de una casualidad paso a una historia completa
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capítulo 11
Cinco años habían pasado desde la conferencia en Nueva York. Luna tenía dieciocho años —era una joven alta, con los ojos color avellana de su padre y el pelo castaño claro que se le caía sobre los hombros. Había terminado el bachillerato con notas excelentes y tenía que decidir qué estudiar en la universidad.
Un día de marzo, mientras desayunaba con sus padres en el apartamento de la ciudad , Camila le preguntó:
—Mi amor, ya tienes alguna idea de qué quieres estudiar? La fecha de inscripción en la universidad se acerca.
Luna suspiró. Había pensado en ello mucho, pero no podía decidirse.
—Sí, pero... no sé —dijo ella. —Quiero seguir ayudando a la fundación, a la selva. Pero también me gustaría estudiar literatura —me encanta escribir, como cuando hice el diario del campamento.
Martín le sonrió y tocó su mano.
—No tienes que elegir solo una cosa, mi amor —dijo él. —Puedes estudiar literatura y seguir trabajando en la fundación. Los dos se complementan —la escritura te ayudará a difundir el mensaje de la selva aún más.
—Es verdad —dijo Camila. —Yo estudié diseño gráfico y ahora lo uso para la fundación. Tu padre estudió arquitectura y lo usa para construir cosas sostenibles. Puedes hacer lo mismo con la literatura.
Luna sonrió, con alivio. Había tenido miedo de decepcionarlos, pero sus padres siempre le apoyaban en todo.
—Gracias, mamá, papá —dijo ella. —Me gusta la idea. Estudiaré literatura y seguiré trabajando en la fundación.
Mientras hablaban, Martín recibió una llamada de la fundación. Había un problema en el campamento de verano de Brasil —el lugar que habían alquilado se había dañado por una tormenta, y tenían que encontrar otro rápido.
—Tengo que ir a Brasil esta semana —dijo Martín después de colgar. —El campamento empieza en dos meses y necesitamos arreglarlo.
—Yo voy contigo —dijo Luna, de repente. —Tengo tiempo libre antes de empezar la universidad, y puedo ayudar a organizar.
Martín miró a Camila, que asintió con la cabeza.
—Claro que sí —dijo él. —Será un gran ayuda.
Al día siguiente, Luna y Martín se dirigieron a Brasil. Durante el viaje, Luna le preguntó a su padre:
—Papá, ¿cuando eras joven sabías lo que querías hacer?
—No, mi amor —respondió él. —Tardé mucho en decidirme. Pero cuando conocí a tu mamá, todo cambió. Me di cuenta de que quería hacer cosas que tuvieran sentido, que ayudaran a la gente.
—Y tu mamá te ayudó a encontrar tu camino?
—Sí. Y yo le ayudé a ella. Ese es el amor, Luna —tener a alguien que te apoye, que te ayude a ser la mejor versión de ti mismo.
Luna pensó en sus palabras. Había empezado a sentir algo por un chico del campamento —Mateo, un joven de diecinueve años que venía de Buenos Aires. Pero no se atrevía a decirle nada, temerosa de que no le gustara.
Cuando llegaron a Brasil, encontraron el lugar del campamento en malas condiciones —la techumbre de la casa principal estaba rota, los letreros estaban destrozados y el río había desbordado y dañado parte del terreno.
—Vamos a tener que trabajar mucho —dijo Martín, mirando el lugar.
—Y lo haremos —dijo Luna, con determinación. —El campamento tiene que ser perfecto para los niños.
Los siguientes días fueron intensos. Luna y Martín trabajaron con los voluntarios brasileños para reparar la casa principal, limpiar el terreno y volver a construir los letreros. Mientras tanto, llegaban más voluntarios de otros países —entre ellos, Mateo.
Cuando Luna vio a Mateo, sintió un vertigo en el estómago. Llevaba una camiseta azul y pantalones cortos, y su cabello rubio se le caía sobre la frente. Sonrió a Luna, y ella se sonrojó.
—Hola, Luna —dijo él. —Me alegro de verte de nuevo.
—Hola, Mateo —respondió ella, con voz temblorosa. —Yo también me alegro.
Durante el día, trabajaron juntos en reparar los letreros. Mateo era bueno con las manos, y le ayudó a Luna a pintar las imágenes de la naturaleza. Mientras trabajaban, charlaron sobre sus vidas —Mateo estaba estudiando biología en Buenos Aires y venía al campamento desde que era niño.
—Recuerdo cuando eras pequeña y te sentabas en la cascada a contar historias —dijo él, sonriendo. —Eras tan inteligente y valiente.
Luna se sonrojó más. —Gracias. Tú también eras valiente —siempre te atrevías a trepar a los árboles más altos.
