció.
—Yo… Lo prometo...
Las palabras apenas terminaron de salir cuando el cuerpo de Seiren se quedó completamente inmóvil.
Su respiración cesó.
Su mirada se apagó.
—…¿Seiren…?
Zeon parpadeó, incrédulo.
—¿Seiren…?
La sacudió levemente, como si pudiera despertarla.
—¿Qué te pasa…? ¿Por qué no respondes…?
El pánico comenzó a filtrarse en su voz.
—Prometiste estar conmigo… —sus palabras se quebraron—. ¡Me oyes…! ¡No puedes irte…!
Entonces—
Una risa.
Fría.
Cruel.
Zeon alzó la mirada de golpe.
Frente a él, un hombre de apariencia casi idéntica a la suya a diferencia de sus ojos negros cargados de desprecio que observaba con una sonrisa torcida.