Ella es obligada a tomar el lugar de su hermana en un matrimonio arreglado entre clanes de la mafia
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Capitulo 13
Está bien, había dicho él.
Pero ella había visto algo en sus ojos antes de que se girara. Algo que no supo nombrar. Algo que la había dejado más inquieta que si hubiera gritado, que si hubiera exigido explicaciones.
Se llevó una mano al pecho, sintiendo su propio latido acelerado.
Tenía que mantener la distancia. Era lo correcto. Lo seguro. No podía permitirse confundir una noche de debilidad con algo que no era. No podía permitirse olvidar quién era él. Qué representaba. Qué había pasado en esa cama no era más que eso: una noche.
Una noche.
Eso era todo.
Alessandro salió de la mansión con el ceño fruncido y los pensamientos enredados.
Tenía una reunión importante. Un asunto con los Bianchi que llevaba semanas preparando. Un encuentro que requería toda su concentración, toda su frialdad, toda su capacidad para ser el hombre que todos esperaban que fuera.
Pero en ningún segundo dejo de pensar en ella.
Mientras el coche lo llevaba por las calles de la ciudad, su mente volvía una y otra vez a la misma imagen: Alma despertando en su cama. Alma escapando al amanecer. Alma diciendo quiero estar sola con esa voz que pretendía firmeza pero que en realidad temblaba.
Había algo en ella que no lo dejaba en paz.
No era solo la noche. No era solo lo que habían hecho. Era algo más. La forma en que lo desafiaba. La forma en que se reía con las sirvientas. La forma en que lanzaba harina como si él no fuera el hombre más temido de la ciudad.
Era real.
Y Alessandro Moretti no había tenido nada real en mucho, mucho tiempo.
El coche se detuvo frente al edificio de los Bianchi. Su guardaespaldas abrió la puerta. Él salió con la expresión impasible, el traje impecable, el control absoluto.
Pero adentro, su corazón latía con una fuerza que no entendía.
Nunca se había sentido así.
Odiaba el contacto físico. Lo evitaba con la misma determinación con la que evitaba las debilidades. Nunca había dejado que nadie lo tocara, que nadie se acercara lo suficiente como para ver algo más allá de la máscara. Nunca había tenido intimidad con nadie.
Hasta ella.
Alma había sido la primera.
Y ahora, cada vez que cerraba los ojos, la veía. Cada vez que respiraba, la olía. Cada vez que su mente se distraía un segundo, regresaba a ella.
La reunión transcurrió con la frialdad de costumbre. Alessandro negoció, impuso condiciones, cerró acuerdos con la eficiencia que lo había convertido en leyenda. Pero en cada pausa, en cada silencio, su pensamiento volaba hacia la mansión.
Volvía a ella.
Cuando regresó, el sol comenzaba a ocultarse detrás de los árboles. La mansión estaba en calma, igual que siempre. Pero él ya no era el mismo que había salido por la mañana.
Algo había cambiado.
Algo dentro de él se había encendido y no había manera de apagarlo.
Alma pasó el día encerrada en su habitación.
No bajó a comer. No respondió a los llamados de Carmina. No salió al jardín ni a la biblioteca ni a ningún lugar donde pudiera encontrarse con él.
Necesitaba pensar.
Necesitaba ordenar lo que había pasado.
Pero cuanto más intentaba convencerse de que había sido un error, un accidente, algo que no volvería a repetirse, más sentía que sus propias palabras sonaban falsas.
Porque no era solo el alcohol. No era solo la soledad.
Era él.
La forma en que la había mirado. La forma en que había dicho su nombre. La forma en que la había sostenido como si fuera algo frágil y valioso al mismo tiempo.
Maldición.
Se dejó caer sobre la cama, cubriéndose el rostro con la almohada como si así pudiera ahogar los pensamientos.
Sabía que debía mantener la distancia. Lo sabía. Pero algo en el fondo de su corazón, algo que no quería reconocer, le decía que ya era demasiado tarde.
Porque Alessandro Moretti no era un hombre que aceptara la distancia.
Era un hombre que tomaba lo que quería.
Y esa noche, mientras ella intentaba convencerse de que podía mantenerlo lejos, él estaba en su oficina, con los codos apoyados en el escritorio y la mirada fija en la puerta que llevaba al pasillo.
En su pecho, una obsesión comenzaba a echar raíces.
No era solo deseo. Era más. Era la certeza de que ella había llegado a un lugar donde nadie más había estado. De que había derribado un muro que él creía infranqueable. De que ahora, cada vez que respiraba, necesitaba que ella estuviera cerca.
No iba a dejarla ir.
No tan fácil.
No después de haberla tenido en sus brazos. No después de haber sentido lo que sintió. No después de que ella hubiera sido la primera en derribar todas sus defensas sin siquiera proponérselo.
Alessandro se levantó de la silla y caminó hacia la ventana. Afuera, la noche caía sobre los jardines, oscura y silenciosa.
Alma creía que podía mantener la distancia.
Creía que podía encerrarse en su habitación y pretender que nada había pasado.
Pero él conocía esa mansión mejor que nadie. Conocía cada pasillo, cada puerta, cada rincón. Y si ella pensaba que podía huir de él estando bajo su propio techo…
se equivocaba.
Se equivocaba completamente.
Alma no durmió esa noche.
Cada vez que cerraba los ojos, lo veía. Cada vez que el silencio se hacía demasiado profundo, escuchaba su voz. ¿Eres consciente de que después de esto no te dejaré ir, verdad?
Las palabras que no había podido procesar en ese momento ahora resonaban en su cabeza con una claridad aterradora.
Él lo había dicho.
Y ella, en su necedad, no había escuchado.
Se incorporó en la cama, abrazando sus rodillas contra el pecho.
¿Qué iba a hacer ahora? ¿Cómo se mantenía distancia de un hombre que la miraba como si fuera suya? ¿Cómo fingía indiferencia cuando cada fibra de su cuerpo recordaba la noche anterior?
No podía.
Pero tampoco podía quedarse.
No después de lo que había pasado. No después de haber cruzado esa línea que sabía que no debía cruzar.
Cerró los ojos con fuerza.
Tenía que pensar en un plan. Una salida. Algo que la sacara de allí antes de que fuera demasiado tarde.
Pero en el fondo, en ese lugar oscuro de su corazón que no quería reconocer…
sabía que ya lo era.
Demasiado tarde.
Desde el momento en que había aceptado ocupar el lugar de su hermana. Desde el momento en que él la había mirado por primera vez. Desde el momento en que sus labios se habían encontrado.
Ya era demasiado tarde.
Y ahora, mientras la noche se extendía sobre la mansión, dos personas yacían despiertas en habitaciones separadas, con el mismo pensamiento dando vueltas en sus cabezas.
Él, con la certeza de que no la dejaría ir.
Ella, con el terror de que, en el fondo, ya no estaba segura de querer irse.