Por la noche, se sentaron alrededor de un fuego con los demás voluntarios. Mateo le contó a Luna sobre sus proyectos de biología —quería estudiar los animales de la selva y ayudar a protegerlos.
—Espero que algún día podamos trabajar juntos —dijo él, mirándola a los ojos. —Tú con tu escritura y yo con mi biología... podríamos hacer cosas increíbles.
Luna sintió su corazón latir con fuerza. Quería decirle que también quería trabajar con él, que le gustaba mucho, pero no tuvo el valor.
Al día siguiente, mientras trabajaban en la casa principal, Luna se deslizó en una superficie mojada y se cayó. Mateo la cogió antes de que se golpeara la cabeza, y la sostuvo en sus brazos.
—Estás bien? —preguntó él, con preocupación.
—Sí, gracias —respondió ella, mirando a sus ojos. —Gracias por cogerme.
Por un instante, se quedaron así, mirándose a los ojos. Luna sintió que quería besarlo, pero entonces llegaron otros voluntarios y se separaron.
Más tarde, Luna le contó a su padre lo que había pasado. Martín le sonrió y le dijo:
—El amor es así, mi amor —a veces te da miedo, pero tienes que atreverte. Porque si no lo haces, nunca sabrás lo que podría pasar.
Luna pensó en sus palabras. Sabía que tenía razón, pero todavía tenía miedo.
Esa noche, mientras dormía, soñó con Mateo —estaban en la cascada de la selva, mirando la estrella que unía a su familia. Mateo le cogió la mano y le dijo que le gustaba. Luna se despertó con la sonrisa en la cara, sabiendo que tenía que decirle la verdad.
Al día siguiente, Luna se levantó temprano y fue a buscar a Mateo. Lo encontró en el río, lavando algunas herramientas.
—Mateo —dijo ella, con voz temblorosa. —Quiero decirte algo.
—Claro, Luna —dijo él, volviéndose hacia ella. —Qué pasa?
—Me gustas mucho —dijo ella, mirando al suelo. —Desde que te conocí, pero desde el campamento el año pasado me empezaste a gustar. Y ayer, cuando te quedaste conmigo en los brazos... sentí algo que nunca había sentido antes.
Mateo se acercó a ella y le levantó la cara con su mano.
—Luna, yo también te gustaste desde el primer día que te vi —dijo él, con una sonrisa tierna. —Eras una niña pequeña, pero tenías los ojos tan brillantes y tan llenos de pasión. Y ahora... eres una mujer hermosa, inteligente y valiente. Me gustas mucho, más de lo que puedo explicar.
Luna sintió un estallido de alegría en el corazón. Se abrazaron y se besaron, con el río murmurando a su lado y el sol brillando en el cielo.
—Quiero estar contigo, Mateo —dijo ella, después del beso. —Quiero trabajar juntos, viajar juntos, vivir juntos.
—Yo también quiero eso, Luna —dijo él. —Más que nada en el mundo.
Mientras se abrazaban, Martín se acercó a ellos. Había visto lo que pasaba y sonrió.
—Parece que tenemos una nueva pareja en el campamento —dijo él, con humor.
Luna se sonrojó y se separó de Mateo. —Papá, esto es Mateo. Y... somos novios.
—Encantado de conocerte de nuevo, Mateo —dijo Martín, estrechándole la mano. —Sé que te preocuparás de mi hija.
—Claro que sí, señor Sosa —dijo Mateo. —La quiero mucho.
Los siguientes días fueron felices. Luna y Mateo trabajaban juntos en el campamento, y por la noche se sentaban juntos alrededor del fuego, charlando y besándose. Martín se sentía contento de ver a su hija feliz, y sabía que Mateo era un chico bueno, pero sentía un cierto de celos, por tener q compartir a su hija, pero no lo demostraba.
Un día, llegó una noticia buena —habían encontrado un patrocinador para el campamento de Brasil. Era una empresa brasileña de productos ecológicos que quería apoyar la causa de la selva.
—Esto es perfecto —dijo Martín. —Ahora podemos terminar de reparar el campamento y hacerle algunas mejoras.
—Y yo puedo escribir un artículo sobre el patrocinio para la página web de la fundación —dijo Luna. —Y Mateo puede hacer un reportaje sobre los animales de la zona.
—Es una idea excelente —dijo Martín. —Juntos, hacen un equipo perfecto.
Mientras trabajaban en el artículo y el reportaje, Luna se dio cuenta de que sus padres tenían razón —podía estudiar literatura y seguir trabajando en la fundación, y ahora podía hacerlo con la persona que amaba.
Esa noche, mientras se acurrucaba en los brazos de Mateo, miró hacia el cielo y vio la estrella que unía a su familia. Sabía que ella también tenía su propia estrella —la que la unía a Mateo, a la selva y a su propósito en la vida.